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domingo, 17 de marzo de 2024

4 años después. Lo que persiste.

Esta semana se han cumplido 4 años desde el inicio del estado de alarma por la pandemia del SARS-Coronavirus-2, causante de la COVID. Es momento de recordar.

La mayor parte de mi tiempo lo paso trabajando como psiquiatra y psicoterapeuta que atiende a profesionales de centros sanitarios públicos, junto con un equipo de compañeros de diferentes disciplinas.

Es por ello que, en marzo de 2020, cuando se hizo ya evidente que España y el mundo se enfrentaban a una enfermedad infectocontagiosa desconocida con potencial de extenderse sin control, mis compañeros y yo comenzamos a preguntarnos por el efecto que esto tendría en nuestros pacientes.

Los miembros del equipo de trabajo decidimos llevar a cabo una revisión de la literatura científica en torno a los efectos psicológicos de otras epidemias. Esta tarea seguramente nos ayudó a sentirnos útiles y sobrellevar la angustia del confinamiento, la incertidumbre de las primeras semanas.

Todo apuntaba a que los profesionales sanitarios se encontrarían dentro de los grupos poblacionales de mayor riesgo a la hora de enfermar, tanto a nivel infeccioso como por el impacto que la labor asistencial podría tener en su equilibrio psíquico.

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Por ello, en cuanto nos fue viable, concebimos un dispositivo grupal al que denominamos “Grupo para la elaboración de experiencias relativas a la pandemia” o, en breve, “Grupo COVID”. Nuestra hipótesis inicial consistía en que el enorme reto de la labor asistencial en condiciones de incertidumbre, riesgo biológico y sobrecarga de tarea se manifestaría principalmente de tres maneras: 
  • en primer lugar como el cuadro de trauma psíquico esperable tras presenciar lo incomprensible, hacer lo que uno nunca quisiera y no poder hacer lo que debiera; 
  • en segundo lugar el duelo por la pérdida en condiciones trágicas, a menudo crueles, de pacientes, familiares, compañeros y allegados
  • por último el desgaste profesional sobrevenido ante el deterioro de las condiciones de trabajo. Cuando a la sobrecarga mantenida sigue el descubrimiento de que el trabajo ya no es lo mismo.


Nos propusimos como tarea una construcción conjunta de sentido que permitiera encajar muchas de las experiencias vividas trabajando como sanitarios durante la pandemia, facilitar el reconocimiento de esos factores que tienen que ver con la propia historia personal, la biografía, a la hora de modular el impacto particular de la pandemia. Finalmente se trataba de ayudar a recobrar el sentido de agencia de cara al presente y al futuro inmediato, ayudando a salir de la impotencia.

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Los grupos se idearon y pusieron en marcha de la siguiente forma: convocados de forma presencial en la sala de reuniones de nuestro centro nos sentábamos, en círculo, a distancia prudencial, haciendo uso de gel hidroalcohólico y cubriendo nuestros rostros con mascarillas. Se conformaron grupos cerrados de entre 7 y 12 miembros. Dedicábamos sesiones de 90 minutos abiertas a la libre asociación de contenidos, conducida por los 4 psiquiatras abajofirmantes en diferentes combinaciones de pares. Se realizaba una recogida de emergentes grupales que, entre sesiones, eran remitidos por escrito para facilitar la reflexión y tender un hilo de continuidad que permitiera mitigar la distancia social de seguridad. Las reuniones se sucedían con frecuencia quincenal, hasta sumar un total de 12 encuentros por grupo. Así, en sucesión alterna pudimos coordinar hasta 7 ediciones entre junio de 2020 y septiembre de 2023, que vieron pasar a un total de 79 profesionales sociosanitarios de diferentes categorías y procedencias. 


Ahora que el tiempo ha transcurrido y concluida la alerta sanitaria global, quisiéramos compartir algunas de las reflexiones y aprendizajes que fueron surgiendo desde el momento en que nos sentamos a pensar juntos.

