miércoles, 29 de abril de 2026

Extraña vocación de piedra

Vulnerabilidades psicológica y existencial de los profesionales sanitarios.

Texto basado en mi intervención en la
Escultura de Antony Gormley
IIª Jornada de Diálogo entre Humanidades Médicas
, celebrada el 15 de abril de 2026 en la Facultad de Humanidades de la UNED, Madrid.

1.

Vulnerabilidad es la posibilidad de resultar heridos
es decir, la posibilidad de que el exterior se imponga y atraviese nuestras fronteras
generando un daño no superficial, sino uno que nos cambie,
que nos deje huella.

Tal y como nos suele pasar con el trabajo,
que nos cambia más él a nosotros
de lo que llegaremos a cambiar nosotros al trabajo en sí.

Todos somos, por tanto, vulnerables,
aunque durante los últimos 200 años hayamos vivido en una cultura que lo niega
lo oculta, lo reprime, que fantasea con la juventud eterna y la inmortalidad,
que ensaya todos los medios técnicos posibles
para no depender de los demás.

Es la fantasía del individuo autónomo, que dice bastarse a sí mismo;
ocultando el sometimiento del Otro, y del mundo exterior,
escondiendo sus residuos
como esa isla gigante de plásticos que sigue flotando todos los días
en el Océano Pacífico mientras soñamos con enviar humanos a Marte.

Esculturas de Antony Gormley

A pesar de las fantasías y las proclamas para endurecernos
la historia de la humanidad, y los hechos de nuestras vidas son tozudos
y nos hablan de infortunio, envejecimiento, enfermedad
y también de interdependencia y proyectos que sólo se alcanzan cooperando entre muchos.

El sistema sanitario público es, aún hoy, uno de esos frutos milagrosos de lo común.

2.

¿Diferimos las personas en cuanto a la vulnerabilidad?
En lo cuantitativo sí. Para empezar unos ya han sido más vulnerados que otros.
No partimos todos de la misma base de negligencias, daños y maltratos.

Ahí la forma en que nacemos, nos crían y cuidan
en nuestras familias, en nuestros grupos de pertenencia y comunidades
marcan un punto de partida del que no podemos escapar fácilmente.

Y diferimos también en las fuentes de nuestros daños presentes
Ahí el trabajo se impone como uno de los escenarios principales.
El trabajo determina los tipos más frecuentes de agresiones que enfrentaremos.
No se sufren los mismos daños desde la consulta, la ambulancia o la sala de urgencias
que en la oficina enmoquetada, el salón de belleza, la barra de bar o el campo de batalla.

Pero primero se me ha pedido que hable de vulnerabilidad psicológica.
Se nos va la mente al individuo. Sigámosla un rato por esta senda.
Encontraremos 3 hitos en ella:
  • Uno: somos animales.
  • Dos: no cualquier animal. Dentro de los mamíferos, somos primates.
  • Tres: Primates particulares. Somos seres verbales.

Es decir, como animales, somos sensibles a las contingencias.
Observamos que si primero viene una cosa, luego suele venir otra. Aprendemos.
Que a los esfuerzos suelen seguir recompensas. Seguimos aprendiendo.
Y son estas cadenas de actos y consecuencias las que modulan nuestra acción.
Hasta los ratones de laboratorio se deprimen
si presionan la palanca sin obtener respuesta.

Cabría entonces preguntarse: ¿obtienen hoy los trabajadores lo que esperan a partir de su esfuerzo?, ¿qué nos dice nuestra experiencia?

Como primates somos animales hipersociales. Necesitamos al otro.
Me gustaría subrayar esta palabra: necesitamos.
La necesidad convoca sentimientos complicados. Está preñada de ambivalencia.
Necesitar al otro unas veces nos gusta, nos arropa, y otras nos frustra.

Sea como sea, pasamos la vida en grupos, fuera de los cuales nos consumimos.
La convivencia en grupo no es sencilla.
Es un tira y afloja continuo entre cooperación y competición.
El equilibrio es importante. Los grupos se resienten de la desigualdad
pero no por ello los individuos dejan de intentar colocarse ventajosamente
dentro de la jerarquía, tanto la espontánea como la socialmente impuesta.
Y todo grupo tiende a defenderse oponiéndose espontáneamente al acopio de poder.

Otra derivada social clave. Nunca nos sentimos bien o mal en términos absolutos
sino que siempre nos medimos en relación a los otros. Nos comparamos.

La pregunta ahora sería: ¿cómo se están sintiendo los diferentes profesionales en relación con todos los demás?, ¿piensan que ha habido cambios en su posición dentro de la jerarquía social?, ¿creemos que los demás nos ven de otra manera?.

Como seres verbales, como primates enamorados de símbolos,
conscientes de nuestro fin y también de nuestros fines,
tenemos la imperiosa necesidad de dar sentido a nuestra experiencia.
Poner en palabras lo que nos pasa
, lo que hacemos,
y crear una breve historia que encajamos más o menos armoniosamente
en la trama narrativa de nuestra propia biografía.

También significa que somos capaces de crear reglas verbales a las que someternos.
Es decir, adoptamos sistemas de valores a los que llamamos principios
y que pueden entrar en conflicto
unos con otros (como sucede cuando el celo hacia el trabajo choca con la vida familiar, por ejemplo)
o con nuestra propia conducta (cuando sentimos el sufrimiento moral de vernos obligados por las circunstancias a actuar contra nuestros principios, o impedidos para el correcto proceder).

Pensemos ahora, no en cualquier persona trabajadora, sino en la heterogénea tribu de las trabajadoras sociosanitarias, mujeres en su mayoría.
No pasemos por alto lo que esto implica de histórico sometimiento a la dominación masculina
y la asunción todavía predominante de la tarea de cuidar.

De entre los factores personales que alimentan la pira
en la que más tarde puede que arda hasta consumirse nuestra vocación
tiendo a destacar tres:

Los diversos motivos, que condujeron a acabar dedicándose, entre todos los posibles oficios y profesiones del mundo, precisamente a esta, a cuidar.

La personalidad y los obstáculos que ésta nos plantea a la hora de enfrentar el trabajo, bien por falta o exceso de empatía, exceso de sentido de responsabilidad o el deseo de agradar y complacer que dificulta la puesta de límites.

Y por último las expectativas puestas en el trabajo. Una de las orillas bañadas por la distancia entre el ideal que uno esperaba y la realidad material que acabó encontrando.

Motivos. Personalidad. Expectativas.




3.

Está también el trabajo en sí, claro.
Trabajando para nuestros (dense cuenta de lo que implica el posesivo) pacientes
nos exponemos a las incontables caras del sufrimiento.

Y daría para hablar largo y tendido el repasar cómo han ido cambiando
las profesiones sociosanitarias a lo largo de la historia
conforme se imponían los avances tecnológicos y sucesivas formas de organización.

Pero hoy se me ha pedido que me centre en lo que, convencionalmente, entendemos como psicológico: nuestros adentros.

