domingo, 28 de abril de 2019

After life. El duelo en comunidad.

"El infierno son los otros"
1. La desesperanza como superpoder. 

Tony (Ricky Gervais) trabaja en el periódico local de un pequeño pueblo de Inglaterra.

O trabajaba. Apenas se pasa ya por la redacción, salvo para incomodar a sus compañeros con sus amargos comentarios y sus nada disimulados deseos de quitarse la vida.

Su jefe -quien además es su cuñado- no sabe muy bien qué hacer con él. Oscila entre mantenerle alejado de la gaceta para que no hunda la moral del resto del equipo y animarle a que salga de casa, a que retome su vida.

Todos están al tanto de lo que le pasa a Tony. Lisa, su mujer, ha muerto víctima de cáncer. La vemos reaparecer -sonriente, a pesar del pañuelo que cubre su cabeza- en forma de mensajes grabados para su marido en previsión de que ella ya no estaría: recuerda desconectar la alarma, come sano, no te vuelvas un cínico que supure rabia contra todo el mundo.

Tony reproduce los videos en su casa a oscuras, invadida de platos sin fregar y botellas vacías. Apenas saldría de la casa si no fuera porque su perra necesita pasear y que él le compre algo de comida. Así que sale. Pero en ausencia de su compañera de vida el mundo ahora se le muestra tan carente de sentido como repleto de idiotas insoportables. 


Ya en el primer capítulo de la serie Tony comparte un descubrimiento peculiar: tras un intento de suicidio frustrado cae en la cuenta de que el tiempo del que ahora disfruta es de prestado. Está vivo, pero sin miedo a morir. Desde entonces Tony no se corta a la hora de decir lo que piensa, se convierte en un emisario de la verdad. Una especie de justiciero existencial encargado de mostrarle a los demás cómo es el mundo, cómo es la vida. Le protegen su indiferencia ante su propia muerte y que ya no le importa el qué dirán. Prueba la heroína. Amenaza a los niños. Se pega con unos ladrones. Sermonea a quien le dirige algún reproche. Vagabundea embriagado en el poder de su propia desesperanza.

2. Sobrevivir al sinsentido. 

A pesar de su rebeldía y su negro sentido del humor, Tony lo intenta, hace lo que se espera de él para superar el duelo.

Acude semanalmente a un catastrófico terapeuta, queda a cenar con otra viuda por insistencia de su cuñado, asiste impávido al monólogo de un supuesto cómico, todo ello con idénticos resultados: nada tiene sentido si Lisa ya no está, después de la vida con ella. 

Pero mientras esta post-vida parece plagada de pequeñas torturas, alrededor de Tony existen otras personas con las que se van sucediendo los encuentros, aparentemente triviales.

Con el gesto asqueado y libreta en mano entra en las casas de esos vecinos que ansían contar su pequeña historia y verla publicada en su gaceta. Conoce la historia del repartidor de periódicos, un joven adicto a la heroína. O la de la prostituta (trabajadora del sexo, apostilla ella) que le ronda para darle amor. Conoce a la cuidadora de su padre, un anciano institucionalizado al que visita a diario sin hacer demasiado caso. También conoce a la mujer del cementerio, imagen opuesta del terapeuta egocéntrico, auténtica escuchadora capaz de confrontar con palabras sencillas. 

Algunas cosas van cambiando. 

Su espíritu justiciero, castigador, el que permite lucirse al monologuista ácido que es Gervais, va dando paso paulatinamente a alguien un poco más abierto a percibir a los demás, a su dolor y sus necesidades.

Poco a poco se va implicando, primero con los más débiles, finalmente hasta con los más aparentemente odiosos. Descubre un cierto bálsamo en cuidar, en ligarse a los demás, en dejar de ser el centro.


3. La tarea en común. 

After life no deja de ser una fábula, pero como tal encierra un núcleo de verdad.

Hace un mes se celebraron en Madrid las Jornadas de la Asociación Madrileña de Salud Mental bajo el lema "Habitar la Comunidad".

Para muchos cada vez está más claro que lo que llamamos salud mental o bienestar (y sus opuestos) dependen fundamentalmente del tipo de relaciones en que hemos crecido y la forma en que esas relaciones se viven (o sufren, o languidecen) al tomar forma en nuestro entorno actual. 