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Lo primero que emergió fue el caos organizativo, un descontrol que alcanzó prácticamente todos los rincones del sistema sanitario. El no saber qué ocurriría, la falta de medios de protección, las indicaciones contradictorias y los protocolos diariamente cambiantes, todo ello sumió a los profesionales de los centros sanitarios en la incertidumbre y el desconcierto. 

Para defenderse del miedo se trabajaba a destajo, a menudo doblando turnos, desviviéndose para evitar sentir y pensar. La creatividad salió también al rescate para aliviar la angustia. Se manifestaba en forma de carteles, de canciones, de bailes probablemente incomprensibles fuera de ese contexto.

Se extendieron y normalizaron las preocupaciones obsesivas y su contrapartida compulsivas. Se intentaba conjurar el miedo al contagio propio y el de los seres queridos por medio de rituales de lavado y todo tipo de medidas de precaución. Con el paso del tiempo muchos de ellos consolidarían en cuadros de evitación y tenaces repliegues en la seguridad del hogar, renunciando al encuentro con los demás.

La adhesión rígida a rituales y compulsiones vino amparada por las recomendaciones oficiales y por el sentido de pertenencia al grupo amplio de los sanitarios. Esto dio paso a la creación de auténticos sistemas sociales de defensa o defensas colectivas, con implicaciones para la convivencia. Cuando se indagaba, a menudo podíamos observar que el miedo al contagio bebía de fuentes más profundas, como un desgaste profesional imposible de asumir o importantes dificultades de relación previas. 

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Al miedo lo habría de seguir la culpa, muy marcada ante el fallecimiento en condiciones trágicas de familiares y allegados, especialmente cuando coexistía la idea (pocas veces falsable) de haberles uno contagiado. Culpa también ante la fantasía de haber podido hacer más por ellos, en tanto que sanitarios, personal de "la casa", matiz que les hacía preguntarse cuánto hubiera mejorado la situación el uso de su red de contactos o pedir favores a voluntad. También el culparse por la muerte de los muchos pacientes a cargo, no en pocas ocasiones tras haberse visto obligados a tomar decisiones que violentaban su conciencia debido a la escasez de recursos. Y un aguijoneo adicional al recordar toda aquella patología desatendida o relegada por no ser COVID.

Si bien es cierto que durante la pandemia el dolor, el miedo y la confusión fueron omnipresentes, sería injusto minusvalorar la heterogeneidad de vivencias de los profesionales en el contexto de esta crisis sanitaria. Nuestra institución es grande y diversa. Los daños no fueron los mismos en todos los rincones del sistema sanitario. E incluso cuando los hubo no faltaron los momentos de intenso compañerismo, de propósito compartido, la vivificante sensación de haberse reencontrado uno mismo con su profesión. Para muchos los primeros compases de la alerta sanitaria fueron semanas de sentirse útil y reconocido, aliviado de un desencanto muy anterior a la aparición del virus.

Aunque prevaleció la resistencia y el trauma psíquico no fue lo más frecuente, éste hizo su inevitable aparición en los grupos en forma de lagunas de la memoria y del discurso. Lagunas acompañadas de imágenes que volvían una y otra vez. Retazos y escenas sin contexto ni estructura, pero ligadas a una intensidad emocional que las sujetaba a un presente continuo agotador.

Imágenes que se nos quedaban clavadas a quienes nos las contaban. Como aquellas hojitas de papel amarillo, post-it pegados a las mortajas apiladas. Post-it portadores del nombre de los fallecidos. Y la angustia de quien descubría que se despegaban a menudo y caían al suelo como en un otoño prematuro.

El contexto grupal permitía, a pesar de la angustia, transitar esas imágenes en compañía, recibir palabras de aliento, dar sentido, hacer del sufrimiento algo compartido.

