sábado, 2 de junio de 2018

Pasos y tropiezos hacia una Neurociencia Crítica (II)

Como proponíamos en la entrada anterior, el término Neurociencia(s) ha ganado popularidad hasta hacerse hegemónico, pasando a ser incorporado como concepto de consumo y facilitando la asunción acrítica de ciertas ideas acerca del sistema nervioso y su relación con el sujeto.

Pero esta popularidad entraña sus propios riesgos, pues las promesas exaltadas encierran la semilla de la desilusión y el descrédito. Desde hace un tiempo arrecian los recelos y algunas advertencias.

Nos gustaría en esta entrada exponer algunas de las críticas que comúnmente se dirigen hacia el amplio territorio bajo el nombre de neurociencia(s). Aplicaremos así mismo la actitud crítica para intentar separar el grano de la paja, diferenciar la procedencia de las mismas, así como la pertinencia o no de las que se esgrimen con mayor frecuencia.

1. Las críticas

Por resumir y agrupar los principales reproches dirigidos contra las neurociencias nos gustaría proponer los siguientes:
  • El reduccionismo: la idea de que la neurociencia reduce al ser humano a su cerebro.
  • El determinismo: la idea de que la neurociencia niega el libre albedrío humano.
  • El inmovilismo: la idea de que la neurociencia favorece al status quo y naturaliza las injusticias.
A continuación intentaremos abordarlos de manera sucinta.

Reduccionismo: muchas personas afirman con preocupación que el conocimiento neurobiológico de los seres humanos tiende a minusvalorar o invisibilizar circunstancias como son las interacciones entre individuos, grupos y sistemas, así como los condicionantes de tipo social. Por ello sienten que el individuo en su complejidad queda reducido (jibarizado) a una versión tosca e incompleta, poco útil para las personas en el mejor de los casos.

Escultura de Bruno Walpoth
Sin embargo llegar a esta conclusión normalmente implica olvidar cuál es la diferencia entre el reduccionismo ontológico (definir a la baja la naturaleza o la esencia de la cosa en sí) y el reduccionismo nosológico o metodológico, que es lo que intenta la neurociencia y no deja de ser una estrategia empleada en el estudio de la naturaleza.

El reduccionismo metodológico ha sido un enfoque altamente exitoso durante lo últimos 300 años de empresa científica. Como método consiste esencialmente en lo siguiente: reconociendo la vasta complejidad del universo, se procede a dividir la realidad en sus componentes más simples, centrando los esfuerzos en adquirir un conocimiento lo más detallado posible de dichos fragmentos. Esto se lleva a cabo con un objetivo a largo plazo: poder llegar en algún momento a realizar extrapolaciones, generalizar el conocimiento obtenido a porciones mayores de la realidad, o bien poder sumar los hallazgos procedentes de diferentes programas de investigación, campos o disciplinas. La idea es poder complejizar (detallar) parte por parte, paso a paso, nuestra comprensión de la naturaleza.

Los neurocientíficos, por tanto, no pueden sino ser plenamente conscientes de que un ser humano (al igual que ellos lo son) es mucho más que una suma de circuitos, sinapsis, materia blanca y gris. Deciden no obstante, siguiendo una metodología y un código de conducta, especializarse en el conocimiento de estos elementos fundamentales a fin de poder sumarlos a lo que ya sabemos, de una forma más detallada, ampliando nuestro conocimiento de lo que supone ser humano.

Con todo y con esto, el reduccionismo metodológico presenta a día de hoy dos dificultades principales a nuestro juicio: la insuficiencia para abordar el estudio de fenómenos emergentes (aquellos que constituyen un nivel de complejidad nuevo, superior, a partir de un conjunto de elementos previos cuyas características no permitirían deducir a priori el salto al siguiente nivel, como la composición del aire de una pradera no permite anticipar un tornado). El segundo obstáculo sería la importante resistencia por parte de cada disciplina o campo superespecializado a la hora de conciliar sus resultados con los de las demás, debido a inercias de tipo insitucional y al desarrollo de lenguajes propios que impiden una comunicación efectiva.

Determinismo:
se trata este de un reproche de larga tradición filosófica. La idea es que, si asumimos que el sustrato material de nuestra conducta tiene su origen en una secuencia de interacciones causa-consecuencia ubicadas en nuestro cuerpo y en particular en el sistema nervioso, esto colisionaría con la noción de "libre albedrío", ya que nuestros actos serían el resultado final de la cadena de estímulos y respuestas, y no de las decisiones libres de los individuos.

Estamos lejos de alcanzar una respuesta satisfactoria para todos los implicados en este eterno debate, pero creemos necesario apuntar al menos dos cosas: los sistemas nerviosos parecen ofrecer opciones de adaptación a los organismos ante entornos cambiantes, pero en la filogenia se parte de mecanismos tan sencillos y repertorios tan limitados que difícilmente tendríamos a esos organismos por "libres". En la medida en que los sistemas nerviosos se complejizan, los organismos paracen alcanzar una mayor flexibilidad conductual, con mayor capacidad de amoldarse a las circunstancias. En este sentido, la gran variabilidad conductual de los individuos humanos parece señalar un campo de acción muy amplio, que tradicionalmente se ha venido a llamar libertad.

