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miércoles, 29 de abril de 2026

Extraña vocación de piedra

Vulnerabilidades psicológica y existencial de los profesionales sanitarios.

Texto basado en mi intervención en la
Escultura de Antony Gormley
IIª Jornada de Diálogo entre Humanidades Médicas
, celebrada el 15 de abril de 2026 en la Facultad de Humanidades de la UNED, Madrid.

1.

Vulnerabilidad es la posibilidad de resultar heridos
es decir, la posibilidad de que el exterior se imponga y atraviese nuestras fronteras
generando un daño no superficial, sino uno que nos cambie,
que nos deje huella.

Tal y como nos suele pasar con el trabajo,
que nos cambia más él a nosotros
de lo que llegaremos a cambiar nosotros al trabajo en sí.

Todos somos, por tanto, vulnerables,
aunque durante los últimos 200 años hayamos vivido en una cultura que lo niega
lo oculta, lo reprime, que fantasea con la juventud eterna y la inmortalidad,
que ensaya todos los medios técnicos posibles
para no depender de los demás.

Es la fantasía del individuo autónomo, que dice bastarse a sí mismo;
ocultando el sometimiento del Otro, y del mundo exterior,
escondiendo sus residuos
como esa isla gigante de plásticos que sigue flotando todos los días
en el Océano Pacífico mientras soñamos con enviar humanos a Marte.

Esculturas de Antony Gormley

A pesar de las fantasías y las proclamas para endurecernos
la historia de la humanidad, y los hechos de nuestras vidas son tozudos
y nos hablan de infortunio, envejecimiento, enfermedad
y también de interdependencia y proyectos que sólo se alcanzan cooperando entre muchos.

El sistema sanitario público es, aún hoy, uno de esos frutos milagrosos de lo común.

2.

¿Diferimos las personas en cuanto a la vulnerabilidad?
En lo cuantitativo sí. Para empezar unos ya han sido más vulnerados que otros.
No partimos todos de la misma base de negligencias, daños y maltratos.

Ahí la forma en que nacemos, nos crían y cuidan
en nuestras familias, en nuestros grupos de pertenencia y comunidades
marcan un punto de partida del que no podemos escapar fácilmente.

Y diferimos también en las fuentes de nuestros daños presentes
Ahí el trabajo se impone como uno de los escenarios principales.
El trabajo determina los tipos más frecuentes de agresiones que enfrentaremos.
No se sufren los mismos daños desde la consulta, la ambulancia o la sala de urgencias
que en la oficina enmoquetada, el salón de belleza, la barra de bar o el campo de batalla.

Pero primero se me ha pedido que hable de vulnerabilidad psicológica.
Se nos va la mente al individuo. Sigámosla un rato por esta senda.
Encontraremos 3 hitos en ella:
  • Uno: somos animales.
  • Dos: no cualquier animal. Dentro de los mamíferos, somos primates.
  • Tres: Primates particulares. Somos seres verbales.

Es decir, como animales, somos sensibles a las contingencias.
Observamos que si primero viene una cosa, luego suele venir otra. Aprendemos.
Que a los esfuerzos suelen seguir recompensas. Seguimos aprendiendo.
Y son estas cadenas de actos y consecuencias las que modulan nuestra acción.
Hasta los ratones de laboratorio se deprimen
si presionan la palanca sin obtener respuesta.

Cabría entonces preguntarse: ¿obtienen hoy los trabajadores lo que esperan a partir de su esfuerzo?, ¿qué nos dice nuestra experiencia?

Como primates somos animales hipersociales. Necesitamos al otro.
Me gustaría subrayar esta palabra: necesitamos.
La necesidad convoca sentimientos complicados. Está preñada de ambivalencia.
Necesitar al otro unas veces nos gusta, nos arropa, y otras nos frustra.

Sea como sea, pasamos la vida en grupos, fuera de los cuales nos consumimos.
La convivencia en grupo no es sencilla.
Es un tira y afloja continuo entre cooperación y competición.
El equilibrio es importante. Los grupos se resienten de la desigualdad
pero no por ello los individuos dejan de intentar colocarse ventajosamente
dentro de la jerarquía, tanto la espontánea como la socialmente impuesta.
Y todo grupo tiende a defenderse oponiéndose espontáneamente al acopio de poder.

Otra derivada social clave. Nunca nos sentimos bien o mal en términos absolutos
sino que siempre nos medimos en relación a los otros. Nos comparamos.

La pregunta ahora sería: ¿cómo se están sintiendo los diferentes profesionales en relación con todos los demás?, ¿piensan que ha habido cambios en su posición dentro de la jerarquía social?, ¿creemos que los demás nos ven de otra manera?.

Como seres verbales, como primates enamorados de símbolos,
conscientes de nuestro fin y también de nuestros fines,
tenemos la imperiosa necesidad de dar sentido a nuestra experiencia.
Poner en palabras lo que nos pasa
, lo que hacemos,
y crear una breve historia que encajamos más o menos armoniosamente
en la trama narrativa de nuestra propia biografía.

También significa que somos capaces de crear reglas verbales a las que someternos.
Es decir, adoptamos sistemas de valores a los que llamamos principios
y que pueden entrar en conflicto
unos con otros (como sucede cuando el celo hacia el trabajo choca con la vida familiar, por ejemplo)
o con nuestra propia conducta (cuando sentimos el sufrimiento moral de vernos obligados por las circunstancias a actuar contra nuestros principios, o impedidos para el correcto proceder).

Pensemos ahora, no en cualquier persona trabajadora, sino en la heterogénea tribu de las trabajadoras sociosanitarias, mujeres en su mayoría.
No pasemos por alto lo que esto implica de histórico sometimiento a la dominación masculina
y la asunción todavía predominante de la tarea de cuidar.

De entre los factores personales que alimentan la pira
en la que más tarde puede que arda hasta consumirse nuestra vocación
tiendo a destacar tres:

Los diversos motivos, que condujeron a acabar dedicándose, entre todos los posibles oficios y profesiones del mundo, precisamente a esta, a cuidar.

La personalidad y los obstáculos que ésta nos plantea a la hora de enfrentar el trabajo, bien por falta o exceso de empatía, exceso de sentido de responsabilidad o el deseo de agradar y complacer que dificulta la puesta de límites.

Y por último las expectativas puestas en el trabajo. Una de las orillas bañadas por la distancia entre el ideal que uno esperaba y la realidad material que acabó encontrando.

Motivos. Personalidad. Expectativas.




3.

Está también el trabajo en sí, claro.
Trabajando para nuestros (dense cuenta de lo que implica el posesivo) pacientes
nos exponemos a las incontables caras del sufrimiento.

Y daría para hablar largo y tendido el repasar cómo han ido cambiando
las profesiones sociosanitarias a lo largo de la historia
conforme se imponían los avances tecnológicos y sucesivas formas de organización.

Pero hoy se me ha pedido que me centre en lo que, convencionalmente, entendemos como psicológico: nuestros adentros.

Cuando nos toca hacerlo en los grupos de desgaste, en nuestra unidad,
la sesión que aborda nuestros adentros
- ya saben: motivación, personalidad, expectativas -
nos parece siempre una sesión delicada
(aunque siempre termina bien y se suelen marchar agradecidos)

Delicada porque al centrarnos en esos factores individuales algunas personas guardan silencio educadamente. Otras protestan indignadas:
"No es problema mío, sino del sistema, la sobrecarga, la burocratización, los liderazgos autoritarios o abandónicos."

Y sí, es así, pero no solo.
Que es como decir: lo psicológico va en realidad más allá de lo individual.
Pero llegaremos a ello en unos momentos.
Quería hablar primero de este sentimiento que, cuando hace entrada en escena
suele distorsionar nuestra capacidad para pensar y entender: la culpa.

En este mundo del desgaste profesional, del Burnout, del sufrimiento de los sanitarios
parecería que a veces nos movemos pendularmente
entre culpar al sistema por sus insuficiencias manifiestas
o bien culparnos a nosotros por débiles, incapaces de cuidar eternamente con alegría.
Oscilando de un lado a otro, sin llegar en realidad a ninguna parte.

Con el tiempo he llegado a pensar que nuestra necesidad de dar sentido,
unida a nuestra naturaleza hipersocial, siempre atenta al estado de las relaciones,
a nuestra propia reputación dentro de grupos humanos,
es la que pone la culpa a funcionar.
Nos centra en una arista del problema
y nos dificulta apreciar todas las demás.