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De forma similar a lo que ocurre en el trauma la vivencia del tiempo durante toda la pandemia se demostró difusa. Los años se confundían unos con otros. Los días podían eternizarse o bien aniquilarse en el recuerdo como una papilla de momentos desarticulados. La metáfora de las olas en los picos de contagio sirvió para crear un marco de referencia junto con otros hitos como el confinamiento, el inicio de las vacunaciones o el fin de la obligatoriedad de las mascarillas.

Descubrimos que la conciencia de sufrimiento y la demanda de ayuda tenían lugar en los valles entre olas, cuando la percepción de amenaza disminuía y los profesionales podían reducir el nivel de alerta para poner nuevamente el foco sobre ellos mismos. Aquello que se demostró verdaderamente dañino no fue lo terrorífico en sí mismo, sino el alargamiento indefinido de las condiciones de excepcionalidad bajo las que había que trabajar.

Lo que no desapareció con el paso del tiempo fueron las huellas de la pandemia. Huellas en los cuerpos, en la conducta, en la forma de ver las cosas. Lo que persiste.

Si bien al iniciar los grupos pensábamos que nos enfrentaríamos a tres problemáticas principales (trauma, duelo, desgaste) a día de hoy podemos afirmar que los grupos COVID tuvieron un tema principal: el duelo, con las labores que corresponden tras la pérdida.

Entre otros fuimos testigos del duelo por la salud de aquellos que, tras sufrir la COVID19, quedaron con secuelas en forma de sintomatología persistente: fatiga desproporcionada, embotamiento mental, dolores articulares, desarreglos a nivel autonómico. Nos hablaron del dolor de no poder regresar a su vida previa, a sus trabajos. También de la sal caída sobre esta herida, la vivencia de la incomprensión de los demás. 

En su caso el sufrimiento por el desfase temporal resultó más patente. Su convalecencia y recuperación se vino a estrellar contra los ritmos del mandado laboral. Alcanzado el final sociológico de la pandemia sus padecimientos son recibidos, aún hoy, con la suspicacia y el fastidio propios de los asuntos que hemos decidido dejar atrás.

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Nos fue quedando muy claro que una parte muy importante del malestar de nuestros pacientes arraigaba en la relación con el otro. De entre lo hablado en los grupos emergía como una constante el latente de las expectativas defraudadas. Aunque a menudo lo neguemos esperábamos otra cosa de los demás.

Sólo entendiendo esto cobraban sentido ciertos enfados. O comprendíamos la tendencia a la autopunición, el veto de los sanitarios a su propio disfrute. La adhesión rígida a ciertas normas de higiene arraigaba en muchas ocasiones de la necesidad de guardar cierto luto, en un tiempo desprovisto de ritos en común. Un luto exigido por todas las pérdidas, por todo el dolor presenciado. 

Su celo abonaba el resentimiento hacia la población general, percibida como ajena al horror e interesada en seguir estándolo.

Conforme avanzaba el tiempo se hacía innegable que en torno a la pandemia ha predominado el no reconocimiento, el deseo de regresar irreflexivamente a una normalidad indemne, cuando no podía ser el caso.

Si bien estos grupos de elaboración de las vivencias de la pandemia fueron el escenario de una escucha sincera y pudieron ofrecer un cierto componente restaurador consideramos que siguen siendo necesarios -lo sepamos o no- ritos colectivos encaminados a la verdad, la justicia y la reparación.

Para nunca olvidar y poder integrar de forma digna a nuestras vidas los acontecimientos vividos por los profesionales sociosanitarios y el conjunto de la población durante la pandemia del SARS-CoV-2.

Extraordinaria foto de Josefa Calzado. Aquí su web.

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* Esta entrada ha sido elaborada a partir de la comunicación libre presentada en las XXIVªs Jornadas de la Asociación de Psicoterapia Analítica Grupal (APAG), celebradas en Sitges los días 24 y 25 de noviembre de 2023.

Las reflexiones aquí vertidas son el fruto de las experiencias de muchas trabajadoras y trabajadores de la sanidad madrileña que confiaron en nosotros. Sus testimonios han devenido emergentes gracias a la labor terapéutica de los coordinadores grupales. Finalmente quien firma (J. Camilo) ha dado forma final al mensaje que deseábamos transmitir.

