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domingo, 17 de marzo de 2024

4 años después. Lo que persiste.

Esta semana se han cumplido 4 años desde el inicio del estado de alarma por la pandemia del SARS-Coronavirus-2, causante de la COVID. Es momento de recordar.

La mayor parte de mi tiempo lo paso trabajando como psiquiatra y psicoterapeuta que atiende a profesionales de centros sanitarios públicos, junto con un equipo de compañeros de diferentes disciplinas.

Es por ello que, en marzo de 2020, cuando se hizo ya evidente que España y el mundo se enfrentaban a una enfermedad infectocontagiosa desconocida con potencial de extenderse sin control, mis compañeros y yo comenzamos a preguntarnos por el efecto que esto tendría en nuestros pacientes.

Los miembros del equipo de trabajo decidimos llevar a cabo una revisión de la literatura científica en torno a los efectos psicológicos de otras epidemias. Esta tarea seguramente nos ayudó a sentirnos útiles y sobrellevar la angustia del confinamiento, la incertidumbre de las primeras semanas.

Todo apuntaba a que los profesionales sanitarios se encontrarían dentro de los grupos poblacionales de mayor riesgo a la hora de enfermar, tanto a nivel infeccioso como por el impacto que la labor asistencial podría tener en su equilibrio psíquico.

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Por ello, en cuanto nos fue viable, concebimos un dispositivo grupal al que denominamos “Grupo para la elaboración de experiencias relativas a la pandemia” o, en breve, “Grupo COVID”. Nuestra hipótesis inicial consistía en que el enorme reto de la labor asistencial en condiciones de incertidumbre, riesgo biológico y sobrecarga de tarea se manifestaría principalmente de tres maneras: 
  • en primer lugar como el cuadro de trauma psíquico esperable tras presenciar lo incomprensible, hacer lo que uno nunca quisiera y no poder hacer lo que debiera; 
  • en segundo lugar el duelo por la pérdida en condiciones trágicas, a menudo crueles, de pacientes, familiares, compañeros y allegados
  • por último el desgaste profesional sobrevenido ante el deterioro de las condiciones de trabajo. Cuando a la sobrecarga mantenida sigue el descubrimiento de que el trabajo ya no es lo mismo.


Nos propusimos como tarea una construcción conjunta de sentido que permitiera encajar muchas de las experiencias vividas trabajando como sanitarios durante la pandemia, facilitar el reconocimiento de esos factores que tienen que ver con la propia historia personal, la biografía, a la hora de modular el impacto particular de la pandemia. Finalmente se trataba de ayudar a recobrar el sentido de agencia de cara al presente y al futuro inmediato, ayudando a salir de la impotencia.

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Los grupos se idearon y pusieron en marcha de la siguiente forma: convocados de forma presencial en la sala de reuniones de nuestro centro nos sentábamos, en círculo, a distancia prudencial, haciendo uso de gel hidroalcohólico y cubriendo nuestros rostros con mascarillas. Se conformaron grupos cerrados de entre 7 y 12 miembros. Dedicábamos sesiones de 90 minutos abiertas a la libre asociación de contenidos, conducida por los 4 psiquiatras abajofirmantes en diferentes combinaciones de pares. Se realizaba una recogida de emergentes grupales que, entre sesiones, eran remitidos por escrito para facilitar la reflexión y tender un hilo de continuidad que permitiera mitigar la distancia social de seguridad. Las reuniones se sucedían con frecuencia quincenal, hasta sumar un total de 12 encuentros por grupo. Así, en sucesión alterna pudimos coordinar hasta 7 ediciones entre junio de 2020 y septiembre de 2023, que vieron pasar a un total de 79 profesionales sociosanitarios de diferentes categorías y procedencias. 


Ahora que el tiempo ha transcurrido y concluida la alerta sanitaria global, quisiéramos compartir algunas de las reflexiones y aprendizajes que fueron surgiendo desde el momento en que nos sentamos a pensar juntos.

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Lo primero que emergió fue el caos organizativo, un descontrol que alcanzó prácticamente todos los rincones del sistema sanitario. El no saber qué ocurriría, la falta de medios de protección, las indicaciones contradictorias y los protocolos diariamente cambiantes, todo ello sumió a los profesionales de los centros sanitarios en la incertidumbre y el desconcierto. 

Para defenderse del miedo se trabajaba a destajo, a menudo doblando turnos, desviviéndose para evitar sentir y pensar. La creatividad salió también al rescate para aliviar la angustia. Se manifestaba en forma de carteles, de canciones, de bailes probablemente incomprensibles fuera de ese contexto.

Se extendieron y normalizaron las preocupaciones obsesivas y su contrapartida compulsivas. Se intentaba conjurar el miedo al contagio propio y el de los seres queridos por medio de rituales de lavado y todo tipo de medidas de precaución. Con el paso del tiempo muchos de ellos consolidarían en cuadros de evitación y tenaces repliegues en la seguridad del hogar, renunciando al encuentro con los demás.

La adhesión rígida a rituales y compulsiones vino amparada por las recomendaciones oficiales y por el sentido de pertenencia al grupo amplio de los sanitarios. Esto dio paso a la creación de auténticos sistemas sociales de defensa o defensas colectivas, con implicaciones para la convivencia. Cuando se indagaba, a menudo podíamos observar que el miedo al contagio bebía de fuentes más profundas, como un desgaste profesional imposible de asumir o importantes dificultades de relación previas. 

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Al miedo lo habría de seguir la culpa, muy marcada ante el fallecimiento en condiciones trágicas de familiares y allegados, especialmente cuando coexistía la idea (pocas veces falsable) de haberles uno contagiado. Culpa también ante la fantasía de haber podido hacer más por ellos, en tanto que sanitarios, personal de "la casa", matiz que les hacía preguntarse cuánto hubiera mejorado la situación el uso de su red de contactos o pedir favores a voluntad. También el culparse por la muerte de los muchos pacientes a cargo, no en pocas ocasiones tras haberse visto obligados a tomar decisiones que violentaban su conciencia debido a la escasez de recursos. Y un aguijoneo adicional al recordar toda aquella patología desatendida o relegada por no ser COVID.

Si bien es cierto que durante la pandemia el dolor, el miedo y la confusión fueron omnipresentes, sería injusto minusvalorar la heterogeneidad de vivencias de los profesionales en el contexto de esta crisis sanitaria. Nuestra institución es grande y diversa. Los daños no fueron los mismos en todos los rincones del sistema sanitario. E incluso cuando los hubo no faltaron los momentos de intenso compañerismo, de propósito compartido, la vivificante sensación de haberse reencontrado uno mismo con su profesión. Para muchos los primeros compases de la alerta sanitaria fueron semanas de sentirse útil y reconocido, aliviado de un desencanto muy anterior a la aparición del virus.

Aunque prevaleció la resistencia y el trauma psíquico no fue lo más frecuente, éste hizo su inevitable aparición en los grupos en forma de lagunas de la memoria y del discurso. Lagunas acompañadas de imágenes que volvían una y otra vez. Retazos y escenas sin contexto ni estructura, pero ligadas a una intensidad emocional que las sujetaba a un presente continuo agotador.