La culpa nos devuelve a las personas al modo de pensar por defecto, el lineal,

según el cual para cada causa hay un efecto.
Y se culpa siempre con una finalidad social: condenar o ser perdonados.
Pienso que interpretar el sufrimiento en clave de culpa es un intento
de construir un significado que preserve nuestra posición en el grupo social.

Pero debemos pensar un poco más allá si es que buscamos afrontar problemas como el desencanto de los profesionales sanitarios.

Y es que, si una llave y una cerradura encajan, ¿de quién es la culpa?, ¿de la llave?, ¿de la cerradura?.

Necesitamos espacios como éste,
para pensar desde la calma
con la mirada abierta a la complejidad.

4.

No existe tal cosa como una psicología puramente individual
más allá de los libros y las teorías
que creamos para entender el mundo. 

Cierta rama de la Psicología Social, la Operativa
entiende y propone que los sujetos
nos vamos construyendo mutuamente a partir de los vínculos
que las personas establecemos unas con otras
al relacionarnos de continuo, a diferentes niveles y escalas de magnitud.

No somos ni seremos nunca individuos enteros,
orbitando alrededor de una esencia.
No estamos preconfigurados
Ni vivimos en el vacío.

Nacemos de madre,
quien nos trae al mundo normalmente dentro de un grupo primario
el cual internalizamos en forma de partes,
partes que a menudo dialogan y entran en contradicción.
Ese grupo primario, normalmente una familia, formaba parte de una comunidad, unida por un entorno y un lenguaje
Que habilitó la posibilidad de relacionarnos con sucesivos grupos
de amistades,
de estudios,
de aficiones,
de trabajos.
Trabajos que nos permiten insertarnos en instituciones
y en los que se replican los mismos mandatos vigentes
en la sociedad que las ha creado.
Mandatos sobre cómo ser mujer, u hombre, o niño, o anciano, o enfermo, o discapacitado en un mundo, para bien o para mal, cada vez más interconectado.

Nuestra psicología, nuestros modos de sentir, pensar y actuar,
son la resultante
de un interjuego entre todos estos ámbitos.

No somos pura voluntad, sino que estamos sobredeterminados
por todos estos ámbitos por los que fluye el poder en ambas direcciones.

Nos quejamos los sanitarios de la institución. ¿No somos acaso parte de ella?



Una parte de nuestra impotencia, creo, procede de pasar por alto
que en toda situación nos influyen estos ámbitos
y que el impulso, aunque más limitado, puede ir de vuelta.
Podemos operar cambios en la realidad
y no solamente ser paulatinamente cambiados por ella.

La vulnerabilidad, por tanto, es mejor que no la pensemos únicamente desde el individuo
ni debiéramos dedicar más tiempo del necesario a la búsqueda de culpables
ante situaciones complejas.

La situación de cada persona requerirá ser analizada
para comprender por qué grietas se nos ha colado e impuesto el exterior
y comprender qué ámbitos están pesando más en su sufrimiento en el trabajo.
Y cada caso nos servirá, ocasión tras ocasión, para pensar el mundo que cohabitamos.
Aunque sea a través del ojo de la cerradura de nuestra consulta.

5.

Por último unas palabras acerca de la vulnerabilidad existencial.

Las palabras nos permiten viajar
en el tiempo y entre los cuerpos.
Podemos acceder a realidades que no tenemos claro que estén al alcance
del resto de animales.

El maestro de psicoterapeutas Irvin Yalom, en su obra Psicoterapia Existencial, resumió en 4 los grandes temas existenciales que subyacen
frecuentemente ocultos bajo la apariencia de otras inquietudes o motivos de consulta:

La certeza de la muerte (aunque solo en pocas ocasiones nos ciegue este hecho)

La irremediable soledad del individuo (que es el único que habita bajo su piel)


La libertad (y la responsabilidad que conlleva)

La inexistencia de un sentido instrínseco o unívoco de la vida.

De estos cuatro jinetes de la angustia existencial
cuando pienso en los profesionales sanitarios
me inclino a pensar que todos contribuyen
pero ninguno tanto como la pérdida del sentido.

Porque si algo nos enseña la historia de la humanidad,
y nuestras propias vidas, si dedicamos un rato a pensarlo,
es que las personas somos capaces de soportar cualquier sufrimiento
siempre y cuando tenga un significado importante para nosotros.

Al tiempo que todo sufrimiento nos parece insoportable, indigno, humillante
si lo envuelve el absurdo
, si no somos capaces de encontrarle un sentido
o si llega bajo la imposición del sentido del otro.

Por tanto, y rescatando los ámbitos en los que se inserta la vida humana
yo os pregunto:

¿Qué sentido individual le damos hoy al trabajo que desempeñamos como sanitarios?

¿Cuál es la tarea del equipo de trabajo del que formamos parte?

¿Para qué se creó la organización o institución en la que trabajamos?

¿Qué idea de salud tiene la comunidad que nos envuelve?

¿Qué planes tiene nuestra sociedad para las comunidades que la forman?

¿Qué sería una salud de la humanidad en el contexto de nuestro planeta?


Son muchas preguntas.

Mejor no pensarlo todo a solas.



@JCamiloVazquez

  • Acceso al video de la intervención: https://canal.uned.es/video/69e0922990e0c5e8610589ea
  • Todas las esculturas son obra del británico Antony Gormley (b. 1950)

lunes, 30 de marzo de 2026

En el principio fue el trabajo

Sinuosa introducción a la Psicodinámica del Trabajo de Christophe Dejours. (Parte I)

Cartel del Ier Taller en torno a la obra de Dejours
organizado por la AMSM-AEN

La que hoy publicamos, además de ser la primera de este año, será la entrada que inaugure una serie de textos con un objetivo: servir de introducción a un modelo teórico que permite entender la salud mental en el trabajo más allá de la psicología convencional de las organizaciones y los marcos basados en el estrés.

El modelo alternativo que aquí se plantea cuenta con raíces psicoanalíticas y ha sido desarrollado fundamentalmente en Francia, siendo su actual impulsor el psiquiatra y psicoanalista experto en salud laboral Christophe Dejours.

Al profesor Dejours tuve el gusto de conocerle y el privilegio de presentarle en las XXVII Jornadas de la Asociación Madrileña de Salud Mental (AMSM-AEN) de 2024. Aquí os enlazo el video a su conferencia inaugural, de completa actualidad.

Aquí el autor de esta entrada presentando
al profesor Dejours.
Pero antes de meternos de lleno en la psicodinámica del trabajo será necesario que hagamos un repaso histórico a la cuestión que nos permita entender cómo se pasa de entender el trabajo como sufrimiento a plantear que puede haber placer en el trabajo.


El trabajo como condena.

En nuestra cultura, y más en nuestro momento histórico actual, casi todas las personas coincidimos en la siguiente idea: trabajar es sufrir.

No nos pillan por sorpresa los estudios que, consistentemente, confirman la relación causal entre precariedad y patología. El trabajo mal organizado, inestable o realizado con insuficientes medios materiales y humanos nos enferma, tanto a nivel físico como psíquico.

Sabemos también que los conflictos entre colaboradores, el acoso, la violencia en el trabajo son fuente de desestabilizaciones psíquicas de las que a veces resulta muy complejo recuperarse, pudiendo conducir incluso al suicidio.

A pesar de esta relación intuitiva entre sufrimiento y trabajo no suele estar claro cuál es la gota que colma el vaso de un trabajador y le lleva a no poder más.

Ilustr. Graffiti atribuído a Banksy
Tampoco esta forma de entender el trabajo resuelve un misterio todavía mayor: ¿cómo es que la mayor parte de los trabajadores no enferman?, o ¿cómo es que no enfermamos todo el tiempo sino tan sólo en determinadas circunstancias?

Pareciera que, pese a las miserias cotidianas del trabajo, algo en él nos sostiene.

Pero retrocedamos en el tiempo.

La preocupación médica por los efectos del trabajo sobre los trabajadores se trata de un hecho históricamente tardío. 

Y podría decirse que su peso, la importancia que tiene actualmente el campo de la salud laboral, aún hoy resulta marginal si se lo compara con la relevancia que tiene el trabajo en nuestras vidas y en la organización de toda la sociedad.

¿Por qué empezó a trabajar el ser humano?