Pero no es lo mismo sentirnos dueños de nuestros actos (tener sentido de agencia) que ser libres. El papel de las emociones es muy indicativo en este sentido: cuando albergamos un estado emocional intenso (estamos aterrados, o furiosos) solemos sentirnos bastante predispuestos a la acción. Por el contrario, a menor emotividad mayor tendencia a la duda, a la indecisión. Hay cierto tipo de personas que pasan minutos u horas intentando sopesar y balancear los pros y contras de una decision sin poder abandonar el bucle de la reflexión. Desde un punto de vista meramente racional es difícil actuar o tomar decisiones. Por tanto, de esto resulta una premisa cuando menos curiosa: cuanto más dominados por una emoción, menos dudamos de nuestros actos, y sin embargo probablemente sea cuando más condicionados, más restringidos y con menos opciones para actuar de otra manera estemos. Nos sentimos más libres cuando menos lo somos.

En este sentido, creemos que a día de hoy nuestro conocimiento acerca de la libertad humana se resume en la siguiente frase: podemos decidir lo que hacemos, pero no podemos decidir lo que deseamos (o tememos). Es como si viviéramos en una celda de barrotes de 30 metros cuadrados, dentro de la cual podemos actuar de muchas formas, sin poder abandonarla nunca. Lo mismo pasa con nuestras restricciones corporales: debemos respirar, hidratarnos, obtener nutrientes, no podemos vaporizarnos y luego recomponernos. Y sin embargo la sensación de libertad es tozuda a pesar de la cárcel de nuestras preferencias. Podemos ganar cierta capacidad de intervención, tomando decisiones concretas en el corto plazo que nos trasladen a un nuevo contexto, una nueva estructura de incentivos que vaya moldeando afectivamente nuestros deseos y temores, pero cualquier cambio llegará muy paulatinamente.

Ilustr. por Argyle Plaids
Porque tal vez las personas, como organismos extremadamente complejos con capacidad para aprender continuamente y adaptarse a las circunstancias, estamos sobredeterminados. No solo por las interacciones que tienen lugar en nuestro cuerpo, sino en continua relación con los estímulos externos, que son a los que debemos adaptarnos de forma continua, aunque no nos apercibamos de ello. Este tipo de sobredeterminación sin duda tiene un sustento igualmente material, pero simplemente no podemos seguirle la pista. Trasciende la causalidad lineal, y puede ser definido como caos determinista. La secuencia de hechos es inevitable, pero no tenemos acceso a desentrañar la maraña de interacciones. Nuestra experiencia subjetiva es de total opacidad hacia dicho entramado y, al mismo tiempo sostiene un tozudo sentido de agencia.

Algunos objetan que, si la libertad es una ilusión, una experiencia subjetiva no muy avalada por otro tipo de evidencias, entonces tenemos un problema jurídico entre manos. Afirman que, si llegamos a la conclusión de que no somos tan libres como pensamos, el concepto de responsabilidad se vendría abajo junto con la organización social sustentada en leyes. Pensamos que esto no es así por dos motivos. En primer lugar la ley tiene una vocación homogeneizadora de la conducta individual de tal forma que resulte en beneficio colectivo. En este sentido no le importa tanto atender a la neurodiversidad mientras no cometa una injusticia flagrante. Le dice a todos los sujetos: "cumple la ley como si estuviera en tu mano hacerlo". Y lo relevante es que la persona, convencida de su libre albedrío, se comporta como si efectivamente lo tuviera. La ley, afortunadamente, funciona mientras sintamos que debemos cumplirla, con los matices debidos a la edad, las lesiones irreversibles, etc. Lo cual no puede dejar de recordarnos a la conocida anécdota que suele contar el esloveno Zizek acerca del gran físico Niels Bohr, quien en cierta ocasión recibió la visita de un colega en su casa de campo. Al parecer el colega habría mostrado su sorpresa al ver que el danés tenía una herradura colgada en el quicio de la puerta de entrada a la casa, reprochándole que un científico de su talla le diera pábulo a supersiticiones. Al parecer Bohr contestó: "por supuesto que no creo en estas tonterías, pero es que me han asegurado que funciona aunque uno no crea."

Inmovilismo: a las neurociencias, cada vez más, y de forma similar a lo que ocurre con casi cualquier enfoque biológico que pretenda arrojar luz en el comportamiento humano individual o colectivo, se las acusa cada vez más de colaborar con el status quo. El conocimiento de tipo neurobiológico sería una herramienta al servicio del poder establecido, con su actual carácter patriarcal, colonialista y neoliberal.

"They live". Alive Films - © 1988. 
Existen motivos para pensarlo. No en vano el conocimiento científico está en la base de la legitimación de muchas medidas políticas tomadas por los estados modernos. Por otro lado algunas de las insituciones científicas más importantes deben su existencia al interés estatal y por tanto dependen enconómicamente del mismo. Finalmente, en la decisión de la cartera de servicios estatales, tiene un peso la legitimación científica, por ejemplo afectando a las prestaciones sanitarias que cubre la sanidad pública o aquellas que van a quedar al margen. Además, más allá de los lazos que emborronan las relaciones entre gobierno y maquinaria de estado, el poder se encuentra cada vez más fragmentado, detentado por actores privados, multinacionales e intereses económicos que tratarían de usar la legitimidad de la neurociencia a su favor.