La serie de Gervais nos habla del afrontamiento de las crisis, incluso las más definitivas, no a través de la figura (ridiculizada, en este caso) del profesional, sino a través de los vínculos y las relaciones significativas con las personas de nuestra comunidad. Un buen terapeuta debe ayudar, como la mujer del cementerio, a pensar. Un mal terapeuta puede, a veces, concienciarnos de que nos toca a nosotros actuar.

Pero si hay algo esencial para nuestro bienestar es sentirnos parte de algo. Una comunidad, como un grupo, es algo más que un mero agrupamiento en el espacio y el tiempo de algunos animales humanos. Una comunidad está formada por personas que comparten experiencias y pueden hablar de ellas. La tarea común que tienen esas personas es la de cuidarse. Como tal tarea nunca resulta fácil ni libre de roces, pero huir de ella solo nos condena a la soledad. 

No todos los lugares pueden ser pequeños e idílicos como ese rincón de Inglaterra, pero tampoco debiéramos asumir como natural la anomia de las ciudades, las relaciones mercantilizadas o la fantasía que de la gente enferma como por arte de magia y los demás no tenemos nada que aportar.

Es cierto, terriblemente cierto, que la vida no tiene ningún sentido predeterminado. Y pese a todo, aquí estamos, encarados ante la cuestión de qué actitud adoptaremos, hacia nosotros mismos y hacia los demás.

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Si esta reseña os ha despertado interés, la serie se encuentra disponible en Netflix, junto con toda una serie de brillantes monólogos de Gervais.

sábado, 23 de febrero de 2019

Anatomía de una terapia de grupo

Un círculo de sillas y sillones aguardan a quien los ocupe, como dice uno de los miembros del grupo: "para promover la puntualidad".

Nos sentamos. Va a comenzar la sesión de terapia de grupo. Todas las semanas, durante hora y media, varias personas se reúnen para pensar en común, aprender y traer cambios que mejoren sus vidas.

Fuente: elaboración propia.
El grupo lleva 3 años funcionando. Lentamente, su composición se renueva. A veces, aunque menos que al principio, se produce algún silencio. En esos momentos de reflexión las personas que llevan menos tiempo viniendo suelen buscar la seguridad en la figura del profesional que les ha invitado a participar.

Pero el terapeuta tiene en el grupo un papel diferente al de las sesiones individuales. En el grupo le corresponde participar de manera más discreta. Se encargará entre otras cosas de cuidar la herramienta, el grupo en sí mismo, para que los miembros puedan sacar provecho de ella.

Esto al principio puede descolocar. Parecería lógico esperar que el terapeuta, "en tanto que profesional" les dé por fin las pautas y herramientas que necesitan, consejos o interpretaciones fruto de su conocimiento y experiencia.

Pero cuando uno se incorpora a un grupo lo hace para ir más allá de la acumulación racional de información. Las personas que se incorporan a las sesiones suelen tener ya experiencia en cuanto a terapias individuales. Suelen saber bien por qué sufren, pero tocan techo a la hora de alumbrar cambios.

El grupo es un buen lugar para aprender, pero de una forma más natural. Más parecida a cómo aprendemos en un gimnasio, en un laboratorio o un escenario teatral: experimentando, reflexionando, reajustando. En el grupo el foco del aprendizaje lo ponemos en cómo nos relacionamos con nosotros mismos y los demás, lo cual está en la base de la mayoría de problemas que tratamos los especialistas de la salud mental.


Pero, ¿cómo empezar?

Una buena forma de comenzar puede ser presentarse. Aunque seamos creativos al hacerlo es buena idea compartir qué hemos venido a hacer aquí. Cuál es la tarea que tenemos entre manos.

No es algo evidente, aunque todos coincidan en que "quieren estar mejor", o "desean sufrir menos". Es fácil coincidir cuando las frases son generales, desdibujadas. Pero cada uno tendrá que ir entrando en detalle para saber cuál es su tarea en el grupo, y cómo se trabaja dentro de éste.