Hay culturas como las mesoamericanas que entendían el trabajo como un medio para servir a los dioses, quienes les habrían creado con ese objetivo. En la medida en que ellos habrían creado el mundo, sería responsabilidad de los humanos corresponder la deuda contraída con las deidades asumiendo la responsabilidad de trabajar para complacerlas.

En la cultura china existe el mito de la creación por parte de Nüwa. Según este relato los humanos fueron creados artesanalmente a partir del barro para hacerle compañía. Primero fueron modelados los nobles de uno en uno. Más tarde, cansada por lo laborioso de la tarea, Nüwa empapa una cuerda de barro y la sacude vigorosamente, creando con su salpicadura a la gente común. Se justifica de esta manera un orden social.


En otros episodios Nüwa contempla cómo los cielos se rompen, provocando inundaciones y desolación. Dedica parte de sus esfuerzos en repararlo y sostenerlo. Se trata de una cosmovisión artesanal: el mundo tiende al deterioro y requiere un mantenimiento constante. El ser humano, con su trabajo, tiene el deber de contribuir al mantenimiento del equilibrio.

Ilustr. Instalación de Anthony Gormley. "Field for the British Isles", 1993.

La cosmovisión judeocristiana la conocemos bien: Adán y Eva (también creados a partir del barro) caen en la tentación y prueban el fruto prohibido del árbol del conocimiento del bien y del mal. Por este motivo son desterrados del Jardín del Edén, donde sus necesidades estaban resueltas y vivían en plenitud. En su destierro conocen la escasez, y se enfrentarán a ella portando dos mandatos o maldiciones divinas: el hombre "ganará el pan con el sudor de su frente", y la mujer "parirá con dolor". Trabajo productivo y trabajo reproductivo como condena que hará indisociables la noción de trabajo y sufrimiento.

Deuda, deber o, en nuestro caso, condena. Leídos estos relatos míticos con ojos contemporáneos, es decir, como tataranietos de la Ilustración que se proponen comprender racionalmente tanto los hechos físicos como los sociales, entendemos que esta pulsión fatalista que late bajo nuestra noción de trabajo no aparece realmente por capricho divino ni por azar.

Ilustr. Fresco de Miguel Ángel Buonarroti en la Capilla Sixtina. 

Desde Marx sabemos que la ideología alrededor del trabajo es el resultado de dinámicas y procesos sociales de largo recorrido que sostienen un cierto orden social. Todos los grupos humanos deben dar respuesta a una serie de necesidades vitales. Pero que éstas se resuelvan por medio del vasallaje feudal, la esclavitud, el trabajo asalariado o la autoexplotación del autónomo dependerá de cada momento histórico. En un territorio determinado se dan ciertas condiciones materiales que se traducen en hechos sociales y éstos se interpretan a través de ideologías. A su vez estas ideologías inspiran comportamientos sociales que se traducen en hechos materiales, como propone Max Weber en "La ética protestante y el espíritu del capitalismo". Se articula así una espiral interminable.

 La idea de trabajo, por tanto, cumple la función de naturalizar los procesos de producción que tienen lugar en una sociedad, a pesar de que si se examinan en detalle se puede comprobar que son contingentes. Es decir, las formas de producir son unas, pero podrían haber sido otras. Y aún podrían ser otras.

Esto permite entender el desconcierto e inquietud que generan en muchas personas, no necesariamente acaudaladas ni privilegiadas, ideas como la Renta Básica Universal (RBU). Lo que entraría en crisis en caso de desaparecer la necesidad humana de trabajar no es tanto el acceso a los recursos, sino la propia organización de la sociedad. Asomaría, en último término, la amenaza de la violencia.

La cuarta pregunta.

Cabe pensar que fue precisamente esta función del trabajo como estabilizador del orden social la que contribuyó durante varios milenios a desalentar o desmerecer la importancia el estudio de los efectos del trabajo sobre la salud.

Aunque existían observaciones puntuales por parte de algunos clínicos clásicos (Hipócrates, Galeno) no fue hasta 1700 que se publicó el que sería el primer tratado sistemático de salud laboral: "De Morbis Artificum Diatriba" o "Tratado de las enfermedades de los artesanos".

Bernardino Ramazzini (1633-1714), su autor, es considerado el padre de la especialidad de Medicina del Trabajo. En su obra magna realiza una ingente revisión de todos los textos clásicos publicados acerca de las particulares formas de enfermar de cada oficio. Además aporta su propia experiencia, poniendo al día este cuerpo de conocimiento. Su tratado, disponible para consulta gratuita aquí es una deliciosa oportunidad de bucear en un rico catálogo de profesiones y oficios de antaño.

Pero además Ramazzini ha pasado a la historia por incorporar una más a las tres clásicas preguntas con las que Hipócrates sentó la base de la entrevista médica (anamnesis): ¿qué le pasa?, ¿desde cuándo?, ¿a qué lo atribuye?. La cuarta pregunta, hasta entonces apenas tenida en consideración, pasará a ser: ¿y usted a qué se dedica?, ¿cuál es su trabajo?. Una pregunta fundamental porque al escoger un oficio estamos escogiendo también deformación y enfermedad profesional. O dicho de otra manera, el trabajo nos cambia más de lo que nosotros llegaremos a cambiar el trabajo. Pero lo veremos en futuras entradas.

Volviendo a Ramazzini, probablemente su interés por la salud de los trabajadores naciera de la compasión que brota a partir del contacto estrecho con el sufrimiento humano. Y podemos imaginar al médico modenés lamentando la precariedad de su labor, su impotencia como clínico limitado a señalar y recomendar que sería bueno que los mineros respirasen aire limpio de tanto en tanto, o que dejar reposar a las tejedoras encintas evitaría que se malogre el fruto de su vientre.

A pesar del innegable mérito de la obra de Ramazzini esta habría de caer en el olvido hasta ser traducida al inglés en la segunda mitad del Siglo XX. La preocupación por la salud de los trabajadores no llegó inicialmente a través de la ciencia médica, sino a como resultado de la progresiva aplicación de métodos racionales de organización del trabajo conforme avanzaba la revolución industrial europea. La producción fabril requería de la labor coordinada de grandes colectivos humanos. Esto concentró la exposición a riesgos materiales y disparó la incidencia de accidentes laborales. Al mismo tiempo favoreció la aparición, por un lado, de la llamada conciencia de clase y la lucha organizada a través de huelgas. Por otro lado, se imponía lentamente un reticente interés por la salud del obrero en tanto que "herramienta" o capital humano.

Ilustr. Anthony Gormley. Field for the British Isles, 1993.
Conforme las tareas se volvían más especializadas y los obreros menos prescindibles su pronta restitución en caso de enfermar iba resultando más conveniente para equilibrar los balances económicos de las empresas. La Organización Internacional del Trabajo se fundó en 1919, pero no fue hasta la postguerra tras la Segunda Guerra Mundial que se instituye el marco laboral vigente, alentado por el miedo a una extensión en suelo europeo de la revolución comunista. El enfoque contemporáneo basado en la evaluación de riesgos, la prevención del daño y la responsabilidad del empleador no se asienta jurídicamente hasta finales del siglo XX (Directiva Europea de 1989, Ley española de Prevención de Riesgos Laborales de 1995).

Teniendo en cuenta el mito fundacional del trabajo como condena por los pecados, la desigualdad secular y naturalizada en cuanto a la propiedad de los medios de producción, y la condición del escenario laboral como campo de batalla de la lucha de clases, no es de extrañar la mala prensa de la que goza el trabajo.

Ilustración de autor desconocido. El trabajo mental es el característico
del denominado "Capitalismo cognitivo"

Visto lo visto. ¿Es acaso imaginable un tránsito desde el dolor al placer en el trabajo?, ¿es todo cuestión de alienación, de asimilar los valores de la clase dominante?

Lo averiguaremos en la siguiente entrada de esta serie.

Referencias:
  • Informe PRESME. Precariedad laboral y salud mental. Joan Benach (Coord.) Ministerio de Trabajo y Economía Social. 2025.
  • The Lancet. Work and Health series. Octubre de 2023.
  • De Morbis Artificum Diatriba. Bernardino Ramazzini, 1700.
  • Capitalismo canalla. Cesar Rendueles. Seix Barral, 2015.

domingo, 30 de noviembre de 2025

Mi parto en casa (y un apunte innecesario)

Olga Bautista Garrido

Mi primer parto no fue lo que podríamos calificar como malo, pero yo sabia que volver a parir en el hospital era tentar a la suerte. 