En este sentido se afirma: un conocimiento generado en una estructura social sesgada, tenderá a percibir la realidad acorde a dicho sesgo, reproduciéndolo en sus productos y naturalizando (reificando) por tanto como hechos biológicos lo que no serían sino prejuicios condicionados por la posición de uno en el entramado social.

Ilustr. por Argyle Plaids
Sin embargo los que acusan a las neurociencias de naturalizar las injusticias sociales caen en la falacia naturalista. Afirman que la neurobiología es fuente de opresión social creyendo que describir es lo mismo que prescribir. La organización de la sociedad no corresponde a los (neuro)científicos, sino a los actores políticos; y aunque llegase el dia en que pudiera desplegarse una descripción nítida y fiable de la naturaleza humana, sería igualmente objeto del campo de la ética, ajeno a la misión científica, decidir si el modelo de sociedad debe ajustarse a esa naturaleza o, preferiblemente, superarla en términos de justicia y solidaridad. Pero los ánimos están tan crispados a nivel universitario últimamente que algunos hablan incluso de la falacia naturalista inversa, según la cual, aquello aquello que no sería deseable no debe ser enunciado como verdadero. De ahí que la biología sea observada con recelo, no fuera a enunciar conclusiones indeseadas para un determinado proyecto.

En este sentido resulta esclarecedor el análisis que lleva a cabo el físico y filósofo de la ciencia Mario Bunge, quien, trazando la genealogía de la crítica académica contra la ciencia, rescata la figura de Robert K. Merton, padre de los "Science, Technology and Society studies". Según Bunge, la crítica materialista de la actividad científica tiene en Marx y Engels una primera generación, a la que sucede la de Merton. En su tesis afirmaba que "no sólo el error o la ilusión o las creencias sin verificar, sino también el descubrimiento de la verdad, están social e históricamente condicionados". Al mismo tiempo reconocía que, los encargados de descubrir esa verdad, los científicos, se rigen por un código de conducta, un ethos basado en los siguientes principios rectores: "honradez intelectual, integridad, escepticismo organizado, desinterés e impersonalidad".

Esta postura es la que Bunge defiende y nosotros queremos también reivindicar, reconociendo que la empresa guiada por el método científico sigue unas normas particulares y un código ético que permite obtener conocimientos progresivamente universalizables, basados en la duda, la replicación, la falsación y la continua revisión de supuestos. Por supuesto, en cuanto humanos, los científicos están materialmente condicionados, pudiendo afectar a su adherencia al citado ethos, lo cual justifica y exige a nuestro juicio la actitud autocrítica de la propia neurociencia. Pero de ello hablaremos en la próxima entrada.

Referencias:
1. Rose H y Rose S, (2016). ¿Puede la neurociencia cambiar nuestras mentes?. Ed. Morata.
2. Bunge M, (2015). Crítica de la nueva sociología de la ciencia. Ed. Laetoli.
3. Perry G y Mace R (2010) "The lack of acceptance on evolutionary aproaches to human behavior". Journal of Evolutionary Psychology. (8) 2, 105–125

miércoles, 16 de mayo de 2018

Pasos y tropiezos hacia una Neurociencia Crítica (I)

Lo Neuro- está de moda.

Tejados de la Escuela Politécnica Federal de Lausana, Suiza. Sede del Blue Brain Project.

Si los años 90 del pasado siglo fueron bautizados por la administración estadounidense como "La Década del Cerebro" con el objetivo de promover el conocimiento de este órgano, lo cierto es que en esta segunda década del siglo XXI, las Neurociencias han desbordado el ámbito de la academia, trascendiendo los laboratorios de investigación, los departamentos universitarios y las bibliotecas de los clinicos, alcanzando el saber común y pasando a jugar un papel relevante en el imaginario que entre todos construimos.

A estas alturas de 2018 el término "neuroscience" arroja aproximadamente 62.200.000 entradas en el buscador Google. En su equivalente español "neurociencia" bajamos un orden de magnitud, con 7.580.000 entradas. A caballo entre ambas, pero con la ventaja de partir de un recorrido histórico mucho mayor, aparece el ya desbancado "Freud", con 56.300.000 entradas dedicadas al padre del psicoanálisis.

Estas cifras vienen a constatar un relevo fundamental. El pensamiento psicoanalítico, desarrollado a partir de la obra del neurólogo Sigmund Freud, ha acabado por ceder su puesto a la(s) neurociencia(s) como fuente aparentemente legitimada para la comprensión de los motivos ocultos de nuestra conducta. Este cambio de modelo había sido anunciado previamente por diferentes autores como el psicólogo Hans Eysenck en su obra "Decadencia y caída del imperio freudiano" (1985) o la socióloga australiana Judy Singer en 1999, quien acuñaría el término neurodiversidad para ir más allá del concepto de discapacidad en la conceptualización del espectro autista, así como para luchar contra el estigma y la culpa que asolaba a las familias en relación con las explicaciones de corte psicoanalítico.

