domingo, 8 de diciembre de 2013

Homeopatía, medicina alternativa y Lo Natural como destino.

   
    Esta semana pensábamos dedicar la entrada a otro asunto, pero entre el lunes y el martes surgió la noticia: el Ministerio de Sanidad, decidido a regular la comercialización de productos homeopáticos, hacía público un borrador de la futura ley. Las alarmas saltaron en la blogosfera sanitaria, las cejas de los twitstars se alzaron al tiempo que andanadas de evidencia empírica eran emplazadas en la línea de tiro. Un par de altos cargos ofrecieron entrevistas a los medios, llevando los giros argumentales hasta el absurdo. Les siguió una lluvia de frases lapidarias y chistes homeopáticos, más devastadores aún si cabe.

Pensábamos no pronunciarnos mientras se desataba la ya clásica batalla entre los defensores del método científico y los defensores de todo lo demás. Pero finalmente nos rendimos a la evidencia de que, a veces, callar es consentir. Y no todo puede ser consentido cuando se habla de salud. Hay temas que obligan a tomar posición para que luego cada uno pueda actuar como crea conveniente. Por eso esta entrada, que no gustará a todos y -para colmo- será más larga de lo habitual.

No vamos a entrar en el debate técnico de la eficacia o ineficacia de la homeopatía, ni en el de la conveniencia de una regulación, pues muchos otros lo harán hoy con mayor solvencia que nosotros. Lo que sí haremos será dar unas pinceladas acerca de un fenómeno más profundo, que aviva no sólo la búsqueda de este tipo de terapias, sino que invade muchos otros aspectos de nuestra vida como habitantes -creadores y sufrientes- de una sociedad postmoderna.

La medicina bajo sospecha

Nos confesaba nuestro profesor de Introducción a la Medicina, el médico y filósofo Miguel Ángel Sánchez González, que una vez fue invitado a un programa de televisión para hablar acerca de las terapias alternativas. “Fue una encerrona”, nos decía. Una vez en el plató, le habían sentado entre un osteópata, un acupuntor y un homeópata. Le preguntaron por qué la medicina oficial se empeñaba en no dar por válidas aquellas prácticas que “indudablemente” ayudaban a tanta gente todos los días. El pobre hombre se defendió como pudo. Mencionó el fenómeno de regresión a la media, la necesidad de demostrar empíricamente la eficacia de los tratamientos, la metodología de los ensayos a doble ciego con placebo... Se invirtió la carga de la prueba, cayendo a plomo sobre sus espaldas. No sorprenderá a nadie que nuestro profesor saliera tan malparado como para renunciar por siempre jamás a las apariciones públicas.

Ilustr: news.legalexaminer.com
Indudablemente la medicina “oficial”, o moderna, o científica, está hoy desprestigiada a ojos de muchos. Su propia denominación (engañosa, pues como dice Tim Minchin, sólo hay una medicina: la que funciona) alude a la odiosa autoridad, al status quo, a los mecanismos de poder. Desliza el antes romántico ejercicio de la medicina hacia los sospechosos entresijos del capitalismo. Distorsiona el significado de las relaciones de los médicos con la industria farmacéutica, la legislación sanitaria, los congresos profesionales o las guías de consenso. La ciencia, para muchos, huele a poder, a poder interesado en el lucro

Hoy nos cuesta más que nunca confiar en el argumento de autoridad, pues ningún experto nos parece digno de confianza mientras forme parte del “sistema”, y sus presumibles intereses. Por ello son a veces los menos acomodados, los más excéntricos e indocumentados, los que nos parecen los más solventes. Internet sólo ha multiplicado este fenómeno. Sin duda los profesionales “oficiales” avivamos parte de estas sospechas por no ser todo lo claros que debíéramos al exponer nuestras relaciones con la instituciones o con la industria. Pero ni de lejos esta visión “corrupta” de la medicina explica el rechazo que muchos sienten hacia todo lo que suene a “químico”, técnico, a las batas blancas, o a los efectos adversos de los medicamentos... Pensamos que todo esto viene de mucho más lejos.


La pérdida de la edad dorada

La expulsión y pérdida del Paraíso es un mito universal, presente en muchas culturas diferentes a la nuestra y que lo desarrollaron de forma independiente. Bajo muchos nombres y matices, se esconde siempre una era dorada que ya no nos pertenece. En otro post ya decíamos que la emoción primaria que automáticamente surge para dar sentido a una pérdida o agresión injustificada es la culpa. Esta predisposición a la culpa, sumada a la nostalgia por un pasado mejor, ha conformado desde antiguo un arquetipo que sienta las bases de nuestra interpretación del mundo. El mito se lee así: “éramos libres e inocentes. Convivíamos en armonía con el resto de la naturaleza. Nada nos faltaba. Por culpa de nuestros actos todo se perdió.”