Formarme en salud mental perinatal fue importantísimo para entender lo que me pasaba y pasaba a mi alrededor. También ser médica y haber estado muchas veces “al otro lado” viendo cómo funcionan las cosas en general en los hospitales y también siendo a veces testigo de la violencia obstétrica en particular. Tanto debí hablar de ello que cuando mi marido y yo estábamos buscando este embarazo me sorprendió diciéndome que ya sabía que yo iba a querer parir en casa. Por supuesto que yo lo había pensado, pero ahí se hizo consciente y creo que poco a poco me comprometí más con mi deseo. El deseo de ser soberana de mi parto, de estar bien acompañada y de atravesar la experiencia con todo lo que implica. También el deseo de que mi hija mayor no tuviera que verse apartada de un acontecimiento tan importante en su familia. Y que mi bebé tuviera la mejor bienvenida posible a este lado de la piel. Y así nació Elisa, el 23 de noviembre de 2024 a las 8:30 de la mañana, con la salida del sol y en el baño de nuestra casa.

Casi con el positivo ya contactamos con el equipo de Ancara Perinatal y la idea del parto en casa fue tomando forma, aunque yo a veces lo sentía muy disociado en mí, ya que apenas me atrevía a irlo comentando con casi nadie. Estaba, claro, el miedo a “que no fuera posible”. Y el miedo a que nuestro entorno lo desaprobara y amplificaran a la vez los miedos “a que fuera un peligro” ya suficientemente instaurados en el imaginario colectivo de implicados y acompañantes. También aunque parezca increíble pensaba mucho en los casos de mujeres que han sido obligadas a parir en el hospital por orden judicial. Pocos, sí, pero han existido en los últimos años. 

Llegó la semana 37, un óptimo estado de salud según indicaban todas las pruebas reglamentarias, y una bebé en cefálica. La espera se me hizo bastante larga, sobre todo porque mi anterior parto fue en la semana 37 y este en la 40+1, y me costó soltar expectativas. Pero como me decían las maravillosas mujeres que me acompañaron, este tiempo de descuento es para dialogar de frente con el parto, para ver los miedos, afrontarlos y soltarlos, y creo que no me sobró realmente ni un sólo día. Además de que en realidad era Elisa quien tenía que decidir cuándo vendría y era mi deseo respetarlo por encima de todo.

Y así llegó el día, en realidad durante las semanas previas ya iba teniendo rachas de contracciones bastante seguidas y un poquito dolorosas, que alguna noche nos hicieron pensar que llegaba Elisa. La noche que sí llegó lo diferencial fue que a las 3 de la mañana me desperté con contracciones seguidas pero apenas un poco molestas y ya apenas dormí hasta las 6, que me volví a levantar y fui al baño. Ahí ya supe claramente que había llegado el momento, y también lo supo Camilo y Sara la matrona cuando contestó rápidamente mi llamada y me dijo que enseguida estaban en casa. Yo ya solo recuerdo literalmente atrincherarme en el baño, agarrarme al cambiador y estar casi todo el tiempo doblada pues las contracciones ya eran muy fuertes y apenas daban tregua. No quise entrar ni a la bañera ni a la ducha. Ya me lo imaginaba, porque en mi anterior parto cuando comprendí que había llegado el momento, me metí sin pensar en la ducha en vistas de que íbamos a ir al hospital, y fue muy complicado para mi terminarla en medio de tantas contracciones tan seguidas. A pesar de la maravillosa bañera que tengo, tampoco esto era una opción, entendía que el agua caliente me podía aliviar pero me daba mucha inseguridad meterme allí, prefería seguir de pie.

Enseguida como me dijeron estuvieron conmigo Paca, Sara y Cristina, mis tres reinas magas que me acompañaron tan maravillosamente, que supieron guiarme todo lo que necesité sin invadirme un ápice. Camilo iba y venía ofreciendo café y también estando a ratos conmigo, aunque yo prefería la compañía de las mujeres. Para mí era una tranquilidad enorme que Camilo estuviera pendiente de Emma que durmió hasta las 7:30 y luego prefirió irse a desayunar y ver dibujos hasta que llegó su hermana. A mí se me hacía inconcebible ir a ningún sitio en medio de toda esa oleada de contracciones que dolían muchísimo, sí, pero que yo me sentía esta vez mucho más conectada con mi bebé, que iba abriéndose camino a la vida a través de mi cuerpo. Lo que yo quería por encima de todo era estar “para adentro”, que todo saliera “bien” y que mi cría mayor estuviera a salvo.

Recuerdo el calor inmenso, la necesidad de ir cambiando de postura cayendo hacia el suelo, e incluso miedo a no poder levantarme más aunque me sentía sostenida y los masajes y palabras de Paca me aliviaban mucho. ¡Ay el miedo!, compañero inevitable de viaje junto al dolor, que tomé como pude como guías intentando darles la mano mientras yo surfeaba las olas. También recuerdo que tenía prisa, prisa porque saliera cuanto antes Elisa, porque todo estuviera bien y sobre todo por uno de los miedos principales: a ir al hospital. En algún momento de ese trance que es el parto tuve una especie de visión: todo estaba blanco inmaculado y unas manos sacaban a Elisa de mi vientre, pero sin bisturís, focos ni color verde quirófano.

Hace años en un templo en Japón había una columna que llamaban “la columna del Nirvana”. La primera vez que intenté atravesarla me agobié y me salí. Camilo me decía que gente mucho más grande que yo la atravesaba, de hecho él lo hizo también después. Que era cuestión de sostener el agobio al sentirte encajada y encontrar tu ángulo para atravesarla. Agradezco no haberme ido con la sensación de no poder hacerlo. Esperé otra vez la cola y esta vez sí salí victoriosa por el otro lado. Porque parir es atravesar esa columna del Nirvana. 

Por supuesto pasé por la certeza de que no iba a poder, no una sino muchas veces. Sentir el avance de Elisa daba el chute de energía necesario para seguir adelante, pero a ratos hacía “cucú-tras” y volvía a subir un poco y eso me agobiaba. Cuando creía que ya estaba sintiendo el famoso “aro de fuego” resultaba que no, que todavía podía sentir más de eso. Qué pena de años de socialización en la desconexión corporal, la represión sexual y qué pena de carrera de Medicina que me traía tantos fantasmas de situaciones temidas, porque creo que un parto bastante más gozoso es posible. Quizá estuve muy focalizada en que saliera cuanto antes para mi tranquilidad, y tanto empujé queriendo ayudarla que tuve un buen desgarro. Eso, y que la bebé pesó algo más de 4 kg. Pero parimos como somos, como me han recordado varias veces Paca y Sara.

Poco a poco sentía que iba soltando control, sabía que así es y tenía que pasar pero cómo me cuesta, también de esto dudaba si podría. Sin embargo hay algo de inevitable y orgánico y no hay otra manera, tienes que soltar para dejar apertura al torrente de la vida. En ese momento muchas mujeres cuentan la conexión trascendente con la Naturaleza y con las mujeres del mundo que están pariendo y han parido. Algo parecido sentí yo también: la fuerza de tantas mujeres invisibles sosteniéndome. Mucho más sencillo y fluido cuando te sientes sostenida y respetada durante el proceso por maravillosas mujeres experimentadas. Sin casi darme cuenta me ayudaron a colocarme en una postura ya del todo favorable a la gravedad y por fin salió Elisa.

Aunque no estaban físicamente conmigo sentía muy cerca a mis comadres y amigas. Qué hubiera sido de mis maternidades sin ellas. Gracias a mi querida amiga Soledad no llegue a oscuras a la maternidad y a la lactancia por primera vez, gracias a mi comadre Cristina por toda la compañía y reflexiones en el posparto inmediato, gracias a mi comadre Sara por abrirme las puertas del parto en casa y de tanta sabiduría ancestral femenina, gracias a mi amiga y comadre Patricia, por tantos años de amistad y también acompañarnos en este viaje de bimadres de dos niñas de edades parecidas. Sigo teniendo mucha suerte por las madres que me siguen acompañando: el grupo de madres del colegio y mi nuevo grupo de posparto en el centro de salud. Y gracias también a mis ancestras y a las que nos precedieron y nos dejaron sus experiencias y sabiduría.