Freud vino a decirnos que, en contra de nuestra primerísima intuición (pero de forma congruente con el secreto pálpito de quien hace examen de conciencia), no somos los verdaderos dueños de nuestra casa. La neurociencia no refuta este mensaje, sino que busca hoy en el encéfalo (literalmente dentro de la cabeza) los motivos por los que esto es así. Esto tiene inevitables implicaciones para los profesionales que se dedican a la clínica, ya que las personas siguen acudiendo a la consulta preguntándose por el origen de su malestar y los motivos por los que actúan como lo hacen o se sienten como se sienten. Y en parte llegan empapados de ideas acerca de su propio cerebro.

Nuestro descreído tiempo póstumo

Hoy en día, a pesar de la vigencia de muchas de las enseñanzas transmitidas por Freud y sus discípulos, su figura ha quedado convertida ya en icono pop, objeto de consumo desde la óptica del entretenimiento o la mirada culturalmente irónica. Cada vez que damos por muerto y enterrado a un titán del pensamiento humano pareciera que los contemporáneos nos cargáramos de coraje, alimentando la tranquilizadora ilusión de que avanzamos un paso más en un pretendido tiempo lineal de la Humanidad, acumulando progreso.

El vacío dejado por Freud es una de las causas del auge de las neurociencias, pero no puede ser la única. A nuestro juicio contribuye todo un conjunto complejo de factores socioculturales que podríamos denominar Zeitgeist, a la moda del romanticismo alemán que hablaba de un "espíritu de los tiempos". Se trata del clima cultural compartido por las generaciones vivientes en un determinado periodo de tiempo.

Este siglo XXI, que tendría su inicio con el atentado del 11 de septiembre contra las Torres Gemelas de Nueva York, estaría caracterizado por la refutación del concepto de "fin de la historia" proclamado por Fukuyama. Sin embargo este reinicio de los tiempos no parece cargado de futuro, o al menos el futuro no se vislumbra como prometedor. Habitamos más bien en una condición póstuma, un "fin de los tiempos", como sugiere la filósofa Marina Garcés. Fracasadas las utopías políticas del siglo pasado, ausente y desvirtuado casi cualquier macrorrelato unificador que proporcione sentido colectivo a la experiencia vital de las gentes, sobrevivimos de forma precaria y desconfiada a nuestro presente, bajo la sombra del colapso. Como afirmó Frederic Jameson "hoy parece más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo". Las distopías en la ficción ya no resultan tan ajenas, y surge una renovada fascinación por el apocalipsis, los movimientos sectarios o la posibilidad de creer en lo inverosímil (véase el terraplanismo) como respuesta a nuestra percepción de impotencia y precariedad como agentes individuales frente a un mundo demasiado complejo para ser abordado.

En este escenario el conocimiento científico se presenta como el último reducto de verdad universal, si bien la sofisticación del método científico y el hecho de que esté sutentado por falibles seres humanos, lo convierte en un blanco a batir especialmente vulnerable y apetecible desde determinados frentes críticos. Al mismo tiempo esta fragilidad encuentra su contrapunto en las instituciones oficiales vinculadas a los estados y, al menos en el mundo desarrollado occidental, el conocimiento científico es reconocido como fuente de legitimación política, origen explicativo o epifenómeno de la riqueza económica, siendo reivindicada "la ciencia" como ídolo al que señalar en busca de un supuesto progreso (si bien la dotación presupuestaria en investigación, innovación y desarrollo casi nunca refleja ese deslumbramiento explícito).

Neurohegemonía


La hegemonía del discurso neurocientífico, por tanto, debe entenderse en el contexto de una economía de mercado que es capaz de reconocer una nueva fuente de saber oficialmente legítimo sobre los actos y deseos de las personas. Como ocurrió con el paradigma de la persuasión inconsciente de lo subliminal en la era psicoanalítica, ahora surge el neuromarketing, en la búsqueda de marcadores objetivos que permitan a las empresas conocer y condicionar las preferencias de consumo de los ciudadanos. Al mismo tiempo las neurociencias se convierten en sí mismas en producto de consumo en la medida en que se popularizan y surgen productos editoriales de divulgación, cursos formativos de posgrado, así como diversidad de nuevos campos auspiciados por la versatilidad de ese prefijo lo neuro- que quiere prometer un matiz renovado a todo aquello que antes teníamos por cierto.

Pero el tiempo cada vez parece transcurrir a más velocidad, lo cual podría ser un efecto secundario de lo que implica vivir en la sociedad de la información: los significantes que alcanzan un cierto umbral de popularidad son seleccionados como potencialmente rentables y convertidos en objeto de consumo, pero como resultado de nuestra hiperexposición diaria a estos significantes es sencillo que surja el hartazgo.  Las modas, reflejo de esa tendencia imitativa propia de los primates, hacen que a las oleadas de interés les suceda una casi inmediata resaca que va tomando forma de desapego, necesidad de diferenciación y, finalmente, protesta. Algunos autores hablan hoy, previsiblemente, de neurofobia.