Cuando nos toca hacerlo en los grupos de desgaste, en nuestra unidad,
la sesión que aborda nuestros adentros
- ya saben: motivación, personalidad, expectativas -
nos parece siempre una sesión delicada
(aunque siempre termina bien y se suelen marchar agradecidos)

Delicada porque al centrarnos en esos factores individuales algunas personas guardan silencio educadamente. Otras protestan indignadas:
"No es problema mío, sino del sistema, la sobrecarga, la burocratización, los liderazgos autoritarios o abandónicos."

Y sí, es así, pero no solo.
Que es como decir: lo psicológico va en realidad más allá de lo individual.
Pero llegaremos a ello en unos momentos.
Quería hablar primero de este sentimiento que, cuando hace entrada en escena
suele distorsionar nuestra capacidad para pensar y entender: la culpa.

En este mundo del desgaste profesional, del Burnout, del sufrimiento de los sanitarios
parecería que a veces nos movemos pendularmente
entre culpar al sistema por sus insuficiencias manifiestas
o bien culparnos a nosotros por débiles, incapaces de cuidar eternamente con alegría.
Oscilando de un lado a otro, sin llegar en realidad a ninguna parte.

Con el tiempo he llegado a pensar que nuestra necesidad de dar sentido,
unida a nuestra naturaleza hipersocial, siempre atenta al estado de las relaciones,
a nuestra propia reputación dentro de grupos humanos,
es la que pone la culpa a funcionar.
Nos centra en una arista del problema
y nos dificulta apreciar todas las demás.

La culpa nos devuelve a las personas al modo de pensar por defecto, el lineal,

según el cual para cada causa hay un efecto.
Y se culpa siempre con una finalidad social: condenar o ser perdonados.
Pienso que interpretar el sufrimiento en clave de culpa es un intento
de construir un significado que preserve nuestra posición en el grupo social.

Pero debemos pensar un poco más allá si es que buscamos afrontar problemas como el desencanto de los profesionales sanitarios.

Y es que, si una llave y una cerradura encajan, ¿de quién es la culpa?, ¿de la llave?, ¿de la cerradura?.

Necesitamos espacios como éste,
para pensar desde la calma
con la mirada abierta a la complejidad.

4.

No existe tal cosa como una psicología puramente individual
más allá de los libros y las teorías
que creamos para entender el mundo. 

Cierta rama de la Psicología Social, la Operativa
entiende y propone que los sujetos
nos vamos construyendo mutuamente a partir de los vínculos
que las personas establecemos unas con otras
al relacionarnos de continuo, a diferentes niveles y escalas de magnitud.

No somos ni seremos nunca individuos enteros,
orbitando alrededor de una esencia.
No estamos preconfigurados
Ni vivimos en el vacío.

Nacemos de madre,
quien nos trae al mundo normalmente dentro de un grupo primario
el cual internalizamos en forma de partes,
partes que a menudo dialogan y entran en contradicción.
Ese grupo primario, normalmente una familia, formaba parte de una comunidad, unida por un entorno y un lenguaje
Que habilitó la posibilidad de relacionarnos con sucesivos grupos
de amistades,
de estudios,
de aficiones,
de trabajos.
Trabajos que nos permiten insertarnos en instituciones
y en los que se replican los mismos mandatos vigentes
en la sociedad que las ha creado.
Mandatos sobre cómo ser mujer, u hombre, o niño, o anciano, o enfermo, o discapacitado en un mundo, para bien o para mal, cada vez más interconectado.

Nuestra psicología, nuestros modos de sentir, pensar y actuar,
son la resultante
de un interjuego entre todos estos ámbitos.

No somos pura voluntad, sino que estamos sobredeterminados
por todos estos ámbitos por los que fluye el poder en ambas direcciones.

Nos quejamos los sanitarios de la institución. ¿No somos acaso parte de ella?



Una parte de nuestra impotencia, creo, procede de pasar por alto
que en toda situación nos influyen estos ámbitos
y que el impulso, aunque más limitado, puede ir de vuelta.
Podemos operar cambios en la realidad
y no solamente ser paulatinamente cambiados por ella.

La vulnerabilidad, por tanto, es mejor que no la pensemos únicamente desde el individuo
ni debiéramos dedicar más tiempo del necesario a la búsqueda de culpables
ante situaciones complejas.

La situación de cada persona requerirá ser analizada
para comprender por qué grietas se nos ha colado e impuesto el exterior
y comprender qué ámbitos están pesando más en su sufrimiento en el trabajo.
Y cada caso nos servirá, ocasión tras ocasión, para pensar el mundo que cohabitamos.
Aunque sea a través del ojo de la cerradura de nuestra consulta.

5.

Por último unas palabras acerca de la vulnerabilidad existencial.

Las palabras nos permiten viajar
en el tiempo y entre los cuerpos.
Podemos acceder a realidades que no tenemos claro que estén al alcance
del resto de animales.

El maestro de psicoterapeutas Irvin Yalom, en su obra Psicoterapia Existencial, resumió en 4 los grandes temas existenciales que subyacen
frecuentemente ocultos bajo la apariencia de otras inquietudes o motivos de consulta:

La certeza de la muerte (aunque solo en pocas ocasiones nos ciegue este hecho)

La irremediable soledad del individuo (que es el único que habita bajo su piel)


La libertad (y la responsabilidad que conlleva)

La inexistencia de un sentido instrínseco o unívoco de la vida.

De estos cuatro jinetes de la angustia existencial
cuando pienso en los profesionales sanitarios
me inclino a pensar que todos contribuyen
pero ninguno tanto como la pérdida del sentido.

Porque si algo nos enseña la historia de la humanidad,
y nuestras propias vidas, si dedicamos un rato a pensarlo,
es que las personas somos capaces de soportar cualquier sufrimiento
siempre y cuando tenga un significado importante para nosotros.

Al tiempo que todo sufrimiento nos parece insoportable, indigno, humillante
si lo envuelve el absurdo
, si no somos capaces de encontrarle un sentido
o si llega bajo la imposición del sentido del otro.

Por tanto, y rescatando los ámbitos en los que se inserta la vida humana
yo os pregunto:

¿Qué sentido individual le damos hoy al trabajo que desempeñamos como sanitarios?

¿Cuál es la tarea del equipo de trabajo del que formamos parte?

¿Para qué se creó la organización o institución en la que trabajamos?

¿Qué idea de salud tiene la comunidad que nos envuelve?

¿Qué planes tiene nuestra sociedad para las comunidades que la forman?

¿Qué sería una salud de la humanidad en el contexto de nuestro planeta?


Son muchas preguntas.

Mejor no pensarlo todo a solas.



@JCamiloVazquez

  • Acceso al video de la intervención: https://canal.uned.es/video/69e0922990e0c5e8610589ea
  • Todas las esculturas son obra del británico Antony Gormley (b. 1950)

lunes, 30 de marzo de 2026

En el principio fue el trabajo

Sinuosa introducción a la Psicodinámica del Trabajo de Christophe Dejours. (Parte I)

Cartel del Ier Taller en torno a la obra de Dejours
organizado por la AMSM-AEN

La que hoy publicamos, además de ser la primera de este año, será la entrada que inaugure una serie de textos con un objetivo: servir de introducción a un modelo teórico que permite entender la salud mental en el trabajo más allá de la psicología convencional de las organizaciones y los marcos basados en el estrés.