Suelo ofrecer a los recién llegados un "kit básico" de tres palabras con las que empezar a trabajar. Estas palabras son: Dificultad, Resonancia y Feedback.


Ilustr. Jon Tyson, vía Unsplah
Dificultad: uno habla desde su experiencia de algo que le cuesta, le hace sufrir o no acaba de entender.

Resonancia: los demás, inevitablemente, sienten cosas con respecto a la dificultad que se ha expuesto. Desde sentirse plenamente identificado hasta percibirse indiferente o confundido.

Feedback: los demás pueden compartir lo que han sentido o qué aspectos de su propia historia han resonado con lo que se dijo.

A trabajar en el grupo se aprende sobre la marcha, con lo que estas 3 guías pueden ser abandonadas en su literalidad una vez que han sido incorporadas intuitivamente en la práctica. Con esto tenemos los rudimentos de estar en un grupo. Poco a poco iremos hablando y viendo más claro cómo funciona el asunto.

Aún así hay unos lemas que suelo recordar, como avisos a navegantes que reaparecen de cuando en cuando.

El primero: "el grupo es vuestro". No hay temas buenos ni malos para hablar. Podemos hablar de lo que sea, ya que el objetivo está en aprender de lo que sucede mientras hablamos. Por lo tanto el contenido de la sesión depende de sus integrantes, y suya es la responsabilidad de que se profundice o no en los asuntos que les atañen.

El segundo: "quien aporta recibe". Se puede estar de muchas maneras en el grupo, y se aprende también desde la escucha, desde la observación. Sin embargo, es innegable que quien habla arriesga. Uno se expone ante los demás, o tal vez remueve al hablar un tema incómodo. A cambio seguramente obtendrá un mayor retorno.

El tercero: "el pasado es informativo, el presente productivo." Hablar de nuestra historia puede aportar mucha luz a lo que nos sucede en el presente, ya que sin duda encontraremos pautas que se repiten y será más fácil darles sentido. Pero no es necesario hablar del pasado para aprender. En el presente de las sesiones nos encontraremos las mismas dificultades que nos hacen sufrir y nos han traído al grupo. Ante la duda, lo mejor es poder compartir en un momento determinado cómo se está sintiendo uno en la sesión.


Pero, ¿interviene el terapeuta en algún momento?

Interviene, pero de otra manera. Observa con atención, y cuando hace falta perspectiva comenta lo que ve. Lee e interpreta la situación. Señala cómo se están relacionando los integrantes. Cómo el grupo se está relacionando con la propia tarea que les trajo a él en primer lugar. Pide aclaraciones. Propone otras posibilidades donde todo parece acotado. Desafía el sentido común.

En algunos momentos rescata cosas que se dijeron durante la sesión o la precedente. Son aportaciones que vale la pena subrayar para darles una vuelta, o que representan una situación compartida por varios miembros del grupo o por el grupo en su totalidad: algunos los llaman emergentes.

Personalmente, me gusta terminar los grupos con una recapitulación de lo que ha ido surgiendo, y de cómo hemos hablado entre nosotros. Ofrezco algunas de mis ocurrencias y las pongo a disposición de los miembros para que sigan pensando. Por lo menos ahora es así como lo hago. No sé si durará. A lo largo de estos 3 años yo también he ido cambiando.

Ilustr: Jeremy Perkins, vía Unsplash

Si deseas conocer más en profundidad la experiencia de asistir a una terapia de grupo te invito a leer el resto de entradas que hemos ido publicando acerca de la psicoterapia de grupo. También te recomiendo la estupenda novela de Irvin Yalom titulada "La cura Schopenhauer".

@JCamiloVazquez

martes, 12 de febrero de 2019

¿Por qué esto me afecta tanto?

Sé amable, cada persona que te encuentras está librando su propia batalla. 
Reverendo John Watson (comúnmente atribuida a Platón) 

Los burgueses de Calais, Rodin.

1.
La vida no es fácil para nadie.

A un nivel u otro, precarios o acomodados, todos sufrimos.

Nuestro sistema nervioso permite que nos adaptemos de forma flexible a las circunstancias. Es por eso que, con el tiempo, todos nos aclimatamos a lo que nos pasa. Nuestro umbral del dolor varía sin que nos demos cuenta y de esa forma vamos tolerando el día a día.