Algunos han hipotetizado que el mito del Jardín del Edén arraiga en cambios climáticos a gran escala que forzaron la adaptación de nuestros ancestros, selección natural mediante, a un entorno mucho más hostil. Adaptados como estábamos a un entorno (los bosques africanos) donde la alimentación era abundante y asequible, nos encontramos con la necesidad de aprender a vivir en la escasez de la sabana. Las penurias no nos han abandonado hasta muy recientemente (y sólo en determinadas regiones del planeta), pero los mecanismos cerebrales que se forjaron en época de abundancia probablemente han alimentado nuestra nostalgia del Paraíso. Este lamento sordo se ha vestido con los ropajes de las palabras y la cultura, para hablarnos en nuestro caso de Eva y Adán.

Expulsión del Paraíso. Franz von Stuck.

El malestar en la civilización

¿Qué sucede cuando miramos a nuestro alrededor hoy en día? Venimos a nacer en un mundo que ya está hecho, y que difícilmente puede gustar. Vemos contaminación, hambre, injusticias, vemos el peligro de los vertidos radiactivos o la guerra nuclear. Vemos el terrible potencial que la ciencia y la técnica les ha conferido a los hombres, y quisiéramos volver atrás, muy atrás. Más allá de las lanzas y del sílex, más allá de la piedra bifaz. Nos dolemos de lo que vemos y decimos “yo no quiero ser responsable de esto”, “yo no voy formar parte del bando de los destructores del mundo”. Cansados de las falsas promesas del progreso, de las mentiras de nuestros líderes, del consumismo derrochador, demandamos un pedazo de Verdad. Y, como dice Vicente Verdú (en su más que recomendable libro El estilo del mundo) la Naturaleza se nos presenta como el último reducto de La Verdad.

Los excesos de la civilización llevan a muchos (quizás los más sensibles, los menos conformistas) a la búsqueda de la Naturaleza como forma de reparación. Obviamente no todos la llevarán hasta sus últimas consecuencias. El Capitalismo lo sabe, y siempre estará dispuesto a ofrecernos a precio razonable aquello que deseemos conseguir de forma sencilla. Afirma Verdú: “pedimos realidad hartos de ficción, como antes se demandaba ficción para escapar de lo real [···] pero lo paradójico es que la verdad demandada regresa reciclada, convertida en un artículo de calidad.” Dejamos atrás las decepciones de la ciencia moderna al acudir a los curanderos, o a la medicina natural. Pero también al preferir los huevos de gallina de corral, las natillas “caseras” fabricadas en masa o el parto en casa.

Lo natural como destino

Vivimos en un rechazo a lo artificial, a la ciudad, la civilización, a nosotros mismos. Lo Natural se nos presenta como la posibilidad de recuperar un trozo del Paraíso perdido, de la selva africana, del útero materno, de la seguridad de no ser dañados, del librarnos de esa culpa indeleble que justifica todos los sinsabores de una existencia sin sentido predeterminado. Es una lucha por la supervivencia personal, y no tiene nada que ver con la ciencia ni con los hechos. Quien emprende la búsqueda de Lo Natural lo hace como parte de la definición de su identidad. Con sus actos y creencias afirma: “no quiero añadir más dolor al mundo”, “yo no soy así”. Por eso los debates son tan airados al tratar estos temas. No se trata de lo que es mejor o no hacer, sino de lo que uno cree que debe ser.

En este contexto tan subjetivo y resbaladizo, decidimos llamar Natural a aquello que consideramos digno de cargar con nuestras esperanzas, que son en realidad nostalgia por un mundo perdido. Pero esto tiene dos riesgos importantes. El primero es que lleva a equívocos, a veces absurdos y letales. Porque el agua que nos nutre es tan natural como el fracaso renal que sufrimos si nos bebiéramos veinte litros de una sentada. Natural es el tomate de la huerta, como lo son el virus del Ébola o el bacilo de Koch. Natural es la cicuta que los antiguos bebían para darse muerte, o el veneno del áspid de Cleopatra. Que algunas personas (como el malogrado Steve Jobs) renuncien a la medicina “oficial”, con consecuencias funestas y potencialmente evitables, por atribuir a la palabra Natural características que no le corresponden, es algo que, sencillamente, retrata muy bien nuestro tiempo, pero no nos podemos permitir.