Cuando nació Elisa rápidamente la cogí y la acerqué a mi cuerpo, lloró pero enseguida se calmó y vi sus ojos clavándose en los míos. Al principio sentí miedo, con lo cansada que estaba cómo iba yo a sostener bien esa bebé tan diminuta y frágil, pero poco a poco y con la maravillosa sensación de relajación y bienestar tras las contracciones finales me fui sintiendo tranquila, confiada y me fui a mi cama con mi bebé en brazos. Las horas posteriores las recuerdo difusas en contenido pero sobre todo recuerdo un bienestar enorme, alegría, sensación de conexión super potente con mi bebé y con el mundo, y amor por todo y todos. Enseguida salió la placenta, tan pronto que me molestó un poco volver a tener contracciones e interrumpir ese torrente de calma y amor que me inundaba con mi bebé encima mío y Camilo y Emma ya en la cama con nosotras. Elisa rápidamente se enganchó al pecho en cuanto la pusimos y succionaba con fuerza y sin dolor. ¡Qué diferente del otro parto donde todo fue más difícil para empezar la lactancia!. Mientras nosotras dos nos conocíamos y disfrutábamos, Paca, Sara y Cristina ayudaron a Emma y Camilo a hacer la impresión de placenta, me trajeron un súper batido con mis frutas preferidas y cuidaban de que todos estuviéramos a gusto y el entorno limpio y recogido en un santiamén. Yo sólo podía pensar que ojalá todas las mujeres y bebés estuvieran así de bien cuidadas en sus partos, que sintieran lo mismo para sus familias, y la pena que me daba que las mujeres que se lo pueden permitir pagaran por parir en clínicas privadas donde la tasa de cesáreas (seguramente muchísimas innecesarias) son de casi la mitad.

Ni sé cuánto tiempo dejamos el cordón pero finalmente lo cortó Camilo cuando ya estaba más que blanco. Admiramos la maravillosa distribución vascular de la placenta que conservamos en sal a los pies de la cama aún a día de hoy y congelamos las membranas que son una potente ayuda cicatrizante para utilizar en familia. Qué maravilla la sensación de que no hay prisa para nada, que podemos posponer la vitamina K porque Elisa se ha dormido y lo ideal es ponérsela mamando. Y así fue y ni lloró siquiera porque todo se hizo con exquisito cuidado.

Por supuesto el piel con piel no fueron dos horas, no sé cuántas fueron pero muchas y cuando la cogió su papá o fui al baño enseguida volvía a mí. También estuvo conmigo cerquita y mamando cuando tuvieron que coserme el desgarro. Nuevamente sin prisa ni presión de ningún tipo Sara me exploró y me dijo que a lo mejor había que coser en el hospital. Fue el momento de más pánico sin duda pues sabía que eso iba a implicar que me separaran de la bebé innecesariamente aunque la lleváramos hasta allí conmigo. Aunque solo fuera por el castigo por haber desafiado al sistema y “equilibrar” el karma por haberlo conseguido. Probamos a suturar en mi cama con Elisa encima y yo sentía mucho alivio de tenerla conmigo, me encontraba calmada y conectada con ella y me daba mucha fuerza para afrontar la sutura (que no me dolió nada) y el miedo a que no fuera posible solucionarlo allí. Yo ya sabía que mis maravillosas matronas podían suturar tan bien como cualquier cirujano y así fue y a día de hoy confirmo que quedó genial y no he tenido ninguna molestia una vez curada la herida.

Ojalá así fueran los partos, y los que tengan que ser medicalizados se parezcan a esto lo más posible. Ojalá menos miedos porque seguro que hubiera gozado más el proceso de parto. A mucha gente le sorprende que siendo médica optara por parir en casa, pero yo digo que precisamente por eso. Porque lamentablemente el sistema sanitario es androcéntrico, ni conoce bien ni le interesa lo suficiente conocer la fisiología de las mujeres. Porque las matronas son las verdaderas expertas en el parto fisiológico y en nuestra salud sexual y reproductiva y yo tenía no una sino dos. Y porque los médicos, entre los que me he formado, entendemos los procesos desde lo patológico, nos falta mucho que aprender en el arte de acompañar, y cuando nos agobiamos intervenimos demasiado.


Y un apunte innecesario.
@JCamiloVazquez


La presencia de los hombres durante el parto es una de esas anomalías históricas que hemos llegado a normalizar a base de privilegio masculino, mucha televisión y la inercia de los hábitos. Hasta que los ginecólogos no consiguieron arrebatar el control del parto a las matronas (no hace tanto) tan solo las mujeres eran invitadas a presenciar y participar de este clímax del proceso creador que es el parto.

Por eso, como un intruso en terreno sagrado, le pedí permiso a Olga para añadir estas líneas. Quería ofrecer mi punto de vista a otros padres -tal vez a alguna madre- y exponer cómo nosotros dos llegamos a convertir este segundo parto en algo compartido. Accedió generosamente, como podréis deducir, a pesar de que lo importante ya ha sido dicho.


Encarar el parto de nuestra segunda hija con un enfoque diferente fue para mí como recibir el regalo de una nueva oportunidad: la de poder aportar algo útil al proceso
de traer a Elisa al mundo. Una utilidad que pudiera ser bien recibida por la madre en un trance tan delicado, sin condescendencia ni agradecimiento impostado; que no le hiciera preguntarse para sus adentros quién nos habría dado a los hombres vela en esta antítesis del entierro.

Confesaré que la primera vez que nos enfrentamos al acontecimiento de traer al mundo a Emma, nuestra hija mayor, me ocupé de lo básico: de atraer el taxi que nos condujo al hospital, estar de cuerpo presente durante las esperas y escenificar más tarde, ya en el paritorio, el papel de convidado torpón, admitido pero bastante prescindible.

Recuerdo tratar de insuflar ánimos a Olga desde una esquina del cabecero de la silla de partos, también echar mano del móvil para informar a nuestros amigos de que el proceso estaba ya en marcha. Confieso que lo usé también para distraerme en las redes mientras las contracciones avanzaban en oleadas cada vez más vehementes. Allí nos conocían y sabían que ambos somos médicos. Quizás por ello me revitalizó la oferta de colocarme tras la matrona, reviviendo la experiencia de las prácticas de medicina, cuando asistí a varios partos e incluso ayudé durante una cesárea, aspirador en mano. En esta ocasión tuve el privilegio, de nuevo, de ser el primero de los dos en avistar un rizo húmedo y anunciar la llegada como capitán de navío: ¡por ahí resopla!.

Por ello cuando Olga deslizó su deseo de intentar tener a Elisa en nuestra propia casa conecté con su deseo de "hacerlo mejor" (es bastante perfeccionista) y me propuse seguir su estela haciéndolo mejor yo también. Convertí en mi objetivo que el recuerdo que ella guardase de esta feliz ocasión fuera el de haber estado respaldada, sostenida, verdaderamente acompañada.

No me extenderé en detalles que ya han sido narrados. El acompañamiento no podía esperar al momento de la rotura de aguas. Me ayudó implicarme desde el principio, apaciguado en mis ocasionales miedos por la valentía de Olga quien, al fin y al cabo, iba a apostar su propio cuerpo en el empeño de tener un parto lo menos medicalizado posible. Las semanas avanzaron salpicadas de conversaciones tras cada prueba o revisión. Todo apuntaba a que -técnicamente- no sería descabellado intentarlo. Buscamos un curso de preparación al parto que no fuera un simple trámite. Aprendí técnicas de alivio del dolor, de respiración, ayudé a adecuar nuestra casa, a atenuar la luz o ambientar con olores llegado el caso. Muchas de estas habilidades finalmente no las tuve que emplear, pero ya formaban parte de una actitud de disposición.

Llegado el día, el amanecer que bautizaría a Elisa, llamé y recibí a las tres sabias mujeres que habrían de acompañar a Olga durante el parto. Preparé cafés. Me encargué de nuestra hija. Le di su desayuno mientras la ponía al corriente de lo que sucedía dos habitaciones más allá. Tomé alguna foto. Y, llegado el momento, en la cálida oscuridad de un rincón vi emerger a nuestra hija, rápidamente arropada en los brazos de su madre. Preparé la cama que las acogería. Anuncié a Emma que ya era hermana mayor. Y pude cortar finalmente el cordón umbilical como concejal que inaugura una vida, trayendo de nuevo al torpón estudiante de medicina, más feliz que si recién se hubiera graduado después de 6 años de esfuerzos.