Este es uno de los motivos por los que somos tan malos anticipando nuestro nivel de alegría o desesperación futuras si nos planteamos cómo sería hacerse rico de golpe, obtener un logro ansiado o sufrir una desgracia. Ni siquiera las vidas de aquellos que ganaron la Lotería, pasado el subidón inicial, se diferencian mucho de las nuestras. Nos guste o no reconocerlo, también lo pasan mal.

De ahí que comparar el sufrimiento entre personas sea siempre un asunto complicado, terreno abonado para los malentendidos. Lo que para uno es una cosa trivial, a otra persona se le hace un mundo. El caso es que todos sufrimos y deseamos que los demás den crédito a nuestro sufrimiento. Porque el malestar sí que es el mismo, aunque cambien los motivos capaces de producirlo.

En ocasiones sufrimos un revés y, en lugar de compararnos con otros, intentamos comparar el dolor que estamos sintiendo con el de otras épocas de nuestra vida. Nos comparamos con nosotros mismos a lo largo del tiempo. Pero a veces esto trae también sus propias complicaciones.

2.
Recientemente vino a consulta una persona angustiada. Actuaba como agravante de su malestar la perplejidad, el no terminar de entender lo que le estaba ocurriendo:

"Con todo lo que yo he pasado antes... ¿cómo es posible que esto me haya afectado tanto?"

Con "esto" se refería a un problema en el trabajo.
No se trataba de algo mortal ni irresoluble, pero sí desagradable y mantenido en el tiempo: un conflicto con un superior.

En los inicios de su problema, superado el disgusto inicial, pensó que había vivido situaciones mucho peores anteriormente. Pérdidas familiares. Decepciones. Esfuerzos económicos. De alguna manera esperaba que toda aquella desagradable situación quedase pronto atrás. Así podría retomar su vida.

Los burgueses de Calais (detalle), Rodin.
Pero pasados los primeros meses, sin llegar a materializarse ningún cambio concreto, esta persona comenzó a sentir miedo, a desesperarse. ¿Por qué no terminaba de resolverse todo aquello? Al fin y al cabo la solución parecía fácil. Sin embargo había una complicación: que siguiera o no bajo el mando de aquella persona tan hostil no dependía de su voluntad, sino de la de otros responsables de la institución.

Medio año después, sin señales de esos otros, reinaba la parálisis en nuestra consulta. Hablaba del miedo que sentía hacia las cosas más triviales: coger el coche, salir de casa, quedar con su gente. Nada le interesaba ni apetecía. No sabía qué pensar, hacer o esperar. Y no lo entendía, aseguraba: "¿cómo puede ser que esté yo así, si soy fuerte?". Inexplicable.

3.
Aquello me hizo recordar que, de nuevo, la clave de que aguantemos o nos derrumbemos no depende tanto de lo que nos hace sufrir, sino de dos aspectos clave que vamos a llamar control y sentido.

El control es la sensación de que algo podemos hacer.

Las personas, por lo general, aprendemos a afrontar las dificultades de una o dos maneras, básicamente. Son los estilos o estrategias de afrontamiento o, como se las llama comúnmente: herramientas. A medida que vivimos experiencias nos podemos volver bastante buenos usando esas "herramientas". Pero, ¿qué ocurre si nos enfrentamos con algo totalmente nuevo?. ¿Y si ninguna de mis herramientas conocidas me permite dar una respuesta satisfactoria al problema?

En esos casos podemos sentirnos incapaces de afrontar el origen de nuestro sufrimiento. Si nada cambia será probable que nos acobardemos. Evitaremos el contacto con lo que nos hace sufrir. Nuestra vida empezará a empequeñecerse en busca de la seguridad. Pero, paradójicamente, cada vez nos sentiremos más frágiles e impotentes.

Ilustr: Life of Pi. Fox 2000 Pictures.
Esto fue lo que descubrió el psicólogo Martin Seligman a través de sus investigaciones con animales. Aquellos que eran castigados independientemente de su conducta acabaron acurrucándose y mostrando una conducta inhibida similar a lo que se entiende como depresión en los humanos. A este modelo conductual se lo llamó "indefensión aprendida". Es el resultado conductual de sentir que no se tiene control sobre las circunstancias. Como si nuestro cuerpo decidiera que es el momento de dejar de luchar, de ahorrar energías hasta que las circunstancias cambien, y nuestros actos vuelvan a tener efectos.