De forma tan irónica como poco sorprendente, la protesta contra la neurociencia, en la medida en que atractiva, acaba siendo incorporada a la misma dinámica de consumo. Es visible el creciente interés editorial por las posturas críticas y los discursos de la sospecha en este campo. Dichos ciclos de propuesta y contestación generan sentimientos, reflexiones, debates y posicionamientos, de tal forma que se acaba generando un imaginario colectivo en torno a este concepto de neurociencia. Por mucho que queramos permanecer ajenos a ello, ya sea en las plácidas aguas de la academia, o parcialmente expuestos en los diques de la clínica, este oleaje nos acaba salpicando de una manera u otra.

Por ello consideramos que los profesionales que trabajamos en el ámbito de la salud mental tenemos la obligación de mantenernos informados, participar en la discusión desde nuestra posición particular y pronunciarnos cuando sea oportuno, ya que nos guste o no las neurociencias y su alargada sombra han de afectar de forma directa o indirecta a nuestra práctica profesional.


Hoy, en resumen, el término Neurociencia se ha popularizado hasta el punto de convertirse en concepto de consumo, tal y como lo fue una vez al psicoanálisis. Podríamos decir que el término goza de una cierta hegemonía, por cuanto se articula con el resto del entramado neoliberal-capitalista. Es el lugar del supuesto saber para una numerosa ciudadanía occidental, ajustada al medio, científicamente formada, con aspiraciones racionales y confianza en el solucionismo tecnocientífico. Pero esto tiene implicaciones que van mucho más allá de los objetivos cotidianos de investigadores, académicos y clínicos. En la medida en que nos atañe debemos permanecer informados y dispuestos a participar en el debate.

Referencias: 
1. Singer, J (1999). Why can´t you be normal for once in your life? From a "problem with no name" to the emergence of a new category of difference. In: M. Corker and S. French (eds.) Disability Discourse. Buckingham, UK: Open University Press, pp. 59-67.
2. Ortega F, Vidal F (2007). Mapping the cerebral subject in contemporary culture. Elect. J. Commun. Inf. Innov. Health. Rio de Janeiro, v.1, n.2, p.255-259.
3. Eysenck H (1985). Decadencia y caída del imperio freudiano.
4. Garcés, M (2017). Nueva ilustración radical. Ed. Anagrama.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Te acompaño en el sentimiento

Hace pocos días un paciente compartió conmigo la siguiente experiencia: 

Se acercaban las primeras Navidades en ausencia su mujer, fallecida meses atrás de forma bastante trágica. Al término de un encuentro con otro miembro de su familia extensa, conocedor de la tragedia, llegó el momento de despedirse.

Ilustr. por Dubois
- Que pases felices fiestas – dijo el familiar de mi paciente.
El viudo, dolido, a la par que sorprendido, le contestó:
- ¿Pero cómo pretendes que sean felices con lo que me ha pasado?.
Su familiar le replicó, bastante molesto:
- Bueno, ¡y qué quieres que te diga!

Repasando el suceso en consulta mi paciente era plenamente consciente de la buena intención tras el comentario. Aún así, sintió que no le ayudaba precisamente, sino que de alguna manera profundizaba un poco más en la herida de su pérdida. Se sintió incomprendido y tremendamente solo, a pesar de que uno esperaría precisamente lo contrario de una reunión familiar.

Trabajando este episodio acudieron a la memoria de mi paciente otros tantos comentarios que le habían hecho a lo largo del último año: "tienes que salir y rehacer tu vida""tienes que hacer por pasar página""no puedes estar todo el día  en casa, llorando""ya han pasado más de 4 meses, no deberías seguir tan afectado"... Siempre cargados de buenas intenciones, siempre vividos como inadecuados.

Estas situaciones son abrumadoramente frecuentes entre las personas que acuden a consulta, y sospecho que también para todas los demás. Se trata de algo que está a la orden del día, y que parece ir a más impulsado al menos por dos factores:

El pobre ratón Mickey se ha convertido en el símbolo de
la distópica búsqueda de la felicidad a cualquier precio.
1) El mandato cultural de estar felices y contentos, seguir en marcha, ser productivos.

2) La creciente dificultad de muchas personas para lidiar con el dolor propio y ajeno. 

Contra el primer factor, me temo, es bastante difícil luchar. La búsqueda del bienestar es un motor fundamental de nuestra economía, aunque de ello resulten situaciones absurdas y psicológicamente dolorosas. Una sociedad cuyo lema no fuera "satisface tus deseos" sino "confórmate" probablemente debería renunciar a gran parte de las comodidades propias de una sociedad de consumo. Tendríamos que cambiar por completo nuestro modo de vida, lo cual, aunque se nos llene la boca de decirlo, es algo que nos costaría bastante hacer.

Con el segundo factor, afortunadamente, tal vez sí podríamos llegar a hacer algo.


Mirando al sol

Últimamente he podido leer la autobiografía del psiquiatra y terapeuta Irvin Yalom. Siempre es interesante repasar el devenir de alguien con tanta experiencia a sus espaldas, especialmente si está dispuesto a reconocer sus errores y no solo exponer sus triunfos. En esto Yalom resulta especialmente cercano. Pocos terapeutas tienen su tacto y compromiso a la hora de mostrarse.