Imágenes que se nos quedaban clavadas a quienes nos las contaban. Como aquellas hojitas de papel amarillo, post-it pegados a las mortajas apiladas. Post-it portadores del nombre de los fallecidos. Y la angustia de quien descubría que se despegaban a menudo y caían al suelo como en un otoño prematuro.

El contexto grupal permitía, a pesar de la angustia, transitar esas imágenes en compañía, recibir palabras de aliento, dar sentido, hacer del sufrimiento algo compartido.

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De forma similar a lo que ocurre en el trauma la vivencia del tiempo durante toda la pandemia se demostró difusa. Los años se confundían unos con otros. Los días podían eternizarse o bien aniquilarse en el recuerdo como una papilla de momentos desarticulados. La metáfora de las olas en los picos de contagio sirvió para crear un marco de referencia junto con otros hitos como el confinamiento, el inicio de las vacunaciones o el fin de la obligatoriedad de las mascarillas.

Descubrimos que la conciencia de sufrimiento y la demanda de ayuda tenían lugar en los valles entre olas, cuando la percepción de amenaza disminuía y los profesionales podían reducir el nivel de alerta para poner nuevamente el foco sobre ellos mismos. Aquello que se demostró verdaderamente dañino no fue lo terrorífico en sí mismo, sino el alargamiento indefinido de las condiciones de excepcionalidad bajo las que había que trabajar.

Lo que no desapareció con el paso del tiempo fueron las huellas de la pandemia. Huellas en los cuerpos, en la conducta, en la forma de ver las cosas. Lo que persiste.

Si bien al iniciar los grupos pensábamos que nos enfrentaríamos a tres problemáticas principales (trauma, duelo, desgaste) a día de hoy podemos afirmar que los grupos COVID tuvieron un tema principal: el duelo, con las labores que corresponden tras la pérdida.

Entre otros fuimos testigos del duelo por la salud de aquellos que, tras sufrir la COVID19, quedaron con secuelas en forma de sintomatología persistente: fatiga desproporcionada, embotamiento mental, dolores articulares, desarreglos a nivel autonómico. Nos hablaron del dolor de no poder regresar a su vida previa, a sus trabajos. También de la sal caída sobre esta herida, la vivencia de la incomprensión de los demás. 

En su caso el sufrimiento por el desfase temporal resultó más patente. Su convalecencia y recuperación se vino a estrellar contra los ritmos del mandado laboral. Alcanzado el final sociológico de la pandemia sus padecimientos son recibidos, aún hoy, con la suspicacia y el fastidio propios de los asuntos que hemos decidido dejar atrás.

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Nos fue quedando muy claro que una parte muy importante del malestar de nuestros pacientes arraigaba en la relación con el otro. De entre lo hablado en los grupos emergía como una constante el latente de las expectativas defraudadas. Aunque a menudo lo neguemos esperábamos otra cosa de los demás.

Sólo entendiendo esto cobraban sentido ciertos enfados. O comprendíamos la tendencia a la autopunición, el veto de los sanitarios a su propio disfrute. La adhesión rígida a ciertas normas de higiene arraigaba en muchas ocasiones de la necesidad de guardar cierto luto, en un tiempo desprovisto de ritos en común. Un luto exigido por todas las pérdidas, por todo el dolor presenciado. 

Su celo abonaba el resentimiento hacia la población general, percibida como ajena al horror e interesada en seguir estándolo.

Conforme avanzaba el tiempo se hacía innegable que en torno a la pandemia ha predominado el no reconocimiento, el deseo de regresar irreflexivamente a una normalidad indemne, cuando no podía ser el caso.

Si bien estos grupos de elaboración de las vivencias de la pandemia fueron el escenario de una escucha sincera y pudieron ofrecer un cierto componente restaurador consideramos que siguen siendo necesarios -lo sepamos o no- ritos colectivos encaminados a la verdad, la justicia y la reparación.

Para nunca olvidar y poder integrar de forma digna a nuestras vidas los acontecimientos vividos por los profesionales sociosanitarios y el conjunto de la población durante la pandemia del SARS-CoV-2.

Extraordinaria foto de Josefa Calzado. Aquí su web.

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* Esta entrada ha sido elaborada a partir de la comunicación libre presentada en las XXIVªs Jornadas de la Asociación de Psicoterapia Analítica Grupal (APAG), celebradas en Sitges los días 24 y 25 de noviembre de 2023.

Las reflexiones aquí vertidas son el fruto de las experiencias de muchas trabajadoras y trabajadores de la sanidad madrileña que confiaron en nosotros. Sus testimonios han devenido emergentes gracias a la labor terapéutica de los coordinadores grupales. Finalmente quien firma (J. Camilo) ha dado forma final al mensaje que deseábamos transmitir.

Los autores quieren agradecer sinceramente a sus pacientes y a todos los trabajadores de centros sociosanitarios su sacrificio, su entrega y reconocer el miedo y los daños sufridos durante estos años tan difíciles.

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José Camilo Vázquez Caubet

Darío del Peso Martínez

Manuel González González

Álvaro Cerame del Campo

domingo, 13 de febrero de 2022

¿Por qué una evaluación psiquiátrica en tu cirugía de la obesidad?

por Olga Bautista Garrido, psiquiatra y psicoterapeuta.

Llevas años a dieta y a veces funciona por un tiempo, pero los kilos reaparecen y el efecto yo-yó termina en más peso aún que al inicio del régimen anterior. 


Tu nutricionista, endocrino o incluso tu médico de cabecera te hablan de que quizá la mejor solución sea una cirugía. Superado el shock inicial y asumiendo que quizá tengan razón, resulta que te derivan al psiquiatra. 

Desde hace unos años una parte de mi actividad asistencial clínica se dedica al programa de cirugía bariátrica, es decir, el tratamiento quirúrgico de la obesidad mórbida. Voy a contar brevemente en qué consiste mi papel en el programa.

Lo primero que hay que saber es que para ser candidato a este tipo de tratamiento se tiene como criterio el índice de masa corporal (IMC), es decir, la relación entre el peso y la altura. Tendría que ser mayor de 40 o mayor de 35 con problemas de salud relacionados con la obesidad, esto es: hipertensión arterial, colesterol alto, diabetes tipo 2, síndrome de apnea del sueño, problemas osteomusculares… Para que nos hagamos una idea se considera un adecuado IMC entre 18,5 y 25. Una vez incluido como candidato, el paciente tiene que obtener el "apto", es decir, la aprobación para la cirugía de los diferentes especialistas que formamos parte: endocrinólogos, neumólogos, anestesistas, cirujanos y psiquiatras.


"Mi labor como psiquiatra se centra en evaluar a los pacientes, determinar su capacidad para consentir la operación y estimar el riesgo de fracaso por influencia de aspectos emocionales a la hora de comer". 