4.
La impotencia de no tener control sobre una situación ya es difícil de sobrellevar, pero aún más inquietante es el hecho de no poder entenderla. En ocasiones no somos capaces de encontrar un sentido a nuestro sufrimiento. 

Este sufrimiento que escapa al sentido está en la base de las situaciones potencialmente traumáticas.

El caso es que las personas podemos afrontar casi cualquier dolor imaginable siempre que seamos capaces de elaborar la experiencia a través de símbolos (normalmente palabras) que nos permitan encajar la experiencia dolorosa en el marco general de nuestra historia personal y nuestra forma de entender el mundo.

Esta fue la conclusión a la que llegó el famoso psiquiatra Viktor Frankl, quien narró sus terribles vivencias como prisionero en un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. En su mundialmente conocida obra "El hombre en busca de sentido", Frankl relató cómo el hecho de poder encontrar una explicación a lo que estaba pasando era lo que caracterizaba a muchos de aquellos prisioneros que consiguieron sobrevivir al encierro, al igual que le pasó a él mismo. Aquellos que, demasiado aturdidos, se veían incapaces de procesar o entender lo que había pasado normalmente no tenían tanta suerte. Era mejor encontrar un sentido, por terrible que fuera (muchos se convencieron de que el Holocausto era un castigo por los pecados del pueblo de Israel), que el abismo del absurdo.


Ilustr: Life of Pi. Fox 2000 Pictures.

No hace falta llegar a situaciones tan extremas. Lo traumático no tiene por qué tratarse de una situación límite. Reconoceremos este tipo de vivencias sin sentido porque tienden a repetirse una y otra vez en forma de preocupaciones obsesivas, conversaciones circulares sobre lo sucedido, sueños con un esquema repetitivo o recuerdos intrusivos. A través de la reexperimentación es como si tratásemos, involuntariamente, de "procesar" la experiencia, de encontrar un ángulo a través del cual podamos por fin entenderla.

5.
¿Qué hacer?

En consulta debemos comenzar a recorrer el camino de lo más fundamental a lo más concreto. 

Lo primero es ayudar a dar sentido. Hablar con otras personas (familiares, amigos) puede ayudarnos a tener puntos de vista distintos. La mayor parte de las experiencias nos permiten aprender de esta manera. Pero cuando esto no sea suficiente, la conversación con el terapeuta irá destinada a reconstruir la historia personal, rescatando de la biografía las piezas que permitirán entender por qué la experiencia no pudo ser asimilada. Con el trabajo conjunto, de la persona como experta en sí misma y del terapeuta como experto en conversación, se irá reelaborando la experiencia desde el campo del absurdo al discurso con sentido.

Ilustr. Livia Marin
Lo siguiente será rescatar los valores significativos de esa persona. ¿Qué tipo de persona quieres ser cuando nos paramos a evaluar las principales áreas de tu vida? ¿Por qué tipo de cosas valdría la pena asumir costes, pagar un precio, y cuáles serían prescindibles si lo piensas con detenimiento? ¿Qué cosas llenaban antes tu día a día y ahora se han ido quedando a un lado?

Finalmente, entendida la situación y fijada la dirección de nuestros actos, habrá que intentar ir retomando poco a poco cuotas crecientes de control. Dar sentido no deja de ser una forma de ganar control cognitivo sobre lo que nos ocurre. Ahora toca pasar a los actos. Comprender una situación y nuestro papel en ella forma parte del primer paso del proceso de resolución de problemas. Una vez hayamos comprendido podremos empezar a valorar opciones, a planificar, ponderar y finalmente tomar decisiones, que serán las que nos permitan salir del contexto que nos hizo tambalear en primer término.

Probablemente las heridas nos duelan un tiempo todavía, y tardemos un tiempo en resolver lo que tanto nos ha afectado. Pero estaremos ya en marcha. Y el miedo irá menguando.