El modelo alternativo que aquí se plantea cuenta con raíces psicoanalíticas y ha sido desarrollado fundamentalmente en Francia, siendo su actual impulsor el psiquiatra y psicoanalista experto en salud laboral Christophe Dejours.

Al profesor Dejours tuve el gusto de conocerle y el privilegio de presentarle en las XXVII Jornadas de la Asociación Madrileña de Salud Mental (AMSM-AEN) de 2024. Aquí os enlazo el video a su conferencia inaugural, de completa actualidad.

Aquí el autor de esta entrada presentando
al profesor Dejours.
Pero antes de meternos de lleno en la psicodinámica del trabajo será necesario que hagamos un repaso histórico a la cuestión que nos permita entender cómo se pasa de entender el trabajo como sufrimiento a plantear que puede haber placer en el trabajo.


El trabajo como condena.

En nuestra cultura, y más en nuestro momento histórico actual, casi todas las personas coincidimos en la siguiente idea: trabajar es sufrir.

No nos pillan por sorpresa los estudios que, consistentemente, confirman la relación causal entre precariedad y patología. El trabajo mal organizado, inestable o realizado con insuficientes medios materiales y humanos nos enferma, tanto a nivel físico como psíquico.

Sabemos también que los conflictos entre colaboradores, el acoso, la violencia en el trabajo son fuente de desestabilizaciones psíquicas de las que a veces resulta muy complejo recuperarse, pudiendo conducir incluso al suicidio.

A pesar de esta relación intuitiva entre sufrimiento y trabajo no suele estar claro cuál es la gota que colma el vaso de un trabajador y le lleva a no poder más.

Ilustr. Graffiti atribuído a Banksy
Tampoco esta forma de entender el trabajo resuelve un misterio todavía mayor: ¿cómo es que la mayor parte de los trabajadores no enferman?, o ¿cómo es que no enfermamos todo el tiempo sino tan sólo en determinadas circunstancias?

Pareciera que, pese a las miserias cotidianas del trabajo, algo en él nos sostiene.

Pero retrocedamos en el tiempo.

La preocupación médica por los efectos del trabajo sobre los trabajadores se trata de un hecho históricamente tardío. 

Y podría decirse que su peso, la importancia que tiene actualmente el campo de la salud laboral, aún hoy resulta marginal si se lo compara con la relevancia que tiene el trabajo en nuestras vidas y en la organización de toda la sociedad.

¿Por qué empezó a trabajar el ser humano?

Hay culturas como las mesoamericanas que entendían el trabajo como un medio para servir a los dioses, quienes les habrían creado con ese objetivo. En la medida en que ellos habrían creado el mundo, sería responsabilidad de los humanos corresponder la deuda contraída con las deidades asumiendo la responsabilidad de trabajar para complacerlas.

En la cultura china existe el mito de la creación por parte de Nüwa. Según este relato los humanos fueron creados artesanalmente a partir del barro para hacerle compañía. Primero fueron modelados los nobles de uno en uno. Más tarde, cansada por lo laborioso de la tarea, Nüwa empapa una cuerda de barro y la sacude vigorosamente, creando con su salpicadura a la gente común. Se justifica de esta manera un orden social.


En otros episodios Nüwa contempla cómo los cielos se rompen, provocando inundaciones y desolación. Dedica parte de sus esfuerzos en repararlo y sostenerlo. Se trata de una cosmovisión artesanal: el mundo tiende al deterioro y requiere un mantenimiento constante. El ser humano, con su trabajo, tiene el deber de contribuir al mantenimiento del equilibrio.

Ilustr. Instalación de Anthony Gormley. "Field for the British Isles", 1993.

La cosmovisión judeocristiana la conocemos bien: Adán y Eva (también creados a partir del barro) caen en la tentación y prueban el fruto prohibido del árbol del conocimiento del bien y del mal. Por este motivo son desterrados del Jardín del Edén, donde sus necesidades estaban resueltas y vivían en plenitud. En su destierro conocen la escasez, y se enfrentarán a ella portando dos mandatos o maldiciones divinas: el hombre "ganará el pan con el sudor de su frente", y la mujer "parirá con dolor". Trabajo productivo y trabajo reproductivo como condena que hará indisociables la noción de trabajo y sufrimiento.

Deuda, deber o, en nuestro caso, condena. Leídos estos relatos míticos con ojos contemporáneos, es decir, como tataranietos de la Ilustración que se proponen comprender racionalmente tanto los hechos físicos como los sociales, entendemos que esta pulsión fatalista que late bajo nuestra noción de trabajo no aparece realmente por capricho divino ni por azar.

Ilustr. Fresco de Miguel Ángel Buonarroti en la Capilla Sixtina. 

Desde Marx sabemos que la ideología alrededor del trabajo es el resultado de dinámicas y procesos sociales de largo recorrido que sostienen un cierto orden social. Todos los grupos humanos deben dar respuesta a una serie de necesidades vitales. Pero que éstas se resuelvan por medio del vasallaje feudal, la esclavitud, el trabajo asalariado o la autoexplotación del autónomo dependerá de cada momento histórico. En un territorio determinado se dan ciertas condiciones materiales que se traducen en hechos sociales y éstos se interpretan a través de ideologías. A su vez estas ideologías inspiran comportamientos sociales que se traducen en hechos materiales, como propone Max Weber en "La ética protestante y el espíritu del capitalismo". Se articula así una espiral interminable.

 La idea de trabajo, por tanto, cumple la función de naturalizar los procesos de producción que tienen lugar en una sociedad, a pesar de que si se examinan en detalle se puede comprobar que son contingentes. Es decir, las formas de producir son unas, pero podrían haber sido otras. Y aún podrían ser otras.

Esto permite entender el desconcierto e inquietud que generan en muchas personas, no necesariamente acaudaladas ni privilegiadas, ideas como la Renta Básica Universal (RBU). Lo que entraría en crisis en caso de desaparecer la necesidad humana de trabajar no es tanto el acceso a los recursos, sino la propia organización de la sociedad. Asomaría, en último término, la amenaza de la violencia.

La cuarta pregunta.

Cabe pensar que fue precisamente esta función del trabajo como estabilizador del orden social la que contribuyó durante varios milenios a desalentar o desmerecer la importancia el estudio de los efectos del trabajo sobre la salud.

Aunque existían observaciones puntuales por parte de algunos clínicos clásicos (Hipócrates, Galeno) no fue hasta 1700 que se publicó el que sería el primer tratado sistemático de salud laboral: "De Morbis Artificum Diatriba" o "Tratado de las enfermedades de los artesanos".

Bernardino Ramazzini (1633-1714), su autor, es considerado el padre de la especialidad de Medicina del Trabajo. En su obra magna realiza una ingente revisión de todos los textos clásicos publicados acerca de las particulares formas de enfermar de cada oficio. Además aporta su propia experiencia, poniendo al día este cuerpo de conocimiento. Su tratado, disponible para consulta gratuita aquí es una deliciosa oportunidad de bucear en un rico catálogo de profesiones y oficios de antaño.