El segundo riesgo es errar el camino, pues sentimos nostalgia de un lugar que -como afirma José Antonio Marina- quizás nunca existió. Porque la Naturaleza no es tranquilidad ni armonía, sino en todo caso equilibrio inestable y lucha. El mundo ha cambiado, y los que hoy lo pisamos somos los supervivientes. Mañana seremos menos. La evolución siempre marcha hacia delante. No hay donde regresar. Si renunciáramos a la electricidad, por ejemplo, en una semana habría fallecido gran parte de la Humanidad. Deseamos abandonar algunas partes de lo que implica ser humanos, las partes que consideramos artificiales, y no nos damos cuenta de que artificial y natural no están claramente delimitados. Ni siquiera sabemos qué partes nos benefician y cuáles nos hacen más daño. No hay elección. Sólo podemos utilizar ese deseo de no dañar para seguir adelante.

Conclusiones

Lo que proponemos en definitiva es que la búsqueda de Lo Natural se subordina a dos funciones principales:

a) el manejo de la culpa ante un mundo insatisfactorio
b) la configuración de una identidad unida al bando de los defensores del mundo

De alguna forma la medicina probó el fruto prohibido que la expulsaría del Paraíso cuando se tecnificó en el siglo XIX. Dejó de lado las armas que habitualmente habían sido suyas: el contacto con el paciente, la creación de explicaciones compartidas, la sugestión... y las subordinó a la eficacia, demostrable pero fría. Implacable pero deshumanizada. De ahí a la actual proletarización sanitaria sólo habría un paso. Las grandes instituciones humanas (el Estado y el Mercado) se percataron de la eficacia de estos métodos y los hicieron suyos. Los incentivos cambiaron, y la eficiencia pasó a ser el objetivo sagrado. El médico pasó a formar parte del sistema. El rechazo a la medicina oficial, por tanto, se entiende como parte de una red de símbolos que crece cual bola de nieve echada a rodar, que incluye sin ninguna duda el poder político y el afán de dinero, pero cuyo núcleo probable son el rechazo a la civilización y la nostalgia del Paraíso.

No seremos los médicos quienes prendamos las hogueras más altas contra la medicina natural o alternativa, pues de sobra conocemos el alivio por la fe, la confianza y la sugestión, que no son sino el reflejo de un sujeto que pasa a sentirse inmerso en un relato esperanzador, un relato en el que tiene una posición algo más poderosa frente algo tan descorazonador como lo es cualquier enfermedad. El efecto Placebo, a pesar de su mala prensa, es parte fundamental del acto de sanar, como ya lo era hace siglos. Pero es nuestro deber informar y supervisar que se lleve a cabo en condiciones de seguridad. Debemos evitar las negligencias, así como protestar ante la publicidad engañosa o las acusaciones infundadas. El proyecto de regulación de la homeopatía refleja nada menos que el intento de conseguir la cuadratura del círculo: satisfacer la demanda de Lo Natural, mientras no haga daño y mientras dé dinero. Inevitablemente las posturas estarán enfrentadas, pero será siempre bueno que nos preguntemos por qué.

Más información sobre la polémica medida:

Una entrada brillante de Paco Traver, fundamental para comprender el efecto Placebo:

6 comentarios:

  1. Realmente muy interesante el artículo, estoy empezando a incursionar en esto de la medicina alternativa y me gustaría saber qué piensan ustedes sobre la Rhodiola Rosea. Desde ya les agradezco por su respuesta.
    Un saludo, Laura.

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  2. Hola. Muchas gracias por tu comentario. Ninguno de los miembros de Anábasis tenemos experiencia con Rhodiola Rosea ni con ningún otro compuesto homeopático, por lo que sentimos no poder darte más información al respecto que aquella disponible a través de Internet. Nuestra posición en torno a las prácticas médicas alternativas (aquellas que no han demostrado con suficiente evidencia empírica su utilidad terapéutica) se resume en que no consideramos que supongan un riesgo siempre que no sustituyan a tratamientos con eficacia demostrada para situaciones concretas (tu médico te puede informar) y siempre que el estado de salud sea aceptable, especialmente en cuanto a la función hepática, que va a ser la encargada de metabolizar la mayoría de las sustancias presentes en los remedios de herbolario. En caso de estar tomando medicación para condiciones crónicas como diabetes, hipertensión o necesites anticoagulación es necesario extremar la prudencia antes de introducir nuevas sustancias, por el riesgo de interacción. Si tienes en cuenta estas precauciones y sientes que la Rhodiola te ayuda, adelante, pero siempre con supervisión. Esperamos haber sido de ayuda. ¡Un saludo!