Para entender bien a lo que me refiero es importante conocer en qué consiste la operación, esta parte centra un tiempo sustancial de la primera consulta. Me gusta comprobar que los pacientes saben exactamente qué se les va a hacer y los riesgos y secuelas que pueden esperar. La cirugía bariátrica es en realidad un conjunto de técnicas, siendo lo fundamental de ellas la reducción del tamaño del estómago de forma significativa (prácticamente a un cuarto de su capacidad). Además puede modificarse el tránsito intestinal para asociar malabsorción, pero lo fundamental es que la persona intervenida será capaz de ingerir tan poca comida que a su cuerpo no le quedará más remedio que utilizar las reservas de energía para seguir funcionando incluso en reposo, es decir: las grasas. Como me gusta decir: “tras la cirugía bariátrica por fin llega el momento de utilizar los por si acasos que el cuerpo lleva años almacenando”

Pero, y aquí está uno de los grandes problemas, ese estómago que reducen con el tiempo vuelve a distenderse, pues hay que seguir comiendo, y los alimentos aplican una fuerza sobre sus paredes. El objetivo sería que ese ensanchamiento inevitable no vuelva a adquirir grandes proporciones. Es por eso que las llamadas ingestas emocionales van a ser uno de los enemigos principales del buen pronóstico de la cirugía.

Aunque es muy frecuente que para llegar a una situación de obesidad mórbida, en algún momento de la vida hayan estado presente las ingestas emocionales (es decir, comer con ansiedad), no en todos los casos están presentes con una frecuencia e intensidad llamativas. Para detectar estos casos una entrevista clínica exhaustiva es la mejor aliada. Además de indagar sobre los antecedentes de problemas de salud mental, incluyendo las adicciones, antecedentes familiares, y situación de vida, considero indispensables dos preguntas: 

  1. ¿Cómo se inició y evolucionó esta obesidad?
  2. ¿Cuáles fueron sus mecanismos?

En la primera pregunta: inicio y evolución de la obesidad, sobre todo busco conocer desde cuándo, cómo se ha ido modificando y, muy importante: si hay hitos vitales relacionados con aumentos o disminuciones de peso significativas. Por ejemplo, no es infrecuente que las mujeres me cuenten modificaciones de peso sustanciales con los embarazos, postpartos o menopausias. Y no sólo considero que los factores hormonales que es donde se nos va automáticamente la mente tengan que ver con estos hitos. Las etapas mencionadas, si bien por supuesto van asociadas a cambios hormonales sustanciales, también tienen que ver con momentos de crisis vital por los cambios que suponen y por el contexto socialmente desfavorable en el que se insertan: tener que seguir trabajando en condiciones penosas estando embarazada, la soledad del postparto o momento de independencia de los hijos y avance hacia el envejecimiento que simboliza la menopausia… 

Además desde que empecé a hacerme cargo de este programa asistí con horror a la escucha en un porcentaje no desdeñable de casos de antecedente de traumas psíquicos varios en la infancia o adolescencia de los pacientes. Me estoy refiriendo a abusos sexuales en la infancia, violaciones, maltrato con violencia física o psicológica, negligencia de cuidadores principales… 

Estos hitos vitales son importantes porque más aún en edades tempranas condicionan la forma en que la estructura psíquica de las personas se desarrolla. Conllevan una mala gestión emocional que luego influye en la necesidad de regulación emocional externa (alivio de la ansiedad) en estos casos mediante la comida palatable y muy calórica.


"Si verdaderamente queremos que el resultado de la cirugía sea persistente en el tiempo y hacer cambios estables y duraderos me parece imprescindible el tratamiento de psicoterapia grupal."



En la segunda pregunta: mecanismo de la obesidad quiero reflexionar con el paciente acerca de cuáles son sus patrones más relevantes de conducta alimentaria. Como a las personas a menudo les cuesta identificarlos yo suelo ayudarles mencionado las opciones que considero más frecuentes: comer en cantidad, desorganización de horarios, comer compulsivamente o con ansiedad, conductas de picoteo o atracón, comer durante la noche, vida más o menos sedentaria… Aquí sobre todo pretendo la reflexión crítica para empezar a cambiar hábitos disfuncionales, sobre todo en cuanto a la desorganización de horarios y ausencia de ejercicio físico. Y si están presente de forma intensa y recurrente las ingestas emocionales, estos pacientes serían candidatos a un trabajo más intensivo conmigo y se propone tratamiento psicofarmacológico y/o psicoterapia grupal.

Fotograma de la película "Gordos", Daniel Sánchez Arévalo (2009)


















Me gusta explicar que el tratamiento psicofarmacológico casi siempre supone un medio para llegar a poder cumplir uno de los requisitos claves para el apto en la cirugía bariátrica, que es la pérdida previa de aproximadamente un 10% del peso con el que inició el programa. Es especialmente útil si al paciente le cuesta disminuir las ingestas compulsivas ya sean de tipo picoteo o atracón. 

Pero si verdaderamente queremos que el resultado de la cirugía sea persistente en el tiempo y hacer cambios estables y duraderos me parece imprescindible el tratamiento de psicoterapia grupal. En el modelo que trabajamos consta de diez sesiones semanales de una hora de duración donde se abordan diferentes temas relacionados con la conciencia, trabajo con la relación corporal, aprendizaje de técnicas de regulación emocional y el autocuidado. Un lugar importante en las sesiones lo tienen también las relaciones con otras personas importantes de nuestra vida

Es en este espacio donde más se ponen de manifiesto las diferencias de género y las dificultades propias del rol femenino. Las más habituales la escasa comunicación asertiva y la tendencia a priorizar el cuidado ajeno antes que el propio.

Para saber más, de la Dra. Olga Bautista
Esto es, a grandes rasgos, un esbozo de esa visita de evaluación psiquiátrica incluida en la mayoría de programas de cirugía bariátrica, y una muestra de las posibilidades de tratamiento que ofrecemos si así se acuerda con la paciente o el paciente. 

Seguiremos profundizando próximamente en las ingestas emocionales y la manera de gestionarlas.

sábado, 23 de febrero de 2019

Anatomía de una terapia de grupo

Un círculo de sillas y sillones aguardan a quien los ocupe, como dice uno de los miembros del grupo: "para promover la puntualidad".

Nos sentamos. Va a comenzar la sesión de terapia de grupo. Todas las semanas, durante hora y media, varias personas se reúnen para pensar en común, aprender y traer cambios que mejoren sus vidas.

Fuente: elaboración propia.
El grupo lleva 3 años funcionando. Lentamente, su composición se renueva. A veces, aunque menos que al principio, se produce algún silencio. En esos momentos de reflexión las personas que llevan menos tiempo viniendo suelen buscar la seguridad en la figura del profesional que les ha invitado a participar.

Pero el terapeuta tiene en el grupo un papel diferente al de las sesiones individuales. En el grupo le corresponde participar de manera más discreta. Se encargará entre otras cosas de cuidar la herramienta, el grupo en sí mismo, para que los miembros puedan sacar provecho de ella.

Esto al principio puede descolocar. Parecería lógico esperar que el terapeuta, "en tanto que profesional" les dé por fin las pautas y herramientas que necesitan, consejos o interpretaciones fruto de su conocimiento y experiencia.

Pero cuando uno se incorpora a un grupo lo hace para ir más allá de la acumulación racional de información. Las personas que se incorporan a las sesiones suelen tener ya experiencia en cuanto a terapias individuales. Suelen saber bien por qué sufren, pero tocan techo a la hora de alumbrar cambios.