Pero además Ramazzini ha pasado a la historia por incorporar una más a las tres clásicas preguntas con las que Hipócrates sentó la base de la entrevista médica (anamnesis): ¿qué le pasa?, ¿desde cuándo?, ¿a qué lo atribuye?. La cuarta pregunta, hasta entonces apenas tenida en consideración, pasará a ser: ¿y usted a qué se dedica?, ¿cuál es su trabajo?. Una pregunta fundamental porque al escoger un oficio estamos escogiendo también deformación y enfermedad profesional. O dicho de otra manera, el trabajo nos cambia más de lo que nosotros llegaremos a cambiar el trabajo. Pero lo veremos en futuras entradas.

Volviendo a Ramazzini, probablemente su interés por la salud de los trabajadores naciera de la compasión que brota a partir del contacto estrecho con el sufrimiento humano. Y podemos imaginar al médico modenés lamentando la precariedad de su labor, su impotencia como clínico limitado a señalar y recomendar que sería bueno que los mineros respirasen aire limpio de tanto en tanto, o que dejar reposar a las tejedoras encintas evitaría que se malogre el fruto de su vientre.

A pesar del innegable mérito de la obra de Ramazzini esta habría de caer en el olvido hasta ser traducida al inglés en la segunda mitad del Siglo XX. La preocupación por la salud de los trabajadores no llegó inicialmente a través de la ciencia médica, sino a como resultado de la progresiva aplicación de métodos racionales de organización del trabajo conforme avanzaba la revolución industrial europea. La producción fabril requería de la labor coordinada de grandes colectivos humanos. Esto concentró la exposición a riesgos materiales y disparó la incidencia de accidentes laborales. Al mismo tiempo favoreció la aparición, por un lado, de la llamada conciencia de clase y la lucha organizada a través de huelgas. Por otro lado, se imponía lentamente un reticente interés por la salud del obrero en tanto que "herramienta" o capital humano.

Ilustr. Anthony Gormley. Field for the British Isles, 1993.
Conforme las tareas se volvían más especializadas y los obreros menos prescindibles su pronta restitución en caso de enfermar iba resultando más conveniente para equilibrar los balances económicos de las empresas. La Organización Internacional del Trabajo se fundó en 1919, pero no fue hasta la postguerra tras la Segunda Guerra Mundial que se instituye el marco laboral vigente, alentado por el miedo a una extensión en suelo europeo de la revolución comunista. El enfoque contemporáneo basado en la evaluación de riesgos, la prevención del daño y la responsabilidad del empleador no se asienta jurídicamente hasta finales del siglo XX (Directiva Europea de 1989, Ley española de Prevención de Riesgos Laborales de 1995).

Teniendo en cuenta el mito fundacional del trabajo como condena por los pecados, la desigualdad secular y naturalizada en cuanto a la propiedad de los medios de producción, y la condición del escenario laboral como campo de batalla de la lucha de clases, no es de extrañar la mala prensa de la que goza el trabajo.

Ilustración de autor desconocido. El trabajo mental es el característico
del denominado "Capitalismo cognitivo"

Visto lo visto. ¿Es acaso imaginable un tránsito desde el dolor al placer en el trabajo?, ¿es todo cuestión de alienación, de asimilar los valores de la clase dominante?

Lo averiguaremos en la siguiente entrada de esta serie.

Referencias:
  • Informe PRESME. Precariedad laboral y salud mental. Joan Benach (Coord.) Ministerio de Trabajo y Economía Social. 2025.
  • The Lancet. Work and Health series. Octubre de 2023.
  • De Morbis Artificum Diatriba. Bernardino Ramazzini, 1700.
  • Capitalismo canalla. Cesar Rendueles. Seix Barral, 2015.

domingo, 30 de noviembre de 2025

Mi parto en casa (y un apunte innecesario)

Olga Bautista Garrido

Mi primer parto no fue lo que podríamos calificar como malo, pero yo sabia que volver a parir en el hospital era tentar a la suerte. 

Formarme en salud mental perinatal fue importantísimo para entender lo que me pasaba y pasaba a mi alrededor. También ser médica y haber estado muchas veces “al otro lado” viendo cómo funcionan las cosas en general en los hospitales y también siendo a veces testigo de la violencia obstétrica en particular. Tanto debí hablar de ello que cuando mi marido y yo estábamos buscando este embarazo me sorprendió diciéndome que ya sabía que yo iba a querer parir en casa. Por supuesto que yo lo había pensado, pero ahí se hizo consciente y creo que poco a poco me comprometí más con mi deseo. El deseo de ser soberana de mi parto, de estar bien acompañada y de atravesar la experiencia con todo lo que implica. También el deseo de que mi hija mayor no tuviera que verse apartada de un acontecimiento tan importante en su familia. Y que mi bebé tuviera la mejor bienvenida posible a este lado de la piel. Y así nació Elisa, el 23 de noviembre de 2024 a las 8:30 de la mañana, con la salida del sol y en el baño de nuestra casa.

Casi con el positivo ya contactamos con el equipo de Ancara Perinatal y la idea del parto en casa fue tomando forma, aunque yo a veces lo sentía muy disociado en mí, ya que apenas me atrevía a irlo comentando con casi nadie. Estaba, claro, el miedo a “que no fuera posible”. Y el miedo a que nuestro entorno lo desaprobara y amplificaran a la vez los miedos “a que fuera un peligro” ya suficientemente instaurados en el imaginario colectivo de implicados y acompañantes. También aunque parezca increíble pensaba mucho en los casos de mujeres que han sido obligadas a parir en el hospital por orden judicial. Pocos, sí, pero han existido en los últimos años. 

Llegó la semana 37, un óptimo estado de salud según indicaban todas las pruebas reglamentarias, y una bebé en cefálica. La espera se me hizo bastante larga, sobre todo porque mi anterior parto fue en la semana 37 y este en la 40+1, y me costó soltar expectativas. Pero como me decían las maravillosas mujeres que me acompañaron, este tiempo de descuento es para dialogar de frente con el parto, para ver los miedos, afrontarlos y soltarlos, y creo que no me sobró realmente ni un sólo día. Además de que en realidad era Elisa quien tenía que decidir cuándo vendría y era mi deseo respetarlo por encima de todo.

Y así llegó el día, en realidad durante las semanas previas ya iba teniendo rachas de contracciones bastante seguidas y un poquito dolorosas, que alguna noche nos hicieron pensar que llegaba Elisa. La noche que sí llegó lo diferencial fue que a las 3 de la mañana me desperté con contracciones seguidas pero apenas un poco molestas y ya apenas dormí hasta las 6, que me volví a levantar y fui al baño. Ahí ya supe claramente que había llegado el momento, y también lo supo Camilo y Sara la matrona cuando contestó rápidamente mi llamada y me dijo que enseguida estaban en casa. Yo ya solo recuerdo literalmente atrincherarme en el baño, agarrarme al cambiador y estar casi todo el tiempo doblada pues las contracciones ya eran muy fuertes y apenas daban tregua. No quise entrar ni a la bañera ni a la ducha. Ya me lo imaginaba, porque en mi anterior parto cuando comprendí que había llegado el momento, me metí sin pensar en la ducha en vistas de que íbamos a ir al hospital, y fue muy complicado para mi terminarla en medio de tantas contracciones tan seguidas. A pesar de la maravillosa bañera que tengo, tampoco esto era una opción, entendía que el agua caliente me podía aliviar pero me daba mucha inseguridad meterme allí, prefería seguir de pie.