Uno de los capítulos más interesantes del libro tiene que ver con su experiencia coordinando grupos de terapia para personas con cáncer en fase terminal. Fue a través de las experiencias de estos pacientes que empezó a interesarse cada vez más por el existencialismo, la corriente de pensamiento filosófico en torno a los desafíos ligados al hecho de ser humanos. Entre ellos, uno que suele aflorar de la mano de la enfermedad: que nacemos y morimos solos, como el Ivan Illich de Tolstoi.

Con el paso de los años Yalom acabó escribiendo un famoso -y más que recomendable- tratado titulado "Psicoterapia existencial". Como bien hace en recordarnos, no se trata de un modelo (otro más) de psicoterapia, sino de una invitación para dirigir la mirada hacia determinadas áreas de la existencia que tendemos a dejar apartadas por miedo al abismo. Estas cuatro áreas son: el aislamiento, la libertad, la ausencia de sentido y, por supuesto, la muerte.


Él toma prestada una cita de François de La Rochefoucauld para referirse a nuestra capacidad de encarar este hecho: "ni al sol ni a la muerte se les puede mirar fijamente". Otro de sus libros, consecuentemente se titula "Staring at the Sun" (Mirar al Sol, en su edición española).

Eso mismo nos sucede muchas veces cuando nos enfrentamos al dolor propio y ajeno. De forma más o menos inesperada irrumpe el Sol en nuestro campo de visión, y la tentación de apartar la mirada cuanto antes es casi la norma.

Hay muchas formas de eludir la angustia:
"Ya verás como va a ir bien"
"Hay otros que están peor"
"No es para tanto"
"No le des tanta importancia"
"Mejor piensa en otra cosa"
Etcétera.

Son siempre comentarios motivados por el deseo de aliviar el sufrimiento del otro (y también el propio), pero que suelen ser inútiles en el mejor de los casos, y dolorosos por lo general.


Ritos expropiados.

Con el paso de los años he aprendido a valorar la sabiduría popular acumulada en determinadas prácticas rituales. Como cualquier tradición culturalmente mediada (esto es transmitida por imitación y prescripción social) un rito tiene el peligro de quedar obsoleto, o de contravenir las necesidades de un individuo particular (ver La Casa de Bernarda Alba). Pero lo cierto es que si un rito se afianza en una cultura es porque suele responder a una necesidad humana relativamente prevalente.

Ilustr. por Lorenzo Mattotti
Un rito que se ha abandonado, tal vez porque la religión católica se lo apropió y en su debacle contemporánea hemos acabado tirando el niño con el agua sucia, es el del luto. Probablemente la mayoría de las personas puedan pasar sin él, pero en muchos casos, ante la presión social de volver a ser felices y productivos cuanto antes, y el sufrimiento que esto genera en muchas personas, no puedo sino pensar en lo útil de aquella sanción cultural. El luto permitía al doliente dar rienda suelta a su tristeza durante un periodo de tiempo razonable, con un principio y un final predeterminados, sin las prisas actuales. Por otro lado, el vestir de negro lo hacía ostensible al resto, quienes sabían que no había que andar complicando la vida a esa persona con propuestas de obligada diversión. El luto era el rito por el cual se permitía a las personas ser infelices durante un tiempo y cesar en la fatigosa búsqueda de la felicidad.

Hoy en día podemos extrapolar esta presión a casi cualquier sentimiento considerado negativo: la angustia, el miedo, la tristeza, la rabia... Si algo supo transmitir la película de animación de Pixar, "Inside Out", es que las emociones y sentimientos no son per se "buenos" ni "malos". Tal vez nos resulten agradables o desagradables, pero lo fundamental es que sean apropiadas al contexto. Tienen su sentido: un origen y una finalidad. Todas sirven. Entrar en un la dinámica de combatirlas a toda costa es una receta infalible para ahondar en la confusión y el malestar.

Por eso, aunque hay muchas personas que saben hacerlo de forma intuitiva y son aquellos "que saben escuchar", quizás todas las personas deberíamos aprender unas nociones básicas de acompañamiento y verdadera escucha.

Muchas veces en consulta les pregunto a mis pacientes si saben lo que se le dice a los dolientes en un entierro. Y la abrumadora mayoría lo sabe: "te acompaño en el sentimiento", me contestan. Efectivamente, les digo, no serviría de nada regalarse con un "lo superarás pronto", "no es para tanto" o "tenía que ocurrir", ni tampoco "en dos años te habrás olvidado de todo esto", por muy cierto que sea objetivamente hablando. No hay nada que moleste más a alguien que sentir que se le quita hierro a su sufrimiento, que se niega su emoción.

Ilustr. Livia Marin.

El rito, en cambio, esta frase que aprendimos de memoria como un refrán, tal vez sin pararnos a pensar en su significado, está llena de sabiduría. Ante las circunstancias de la vida no podemos cambiar lo que sentimos ni lo que sienten los demás. La mayor parte de las veces solo podemos mostrar nuestra solidaridad, haciendo notar que nos com-padecemos, que padecemos en compañía. Que estamos ahí junto a ellos, ni delante tirando ni detrás empujando. A la par, en relación.