El grupo es un buen lugar para aprender, pero de una forma más natural. Más parecida a cómo aprendemos en un gimnasio, en un laboratorio o un escenario teatral: experimentando, reflexionando, reajustando. En el grupo el foco del aprendizaje lo ponemos en cómo nos relacionamos con nosotros mismos y los demás, lo cual está en la base de la mayoría de problemas que tratamos los especialistas de la salud mental.


Pero, ¿cómo empezar?

Una buena forma de comenzar puede ser presentarse. Aunque seamos creativos al hacerlo es buena idea compartir qué hemos venido a hacer aquí. Cuál es la tarea que tenemos entre manos.

No es algo evidente, aunque todos coincidan en que "quieren estar mejor", o "desean sufrir menos". Es fácil coincidir cuando las frases son generales, desdibujadas. Pero cada uno tendrá que ir entrando en detalle para saber cuál es su tarea en el grupo, y cómo se trabaja dentro de éste.

Suelo ofrecer a los recién llegados un "kit básico" de tres palabras con las que empezar a trabajar. Estas palabras son: Dificultad, Resonancia y Feedback.


Ilustr. Jon Tyson, vía Unsplah
Dificultad: uno habla desde su experiencia de algo que le cuesta, le hace sufrir o no acaba de entender.

Resonancia: los demás, inevitablemente, sienten cosas con respecto a la dificultad que se ha expuesto. Desde sentirse plenamente identificado hasta percibirse indiferente o confundido.

Feedback: los demás pueden compartir lo que han sentido o qué aspectos de su propia historia han resonado con lo que se dijo.

A trabajar en el grupo se aprende sobre la marcha, con lo que estas 3 guías pueden ser abandonadas en su literalidad una vez que han sido incorporadas intuitivamente en la práctica. Con esto tenemos los rudimentos de estar en un grupo. Poco a poco iremos hablando y viendo más claro cómo funciona el asunto.

Aún así hay unos lemas que suelo recordar, como avisos a navegantes que reaparecen de cuando en cuando.

El primero: "el grupo es vuestro". No hay temas buenos ni malos para hablar. Podemos hablar de lo que sea, ya que el objetivo está en aprender de lo que sucede mientras hablamos. Por lo tanto el contenido de la sesión depende de sus integrantes, y suya es la responsabilidad de que se profundice o no en los asuntos que les atañen.

El segundo: "quien aporta recibe". Se puede estar de muchas maneras en el grupo, y se aprende también desde la escucha, desde la observación. Sin embargo, es innegable que quien habla arriesga. Uno se expone ante los demás, o tal vez remueve al hablar un tema incómodo. A cambio seguramente obtendrá un mayor retorno.

El tercero: "el pasado es informativo, el presente productivo." Hablar de nuestra historia puede aportar mucha luz a lo que nos sucede en el presente, ya que sin duda encontraremos pautas que se repiten y será más fácil darles sentido. Pero no es necesario hablar del pasado para aprender. En el presente de las sesiones nos encontraremos las mismas dificultades que nos hacen sufrir y nos han traído al grupo. Ante la duda, lo mejor es poder compartir en un momento determinado cómo se está sintiendo uno en la sesión.


Pero, ¿interviene el terapeuta en algún momento?

Interviene, pero de otra manera. Observa con atención, y cuando hace falta perspectiva comenta lo que ve. Lee e interpreta la situación. Señala cómo se están relacionando los integrantes. Cómo el grupo se está relacionando con la propia tarea que les trajo a él en primer lugar. Pide aclaraciones. Propone otras posibilidades donde todo parece acotado. Desafía el sentido común.

En algunos momentos rescata cosas que se dijeron durante la sesión o la precedente. Son aportaciones que vale la pena subrayar para darles una vuelta, o que representan una situación compartida por varios miembros del grupo o por el grupo en su totalidad: algunos los llaman emergentes.

Personalmente, me gusta terminar los grupos con una recapitulación de lo que ha ido surgiendo, y de cómo hemos hablado entre nosotros. Ofrezco algunas de mis ocurrencias y las pongo a disposición de los miembros para que sigan pensando. Por lo menos ahora es así como lo hago. No sé si durará. A lo largo de estos 3 años yo también he ido cambiando.

Ilustr: Jeremy Perkins, vía Unsplash

Si deseas conocer más en profundidad la experiencia de asistir a una terapia de grupo te invito a leer el resto de entradas que hemos ido publicando acerca de la psicoterapia de grupo. También te recomiendo la estupenda novela de Irvin Yalom titulada "La cura Schopenhauer".

@JCamiloVazquez

lunes, 31 de diciembre de 2018

Conócete a ti mismo (I). El inagotable juego de la identidad.

Estos días festivos abundan las listas de lo mejor del año, las recapitulaciones personales y las noticias curiosas en redes y televisión. Entre estas noticias destaca últimamente la de "la palabra del año".

Según el diccionario Oxford, la palabra más representativa del pasado 2017 fue fake-news (bulos), tomando el relevo de la ganadora de 2016: postruth (postverdad). Este 2018 parece que la agraciada por los académicos ha sido el término toxic, que en España llevamos tiempo usando para adjetivar a compañeros, jefes o relaciones amorosas bajo el paraguas de lo tóxico.

Sin duda cada una de estas palabras ha tenido su impacto pero, si de nosotros dependiera, la más relevante de este año, la de mayor calado, no hubiera sido otra que identidad.

Esto tiene que ver con la creciente presencia en la opinión pública de las denominadas "políticas identitarias", así como su contrapartida reaccionaria. Pensamos que la identidad está dando, y dará, mucho que hablar. Pero es que además nos parece un concepto fundamental para comprender a las personas y para poder ofrecer una mirada más amplia en consulta.


¿Qué es la identidad?

A lo largo de algunas entradas vamos a ir de lo particular a lo general. Empezaremos a plantearnos la identidad desde el nivel del individuo para pasar más tarde a lo colectivo. Ya veremos que esto implica, en realidad, desandar el camino de la identidad marcha atrás.

Un ejercicio que a veces proponemos en la consulta es el siguiente: "descríbase a usted mismo".

La persona comienza a usar palabras que, de alguna manera, piensa que la definen. Sería algo así como pedirle que nos muestre la fachada de su casa. La fachada es la parte más visible de la construcción, la que el arquitecto se esmera más en decorar y en la que se invierten los materiales de mejor calidad, lo que estamos dispuestos a mostrar. Abusando del símil, sería algo así:


Si seguimos tirando del símil podemos decir que las palabras que empleamos para describirnos son esos ladrillos vistos que le dan vida a la fachada. Si los examinamos con calma veremos que muchos de ellos son de fabricación propia. Son palabras que sentimos relacionadas con nosotros mismos. Pero también habrá ladrillos de importación, palabras que nos definen pero que han sido aportadas por otros: "mis padres dicen que soy...", "en el trabajo me tienen por...".


Analizando la composición de los ladrillos de esa fachada podríamos ver algo así:

A veces parte del ejercicio consiste en desgranar el origen de los ladrillos: ¿eso que me dice de sí mismo lo piensa usted o es algo que le dicen a menudo?, ¿le han convencido?, ¿fabricó usted esos ladrillos o son de importación?