Enseguida como me dijeron estuvieron conmigo Paca, Sara y Cristina, mis tres reinas magas que me acompañaron tan maravillosamente, que supieron guiarme todo lo que necesité sin invadirme un ápice. Camilo iba y venía ofreciendo café y también estando a ratos conmigo, aunque yo prefería la compañía de las mujeres. Para mí era una tranquilidad enorme que Camilo estuviera pendiente de Emma que durmió hasta las 7:30 y luego prefirió irse a desayunar y ver dibujos hasta que llegó su hermana. A mí se me hacía inconcebible ir a ningún sitio en medio de toda esa oleada de contracciones que dolían muchísimo, sí, pero que yo me sentía esta vez mucho más conectada con mi bebé, que iba abriéndose camino a la vida a través de mi cuerpo. Lo que yo quería por encima de todo era estar “para adentro”, que todo saliera “bien” y que mi cría mayor estuviera a salvo.

Recuerdo el calor inmenso, la necesidad de ir cambiando de postura cayendo hacia el suelo, e incluso miedo a no poder levantarme más aunque me sentía sostenida y los masajes y palabras de Paca me aliviaban mucho. ¡Ay el miedo!, compañero inevitable de viaje junto al dolor, que tomé como pude como guías intentando darles la mano mientras yo surfeaba las olas. También recuerdo que tenía prisa, prisa porque saliera cuanto antes Elisa, porque todo estuviera bien y sobre todo por uno de los miedos principales: a ir al hospital. En algún momento de ese trance que es el parto tuve una especie de visión: todo estaba blanco inmaculado y unas manos sacaban a Elisa de mi vientre, pero sin bisturís, focos ni color verde quirófano.

Hace años en un templo en Japón había una columna que llamaban “la columna del Nirvana”. La primera vez que intenté atravesarla me agobié y me salí. Camilo me decía que gente mucho más grande que yo la atravesaba, de hecho él lo hizo también después. Que era cuestión de sostener el agobio al sentirte encajada y encontrar tu ángulo para atravesarla. Agradezco no haberme ido con la sensación de no poder hacerlo. Esperé otra vez la cola y esta vez sí salí victoriosa por el otro lado. Porque parir es atravesar esa columna del Nirvana. 

Por supuesto pasé por la certeza de que no iba a poder, no una sino muchas veces. Sentir el avance de Elisa daba el chute de energía necesario para seguir adelante, pero a ratos hacía “cucú-tras” y volvía a subir un poco y eso me agobiaba. Cuando creía que ya estaba sintiendo el famoso “aro de fuego” resultaba que no, que todavía podía sentir más de eso. Qué pena de años de socialización en la desconexión corporal, la represión sexual y qué pena de carrera de Medicina que me traía tantos fantasmas de situaciones temidas, porque creo que un parto bastante más gozoso es posible. Quizá estuve muy focalizada en que saliera cuanto antes para mi tranquilidad, y tanto empujé queriendo ayudarla que tuve un buen desgarro. Eso, y que la bebé pesó algo más de 4 kg. Pero parimos como somos, como me han recordado varias veces Paca y Sara.

Poco a poco sentía que iba soltando control, sabía que así es y tenía que pasar pero cómo me cuesta, también de esto dudaba si podría. Sin embargo hay algo de inevitable y orgánico y no hay otra manera, tienes que soltar para dejar apertura al torrente de la vida. En ese momento muchas mujeres cuentan la conexión trascendente con la Naturaleza y con las mujeres del mundo que están pariendo y han parido. Algo parecido sentí yo también: la fuerza de tantas mujeres invisibles sosteniéndome. Mucho más sencillo y fluido cuando te sientes sostenida y respetada durante el proceso por maravillosas mujeres experimentadas. Sin casi darme cuenta me ayudaron a colocarme en una postura ya del todo favorable a la gravedad y por fin salió Elisa.

Aunque no estaban físicamente conmigo sentía muy cerca a mis comadres y amigas. Qué hubiera sido de mis maternidades sin ellas. Gracias a mi querida amiga Soledad no llegue a oscuras a la maternidad y a la lactancia por primera vez, gracias a mi comadre Cristina por toda la compañía y reflexiones en el posparto inmediato, gracias a mi comadre Sara por abrirme las puertas del parto en casa y de tanta sabiduría ancestral femenina, gracias a mi amiga y comadre Patricia, por tantos años de amistad y también acompañarnos en este viaje de bimadres de dos niñas de edades parecidas. Sigo teniendo mucha suerte por las madres que me siguen acompañando: el grupo de madres del colegio y mi nuevo grupo de posparto en el centro de salud. Y gracias también a mis ancestras y a las que nos precedieron y nos dejaron sus experiencias y sabiduría.


Cuando nació Elisa rápidamente la cogí y la acerqué a mi cuerpo, lloró pero enseguida se calmó y vi sus ojos clavándose en los míos. Al principio sentí miedo, con lo cansada que estaba cómo iba yo a sostener bien esa bebé tan diminuta y frágil, pero poco a poco y con la maravillosa sensación de relajación y bienestar tras las contracciones finales me fui sintiendo tranquila, confiada y me fui a mi cama con mi bebé en brazos. Las horas posteriores las recuerdo difusas en contenido pero sobre todo recuerdo un bienestar enorme, alegría, sensación de conexión super potente con mi bebé y con el mundo, y amor por todo y todos. Enseguida salió la placenta, tan pronto que me molestó un poco volver a tener contracciones e interrumpir ese torrente de calma y amor que me inundaba con mi bebé encima mío y Camilo y Emma ya en la cama con nosotras. Elisa rápidamente se enganchó al pecho en cuanto la pusimos y succionaba con fuerza y sin dolor. ¡Qué diferente del otro parto donde todo fue más difícil para empezar la lactancia!. Mientras nosotras dos nos conocíamos y disfrutábamos, Paca, Sara y Cristina ayudaron a Emma y Camilo a hacer la impresión de placenta, me trajeron un súper batido con mis frutas preferidas y cuidaban de que todos estuviéramos a gusto y el entorno limpio y recogido en un santiamén. Yo sólo podía pensar que ojalá todas las mujeres y bebés estuvieran así de bien cuidadas en sus partos, que sintieran lo mismo para sus familias, y la pena que me daba que las mujeres que se lo pueden permitir pagaran por parir en clínicas privadas donde la tasa de cesáreas (seguramente muchísimas innecesarias) son de casi la mitad.

Ni sé cuánto tiempo dejamos el cordón pero finalmente lo cortó Camilo cuando ya estaba más que blanco. Admiramos la maravillosa distribución vascular de la placenta que conservamos en sal a los pies de la cama aún a día de hoy y congelamos las membranas que son una potente ayuda cicatrizante para utilizar en familia. Qué maravilla la sensación de que no hay prisa para nada, que podemos posponer la vitamina K porque Elisa se ha dormido y lo ideal es ponérsela mamando. Y así fue y ni lloró siquiera porque todo se hizo con exquisito cuidado.