Aprendí que cuando una tarea se ha pensado entre dos no hace falta estar siempre presente para cumplir tu función.


miércoles, 23 de agosto de 2023

El continente perdido de la moral

Valores, desgaste, aceptación y compromiso.

1. Hechos y valores.

Cualquier persona que comience a indagar en el denominado “Burnout” se dará cuenta de que el desgaste profesional no obedece a una única causa. Se trata de un fenómeno complejo en el que ya hemos visto que influyen diversidad de factores: la falta de tiempo y recursos para realizar una tarea, la mala organización del trabajo, la exposición al sufrimiento ajeno, algunos factores personales como necesidades psicológicas del trabajador, idealizaciones y expectativas defraudadas o determinados rasgos de personalidad; también la dificultad inherente de trabajar con otros, la emergencia de conflictos y el papel de los liderazgos.

Pero pocas veces se tiene en cuenta que los valores juegan un papel igualmente relevante en el deterioro de la relación con la profesión.

Ilustr. instalación inspirada en la obra de Vladimir Tatlin

Este hecho, que los valores condicionan nuestra vivencia del trabajo, no es algo que resulte evidente de entrada ni a lo que se le dedique demasiada atención en los programas formativos del ámbito sanitario. Más bien se trata de un descubrimiento que va llegando a través de la confrontación con la realidad asistencial. Lo describe magníficamente el bioeticista Diego Gracia cuando afirma acerca de los médicos algo que podría valer para otras profesiones sanitarias:

“El joven estudiante de medicina vive fascinado por el poder de la ciencia y la técnica [···] De esta ilusión se despierta paulatinamente. Nos despiertan la vida, los años, la experiencia. Esto es muy evidente en los médicos maduros, aquellos que llevan más de diez años de ejercicio.”

“No solo no han podido evitar todos los males de sus pacientes, sino que además han ido comprendiendo, en contra de su propio deseo, que no todo es ciencia y técnica, que en la vida, la salud y la enfermedad de los seres humanos influyen muchos factores que ellos no habían previsto.”

“La ciencia y la técnica tratan de hechos. Pues bien, lo que ellos aprenden de sus enfermos es que además de los hechos, en la vida hay valores que quizás son a veces incluso más importantes que los hechos.”

Es precisamente por ello que uno puede haber aprendido a tratar con solvencia técnica una insuficiencia cardíaca pero no tener tan claro si cursar un ingreso hospitalario o bien respetar el deseo del paciente de realizar el tratamiento en su domicilio. Un facultativo puede ver clara la indicación de una baja laboral, pero a la paciente esa opción tal vez le parezca un fracaso a nivel personal, puede temer el despido o quizás le pesen en extremo las repercusiones que su ausencia tendría sobre su tarea y la del resto de sus compañeros. De igual manera poco importa que dispongamos de todo un arsenal de intervenciones capaces de alargar la vida durante años y años si es que sus posibles beneficiarios no desean seguir viviendo bajo ciertas circunstancias, como por ejemplo las de una repentina soledad no deseada.

A día de hoy los profesionales sanitarios solemos estar más que preparados enfrentarnos a los hechos, siendo agentes eficaces frente a las situaciones más variopintas referentes a nuestro cuerpo y sus quebrantos. Pero cuando llega el momento de lidiar con aquellos valores desplegados en torno a una escena clínica, cuando nos toca incluir estos valores en las decisiones a tomar en favor de nuestros pacientes, nos vemos a menudo tan desorientados como si recién hubiéramos desembarcado en un mundo nuevo. Este es un factor relevante de sufrimiento y desgaste profesional.


2. Sujetos a la moral.

¿Pero de qué estamos hablando exactamente cuando nos referimos a los valores?

Los seres humanos hacemos continuamente juicios de valor, sobre lo bello, lo feo, lo sabroso, lo repugnante, lo provechoso, lo inútil... así hasta agotar la lista de calificativos.

Dentro del conjunto de los juicios de valor encontramos los valores morales. Se tratan de juicios que valoran conductas. Señalan si una forma de comportarse es buena o mala, si resulta apropiada o impertinente en un contexto social determinado.

Valores morales pueden ser la integridad, la valentía, la generosidad, la compasión o la laboriosidad. También lo son sus contravalores: la ambición, el oportunismo, la mezquindad, la indiferencia o la holgazanería, por nombrar algunos.

Ilustr. James Kerwin
El hecho es que ninguna conducta es moralmente buena o mala en el vacío, en soledad. La moral es un dispositivo con una antigüedad que supera con mucho la de nuestra propia especie. Remite siempre a un contexto social, pues su única función es la de modular la convivencia dentro de los grupos. Es la moral la que permite la supervivencia del individuo dentro del grupo, y la de los grupos dentro de su nicho ecológico.

Que las personas seamos sujetos morales no es algo que nos venga dado. Llegamos a tener una cierta sensibilidad y agencia moral por medio de un proceso de socialización que comienza desde el momento de nuestro nacimiento. Primero a través de la exposición intensiva a los valores predominantes de nuestro grupo primario (normalmente la familia) y más tarde empapándonos de la sensibilidad moral de los sucesivos grupos de los que vamos formamos parte por el hecho de vivir en sociedad. Podemos decir que la moral de un individuo se cimenta sobre el sedimento de los valores de los diferentes grupos con los que se ha vinculado. De un sujeto que ha interiorizado la moral convencional de su entorno en un momento dado se dice que funciona con una moral heterónoma (etimológicamente, la norma del otro). La mayor parte de las personas se apañan razonablemente bien de esta manera.

Pero desde los filósofos socráticos y sus muchos desarrollos posteriores sabemos que las personas no estamos condenadas a regirnos por los criterios ajenos. No somos esclavos del grupo. Cada uno puede aprehender hábitos de reflexión racional que lleven al desarrollo de convicciones propias. Uno puede encarnar valores diferentes a los del grupo en el que se crió, o ir modificando el orden de prioridad de sus valores a través de la experiencia y la reflexión. De un sujeto así se puede afirmar que posee (o al menos practica en ocasiones) una moral autónoma (se impone sus propias normas, si volvemos a la etimología). Se estima que no más de un 30% de las personas alcanzan este nivel de funcionamiento moral.

Nuestra moral, por tanto, es polifónica. Está participada por diferentes voces, aunque con el paso del tiempo lleguemos a olvidar quién pronunció las palabras "bueno" o "malo", "correcto" e "incorrecto". Cuando hacemos valoraciones morales casi siempre acabamos "escuchando" esas palabras bajo el timbre de nuestra propia voz, si bien como afirmaba Vigotsky "todo lo que está dentro estuvo fuera alguna vez".

Ilustr. James Kerwin
Los estudiosos de esa rama filosófica que es la ética a menudo distinguen, buscando la claridad, entre una moral positiva, basada en la costumbre y la tradición, y la moral racional, fundamentada en la indagación de lo que es cierto por sí mismo, independientemente del grupo de pertenencia. Es decir, la moral es otro de los frentes de batalla del irresoluble tira y afloja entre autonomía y pertenencia. Cuando valoramos y decidimos acudiendo a la tradición o movidos por el peso de lo que está instituido funcionamos bajo la mencionada moral heterónoma. Cuando nos atrevemos a reflexionar desde cero, de forma autónoma, acerca de las situaciones que enfrentamos generamos movimientos instituyentes, que anuncian pero no aseguran la posibilidad del cambio.

Si trasladásemos todo esto al escenario de un centro de salud, un equipo de emergencias, un servicio hospitalario cabría preguntarse: ¿cuántas cosas de las que realizamos a diario las hacemos porque son tradición y no tanto porque son lo más apropiado para un caso concreto?. ¿Hemos sido capaces de cambiar alguna vez nuestra forma afrontar la tarea después de analizarla?. 

Es posible que sí. También lo es que contemos con algún fracaso en nuestro haber o que nunca hayamos sentido la necesidad de intentarlo.


3. Valores en conflicto.

Se va entendiendo ya que los conflictos de valores van a surgir a menudo, aunque siempre exista la tentación de convocar al sentido común. De hecho los profesionales sanitarios podemos vernos inmersos en conflictos de valores protagonizados por diferentes agentes, en combinaciones variables y no excluyentes entre sí:
  • Conflictos individuales o internos.
  • Conflictos entre los valores del profesional y los del paciente.
  • Conflictos entre los valores del profesional y los de la institución.
  • Conflictos entre los valores de diferentes profesionales.
  • Conflictos entre los valores de los usuarios y los de la institución.