Ya vamos viendo dos cosas acerca de la identidad:
  • No es algo que tenemos, sino que es algo que hacemos con palabras. La identidad es el discurso acerca de uno mismo. 
  • En la construcción de ese discurso están entremezclados el individuo y los otros. El discurso identitario depende de la relación con los otros. 
El discurso acerca de uno mismo (identidad) suele ser bastante informativo. Puede dar cuenta de dificultades a la hora de relacionarse con uno mismo y con los demás. Estas dificultades estarían en la base de lo que entendemos como trastornos de la personalidad, pero también de diversos sufrimientos que todos compartimos en un momento dado.

Podemos apreciar fachadas de diferente tipo, por ejemplo:

Un discurso invadido o colonizado por las descripciones ajenas es lo que podríamos llamar un "yo alienado". Apenas hay indicios de discurso genuino en la persona, sea consciente de ello o no. En el extremo opuesto tendríamos a las personas autárquicas que se oponen sistemáticamente a cualquier calificativo que no proceda de ellas mismas. Nos señalarían estilos de relación rígidos. Como suele ocurrir, la virtud está en el medio, y lo habitual es disponer de una cierta capacidad para aceptar ladrillos de importación, esas observaciones que los demás nos hacen de buena fe, al tiempo que capacidad para tener una palabra autorizada sobre aspectos de uno mismo.

Sobre la identidad ya habíamos hecho mención en una entrada anterior, al abordar el tema de la personalidad. Desde nuestro punto de vista, a fin de comprender a las personas que atendemos en consulta, deberíamos ser capaces de integrar tres aspectos diferentes aunque relacionados de su forma de ser: temperamento, carácter y, por último, el escalón ausente en el modelo de Clonninger: el de la identidad.

Adaptado de Cloninger CR, 1993.

Cuando uno realiza la lectura de sí mismo, desde lo alto de esta pirámide de tres plantas, podrá hablar con cierta seguridad de quién es y de quién quiere ser, pero puede que los escalones inferiores nos vayan costando un poco más. No en vano los hábitos son automáticos, y al no prestarles atención, con frecuencia los olvidamos. Algo similar pasa con el temperamento, que nos acompaña desde nuestro nacimiento. Puede que nos resulte inconcebible que haya otras temperamentos, por lo que en ocasiones son los demás los que nos lo tienen que señalar, como pasa mucho con eso que quizás en el futuro veamos como un temperamento y hoy llamamos TDA.

Aunque las personas solemos creer que nos conocemos bien, el caso es que esto es dudoso en el mejor de los casos. Como somos muy de usar metáforas, cuando se nos consulta sobre esto solemos explicar que conocerse a uno mismo es como intentar rascarse la espalda. Existen zonas de nuestra anatomía que tenemos más o menos a mano y conocemos bien. Nos las podemos apañar. Pero hay otras zonas que quedan fuera de nuestro alcance y requieren de la mirada ajena para que nos revisen éste o aquel lunar. Necesitamos por tanto a los demás, aunque a veces prefiramos ocultarnos para que no nos den una mala noticia.

Esto nos lleva al asunto de lo que conocemos o desconocemos de nosotros mismos, y lo que conocen o desconocen de nosotros los demás. Para terminar de apuntalar las bases conceptuales de la identidad rescataremos el conocido modelo de la ventana de Johari, que propone diferenciar 4 ámbitos personales en función de el grado de conocimiento de la información sobre uno mismo.

Adaptado de Luft, J.y Ingham, H. (1955)
Existe mucho debate últimamente acerca de cuál es la mejor manera de evaluar la personalidad, teniendo en cuenta que si uno rellena un cuestionario tal vez tenga una imagen sesgada de uno mismo o desconozca (u oculte) aspectos importantes de su forma de ser.

En muchas ocasiones la terapia individual se basa en lograr que lo desconocido pase a ser tenido en cuenta por el individuo. A veces el foco del tratamiento consiste en ayudar a otras personas a que puedan ir abandonando el parapeto identitario (dobles vidas) que se han construido, y que la información pueda fluir de la conocido para uno a lo conocido por uno y por el resto.

En este sentido la terapia de grupo resulta de particular utilidad. Disponer de un espacio de apoyo donde el objetivo consiste en analizar cómo nos relacionamos en el momento presente permite disponer no ya de uno, sino de varios espejos en los que verse, a través de los ojos de los demás. El conocimiento puede fluir en un entorno de seguridad. Y cuando el conocimiento fluye aprendemos, nos adaptamos mejor a la realidad.

Conócete a ti mismo, por tanto, esa frase que grabaron los griegos en mármol, vemos que no es un consejo pregrino, sino una tarea para toda la vida. Quizás la más importante de todas.

Para no alargarnos demasiado finalizaremos aquí esta entrada. Nos quedan muchas cosas en el tintero, con lo que nos comprometemos a seguir publicando sobre el papel de los grupos en la identidad, así como el marco más amplio, que llamamos cultural.

Por el momento os deseamos un Feliz año 2019, con nuestro deseo de podáis seguir creciendo, adaptándoos y descubriendo aspectos nuevos de vosotros que enriquezcan vuestra identidad.




Referencias:
  1. Cloninger, CR; Svrakic, DM; Przybeck TR: A Psychobiological Model of Temperament and Character. Arch Gen Psychiatry. 1993;50:975-990 
  2. Hogan R, Foster J. Rethinking Personality. Int J of Personality Psych. 2016;2:37-43
  3. McAbee S. T., Connelly B. S., A multi-rater framework for studying personality: The trait-reputation-identity model. Psychol. Rev. 123, 569–591 (2016).

viernes, 9 de noviembre de 2018

¿Y ahora qué tenemos que hacer? Sobre el aprendizaje en grupo.


Adaptación de un fragmento de Armando Bauleo: Ideología, grupo y familia. (1982) 


Vamos a intentar aprender cómo se aprende en un grupo.

1. 

Digan lo que digan las personas en sus momentos de desesperación, el hecho es que todo ser humano aborrece abandonar sus propias costumbres.

“El hombre es un animal de costumbres”, se supone que dijo Charles Dickens
“Nada necesita ser reformado tanto como las costumbres ajenas”, apostilló Mark Twain.

El hecho es que las personas no deseamos cambiar. Queremos dejar de sufrir.

Llegando a tierras desconocidas en El señor de las Moscas (1990)
A veces llegamos a comprender y aceptar, a regañadientes, que el cambio es una condición necesaria para disminuir el sufrimiento. Las personas inician una terapia cuando comprenden que se puede trocar un malestar inmediato (porque nunca es fácil abrirse ante desconocidos, hablar de lo que duele) por un bienestar futuro, a veces demasiado lejano para ser vislumbrado en el horizonte.


Por lo tanto, podemos cambiar, pero necesitamos un buen motivo para empezar a hacerlo.


2. 

Cambiar es aprender. Aprender es incorporar cambios que no se los lleve el viento, que resistan a las circunstancias. Cambios estables.

¿Cómo sabemos que alguien va cambiando?

Veremos aparecer nuevas pautas de conducta y éstas se mantendrán más o menos estables, como decía Bleger. Los cambios duraderos son siempre paulatinos. Al igual que pasaba con el barco de Teseo, uno deja de ser un poco el que era para pasar a ser el que se es. Lo que siempre permanece es la relación entre las partes, que es la que nos hace reconocibles.