@JCamiloVazquez

lunes, 31 de diciembre de 2018

Conócete a ti mismo (I). El inagotable juego de la identidad.

Estos días festivos abundan las listas de lo mejor del año, las recapitulaciones personales y las noticias curiosas en redes y televisión. Entre estas noticias destaca últimamente la de "la palabra del año".

Según el diccionario Oxford, la palabra más representativa del pasado 2017 fue fake-news (bulos), tomando el relevo de la ganadora de 2016: postruth (postverdad). Este 2018 parece que la agraciada por los académicos ha sido el término toxic, que en España llevamos tiempo usando para adjetivar a compañeros, jefes o relaciones amorosas bajo el paraguas de lo tóxico.

Sin duda cada una de estas palabras ha tenido su impacto pero, si de nosotros dependiera, la más relevante de este año, la de mayor calado, no hubiera sido otra que identidad.

Esto tiene que ver con la creciente presencia en la opinión pública de las denominadas "políticas identitarias", así como su contrapartida reaccionaria. Pensamos que la identidad está dando, y dará, mucho que hablar. Pero es que además nos parece un concepto fundamental para comprender a las personas y para poder ofrecer una mirada más amplia en consulta.


¿Qué es la identidad?

A lo largo de algunas entradas vamos a ir de lo particular a lo general. Empezaremos a plantearnos la identidad desde el nivel del individuo para pasar más tarde a lo colectivo. Ya veremos que esto implica, en realidad, desandar el camino de la identidad marcha atrás.

Un ejercicio que a veces proponemos en la consulta es el siguiente: "descríbase a usted mismo".

La persona comienza a usar palabras que, de alguna manera, piensa que la definen. Sería algo así como pedirle que nos muestre la fachada de su casa. La fachada es la parte más visible de la construcción, la que el arquitecto se esmera más en decorar y en la que se invierten los materiales de mejor calidad, lo que estamos dispuestos a mostrar. Abusando del símil, sería algo así:


Si seguimos tirando del símil podemos decir que las palabras que empleamos para describirnos son esos ladrillos vistos que le dan vida a la fachada. Si los examinamos con calma veremos que muchos de ellos son de fabricación propia. Son palabras que sentimos relacionadas con nosotros mismos. Pero también habrá ladrillos de importación, palabras que nos definen pero que han sido aportadas por otros: "mis padres dicen que soy...", "en el trabajo me tienen por...".


Analizando la composición de los ladrillos de esa fachada podríamos ver algo así:

A veces parte del ejercicio consiste en desgranar el origen de los ladrillos: ¿eso que me dice de sí mismo lo piensa usted o es algo que le dicen a menudo?, ¿le han convencido?, ¿fabricó usted esos ladrillos o son de importación?

Ya vamos viendo dos cosas acerca de la identidad:
  • No es algo que tenemos, sino que es algo que hacemos con palabras. La identidad es el discurso acerca de uno mismo. 
  • En la construcción de ese discurso están entremezclados el individuo y los otros. El discurso identitario depende de la relación con los otros. 
El discurso acerca de uno mismo (identidad) suele ser bastante informativo. Puede dar cuenta de dificultades a la hora de relacionarse con uno mismo y con los demás. Estas dificultades estarían en la base de lo que entendemos como trastornos de la personalidad, pero también de diversos sufrimientos que todos compartimos en un momento dado.

Podemos apreciar fachadas de diferente tipo, por ejemplo:

Un discurso invadido o colonizado por las descripciones ajenas es lo que podríamos llamar un "yo alienado". Apenas hay indicios de discurso genuino en la persona, sea consciente de ello o no. En el extremo opuesto tendríamos a las personas autárquicas que se oponen sistemáticamente a cualquier calificativo que no proceda de ellas mismas. Nos señalarían estilos de relación rígidos. Como suele ocurrir, la virtud está en el medio, y lo habitual es disponer de una cierta capacidad para aceptar ladrillos de importación, esas observaciones que los demás nos hacen de buena fe, al tiempo que capacidad para tener una palabra autorizada sobre aspectos de uno mismo.