Los autores quieren agradecer sinceramente a sus pacientes y a todos los trabajadores de centros sociosanitarios su sacrificio, su entrega y reconocer el miedo y los daños sufridos durante estos años tan difíciles.

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José Camilo Vázquez Caubet

Darío del Peso Martínez

Manuel González González

Álvaro Cerame del Campo

martes, 12 de febrero de 2019

¿Por qué esto me afecta tanto?

Sé amable, cada persona que te encuentras está librando su propia batalla. 
Reverendo John Watson (comúnmente atribuida a Platón) 

Los burgueses de Calais, Rodin.

1.
La vida no es fácil para nadie.

A un nivel u otro, precarios o acomodados, todos sufrimos.

Nuestro sistema nervioso permite que nos adaptemos de forma flexible a las circunstancias. Es por eso que, con el tiempo, todos nos aclimatamos a lo que nos pasa. Nuestro umbral del dolor varía sin que nos demos cuenta y de esa forma vamos tolerando el día a día.

Este es uno de los motivos por los que somos tan malos anticipando nuestro nivel de alegría o desesperación futuras si nos planteamos cómo sería hacerse rico de golpe, obtener un logro ansiado o sufrir una desgracia. Ni siquiera las vidas de aquellos que ganaron la Lotería, pasado el subidón inicial, se diferencian mucho de las nuestras. Nos guste o no reconocerlo, también lo pasan mal.

De ahí que comparar el sufrimiento entre personas sea siempre un asunto complicado, terreno abonado para los malentendidos. Lo que para uno es una cosa trivial, a otra persona se le hace un mundo. El caso es que todos sufrimos y deseamos que los demás den crédito a nuestro sufrimiento. Porque el malestar sí que es el mismo, aunque cambien los motivos capaces de producirlo.

En ocasiones sufrimos un revés y, en lugar de compararnos con otros, intentamos comparar el dolor que estamos sintiendo con el de otras épocas de nuestra vida. Nos comparamos con nosotros mismos a lo largo del tiempo. Pero a veces esto trae también sus propias complicaciones.

2.
Recientemente vino a consulta una persona angustiada. Actuaba como agravante de su malestar la perplejidad, el no terminar de entender lo que le estaba ocurriendo:

"Con todo lo que yo he pasado antes... ¿cómo es posible que esto me haya afectado tanto?"

Con "esto" se refería a un problema en el trabajo.
No se trataba de algo mortal ni irresoluble, pero sí desagradable y mantenido en el tiempo: un conflicto con un superior.

En los inicios de su problema, superado el disgusto inicial, pensó que había vivido situaciones mucho peores anteriormente. Pérdidas familiares. Decepciones. Esfuerzos económicos. De alguna manera esperaba que toda aquella desagradable situación quedase pronto atrás. Así podría retomar su vida.

Los burgueses de Calais (detalle), Rodin.
Pero pasados los primeros meses, sin llegar a materializarse ningún cambio concreto, esta persona comenzó a sentir miedo, a desesperarse. ¿Por qué no terminaba de resolverse todo aquello? Al fin y al cabo la solución parecía fácil. Sin embargo había una complicación: que siguiera o no bajo el mando de aquella persona tan hostil no dependía de su voluntad, sino de la de otros responsables de la institución.

Medio año después, sin señales de esos otros, reinaba la parálisis en nuestra consulta. Hablaba del miedo que sentía hacia las cosas más triviales: coger el coche, salir de casa, quedar con su gente. Nada le interesaba ni apetecía. No sabía qué pensar, hacer o esperar. Y no lo entendía, aseguraba: "¿cómo puede ser que esté yo así, si soy fuerte?". Inexplicable.

3.
Aquello me hizo recordar que, de nuevo, la clave de que aguantemos o nos derrumbemos no depende tanto de lo que nos hace sufrir, sino de dos aspectos clave que vamos a llamar control y sentido.