Pero, ¿cómo ocurre el cambio?. ¿Cómo aprendemos?

Las gafas de Piggy, en el Señor de las Moscas. 
El combustible del cambio es la información. Cuando nos alcanza, la información produce en nosotros una reacción a la que llamamos emoción. Si adoptamos una actitud pasiva, sencillamente, sentimos cosas en relación con lo que nos llega, sin más. Desde una postura activa o un contexto facilitador, la combinación de información y emoción vendrá seguida de algo nuevo. La emoción dará pie a nuevas acciones, quizás a buscar más información, o a modificarla para aportar un matiz particular. En ese caso hablaremos de producción, que es por ejemplo lo que intentamos al construir este texto.

Ni la información ni la emoción ni la producción se dan en el vacío, sino que se manifiestan en un contexto:

Puede ser un aprendizaje en aparente soledad, como en aquel soneto de Quevedo:

Retirado en la paz de estos desiertos, 
con pocos, pero doctos libros juntos, 
vivo en conversación con los difuntos, 
y escucho con mis ojos a los muertos. 

O puede tratarse de un aprendizaje en compañía de los vivos, en el seno de grupos humanos.

El contexto, sea el que sea, modula cómo recibimos la información.

No es lo mismo sentarse en una reunión de trabajo completamente predecible, soporífera, que despertar en una playa, entre los restos humeantes de un accidente aéreo, tratando de averiguar qué ha pasado.

El desconcierto y la parálisis dominan a los supervivientes del Oceanic 815, en los primeros compases de la serie Lost.

3. 

Si nos ponemos en situación, 5, 6, 10 desconocidos se reúnen por primera vez en el mismo lugar, bien por accidente, porque alguien les ha invitado, o bien porque precisamente a ese punto de encuentro les ha conducido su propia búsqueda individual.

¿Qué podrían aprender unos de otros?. Al principio solo hay confusión. Probablemente cada uno sepa, más o menos, lo que pretendía, lo que necesitaba, lo que le gustaría conseguir por su cuenta. Pero ahora hay otras personas. Si no se ignoran, si hablan entre ellas, quizás hagan mención a su propio pasado, a experiencias parecidas vividas con anterioridad, otros grupos de personas a los que pertenecieron, que desde luego no eran estos desconocidos. Los que hablan, lo hacen únicamente desde su punto de vista individual. Los más prudentes callan y observan. Los roles no están todavía repartidos, y no está claro que ese conjunto de individuos tengan nada común entre manos. Quizás cada uno sepa cómo ha llegado al grupo, pero no para qué. Por el momento el grupo carece de una tarea definida, y reina la indefinición.

Primero Jack y luego John asumen liderazgos temporales.
Pero el tiempo pasa y las cosas parece que se van ordenando. Ya se percibe alguien que nombra y discrimina, que asume un papel organizador. Esos otrora desconocidos comienzan, poco a poco, a referirse a ellos mismos como pertenecientes a algo que va más allá de lo individual. Y, de cuando en cuando, se menciona la necesidad de que sea este grupo de personas el que haga algo. ¿Pero qué? Es el momento de las tensiones, aunque ya se hable en plural: ¿y ahora que tenemos que hacer?. Cuando se pueda responder en voz alta a esta pregunta tendremos enunciada la tarea explícita. Lo que se calle en torno a la misma será la tarea implícita. Tiene esto que ver con el referido miedo al cambio. La información ha suscitado emociones. Asustan tanto la inminencia de lo nuevo por conocer como perder aquello a lo que estábamos apegados, aunque nos hiciera sufrir. En relación con estas emociones producidas por la tarea emergerán los diferentes liderazgos y roles.

Un tercer tiempo será el de la síntesis, cuando el grupo se torne verdaderamente productivo. Aparecerán ya visibles los elementos básicos de todo grupo: la interacción entre los miembros, la conciencia de esta misma interacción, y la finalidad, que nos devuelve a la tarea. Los integrantes serán capaces de hablar de su propia historia (dimensión vertical), pero también de la historia del grupo (dimensión horizontal). Para ser capaces de hablar productivamente de temas deberemos ser capaces primero de hablar de relaciones, de las interacciones dentro del grupo. Pero al mismo tiempo hablar de las relaciones en el grupo es otro tema, uno importante, que debemos que aprender a manejar. La tarea, por lo tanto, es al mismo tiempo el objeto y el medio para lograrlo. Si la información generaba emociones será parte fundamental de la tarea el hablar de cómo nos sentimos cuando intercambiamos información, cuando hablamos y nos hablan; cuando el grupo habla.


4. 

Al sentarse en un grupo toca reflexionar acerca de la interacción y sus efectos.

Recapitulemos.

Íbamos nosotros por la vida con nuestras necesidades y nuestras metas, pero de pronto aparecieron esos desconocidos. Cuando se aceptó la situación, cuando reconocimos como válida la presencia del otro, nos vimos empujados a amoldarnos. Ellos hicieron lo mismo.

Cada uno contribuye a su manera, pero se dirigen hacia el mismo objetivo.
De entre las diferentes maneras de estar en un grupo escogimos una, que tal vez nos resultaba muy familiar. O tal vez las circunstancias nos sugerían, nos invitaban a estar de otra manera, a adoptar un nuevo rol. Existía la posibilidad de estar de otra manera y experimentar cómo sería adoptar otro papel. Son contadas las situaciones en las que gozamos de la tranquilidad de poder dejar de ser uno mismo durante un rato.

Quizás, al probarlo, nos sentimos mejor de lo esperado. Tal vez costó al principio, pero llegamos a incorporar una nueva faceta, la capacidad, la conciencia de la posibilidad de adoptar un nuevo rol. Esto resulta especialmente necesario cuando cambia la tarea. Los grupos son dinámicos. Evolucionan a medida que cambian sus miembros. Seguramente llegarán nuevos retos, y con ellos la necesidad de nuevos intercambios, distintos repartos de roles. Por tanto, el rol asumido dependerá de la tarea.

De esta forma la personalidad se flexibiliza, el repertorio de nuestra conducta se enriquece. Aprendemos.

Así, hablando de lo que queremos tratar, los temas, y de cómo es el proceso del grupo al tratarlos, seremos conscientes del cambio y lo dirigiremos de forma provechosa.

Porque, como advierte el proverbio chino, si no cambiamos la dirección de nuestros pasos acabaremos llegando allí donde nos dirigimos.

Esto es lo que he ido aprendiendo por ahora.

@JCamiloVazquez

domingo, 31 de diciembre de 2017

Te acompaño en el sentimiento

Hace pocos días un paciente compartió conmigo la siguiente experiencia: 

Se acercaban las primeras Navidades en ausencia su mujer, fallecida meses atrás de forma bastante trágica. Al término de un encuentro con otro miembro de su familia extensa, conocedor de la tragedia, llegó el momento de despedirse.

Ilustr. por Dubois
- Que pases felices fiestas – dijo el familiar de mi paciente.
El viudo, dolido, a la par que sorprendido, le contestó:
- ¿Pero cómo pretendes que sean felices con lo que me ha pasado?.
Su familiar le replicó, bastante molesto:
- Bueno, ¡y qué quieres que te diga!