Los conflictos de valores pueden darse en nosotros mismos, dando paso a lo que conocemos como conflictos internos (o neuróticos, en jerga psicoanalítica). Una parte de nosotros se siente movida a actuar de cierta manera, pero otra instancia nuestra se resiste, representa otro valor. Ocurre, sin ir más lejos, cuando una situación compromete dos valores que no pueden reconciliarse en ese momento: una urgencia a última hora, ¿prevalecerá nuestra familia o nuestro trabajo?. Nuestros valores van cambiando poco a poco, bajo el embate de las circunstancias. Es posible que, un día, nos descubramos incapaces de tolerar según qué injusticias, y uno se sienta incapaz de seguir mirando a otro lado. O a la inversa. Antaño pudimos dar mucha importancia a una forma de actuar, a un valor moral, pero llega el día en que nos sentimos sin fuerzas o motivos para actuar conforme a nuestro propio código de conducta. Los profesionales de salud mental a menudo nos vemos interpelados por valores en colisión cuando se nos plantea la cuestión de cuánta coerción resulta legítimo emplear cuando tratamos de ayudar a un paciente.

También son habituales, y cada vez más, los conflictos de valores entre profesionales y pacientes. Algunos de estos son muy comunes como la disposición a tomar o no cierta medicación, la postura ante las llamadas terapias "alternativas", o el desacuerdo en torno a la preferencia de la salud o el trabajo a la hora de tramitar las bajas. Otros conflictos de valor obedecen a cambios más profundos, como el desacople entre la longitudinalidad en la asistencia (más a menudo defendida por los profesionales) y una accesibilidad entendida en ocasiones como inmediatez y acceso irreflexivo a pruebas, intervenciones o derivaciones. El tiempo pasa y la sociedad cambia. No es realista asumir que los valores van a permanecer inmutables. Esto nos sitúa ante lo que podríamos denominar una "tectónica de valores". De igual forma que los continentes van moviéndose algunos centímetros cada año como consecuencia de la dinámica de placas del planeta, el orden de prioridad de los valores cambia paulatinamente, a veces hasta llegarnos a hacer sentir que no reconocemos el suelo bajo nuestros pies.

De nuevo el profesor Gracia nos invita a la reflexión:

"¿Es nuestra idea de salud y enfermedad idéntica a la que tenían nuestras abuelas? Indudablemente, no. Y ello no tanto porque los hechos sean distintos, sino porque han cambiado nuestros valores. Esto es lo primero que sorprende al médico, descubrir un mundo, el mundo del valor, que le resulta completamente desconocido y ante el que no puede no sentirse confuso y desorientado".

De esta tectónica de valores nos percatamos a través del conflicto intergeneracional, pero a menudo interpretando erróneamente el desencuentro como una supuesta ausencia de valores en las nuevas generaciones. No es que los jóvenes carezcan de valores, sino que no los reconocemos como tales por no ser exactamente los nuestros. Solamente cobramos conciencia de este hecho cuando ha pasado tiempo suficiente o cuando llega el temblor de tierras, el terremoto o la situación excepcional que nos desvela que lo que creíamos firme (el suelo, el "sentido común") no lo era tanto. Esto mismo ocurrió de forma masiva durante la pandemia del SARS-CoV-2 (2020-2023) pero ocurre y ocurrirá conforme avance la tecnología, así como cada vez que resurjan temas controvertidos como la violencia obstétrica, la interrupción del embarazo, la eutanasia o los ingresos involuntarios entre tantos otros.

Ilustr. James Kerwin

También sucede con frecuencia que entran en conflicto los valores de los profesionales y la institución en cuyo seno desempeñan su labor. Esto sería menos esperable, a priori, por participar teóricamente de una misión compartida como lo es procurar el mejor estado de salud posible de la población a cargo. Sin embargo el diablo suele estar en los detalles. En una institución sanitaria pública, creada precisamente para encarnar valores como el cuidado de la salud, la universalidad, la equidad... ¿se valora más la recogida de datos clínicos o la atención reposada y minuciosa de los pacientes?, ¿se presta más atención a indicadores de actividad o a los resultados en salud?, ¿la salud se mide simplemente como años de vida o se tiene en cuenta la calidad de vida de esos años?, ¿se invierte más en dispositivos tecnológicos o en capital humano y formación de los profesionales?, ¿se toman medidas activas para evitar que se cumpla la Ley de cuidados inversos? No solo se trata de que a menudo escasea la congruencia entre lo que se proclama (barato, lustroso) y lo que se lleva a la práctica (caro, fatigoso). Existe un considerable margen para la mejora de la gobernanza de las instituciones sanitarias. En la medida en que los profesionales no participen (o no se les invite) activamente a la hora de diseñar la organización se estará permitiendo que crezca una grieta entre ellos y la institución.

Los valores de los diferentes profesionales que abordan un mismo caso entran a menudo en conflicto, lo cual puede ser al mismo tiempo efecto y una de las causas por las cuales se sigue trabajando de forma tan disociada en el ámbito sanitario, permitiendo la aparición de los denominados "silos" o, como podríamos denominarlas sin temor a exagerar: "tribus sanitarias". El proceso de formación de los sanitarios consiste en mucho más que un laborioso aprendizaje de conceptos, técnicas y procedimientos. Llegar a ser sanitario, o especialista, implica también participar de un proceso de "enculturación", por medio del cual llegamos a hacer propias una serie de formas de comportarnos, vestir, hablar, y por supuesto un orden particular de valores. Ni siquiera un valor tan central como la vida se valora exactamente de la misma manera entre sanitarios si comparamos entre pediatras, geriatras, paliativistas, intensivistas o neurocirujanos.

Por último estarían los conflictos de valores entre los usuarios y la institución sanitaria, tal vez de las empresas humanas más reacias al cambio. Empezando por la simple denominación de unos y otros (¿los denominamos pacientes, usuarios, clientes?, ¿les hemos preguntado?), pasando por el diferente peso que se le puede otorgar a las comodidades de hostelería frente a la excelencia técnica, hasta llegar al importante punto de las discrepancias en torno a la participación de los propios beneficiarios a la hora de pensar la organización sanitaria.

4. Sufrimiento laboral, defensas, desgaste.

Todos estos encontronazos, roces y colisiones de valores son, a juicio del profesor Gracia, una causa fundamental (si no la principal) del desencanto laboral que atenaza a los profesionales de la clínica a día de hoy por todo el mundo.

Nosotros quizás no iríamos tan lejos, pero podemos afirmar que en efecto existe una relación entre la atención o desatención al mundo de los valores en la práctica clínica y el desgaste profesional de los sanitarios. Esta relación, sin embargo, no pensamos que transcurra en un único sentido sino que probablemente sea bidireccional, en forma de dinámicas que se retroalimentan.

Ilustr. James Kerwin
Los conflictos de valores y la falta tanto de habilidades como de unas condiciones que permitan su esclarecimiento y negociación abonan el sufrimiento diario de los profesionales sanitarios. Pero al mismo tiempo, el sufrimiento suscitado por el trabajo tiene la capacidad de poner en marcha en los individuos mecanismos de defensa (inadvertidos, automáticos) y toda una serie de estrategias defensivas más o menos premeditadas que llegan a ser incorporadas como parte de la cultura de la institución. Todos estamos en cierto riesgo de adoptar lo que aparentan ser procedimientos legítimos, pero que no son sino estrategias defensivas de nuestros compañeros, interiorizadas a través de la imitación y su racionalización a posteriori. Es así como llegan a convertirse muchas de estas defensas colectivas en el "estado natural de las cosas", un status quo que irán asumiendo de forma completamente normalizada los que se vayan incorporando al trabajo por primera vez.

Las estrategias defensivas algo protegen, claro está. Cumplen su cometido. Sin embargo traen consigo un elevado precio a pagar: no se puede estar emocionalmente disponible para el otro desde la actitud defensiva, impersonal o claramente hostil. ¿Qué recibe el profesional sanitario de vuelta? No es agradable ser acusado de trabajar en entornos deshumanizados u hostiles, y mucho menos darse cuenta de que efectivamente se ha estado contribuyendo a ello de forma inadvertida. Esa es la paradoja: los mecanismos que nos permiten sobrevivir mal que bien al trabajo nos roban paulatinamente las gratificaciones nucleares de la tarea, normalmente aquellas por las que escogimos nuestra profesión (y no otra) en primer lugar. De aquí a la creciente sensación de inseguridad, inutilidad y fracaso estamos tan solo a unos pasos.