El control es la sensación de que algo podemos hacer.

Las personas, por lo general, aprendemos a afrontar las dificultades de una o dos maneras, básicamente. Son los estilos o estrategias de afrontamiento o, como se las llama comúnmente: herramientas. A medida que vivimos experiencias nos podemos volver bastante buenos usando esas "herramientas". Pero, ¿qué ocurre si nos enfrentamos con algo totalmente nuevo?. ¿Y si ninguna de mis herramientas conocidas me permite dar una respuesta satisfactoria al problema?

En esos casos podemos sentirnos incapaces de afrontar el origen de nuestro sufrimiento. Si nada cambia será probable que nos acobardemos. Evitaremos el contacto con lo que nos hace sufrir. Nuestra vida empezará a empequeñecerse en busca de la seguridad. Pero, paradójicamente, cada vez nos sentiremos más frágiles e impotentes.

Ilustr: Life of Pi. Fox 2000 Pictures.
Esto fue lo que descubrió el psicólogo Martin Seligman a través de sus investigaciones con animales. Aquellos que eran castigados independientemente de su conducta acabaron acurrucándose y mostrando una conducta inhibida similar a lo que se entiende como depresión en los humanos. A este modelo conductual se lo llamó "indefensión aprendida". Es el resultado conductual de sentir que no se tiene control sobre las circunstancias. Como si nuestro cuerpo decidiera que es el momento de dejar de luchar, de ahorrar energías hasta que las circunstancias cambien, y nuestros actos vuelvan a tener efectos.

4.
La impotencia de no tener control sobre una situación ya es difícil de sobrellevar, pero aún más inquietante es el hecho de no poder entenderla. En ocasiones no somos capaces de encontrar un sentido a nuestro sufrimiento. 

Este sufrimiento que escapa al sentido está en la base de las situaciones potencialmente traumáticas.

El caso es que las personas podemos afrontar casi cualquier dolor imaginable siempre que seamos capaces de elaborar la experiencia a través de símbolos (normalmente palabras) que nos permitan encajar la experiencia dolorosa en el marco general de nuestra historia personal y nuestra forma de entender el mundo.

Esta fue la conclusión a la que llegó el famoso psiquiatra Viktor Frankl, quien narró sus terribles vivencias como prisionero en un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. En su mundialmente conocida obra "El hombre en busca de sentido", Frankl relató cómo el hecho de poder encontrar una explicación a lo que estaba pasando era lo que caracterizaba a muchos de aquellos prisioneros que consiguieron sobrevivir al encierro, al igual que le pasó a él mismo. Aquellos que, demasiado aturdidos, se veían incapaces de procesar o entender lo que había pasado normalmente no tenían tanta suerte. Era mejor encontrar un sentido, por terrible que fuera (muchos se convencieron de que el Holocausto era un castigo por los pecados del pueblo de Israel), que el abismo del absurdo.


Ilustr: Life of Pi. Fox 2000 Pictures.

No hace falta llegar a situaciones tan extremas. Lo traumático no tiene por qué tratarse de una situación límite. Reconoceremos este tipo de vivencias sin sentido porque tienden a repetirse una y otra vez en forma de preocupaciones obsesivas, conversaciones circulares sobre lo sucedido, sueños con un esquema repetitivo o recuerdos intrusivos. A través de la reexperimentación es como si tratásemos, involuntariamente, de "procesar" la experiencia, de encontrar un ángulo a través del cual podamos por fin entenderla.

5.
¿Qué hacer?

En consulta debemos comenzar a recorrer el camino de lo más fundamental a lo más concreto. 

Lo primero es ayudar a dar sentido. Hablar con otras personas (familiares, amigos) puede ayudarnos a tener puntos de vista distintos. La mayor parte de las experiencias nos permiten aprender de esta manera. Pero cuando esto no sea suficiente, la conversación con el terapeuta irá destinada a reconstruir la historia personal, rescatando de la biografía las piezas que permitirán entender por qué la experiencia no pudo ser asimilada. Con el trabajo conjunto, de la persona como experta en sí misma y del terapeuta como experto en conversación, se irá reelaborando la experiencia desde el campo del absurdo al discurso con sentido.