Repasando el suceso en consulta mi paciente era plenamente consciente de la buena intención tras el comentario. Aún así, sintió que no le ayudaba precisamente, sino que de alguna manera profundizaba un poco más en la herida de su pérdida. Se sintió incomprendido y tremendamente solo, a pesar de que uno esperaría precisamente lo contrario de una reunión familiar.

Trabajando este episodio acudieron a la memoria de mi paciente otros tantos comentarios que le habían hecho a lo largo del último año: "tienes que salir y rehacer tu vida""tienes que hacer por pasar página""no puedes estar todo el día  en casa, llorando""ya han pasado más de 4 meses, no deberías seguir tan afectado"... Siempre cargados de buenas intenciones, siempre vividos como inadecuados.

Estas situaciones son abrumadoramente frecuentes entre las personas que acuden a consulta, y sospecho que también para todas los demás. Se trata de algo que está a la orden del día, y que parece ir a más impulsado al menos por dos factores:

El pobre ratón Mickey se ha convertido en el símbolo de
la distópica búsqueda de la felicidad a cualquier precio.
1) El mandato cultural de estar felices y contentos, seguir en marcha, ser productivos.

2) La creciente dificultad de muchas personas para lidiar con el dolor propio y ajeno. 

Contra el primer factor, me temo, es bastante difícil luchar. La búsqueda del bienestar es un motor fundamental de nuestra economía, aunque de ello resulten situaciones absurdas y psicológicamente dolorosas. Una sociedad cuyo lema no fuera "satisface tus deseos" sino "confórmate" probablemente debería renunciar a gran parte de las comodidades propias de una sociedad de consumo. Tendríamos que cambiar por completo nuestro modo de vida, lo cual, aunque se nos llene la boca de decirlo, es algo que nos costaría bastante hacer.

Con el segundo factor, afortunadamente, tal vez sí podríamos llegar a hacer algo.


Mirando al sol

Últimamente he podido leer la autobiografía del psiquiatra y terapeuta Irvin Yalom. Siempre es interesante repasar el devenir de alguien con tanta experiencia a sus espaldas, especialmente si está dispuesto a reconocer sus errores y no solo exponer sus triunfos. En esto Yalom resulta especialmente cercano. Pocos terapeutas tienen su tacto y compromiso a la hora de mostrarse.

Uno de los capítulos más interesantes del libro tiene que ver con su experiencia coordinando grupos de terapia para personas con cáncer en fase terminal. Fue a través de las experiencias de estos pacientes que empezó a interesarse cada vez más por el existencialismo, la corriente de pensamiento filosófico en torno a los desafíos ligados al hecho de ser humanos. Entre ellos, uno que suele aflorar de la mano de la enfermedad: que nacemos y morimos solos, como el Ivan Illich de Tolstoi.

Con el paso de los años Yalom acabó escribiendo un famoso -y más que recomendable- tratado titulado "Psicoterapia existencial". Como bien hace en recordarnos, no se trata de un modelo (otro más) de psicoterapia, sino de una invitación para dirigir la mirada hacia determinadas áreas de la existencia que tendemos a dejar apartadas por miedo al abismo. Estas cuatro áreas son: el aislamiento, la libertad, la ausencia de sentido y, por supuesto, la muerte.


Él toma prestada una cita de François de La Rochefoucauld para referirse a nuestra capacidad de encarar este hecho: "ni al sol ni a la muerte se les puede mirar fijamente". Otro de sus libros, consecuentemente se titula "Staring at the Sun" (Mirar al Sol, en su edición española).

Eso mismo nos sucede muchas veces cuando nos enfrentamos al dolor propio y ajeno. De forma más o menos inesperada irrumpe el Sol en nuestro campo de visión, y la tentación de apartar la mirada cuanto antes es casi la norma.

Hay muchas formas de eludir la angustia:
"Ya verás como va a ir bien"
"Hay otros que están peor"
"No es para tanto"
"No le des tanta importancia"
"Mejor piensa en otra cosa"
Etcétera.

Son siempre comentarios motivados por el deseo de aliviar el sufrimiento del otro (y también el propio), pero que suelen ser inútiles en el mejor de los casos, y dolorosos por lo general.


Ritos expropiados.

Con el paso de los años he aprendido a valorar la sabiduría popular acumulada en determinadas prácticas rituales. Como cualquier tradición culturalmente mediada (esto es transmitida por imitación y prescripción social) un rito tiene el peligro de quedar obsoleto, o de contravenir las necesidades de un individuo particular (ver La Casa de Bernarda Alba). Pero lo cierto es que si un rito se afianza en una cultura es porque suele responder a una necesidad humana relativamente prevalente.

Ilustr. por Lorenzo Mattotti
Un rito que se ha abandonado, tal vez porque la religión católica se lo apropió y en su debacle contemporánea hemos acabado tirando el niño con el agua sucia, es el del luto. Probablemente la mayoría de las personas puedan pasar sin él, pero en muchos casos, ante la presión social de volver a ser felices y productivos cuanto antes, y el sufrimiento que esto genera en muchas personas, no puedo sino pensar en lo útil de aquella sanción cultural. El luto permitía al doliente dar rienda suelta a su tristeza durante un periodo de tiempo razonable, con un principio y un final predeterminados, sin las prisas actuales. Por otro lado, el vestir de negro lo hacía ostensible al resto, quienes sabían que no había que andar complicando la vida a esa persona con propuestas de obligada diversión. El luto era el rito por el cual se permitía a las personas ser infelices durante un tiempo y cesar en la fatigosa búsqueda de la felicidad.

Hoy en día podemos extrapolar esta presión a casi cualquier sentimiento considerado negativo: la angustia, el miedo, la tristeza, la rabia... Si algo supo transmitir la película de animación de Pixar, "Inside Out", es que las emociones y sentimientos no son per se "buenos" ni "malos". Tal vez nos resulten agradables o desagradables, pero lo fundamental es que sean apropiadas al contexto. Tienen su sentido: un origen y una finalidad. Todas sirven. Entrar en un la dinámica de combatirlas a toda costa es una receta infalible para ahondar en la confusión y el malestar.

Por eso, aunque hay muchas personas que saben hacerlo de forma intuitiva y son aquellos "que saben escuchar", quizás todas las personas deberíamos aprender unas nociones básicas de acompañamiento y verdadera escucha.

Muchas veces en consulta les pregunto a mis pacientes si saben lo que se le dice a los dolientes en un entierro. Y la abrumadora mayoría lo sabe: "te acompaño en el sentimiento", me contestan. Efectivamente, les digo, no serviría de nada regalarse con un "lo superarás pronto", "no es para tanto" o "tenía que ocurrir", ni tampoco "en dos años te habrás olvidado de todo esto", por muy cierto que sea objetivamente hablando. No hay nada que moleste más a alguien que sentir que se le quita hierro a su sufrimiento, que se niega su emoción.

Ilustr. Livia Marin.