Por supuesto el piel con piel no fueron dos horas, no sé cuántas fueron pero muchas y cuando la cogió su papá o fui al baño enseguida volvía a mí. También estuvo conmigo cerquita y mamando cuando tuvieron que coserme el desgarro. Nuevamente sin prisa ni presión de ningún tipo Sara me exploró y me dijo que a lo mejor había que coser en el hospital. Fue el momento de más pánico sin duda pues sabía que eso iba a implicar que me separaran de la bebé innecesariamente aunque la lleváramos hasta allí conmigo. Aunque solo fuera por el castigo por haber desafiado al sistema y “equilibrar” el karma por haberlo conseguido. Probamos a suturar en mi cama con Elisa encima y yo sentía mucho alivio de tenerla conmigo, me encontraba calmada y conectada con ella y me daba mucha fuerza para afrontar la sutura (que no me dolió nada) y el miedo a que no fuera posible solucionarlo allí. Yo ya sabía que mis maravillosas matronas podían suturar tan bien como cualquier cirujano y así fue y a día de hoy confirmo que quedó genial y no he tenido ninguna molestia una vez curada la herida.

Ojalá así fueran los partos, y los que tengan que ser medicalizados se parezcan a esto lo más posible. Ojalá menos miedos porque seguro que hubiera gozado más el proceso de parto. A mucha gente le sorprende que siendo médica optara por parir en casa, pero yo digo que precisamente por eso. Porque lamentablemente el sistema sanitario es androcéntrico, ni conoce bien ni le interesa lo suficiente conocer la fisiología de las mujeres. Porque las matronas son las verdaderas expertas en el parto fisiológico y en nuestra salud sexual y reproductiva y yo tenía no una sino dos. Y porque los médicos, entre los que me he formado, entendemos los procesos desde lo patológico, nos falta mucho que aprender en el arte de acompañar, y cuando nos agobiamos intervenimos demasiado.


Y un apunte innecesario.
@JCamiloVazquez


La presencia de los hombres durante el parto es una de esas anomalías históricas que hemos llegado a normalizar a base de privilegio masculino, mucha televisión y la inercia de los hábitos. Hasta que los ginecólogos no consiguieron arrebatar el control del parto a las matronas (no hace tanto) tan solo las mujeres eran invitadas a presenciar y participar de este clímax del proceso creador que es el parto.

Por eso, como un intruso en terreno sagrado, le pedí permiso a Olga para añadir estas líneas. Quería ofrecer mi punto de vista a otros padres -tal vez a alguna madre- y exponer cómo nosotros dos llegamos a convertir este segundo parto en algo compartido. Accedió generosamente, como podréis deducir, a pesar de que lo importante ya ha sido dicho.


Encarar el parto de nuestra segunda hija con un enfoque diferente fue para mí como recibir el regalo de una nueva oportunidad: la de poder aportar algo útil al proceso
de traer a Elisa al mundo. Una utilidad que pudiera ser bien recibida por la madre en un trance tan delicado, sin condescendencia ni agradecimiento impostado; que no le hiciera preguntarse para sus adentros quién nos habría dado a los hombres vela en esta antítesis del entierro.

Confesaré que la primera vez que nos enfrentamos al acontecimiento de traer al mundo a Emma, nuestra hija mayor, me ocupé de lo básico: de atraer el taxi que nos condujo al hospital, estar de cuerpo presente durante las esperas y escenificar más tarde, ya en el paritorio, el papel de convidado torpón, admitido pero bastante prescindible.

Recuerdo tratar de insuflar ánimos a Olga desde una esquina del cabecero de la silla de partos, también echar mano del móvil para informar a nuestros amigos de que el proceso estaba ya en marcha. Confieso que lo usé también para distraerme en las redes mientras las contracciones avanzaban en oleadas cada vez más vehementes. Allí nos conocían y sabían que ambos somos médicos. Quizás por ello me revitalizó la oferta de colocarme tras la matrona, reviviendo la experiencia de las prácticas de medicina, cuando asistí a varios partos e incluso ayudé durante una cesárea, aspirador en mano. En esta ocasión tuve el privilegio, de nuevo, de ser el primero de los dos en avistar un rizo húmedo y anunciar la llegada como capitán de navío: ¡por ahí resopla!.

Por ello cuando Olga deslizó su deseo de intentar tener a Elisa en nuestra propia casa conecté con su deseo de "hacerlo mejor" (es bastante perfeccionista) y me propuse seguir su estela haciéndolo mejor yo también. Convertí en mi objetivo que el recuerdo que ella guardase de esta feliz ocasión fuera el de haber estado respaldada, sostenida, verdaderamente acompañada.

No me extenderé en detalles que ya han sido narrados. El acompañamiento no podía esperar al momento de la rotura de aguas. Me ayudó implicarme desde el principio, apaciguado en mis ocasionales miedos por la valentía de Olga quien, al fin y al cabo, iba a apostar su propio cuerpo en el empeño de tener un parto lo menos medicalizado posible. Las semanas avanzaron salpicadas de conversaciones tras cada prueba o revisión. Todo apuntaba a que -técnicamente- no sería descabellado intentarlo. Buscamos un curso de preparación al parto que no fuera un simple trámite. Aprendí técnicas de alivio del dolor, de respiración, ayudé a adecuar nuestra casa, a atenuar la luz o ambientar con olores llegado el caso. Muchas de estas habilidades finalmente no las tuve que emplear, pero ya formaban parte de una actitud de disposición.

Llegado el día, el amanecer que bautizaría a Elisa, llamé y recibí a las tres sabias mujeres que habrían de acompañar a Olga durante el parto. Preparé cafés. Me encargué de nuestra hija. Le di su desayuno mientras la ponía al corriente de lo que sucedía dos habitaciones más allá. Tomé alguna foto. Y, llegado el momento, en la cálida oscuridad de un rincón vi emerger a nuestra hija, rápidamente arropada en los brazos de su madre. Preparé la cama que las acogería. Anuncié a Emma que ya era hermana mayor. Y pude cortar finalmente el cordón umbilical como concejal que inaugura una vida, trayendo de nuevo al torpón estudiante de medicina, más feliz que si recién se hubiera graduado después de 6 años de esfuerzos.

Aprendí que cuando una tarea se ha pensado entre dos no hace falta estar siempre presente para cumplir tu función.


miércoles, 5 de noviembre de 2025

¿Dónde está la violencia institucional, que yo la vea?

Una lectura no necesariamente incriminatoria del fuego amigo. 


Intervención en la VIIIª Jornada de las Comisiones Hospitalarias contra la Violencia, celebrada el 28/10/2025 en el H. Universitario La Paz, Madrid. 


Ilustr. Brueghel el Viejo. La torre de Babel, 1563. Museo de arte de Viena.


La cuestión que a mí me corresponde hoy es la violencia invisible hacia los profesionales por los profesionales, o en el seno de las organizaciones donde desempeñan su tarea. 

De ahí lo del fuego amigo. 

Todo sufrimiento suele llevarnos a las puertas de una acusación, pero eso a menudo nos impide comprender a fondo lo que está ocurriendo. 