Ilustr. Livia Marin
Lo siguiente será rescatar los valores significativos de esa persona. ¿Qué tipo de persona quieres ser cuando nos paramos a evaluar las principales áreas de tu vida? ¿Por qué tipo de cosas valdría la pena asumir costes, pagar un precio, y cuáles serían prescindibles si lo piensas con detenimiento? ¿Qué cosas llenaban antes tu día a día y ahora se han ido quedando a un lado?

Finalmente, entendida la situación y fijada la dirección de nuestros actos, habrá que intentar ir retomando poco a poco cuotas crecientes de control. Dar sentido no deja de ser una forma de ganar control cognitivo sobre lo que nos ocurre. Ahora toca pasar a los actos. Comprender una situación y nuestro papel en ella forma parte del primer paso del proceso de resolución de problemas. Una vez hayamos comprendido podremos empezar a valorar opciones, a planificar, ponderar y finalmente tomar decisiones, que serán las que nos permitan salir del contexto que nos hizo tambalear en primer término.

Probablemente las heridas nos duelan un tiempo todavía, y tardemos un tiempo en resolver lo que tanto nos ha afectado. Pero estaremos ya en marcha. Y el miedo irá menguando.

@JCamiloVazquez

viernes, 3 de junio de 2016

4 razones por las que leer al tipo de las gafas

Desde luego la editorial Blackie Books ha hecho bien su trabajo. Primero captaron mi atención con esa mirada perdida entre colores. Luego me topé con esto:

Me violaron a los seis años.
Me internaron en un psiquiátrico.
Fui drogadicto y alcohólico.
Me intenté suicidar cinco veces.
Perdí la custodia de mi hijo.

Pero no voy a hablar de eso.
Voy a hablar de música.
Porque Bach me salvó la vida.
Y yo amo la vida.”

Tardé unas semanas en digerir este puñetazo en forma de sinopsis, y luego devoré el libro. Por eso hoy me gustaría compartir las cuatro razones por las que creo que vale la pena leer esta autobiografía, la del pianista británico James Rhodes.



Habla de lo que no se suele hablar.
El libro es al tiempo una purga personal y una muestrario de las graves secuelas que puede tener el maltrato en la infancia, del cual el abuso sexual es probablemente su variante más atroz.

Rhodes nos habla en primera persona del miedo, del asco, de la confusión y finalmente la vergüenza que se apoderan de quien sufre abusos a edades tan tempranas, cuando todo está por construir. También de la absurda cantidad de síntomas y diagnósticos que pueden ir fraguándose alrededor de este núcleo de dolor.

Y nos lo cuenta obligándonos a mirar. No haciendo abuso de detalles escabrosos e innecesarios, sino cortándonos la huida tan común a través de la excusa de que “sólo las víctimas lo pueden entender”. Porque probablemente esté en lo cierto cuando afirma que, si queremos verdaderamente tener algún motivo para hacer algo, algo valioso, deberemos sentir aunque sea una pequeña parte de el horror. Al mismo tiempo, él es la única persona legitimada para proponérnoslo.

Lo dice alto y claro.
Instrumental no es un ejercicio de estilo literario. Eso se capta desde la primera página. Tampoco lo pretende. La prosa de “Jimmy” es una mezcla extrañamente cercana y atractiva, un festival de tacos sazonado con reflexiones personales y algunos comentarios de altura sobre la experiencia estética y el negocio de la música.

Se agradece que nos hable como lo haría un colega, y aquí quisiera reivindicar los tacos y los exabruptos. Cuando las palabras se quedan cortas porque uno quisiera usar propias sus entrañas para emborronar el papel (o las paredes) y así transmitir una minúscula fracción del sufrimiento propio, lo único que nos acerca mínimamente a conseguirlo es blasfemar y maldecir sin tapujos.