Cuenta Yalom en su biografía que al inicio de uno de sus grupos de terapia para pacientes terminales, una mujer que padecía un cáncer muy avanzado abrió la sesión contando un cuento. El terapeuta lo recoge tal cual se pronunció, reconociendo que jamás se le habría ocurrido un inicio de sesión más brillante. Dice así:

Un rabino mantenía una conversación con Dios acerca del Cielo y del Infierno. "Te mostraré el Infierno", dijo el Señor, y condujo al rabino hasta una habitación con una gran mesa redonda. Las personas sentadas alrededor de la mesa se encontraban famélicas y desesperadas. En el centro de la mesa humeaba una enorme olla de estofado. Olía tan delicioso que al rabino se le hizo inmediatamente la boca agua. Cada una de las personas allí sentadas sostenía una cuchara con un mango extremadamente largo. A pesar de que las largas cucharas permitían alcanzar la olla, sus mangos eran mucho más largos que los propios brazos de los comensales. Es por ello que, incapaces de acercar la comida a sus labios, ninguno de ellos conseguía comer. El rabino pudo ver que, sin lugar a dudas, su sufrimiento era terrible.

"Ahora te mostraré el Cielo", dijo el Señor, y marcharon a otra habitación, exactamente igual que la primera. Allí encontraron la misma mesa redonda, la misma olla de estofado. Las personas allí sentadas estaban equipadas con las mismas cucharas de mango largo, y sin embargo todo el mundo estaba bien alimentado y rollizo, todos reían y charlaban. El rabino no podía entenderlo. "Es muy simple, pero requiere una cierta habilidad", dijo el Señor. "En esta habitación, como verás, han aprendido a alimentarse los unos a los otros."


Cuando decidimos adoptar la mirada existencial en terapia, o en nuestra vida, cuando decidimos mirar al Sol, la conclusión acaba siendo la siguiente: que solo podemos soportar la vida en relación.

Fotograma de la maravillosa "La mejor juventud"

Por eso, para este año que empieza mañana, desde Anábasis, os deseamos que tengáis compañía, que todos aprendamos a estar con los demás, que nos acompañemos en el sentimiento y que nos atrevamos a dejarnos espacio los unos a los otros cuando necesitemos estar a solas con nosotros mismos.


Bibliografía:
Becoming myself. A psychiatrist´s memoir. Irvin D. Yalom. Piatkus. London, 2017.
Psicoterapia existencial. Irvin D. Yalom. Herder. Barcelona, 2010.

domingo, 22 de octubre de 2017

El neurólogo de la chupa de cuero

1. Redescubrimiento

Quizás víctima de la deformación profesional cada vez me interesan más las biografías, especialmente aquellas en las que el autor escribe para entenderse a sí mismo.

Hace un tiempo le regalé "En Movimiento", la autobiografía de Oliver Sacks, a un compañero psiquiatra que cumplía años. Yo todavía no había leído el libro, pero pensé que ambos respetables doctores compartían innegables semejanzas como el culto al cuerpo y el amor por las motos de gran cilindrada. Cuando unos meses más tarde otro buen amigo me obsequió a mí con este mismo libro pensé que había llegado la hora de conocer de primera mano al afamado doctor Sacks, alguien de quien sabía muy poco más allá de su nombre y el título de varios de sus libros.

Reconozco que hasta la fecha solo había leído su mayor éxito de ventas, y me doy cuenta de que cometí el error de leerlo demasiado pronto. Reabro las páginas de "El hombre que confundió a su mujer con un sombrero" para comprobar que lo di por concluído en el año 2006, mientras cursaba cuarto de carrera. Avergonzado por mi presunción estudiantil me prometo releerlo con calma, pero también me siento a escribir estas líneas, en un intento por compartir con quien pueda interesarle aquello que he (re)descubierto.


2. El deseo de narrar

Pensaba que al leer "En Movimiento" me encontraría con el proceso vital de un eminente neurólogo que, además, poseía una envidiable habilidad para la divulgación. Pero en lugar de eso me topé con que Sacks siempre fue esencialmente un contador de historias. Este detalle tiene su peso y acabaría resultando determinante en su vida. Todos poseemos la capacidad de juntar letras y amontonar frases en un intento por hacernos entender. Pero el escritor no puede elegir. El escritor necesita escribir, como una pulsión innegociable. Hacia el final de su obra nos confiesa que para él "el acto de escribir sirve para clarificar mis pensamientos y sentimientos. [···] es una parte integral de mi vida mental; las ideas surgen y cobran forma en el acto de escribir. [···] una forma especial e indispensable de hablar conmigo mismo."

A lo largo de esta conversación consigo mismo Sacks nos habla, como no puede ser de otra manera, de su origen londinense y de su familia de doctores, de las amistades que va trabando, de sus viajes en motocicleta intentando encontrar algo parecido a una vocación entre California y Nueva York. Aficionado a la química y a la botánica desde niño, lector voraz de los últimos científicos románticos, habría de realizar un doloroso descubrimiento al dar sus primeros pasos como joven médico. Descubre (con la ayuda de sus espantados tutores, hay que decirlo) que es demasiado impulsivo y disperso como para dedicarse al mundo de la investigación. Lejos de ofuscarse, Sacks tiene el valor de reconocer hasta qué punto sus lecturas juveniles le habían llevado a idealizar esa empresa del conocimiento.