Sobre la identidad ya habíamos hecho mención en una entrada anterior, al abordar el tema de la personalidad. Desde nuestro punto de vista, a fin de comprender a las personas que atendemos en consulta, deberíamos ser capaces de integrar tres aspectos diferentes aunque relacionados de su forma de ser: temperamento, carácter y, por último, el escalón ausente en el modelo de Clonninger: el de la identidad.

Adaptado de Cloninger CR, 1993.

Cuando uno realiza la lectura de sí mismo, desde lo alto de esta pirámide de tres plantas, podrá hablar con cierta seguridad de quién es y de quién quiere ser, pero puede que los escalones inferiores nos vayan costando un poco más. No en vano los hábitos son automáticos, y al no prestarles atención, con frecuencia los olvidamos. Algo similar pasa con el temperamento, que nos acompaña desde nuestro nacimiento. Puede que nos resulte inconcebible que haya otras temperamentos, por lo que en ocasiones son los demás los que nos lo tienen que señalar, como pasa mucho con eso que quizás en el futuro veamos como un temperamento y hoy llamamos TDA.

Aunque las personas solemos creer que nos conocemos bien, el caso es que esto es dudoso en el mejor de los casos. Como somos muy de usar metáforas, cuando se nos consulta sobre esto solemos explicar que conocerse a uno mismo es como intentar rascarse la espalda. Existen zonas de nuestra anatomía que tenemos más o menos a mano y conocemos bien. Nos las podemos apañar. Pero hay otras zonas que quedan fuera de nuestro alcance y requieren de la mirada ajena para que nos revisen éste o aquel lunar. Necesitamos por tanto a los demás, aunque a veces prefiramos ocultarnos para que no nos den una mala noticia.

Esto nos lleva al asunto de lo que conocemos o desconocemos de nosotros mismos, y lo que conocen o desconocen de nosotros los demás. Para terminar de apuntalar las bases conceptuales de la identidad rescataremos el conocido modelo de la ventana de Johari, que propone diferenciar 4 ámbitos personales en función de el grado de conocimiento de la información sobre uno mismo.

Adaptado de Luft, J.y Ingham, H. (1955)
Existe mucho debate últimamente acerca de cuál es la mejor manera de evaluar la personalidad, teniendo en cuenta que si uno rellena un cuestionario tal vez tenga una imagen sesgada de uno mismo o desconozca (u oculte) aspectos importantes de su forma de ser.

En muchas ocasiones la terapia individual se basa en lograr que lo desconocido pase a ser tenido en cuenta por el individuo. A veces el foco del tratamiento consiste en ayudar a otras personas a que puedan ir abandonando el parapeto identitario (dobles vidas) que se han construido, y que la información pueda fluir de la conocido para uno a lo conocido por uno y por el resto.

En este sentido la terapia de grupo resulta de particular utilidad. Disponer de un espacio de apoyo donde el objetivo consiste en analizar cómo nos relacionamos en el momento presente permite disponer no ya de uno, sino de varios espejos en los que verse, a través de los ojos de los demás. El conocimiento puede fluir en un entorno de seguridad. Y cuando el conocimiento fluye aprendemos, nos adaptamos mejor a la realidad.

Conócete a ti mismo, por tanto, esa frase que grabaron los griegos en mármol, vemos que no es un consejo pregrino, sino una tarea para toda la vida. Quizás la más importante de todas.

Para no alargarnos demasiado finalizaremos aquí esta entrada. Nos quedan muchas cosas en el tintero, con lo que nos comprometemos a seguir publicando sobre el papel de los grupos en la identidad, así como el marco más amplio, que llamamos cultural.

Por el momento os deseamos un Feliz año 2019, con nuestro deseo de podáis seguir creciendo, adaptándoos y descubriendo aspectos nuevos de vosotros que enriquezcan vuestra identidad.




Referencias:
  1. Cloninger, CR; Svrakic, DM; Przybeck TR: A Psychobiological Model of Temperament and Character. Arch Gen Psychiatry. 1993;50:975-990 
  2. Hogan R, Foster J. Rethinking Personality. Int J of Personality Psych. 2016;2:37-43
  3. McAbee S. T., Connelly B. S., A multi-rater framework for studying personality: The trait-reputation-identity model. Psychol. Rev. 123, 569–591 (2016).