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  3. Os felicito por este post, hace cierto tiempo publiqué algo que contó Van der Kolk a propósito del 11-S:
    A este respecto me gustaria comentar una anécdota que contó Bessel Van der Kolk -uno de los expertos mundiales en el tema del trauma- respecto a la experiencia americana que siguió a los atentados del 11-S.

    El Gobierno después de los atentados proveyó de fondos para atender a la población expuesta con el fin de prevenir o tratar los sintomas de estrés postraumático que pudieran presentarse. Se confeccionaron dos listados, uno con las personas que tenian derecho a esta prestación y otra con los psiquiatras y psicólogos acreditados para el tratamiento del TEP.

    Pasó el tiempo y Van der Kolk que pertenecia a la comisión de expertos que seleccionaba las técnicas y a los profesionales idóneos para tal menester cayó en la cuenta de que muy pocos habian optado por las terapias recomendadas segun los criterios que establece la ciencia.

    Intrigado por este misterio se puso a investigar por su cuenta qué había sucedido con las victimas del suceso.

    La mayor parte de ellos habian renunciado a los tratamientos propuestos por el gobierno y sin embargo habian optado por pagarse tratamientos de acupuntura, masajes, homeopatia y otros tratamientos alternativos.

    Naturalmente ninguno de estos tratamientos está indicado para la prevención o el tratamiento del TEP.

    Pero parece que las personas cuando han de seleccionar para sí un tratamiento no lo hacen siguiendo las recomendaciones de “la evidencia cientifica” sino siguiendo otra clase de criterios.

    Van der Kolk concluyó que debiamos seguir investigando las razones por las que el publico se muestra inclinado a seguir terapias no convencionales a sabiendas de que carecen de eficacia demostrada y rechazan las recomendaciones gratuitas que se le realizan desde las autoridades sanitarias.
    Esto es lo que merece la pena ser investigado y no si la homeopatía es eficaz o no. Eso se lo dejamos a los moralistas y neopuritanos.

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    1. Muchas gracias por la aportación, que es realmente interesante y captura bastante bien algo que nos encontramos a menudo en las consultas. Desde hace un tiempo nosotros preguntamos sistemáticamente si quien viene como paciente al psiquiatra ha realizado previamente alguna terapia "alternativa" o bien si ha recurrido a remedios de herbolario.

      El porcentaje es sorprendentemente superior a lo que daríamos por hecho si no preguntáramos expresamente. Ante esto, uno puede tomar dos opciones, o bien indignarse como representante de la medicina oficial, o bien intentar comprender las motivaciones de la gente que sufre y entender que muchas veces toman un papel activo en la búsqueda de soluciones, en una escala de valores que se amolda a la gravedad que van percibiendo de la situación. En los casos en que las terapias alternativas no han funcionado, acuden al siguiente escalón, que puede ser el nuestro.

      Pensar que acudir en primer lugar a las terapias alternativas es un acto que obecede a la ignorancia o la falta de información, en plena era de internet, creo que es simplemente un error de bulto, salvo excepciones contadas.

      Defender nuestro escalón como la única vía posible por considerarnos en posesión de "LA VERDAD CIENTÍFICA" nos arroja paulatinamente a un escenario de confrontación y cerrazón ante muchas personas, lo cual demuestra poca comprensión de los condicionantes sociales y metodológicos de la ciencia y huele a ese gustito que todos sentimos cuando creemos que formamos parte del bando legitimado por el poder del imaginario colectivo (el gran Otro), lo cual se reduce a una defensa identitaria, más cerca de nuestras necesidades que de la comprensión global del fenómeno.

      ¡Gracias por ayudarnos a pensar!

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  4. Muy interesante artículo, pero reforzaría mas el PARA QUE en cuanto a pregunta, que el POR QUE?
    Lo comparto en mi página, sino le molesta. Gracias

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    1. Muchas gracias Rozana, y encantados de que lo compartas. Es verdad que casi todo lo que hacemos tiene una finalidad, aunque a veces se nos escape a primera vista. Casi todas las tendencias humanas tienen una historia, un recorrido (por qué), que suele alimentarse de las consecuencias que tienen a día de hoy. Así muchas tendencias (ej: monogamia) se han hecho hegemónicas, mientras que otras se van erosionando poco a poco a medida que el mundo va cambiando la estructura de incentivos (premios y castigos).

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