Pero la renuncia al laboratorio no afectaría en lo más mínimo a su insaciable curiosidad, sino que simplemente la habría de redirigir hacia campos más afines a su personalidad y, a la postre, provechosos. Descubrirá de forma casi inesperada un placer genuino en el trato con otros seres humanos. Y este placer le permitirá ir más allá de los síntomas y signos manualizados, o los remedios de prescripción, para descubrir y apasionarse con las historias que esperan a ser hiladas de entre las vivencias de los pacientes neurológicos.

No dejan de tener interés los avatares editoriales y literarios, estos últimos relacionados con los vericuetos de la creatividad y sus bloqueos. Pero que un médico publique reflexiones sobre casos clínicos no habría pasado de mera anécdota de no ser por el tremendo e inesperado efecto que habría de tener sobre su campo de especialidad. Y es que el afán narrativo de Sacks, combinado con la escucha profunda y respetuosa que dirigía a sus pacientes, no solo dio pie a un fenómeno literario con trazas de género, sino que fue capaz de despertar verdadero interés, de poner el foco en un campo muy concreto de la medicina y en los individuos que, olvidados, habían de sufrir sus extrañas patologías. Es difícil calcular cuántos especialistas en neurología se habrán decantado por su especialidad después de leer a Sacks. Pero su obra no se queda en un oscuro deleite para neurólogos, sino que trasciende hasta convertir la experiencia subjetiva de sus pacientes en algo universal, que nos sirve para replantearnos nuestra propia "normalidad".

3. Anosognosia y honestidad

Otro efecto colateral de la profesión, imagino, es que cada vez más espero y agradezco la honestidad. Pero nunca resulta fácil mostrar las partes menos lustrosas de uno, o dar con el ritmo y el tono apropiados una vez que decidimos lanzarnos a ello. Lejos de caer en el exhibicionismo banal, Oliver Sacks despliega todas sus aristas de forma increíblemente serena, sin regodeos ni arrebatos autocompasivos. En un ejercicio de ensamblaje de piezas habla de su homosexualidad y proceso de autoaceptación en una época nada favorable a ello. Nos sorprende con el carácter obsesivo de algunas de sus aficiones y motivaciones, hasta el punto de batir un récord de culturismo o viajar miles de kilómetros en busca de plantas mesozoicas, las cícadas. Regala pasajes iluminadores acerca del manejo de su dependencia a determinadas drogas, o de las contradicciones que le producía el no ser capaz de entender muchas veces a uno de sus hermanos, diagnosticado de esquizofrenia. En ese sentido, "En Movimiento" rezuma autenticidad.

Oliver Sacks y Robin Williams durante el rodaje de "Despertares"
Sacks nunca fue un neurólogo al uso, y probablemente su desubicación original le permitiera aclimatarse, sobrevivir a su condición de ser fronterizo, ni plenamente clínico, ni plenamente investigador, tampoco escritor de ficción. Quizás esta cualidad fronteriza, no exenta de disgustos, dudas y tropiezos, fue precisamente que le permitió ir siempre más allá, desplegar su originalidad sin acabar encorsetado ni mustio dentro de los límites de su disciplina madre. En este sentido, a veces se admira por la obra de Luria y tiende a ser un poco neuropsicólogo, en otras ocasiones (quizás influido por sus dos sesiones semanales de psicoanálisis) pasa a ser bastante psiquiatra, para más tarde resurgir el riguroso clasificador de la juventud, antes de intentar dar el salto teorizador. Lo maravilloso es que parece no ser muy consciente de este hecho, de este carácter cambiante, a lo que podríamos llamar (como a los pacientes que tras una lesión neurologica no parecen capaces de reconocer las consecuencias de la misma) algo así como "anosognosia disciplinar".

Esta "anosognosia" sería la que le habría permitido formar parte como pionero de un movimiento apasionante, el del surgimiento de las neurociencias como nueva empresa del conocimiento destinada a pensar de otra manera acerca del eterno problema mente-cerebro y sus implicaciones para el ser humano. Veremos cómo, durante su época de madurez vital entabló amistad e intercambio intelectual con gigantes del pensamiento como Francis Crick o Gerald Edelman, entre otros. Resulta especialmente ilustrativo contemplar cómo, en el proceso de comprender el mundo, se requiere de todas las mentes posibles y sus diferentes enfoques, especialmente en las nuevas empresas, donde la curiosidad y el deseo de saber pueden llegar a contraponerse de forma peligrosa a consideraciones mundanas como los gremios, las teorías asentadas o los egos en disputa.

Y de todo esto nos habla Oliver Sacks, con estilo eficaz y conmovedor. "Para bien o para mal, soy un narrador. Sospecho que esta afición a las historias, a la narrativa, es una inclinación humana universal, que tiene que ver con el hecho de poseer un lenguaje, una conciencia del yo, y una memoria autobiográfica".

Las grandes biografías son aquellas en las que puedes reconocer atisbos de ti mismo y al mismo tiempo encontrar un modelo que brille a una distancia tal que te permita seguir creciendo.

Así que, muchas gracias, amigo.


@JCamiloVazquez