Es por ello que afirmamos que los profesionales sanitarios son víctimas frecuentes de una situación circular: el desgaste profesional mina la moral, la confianza en las propias capacidades, con lo cual cada vez resulta más complicado abordar con serenidad las situaciones en que los valores entran en conflicto. Una salida puede ser la claudicación completa ante el otro, desistiendo de defender el propio criterio. Otra vía de escape habitual es la diametralmente opuesta: el rechazo frontal a cualquier preferencia manifestada por los pacientes, siempre que no coincida con nuestra visión del caso. Sobra decir que cualquiera de estas dos situaciones impide al profesional abordar de forma efectiva los conflictos de valores que inevitablemente irán apareciendo, cerrándose de esta manera el círculo del desgaste.

Ilustr. James Kerwin
Estos mecanismos de defensa que hemos ido exponiendo no sólo alteran la relación de los profesionales con su trabajo, sino que muy a menudo los apartan de otros valores significativos a nivel personal: el desgaste puede llevar, paradójicamente, a la sobreimplicación en términos de horas extra y energías entregadas a la tarea, descuidando facetas que tal vez antes fueron relevantes, como el cuidado de las relaciones familiares, el cultivo de las amistades, la exploración de la creatividad que todos poseemos, la relación con el entorno natural, la participación ciudadana o la introspección profunda.

No sólo ocurre que el repertorio de nuestra propia conducta se restringe, llevándonos a una versión estereotipada de nosotros mismos, tan desvitalizada como inflexible. La adaptación pasiva a la realidad nos aleja de lo que alguna vez fue importante para nosotros más allá del trabajo o incluso dentro de éste. Como la arena del desierto es fácil que grano a grano, el trabajo vaya invadiendo nuestras estancias, atrancando puertas y ventanas, haciendo de la vida una cuestión de supervivencia.

Se hace cierta la afirmación de que el trabajo nos cambia más de lo que llegaremos a cambiar el trabajo.

5. Recalibrar el rumbo.

¿Qué se puede hacer cuando nuestro hábitat ha ido quedando reducido a ese pequeño espacio del que esperamos recibir el menor sufrimiento posible?. ¿Hay marcha atrás cuando descubrimos que la deriva de los mecanismos de defensa nos ha ido apartando, como una mar de fondo, de aquellos valores que hacen que nuestra vida tenga sentido?

Recuperar el control de la propia vida, también en lo profesional, podríamos decir que requiere operar con los valores a 3 niveles: el esclarecimiento, la deliberación y el compromiso.

Ilustr. James Kerwin

Esclarecer los propios valores supone, en primer lugar, un ejercicio de introspección destinado a recordarnos a nosotros mismos qué formas de estar en el mundo nos parecen verdaderamente deseables. En algunos casos puede ser tarea fácil y satisfactoria. En otros puede tratarse de toda una expedición arqueológica, en la medida en que llevemos años sin cultivar o reflexionar acerca de nuestros valores. Un regreso a lugares que antaño estuvieron habitados y bien atendidos, pero que a día de hoy posiblemente acusen cierto abandono.

A veces ayuda disponer de una cierta guía que nos facilite la labor, recorrer un listado de cuestiones vitales que nos lleve a preguntarnos: ¿cómo quisiera yo vivir en relación con los demás?, ¿qué es para mí ser un buen padre, madre o hijo?, ¿qué clase de persona quiero ser para quien me quiere?, ¿qué espero del ocio?, ¿cuál quisiera que fuera mi relación con la belleza, con el arte, con el disfrute o el cuidado de mí mismo?, ¿cuál es mi idea de lo que es el éxito?. Estos valores, ¿siguen vigentes o han cambiados?. ¿Eran realmente los míos o más bien los asumía de prestado, por inercia o mandato?.

Tener esto medianamente claro sería como hacerse con un mapa y una brújula con la que comenzar a guiarnos, o ser capaces de plantar un faro que nos sirva de referencia en las infinitas arenas del desierto.

Deliberar consiste en poner sobre la mesa cuáles son los valores que se ponen en juego ante una situación concreta, y sopesarlos con el objetivo de llegar a decidir el curso óptimo de acción. Es importante recordar en este punto que en los asuntos humanos rara vez existe una manera ideal de resolver los conflictos. Casi inevitablemente habrá alguna cesión, renuncia o daño. Deberemos por tanto ir más allá de las falsas dicotomías y los denominados cursos extremos (apostarlo todo a éste o aquel valor enfrentados) y decantarnos por una decisión que sea capaz de conciliar con menor daño posible todos los valores en juego.

Ilustr. James Kerwin
Finalmente quedaría la cuestión del compromiso. Sabemos lo que queremos y también lo que no desearíamos hacer. Hemos analizado los valores en conflicto. Toca decidir. Si nos preguntaran en términos economicistas: "¿pero, cómo se gestiona emocionalmente una situación así?" tendríamos que contestar en idénticos términos contables. Aceptar es estar dispuesto a pagar el precio. Sin protestas ni regateos. Asumiendo que las cosas importantes no son gratuitas.

No es que no "sepamos", como tan a menudo se dice, negarnos a las peticiones de los demás. Decir no. Poner límites. Decimos que no sabemos porque nos da miedo pagar el precio en forma de incomodidad, malestar y daños para la relación; o bien porque seguimos fantaseando con que habrá alguna forma indolora de hacerlo. Pero no la hay.

Aceptar es estar dispuesto a pagar el precio, lo cual es muy diferente a resignarse.

Es cierto que las personas tendemos a evitar el sufrimiento. Pero lo que verdaderamente aborrecemos es el sufrimiento gratuito, es decir, desprovisto de sentido o contrario a nuestros valores. Resignarse sería abrirse al sufrimiento a cambio de nada, tan solo el vano alivio de dejar de pelear.

Por el contrario las personas tenemos una capacidad sorprendente de soportar cualquier calamidad si contamos con los motivos apropiados. El compromiso con los propios valores permite la aceptación, la disposición a asumir los costes que implica actuar como creemos que debemos hacerlo.

Todo esto se puede hacer a nivel individual, pero haremos bien siendo capaces de llevarlo un paso más allá, introduciendo la deliberación en nuestras relaciones con pacientes, compañeros y representantes de la propia institución. El método deliberativo implica reclamar de vuelta la verdadera escucha en el escenario clínico, y también alumbra la posibilidad de hacer más participativos los entornos en los que trabajamos. Se trata, en definitiva, de abordar de forma operativa la tarea que compartimos todos los implicados en la asistencia sanitaria.

Ha sido un viaje largo y fatigoso, pero que tal vez nos haya ido revelando que el continente perdido de los valores no es en realidad un lugar misterioso, sino que hablábamos todo este tiempo de nosotros mismos. Como precarios equilibristas entre la vida autónoma del sujeto y nuestros grupos de pertenencia albergamos todo un mundo interior que va más allá de los hechos concretos. Contenemos un sistema de valores, unos más exangües, otros más hipertrofiados, que nos guían a la hora de actuar. Lo cual no evita, ni siquiera bien entrada la edad adulta, que a veces sintamos que caminamos algo perdidos. 

Con la diferencia de que ahora ya sabemos lo que toca.

@JCamiloVázquez


Referencias:
  1. Gracia D. En busca de la identidad perdida. Triacastela, 2020.
  2. Gracia D. Como arqueros al blanco. Estudios de bioética. Triacastela, 2004.
  3. Segura J, Ferrer, M, Palma C, et al. Valores personales y profesionales en médicos de familia y su relación con el síndrome del burnout. Anales de psicología, 2006, 22 (1); 45-51
  4. Mena-Tudela D, Román P, González-Chordá V et al. Experiences with obstetric violence among healthcare professionales and students in Spain: a Constructivist grounded theory study. Women and Birth (en prensa)
  5. Ortiz-Fune C. Burnout como inflexibilidad psicológica en profesionales sanitarios: revisión y nuevas propuestas de intervención desde una perspectiva contextual-funcional. Papeles de psicología, 2018.
  6. Dejours C. Trabajo y sufrimiento. Modus laborandi, 2009
Todas las fotografías y sus derechos, excepto la primera y la última, corresponden al artista James Kerwin: más información en su página web, aquí.