Voy a intentar ilustrar algunas violencias invisibles en las que, sin tener los profesionales la culpa, tal vez tengamos alguna responsabilidad.

Hay frases capaces de condensar el sentir de una época. 

Una fue pronunciada en el año 2001, cuando aún podíamos pensar que el programa televisivo Gran Hermano era un experimento sociológico. 

Dijo uno de los concursantes aquello tan sentido: 

“Pero a mí quién me pone la pierna encima para que no levante cabeza.” 

El tipo sufría, se sentía aplastado, buscaba al opresor y no encontraba a nadie para descargar su ira. 

La segunda frase fue pronunciada más recientemente y convirtió a un vecino de Madrid en celebridad de internet: 

 “Pero a ver, ¿dónde está la contaminación que yo la vea?”. 

Frase que encerraba, en su negación, una doble verdad.

Que algunas cosas para ser apreciadas necesitan de nosotros que tomemos distancia, como cuando nos alejamos lo suficiente de la ciudad para percibir su cúpula de residuos. 

Y que las personas no dejamos de ser primates con una vivencia del mundo tremendamente marcada por los sentidos más desarrollados que tenemos: la vista y el tacto. 

Con lo cual funcionamos intuitivamente bajo las premisa de “si no lo veo no lo creo” o también “dame hechos, no palabras”. 

“¿Dónde está la violencia institucional que yo la vea?” podría haber dicho perfectamente el paisano a continuación.

Como si las palabras o los gestos no tuvieran su propio impacto. Como si no fueran hechos comunicativos, inmateriales, sí, pero capaces de tomar forma como hechos de nuestro cuerpo (el vello erizado de ilusión, o la crisis de pánico de quien se siente morir infarto mediante). 

Con lo cual lo primero que afirmaré es que existen cosas que no vemos pero que están presentes, ejerciendo un efecto sobre nosotros, y que necesitaremos tener noticia de su existencia para poder reconocerlas.

“Si no lo creo, no lo veo”, que me señaló agudamente el Dr. Luis Nocete, parafraseando a un maestro suyo del otro lado del charco. 

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Ilustr. Torre Tatlin. Vladimir Tatlin.
Lo segundo será intentar delimitar aquello de lo que hablamos. 

Cabe proponer que violencia es una voluntad imponiéndose a otra voluntad.

Con lo cual nos veríamos rápidamente tentados a concluir que la institución, pongamos, la sanitaria, ha de quedar eximida, apartada de cualquier atribución violenta. 

Un poco por los mismos motivos que algunos esgrimen que no existe tal cosa como la sociedad, sino solo individuos. 

Tirando de este hilo alguien podría argumentar que no hay violencia institucional, sino trabajadores que a veces cometen, cometemos, actos violentos. 

Y, de hecho, los hay. 

Aunque cuantitativamente lo que abundan son el roce, los conflictos y la animadversión también hay compañeros y compañeras que acosan a compañeras y compañeros.
Hay liderazgos dañinos que confunden el orden con el miedo. 
Equipos que aíslan y sacrifican a uno de los suyos para sostener una fantasía de paz.
Chivos expiatorios.
Perseguidores que denuncian ser perseguidos y dejan a su paso un rastro de confusión.
Y, por supuesto, hay también faltas de respeto, insinuaciones sexuales, machismos, clasismos, racismos... realidades todas estas que, sin ser invisibles, sí tienden a no ser vistas. 
Que por su frecuencia diaria tienden a ser invisibilizadas, desatendidas, vistas con el rabillo del ojo y, a la postre, normalizadas. 

Ilustr. Yacek Yerka.

Son éstas violencias con agentes y con intención. Reconocibles, por tanto, visibles y denunciables una vez ha caído el velo del miedo. 

Lejos de la trivialización que implica ver la violencia entre compañeros como “riñas de patio de colegio” (como si no hubiera sufrimiento en las escuelas) estas formas de violencia entre profesionales pueden llegar a resultar muy dañinas en función de su intensidad, duración o extensión a otros miembros del equipo de trabajo. 

Influyen también la historia personal, los traumas previos y la sensación de contar con estrategias para afrontar las hostilidades y librar así la diaria negociación que rige la vida primate: un interminable tira y afloja entre el individuo y el grupo. 

La buena noticia es -porque la hay- que diariamente enfrentamos y sobrevivimos numerosos choques entre nosotros, resolviendo nuestras diferencias con creatividad, generosidad y dosis nada insignificantes de cordialidad y buen humor. 

 Al igual que el sistema inmune nos va librando de infinidad de células tumorales sin que llegue a desarrollarse neoplasia, los trabajadores resolvemos eficazmente la mayoría de las tensiones que entre nosotros se van creando inevitablemente en la danza en torno a la tarea que nos reunión en primer lugar.

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Pero volvamos a las violencias realmente invisibles.  

Estamos todos de acuerdo en que una institución no es un sujeto y carece de intenciones propias. Pero negar la violencia institucional porque la institución no es un agente intencional sería como decir que las normas que rigen nuestro comportamiento en las instituciones carecen de intención alguna, cuando alguien sí que ha pensado esas normas. 

O sería como negar la realidad misma del diseño, si dijéramos que un diván o una guillotina carecen de intención alguna en tanto que muebles inertes. Carecen de agencia, pero no las personas que convirtieron una intención en herramienta tangible, que habla por sí sola. 

Toda institución humana supone un recorte de la realidad, de la realidad material (personas, inmuebles, mobiliario, elementos fungibles...) y también simbólica (leyes, reglamentos, protocolos, normas tácitas que aprendemos sobre el terreno) todos estos mimbres dispuestos para lograr una finalidad que denominamos tarea. 

Por ejemplo, la de mantener a la población sana, ¿o era intervenir sobre la enfermedad? Como señala Julio Mayol, ambos fines suenan parecidos pero no son lo mismo. 
No son lo mismo. 

A ese recorte institucional de la realidad nos apuntamos, en principio, voluntariamente. Primero enculturándonos, estudiando y pasando a formar parte de una de las muchas tribus sociosanitarias. Y luego, en un segundo tiempo, al firmar un contrato que nos liga a las normas de la institución: dónde y cuándo estaremos y con quién, qué es lo que haremos, qué estará permitido y qué sancionado, cómo se nos recompensará... 

Asumimos gustosos ese recorte de nuestras potencialidades. Poder dar o no un medicamento en función de asumir tal o cual categoría, cortar o instrumentar, asear o escribir en la historia clínica; pero también sabemos que la norma no alcanza todos los rincones de la realidad. Que el mapa siempre tiene algo de resumen y que los detalles del terreno deben descubrirse en el dificultoso encuentro diario con el trabajo, sus obstáculos y gratificaciones. 

 Entonces, si estamos en esto voluntariamente, ¿por qué tantos profesionales se sienten interpelados cuando oyen o denuncian el maltrato institucional? ¿qué relación puede tener este par de palabras con las bajas por enfermedad, el desgaste profesional o los deseos de abandonar la profesión? 