Y poca gente sale bien parada del lance. Teniendo en cuenta el subtítulo original de la obra “A memoir of Madness, Medication and Music”, es de esperar que los profesionales de la salud mental nos llevemos algún palo, lo cual ocurre en ocasiones de forma merecida, mientras que en otras no tanto, pero en todas de forma comprensible. Lo cierto es que, si pretendemos atender el sufrimiento de las personas, deberemos tener el aguante de escuchar cosas que no nos guste oír, por mucho que sepamos que les deseamos lo mejor y creamos que estamos ayudando. Por que en ocasiones no es así. Nada es fácil.

Una esperanza sincera.
Necesitamos más historias que nos hablen de esta posibilidad, pequeña pero inspiradora. La de llegar a estar a las puertas del suicidio y  dar con alguna pequeña clave que poco a poco le devuelva sentido a este zarandeo que llamamos vida. En el caso de James Rhodes esa clave fue la música clásica.

Por supuesto se trata de un camino propio, lo cual no quiere decir que sea “El Camino” a transitar por todos los que ansíen recuperar alguna traza de sentido. Se trata del suyo, aunque de él podamos sacar algunas enseñanzas. Hay algo mágico en la música que atañe a las emociones y a las relaciones humanas. Aparentemente inofensiva, la buena música permea y hace vibrar fibras de nuestro ser que quizás lleven tiempo aturdidas. La música se trata de una de las pocas obras humanas capaz de crear puentes entre las gentes más diversas, en lugar de destruirlos. Puede llegar a ser, y este libro es claro ejemplo, una especie de medicina.

Otro elemento crucial en el doloroso proceso de Rhodes tiene que ver con la sinceridad. Parece trivial afirmar que las cosas que más ama en esta vida son el tabaco, el piano y su hijo. Sin embargo se trata de algo que me conmueve de forma especial. Este tipo de honestidad (o su ausencia) determinan decisiones fundamentales. Rara vez nos encontramos con reflexiones tan agudas y honestas sobre la manipulación, la trampa del victimismo, el papel de las autolesiones como una forma de alivio... La ausencia de autocompasión en la descripción de sus sufrimientos transmite una serenidad palpable, que desde mi punto de vista le da el sello de validez al conjunto. Una postura distanciada o excesivamente racional me haría desconfiar enormemente de esta historia, y sin embargo sé que cuando nos habla de sus múltiples fallas y errores como humano, está asumiendo con calma gran parte de todo eso que, en general, solemos pasar la vida intentando ocultar.

Derrumba el estigma
Unas palabras para terminar hablando de algo que nos obsesiona a los profesionales de la salud mental y que normalmente contribuimos a empeorar. Con estigma nos referimos a esa mezcla de miedo, prevención y conmiseración que sentimos hacia los que creemos diferentes a nosotros por estar diagnosticados o etiquetados con algún tipo de trastorno mental.

Cada año, diferentes asociaciones proponen actos para acercar a la gente a la realidad de los “diagnosticados”, cuando no tendríamos más que acercarnos a nosotros mismos. Cada año repensamos si emplear la metáfora de las enfermedades crónicas tipo diabetes ayuda o complica más las cosas.

Sin embargo soy de la opinión de que una de las vías más eficaces para hacer entender pasa porque las personas con algún tipo de relevancia social o exposición mediática, “hablen de lo suyo”. En cierta forma la imagen que tenemos de un “Trastorno Bipolar” o “una Esquizofrenia” cambia, aunque no lo parezca, si nos enteramos de que lo padecen Catherine Zeta-Jones o un premio Nobel de economía como John Nash. El que una persona de cierto éxito supere los propios reparos y “salga del armario” de esta manera es lo que verdaderamente supone un cambio.

En definitiva, Instrumental es un libro más que recomendable. Y además nos regala la música.

· Y aquí un enlace a la promo del documental en que lleva la música a una planta de psiquiatría para disfrute de las personas allí ingresadas.

@JCamiloVazquez