El rito, en cambio, esta frase que aprendimos de memoria como un refrán, tal vez sin pararnos a pensar en su significado, está llena de sabiduría. Ante las circunstancias de la vida no podemos cambiar lo que sentimos ni lo que sienten los demás. La mayor parte de las veces solo podemos mostrar nuestra solidaridad, haciendo notar que nos com-padecemos, que padecemos en compañía. Que estamos ahí junto a ellos, ni delante tirando ni detrás empujando. A la par, en relación.

Cuenta Yalom en su biografía que al inicio de uno de sus grupos de terapia para pacientes terminales, una mujer que padecía un cáncer muy avanzado abrió la sesión contando un cuento. El terapeuta lo recoge tal cual se pronunció, reconociendo que jamás se le habría ocurrido un inicio de sesión más brillante. Dice así:

Un rabino mantenía una conversación con Dios acerca del Cielo y del Infierno. "Te mostraré el Infierno", dijo el Señor, y condujo al rabino hasta una habitación con una gran mesa redonda. Las personas sentadas alrededor de la mesa se encontraban famélicas y desesperadas. En el centro de la mesa humeaba una enorme olla de estofado. Olía tan delicioso que al rabino se le hizo inmediatamente la boca agua. Cada una de las personas allí sentadas sostenía una cuchara con un mango extremadamente largo. A pesar de que las largas cucharas permitían alcanzar la olla, sus mangos eran mucho más largos que los propios brazos de los comensales. Es por ello que, incapaces de acercar la comida a sus labios, ninguno de ellos conseguía comer. El rabino pudo ver que, sin lugar a dudas, su sufrimiento era terrible.

"Ahora te mostraré el Cielo", dijo el Señor, y marcharon a otra habitación, exactamente igual que la primera. Allí encontraron la misma mesa redonda, la misma olla de estofado. Las personas allí sentadas estaban equipadas con las mismas cucharas de mango largo, y sin embargo todo el mundo estaba bien alimentado y rollizo, todos reían y charlaban. El rabino no podía entenderlo. "Es muy simple, pero requiere una cierta habilidad", dijo el Señor. "En esta habitación, como verás, han aprendido a alimentarse los unos a los otros."


Cuando decidimos adoptar la mirada existencial en terapia, o en nuestra vida, cuando decidimos mirar al Sol, la conclusión acaba siendo la siguiente: que solo podemos soportar la vida en relación.

Fotograma de la maravillosa "La mejor juventud"

Por eso, para este año que empieza mañana, desde Anábasis, os deseamos que tengáis compañía, que todos aprendamos a estar con los demás, que nos acompañemos en el sentimiento y que nos atrevamos a dejarnos espacio los unos a los otros cuando necesitemos estar a solas con nosotros mismos.


Bibliografía:
Becoming myself. A psychiatrist´s memoir. Irvin D. Yalom. Piatkus. London, 2017.
Psicoterapia existencial. Irvin D. Yalom. Herder. Barcelona, 2010.

miércoles, 29 de junio de 2016

Terapia de grupo. Manual de supervivencia.

 Si por algún motivo te han planteado la posibilidad de ir a terapia de grupo, es posible que te estés imaginando algo así:

Devianart; Ilustr. by shapesofabullet
· un círculo de sillas muy amplio
· mucha gente cariacontecida
· una presentación estereotipada y alienante
· un ambiente que no invita a la alegría

Para quien no ha participado antes de ningún grupo de terapia es casi inevitable que le acuda esta imagen a la mente, ya que en general conocemos la terapia de grupo a través de las películas (normalmente dramas) o en todo caso de oídas.

En España, además, resulta que la terapia de grupo no ha tenido mucha presencia hasta hace unos años, si exceptuamos el tratamiento de las adicciones. Por este motivo, cuando le ofrecemos la posibilidad a alguien de incorporarse a un grupo de terapia, no es raro que nos pregunte: “¿como alcohólicos anónimos?”

Suele ocurrir que, aunque le aclaremos al paciente que el modelo de Alcohólicos Anónimos funciona muy bien en su campo, pero que hay otros modelos, es inevitable que sigan quedando dudas en torno a la idea de empezar a ir a terapia de grupo.


¿Cuáles son las principales preocupaciones que nos comentan en consulta?
  • ¿No me hará sentir peor el escuchar los problemas de otra gente?
  • ¿No es más efectiva o “concentrada” la terapia individual?
  • Si voy, ¿encajaré en el grupo? ¿Seré aceptado/a?
  • ¿Seré capaz de conectar con alguien o me verán como un bicho raro?
  • ¿Habrá gente que esté muy mal?
  • ¿Seré yo el/la que esté peor?
  • ¿Cuáles son las normas?
  • ¿Se atenderán mis necesidades?

Ilustr. vía: http://williamsburgtherapygroup.com/
Todas estas dudas son completamente normales, y a cualquier persona que haya pasado satisfactoriamente por una terapia de grupo le resultarán familiares estos miedos previos a la misma. Todas ellos van desapareciendo conforme uno se incorpora y van pasando las sesiones.

Cuando imaginamos un futuro y sentimos miedo, tendemos a ponernos en lo peor. Sin embargo, la gente que encontraremos en el grupo será muy parecida a nosotros mismos. Porque aunque nos diferenciemos en los detalles, las personas compartimos lo fundamental. Además, el terapeuta se encarga de conformar el grupo pensando en un objetivo común: descubrir y cambiar las dificultades de relación que sufrimos con nosotros mismos y con los demás.

En este video, el psiquiatra y terapeuta Irvin Yalom, en cuyo modelo de terapia interpersonal basamos nuestros grupos, explica cómo se selecciona a los integrantes de un grupo para que éste pueda ser más productivo:



La misión del terapeuta, como vamos viendo, no es tanto lanzar intervenciones reveladoras ni tener un papel protagonista. El terapeuta convoca a los participantes y crea un espacio de seguridad, favorece que el clima sea de apoyo, evita las distorsiones y se asegura de que se cumplan las normas. Conduce la terapia y facilita el intercambio.

Eso no quiere decir que “recibamos menos terapia”, más bien al contrario. Para las dificultades de relación precisamente lo que necesitamos es poder relacionarnos. Parece que nos sentimos mucho más cómodos en el refugio de la terapia individual, donde quizás ya llevamos un tiempo con nuestro/a terapeuta y sabemos que nos va a cuidar. Pero esa sensación de comodidad también tiene la contrapartida de que no estamos desafiando nuestros hábitos. La terapia individual en estos casos se convierte en algo así como un piano de dos notas, con un registro muy limitado. En el grupo podemos tocar con todas las teclas.

En una entrada anterior enumeramos todos los factores que explican la eficacia de la terapia de grupo. Si tuviéramos que resumirlos en un frase lo haríamos de la siguiente manera:

La terapia de grupo sirve como un laboratorio donde experimentar de forma controlada con formas nuevas de actuar, o un gimnasio en el que poder entrenar y fijar hábitos que nos hagan menos daño.

No es lo mismo comprender que empezar a cambiar. Muchas personas sienten que se atascan después de tiempo yendo a terapia de forma individual. Entienden lo que les pasa, pero una y otra vez acaban cayendo en los mismos problemas. La terapia de grupo nos ofrece una oportunidad inigualable, no sólo para terminar de comprender, sino para empezar a cambiar.



@JcamiloVazquez