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Nos cuentan que la violencia institucional se hace presente cuando la tarea principal, cuidar de los demás, parece aplicarse bajo la lógica de un doble rasero, afanándonos en favor de los pacientes (cuando encajan con nuestra idea del buen paciente) pero no alcanzando necesariamente a quienes les cuidan,  doliéndonos por la disonancia entre Humanización de la asistencia y el estado de nuestras relaciones laborales; por lo difícil que resulta hacer compatibles vida personal y trabajo lo mucho que nos cuesta cuidarnos entre nosotros, tal vez por saturación. 

Violencia que a veces encuentra su réplica en nosotros mismos cuando rechazamos nuestra parte vulnerable y nos resistimos a un descanso, postergamos una baja necesaria, nos avergonzamos de tener ciertos diagnósticos o tomar un tratamiento. Viviendo como si ser profesional y ser paciente no cupieran en una misma persona presumiendo de ser malos pacientes. Tratándonos tan mal, en definitiva. 

Resultan injustamente violentas también algunas adaptaciones de puesto que a pesar de venir propuestas por Salud Laboral devienen motivo de fastidio organizativo, de rivalidad o incluso envidias entre compañeros por falta de pedagogía o tiempo para llevarla a cabo. 

Estamos hablando de desatención a las necesidades de una parte de la comunidad sanitaria aquellas veces en que se gestiona como si fuéramos los mismos que hace 20 o 30 años o como si una pandemia no nos hubiera cambiado. 

Cuando la bolsa de trabajo se convierte en sinónimo de prisas, inexactitudes y sanciones. 

Cuando se espera que una profesional trabaje a pleno rendimiento, de la noche a la mañana, en un puesto o en otro. 

Traslados e incorporaciones sin guías de acogida, sin apenas formación o supervisión. O que pasan por alto toda la experiencia previa acumulada, las habilidades y redes de relaciones construidas durante años como si eso en el nuevo puesto no sirviera para nada haciéndonos sentir elementos reemplazables.
Recursos humanos. 

Resulta en violencia cuando la formación de grado con la que venimos troquelados tiende a entorpecer el encuentro real con unos pacientes que, al igual que nosotros cuando nos quitamos el uniforme ya han cambiado, enrareciéndose de esta manera el clima de colaboración en nuestras consultas, salas y domicilios, tal y como denuncia Víctor Montori en “La rebelión de los pacientes”. 

Pero sobre todo la violencia invisible de la institución se hace sentir cuando la organización del trabajo nos impide hacer lo correcto o nos lleva a traicionar nuestros principios lo que se ha venido a llamar daño moral.

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El deterioro de las condiciones de trabajo por razones de eficiencia, sobrefrecuentación e indefinición de la cartera de servicios impide a muchos profesionales identificarse con el fruto de su labor al no poder nutrirse de la satisfacción del trabajo bien hecho del reconocimiento de los pacientes y, especialmente, de sus iguales. Los aboca al desgaste.

La devaluación y paulatina desaparición de los espacios de cooperación de los encuentros informales las charlas creativas de los descansos nos dejan igualmente solos ante el sufrimiento del encuentro con la tarea. Abona la aparición de conflictos de unos contra otros. 

La sobreimplicación a menudo necesaria para realizar la tarea de cuidar siembra la semilla de la reciprocidad resentida cuando uno espera de la institución unos cuidados que no siempre se prodigan 

De este desengaño surgen no pocas bajas de no fácil solución. 

Quedan por tanto para el profesional abrazar los mecanismos de defensa que llevan al consabido Burnout, o bien insistir en el empeño a costa de su salud, o pedir la cuenta y marcharse sumándose a un goteo que salva al individuo y estresa aún más al resto. 

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¿Quién nos ha puesto la pierna encima? 
¿De quién es la culpa? Miramos hacia arriba y no hay nadie. 
En cada escalón de nuestro sistema se lidia con la misma sensación de escasez de recursos, de impotencia de los propios actos. 

Podemos perder mucha energía y tiempo buscando una bota opresora. Nos traiciona nuestro modo de pensar las relaciones uno a uno en las que normalmente hay responsables y relaciones lineales entre causa y efecto. Pero cuando el reflejo de culpar entra por la puerta la posibilidad de comprender a menudo salta por la ventana. 

Cada institución tiene su historia, y la nuestra es la de una extraña coalición de profesiones milenarias y recientes, de lo sagrado y lo tecnocientífico, puestas a colaborar en escenarios hiperconectados en favor no de unos pocos privilegiados, sino de toda la comunidad. 

Conforme crecía y se complejizaba era capaz de lograr gestas impensables cirugías neonatales, radioterapias hiperselectivas, planes integrales de cuidados. 

Al mismo tiempo que el sistema cambiaba se introducían decenas de nuevas lógicas e incentivos no siempre coherentes entre sí no siempre compatibles con la tarea inicial. 

En sistemas así de complejos pequeñas causas llevan a grandes efectos. 

Y si damos por bueno que puede pensarse e identificarse, como propone José Ramón Repullo, una iatrogenia sistémica, un potencial dañino al paciente por el mero hecho de incorporarse a este complejo sistema benefactor tal vez nos resulte más fácil aceptar esa violencia invisible que afecta a quienes formamos parte de este mismo sistema. 

Violencia, dijimos, era una voluntad imponiéndose a otra voluntad. 
Aunque la primera ya no esté allí más que en forma de burocracia. Es cierto que todos hemos firmado un contrato. Pero no lo es menos que a veces trabajamos como si hubiéramos consentido todas las normas, las escritas y las no escritas, a perpetuidad, sin posibilidad de réplica, y como si esas normas fueran capaces de contemplar todas las circunstancias pasadas, presentes y futuras cuando tratamos a diario con el sistema complejo por excelencia:  el ser humano. 

Ilustr. Andreas Zielenkiewicz
Ya nos lo recuerda Diego Gracia en todo acto clínico conviven hechos y valores. Y los valores, añadiría quien les habla, no pueden ser normados. 

Es violencia desatender la necesaria deliberación que concilie los valores en juego antes de decidir el curso óptimo. 

Nos falta hablar. 

Porque violencia institucional es, en definitiva, la incapacidad de cualquier institución para repensar su tarea.  Y sólo pensando entre todos la tarea podrá ésta mantenerse alineada con su propósito original, al tiempo que adaptada de forma activa a la realidad cambiante que la rodea y conforma.

Afirmaba el añorado antropólogo David Graeber en “La utopía de las normas” que uno de los rasgos más distintivos de la violencia es su tedio, su capacidad para infundir el aburrimiento, extinguiendo en sus dominios todo espíritu creativo. 

“El vaciado - afirmaba - de toda posibilidad de comunicación o sentido es la esencia real de lo que realmente es, y hace, la violencia”.  

La solución a la violencia pasa inevitablemente por la comunicación.
Tan sencillo y tan complicado como esto. 

Una comunicación efectiva entre las partes de un sistema complejo que permita resintonizar al sistema mismo con el entorno que la originó y le encomendó su tarea. 

Una comunicación que habilite una adaptación activa a la realidad, siempre cambiante.

Una comunicación que nos libre del encasillamiento y el enamoramiento de la forma, del continente.

Porque a la postre el mapa siempre termina oprimiendo el territorio y desconcertando a los exploradores.

@JCamiloVazquez


Ilustrac. Ángel Alonso (Angelitoon) Vía Devianart