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miércoles, 29 de abril de 2026

Extraña vocación de piedra

Vulnerabilidades psicológica y existencial de los profesionales sanitarios.

Texto basado en mi intervención en la
Escultura de Antony Gormley
IIª Jornada de Diálogo entre Humanidades Médicas
, celebrada el 15 de abril de 2026 en la Facultad de Humanidades de la UNED, Madrid.

1.

Vulnerabilidad es la posibilidad de resultar heridos
es decir, la posibilidad de que el exterior se imponga y atraviese nuestras fronteras
generando un daño no superficial, sino uno que nos cambie,
que nos deje huella.

Tal y como nos suele pasar con el trabajo,
que nos cambia más él a nosotros
de lo que llegaremos a cambiar nosotros al trabajo en sí.

Todos somos, por tanto, vulnerables,
aunque durante los últimos 200 años hayamos vivido en una cultura que lo niega
lo oculta, lo reprime, que fantasea con la juventud eterna y la inmortalidad,
que ensaya todos los medios técnicos posibles
para no depender de los demás.

Es la fantasía del individuo autónomo, que dice bastarse a sí mismo;
ocultando el sometimiento del Otro, y del mundo exterior,
escondiendo sus residuos
como esa isla gigante de plásticos que sigue flotando todos los días
en el Océano Pacífico mientras soñamos con enviar humanos a Marte.

Esculturas de Antony Gormley

A pesar de las fantasías y las proclamas para endurecernos
la historia de la humanidad, y los hechos de nuestras vidas son tozudos
y nos hablan de infortunio, envejecimiento, enfermedad
y también de interdependencia y proyectos que sólo se alcanzan cooperando entre muchos.

El sistema sanitario público es, aún hoy, uno de esos frutos milagrosos de lo común.

2.

¿Diferimos las personas en cuanto a la vulnerabilidad?
En lo cuantitativo sí. Para empezar unos ya han sido más vulnerados que otros.
No partimos todos de la misma base de negligencias, daños y maltratos.

Ahí la forma en que nacemos, nos crían y cuidan
en nuestras familias, en nuestros grupos de pertenencia y comunidades
marcan un punto de partida del que no podemos escapar fácilmente.

Y diferimos también en las fuentes de nuestros daños presentes
Ahí el trabajo se impone como uno de los escenarios principales.
El trabajo determina los tipos más frecuentes de agresiones que enfrentaremos.
No se sufren los mismos daños desde la consulta, la ambulancia o la sala de urgencias
que en la oficina enmoquetada, el salón de belleza, la barra de bar o el campo de batalla.

Pero primero se me ha pedido que hable de vulnerabilidad psicológica.
Se nos va la mente al individuo. Sigámosla un rato por esta senda.
Encontraremos 3 hitos en ella:
  • Uno: somos animales.
  • Dos: no cualquier animal. Dentro de los mamíferos, somos primates.
  • Tres: Primates particulares. Somos seres verbales.

Es decir, como animales, somos sensibles a las contingencias.
Observamos que si primero viene una cosa, luego suele venir otra. Aprendemos.
Que a los esfuerzos suelen seguir recompensas. Seguimos aprendiendo.
Y son estas cadenas de actos y consecuencias las que modulan nuestra acción.
Hasta los ratones de laboratorio se deprimen
si presionan la palanca sin obtener respuesta.

Cabría entonces preguntarse: ¿obtienen hoy los trabajadores lo que esperan a partir de su esfuerzo?, ¿qué nos dice nuestra experiencia?

Como primates somos animales hipersociales. Necesitamos al otro.
Me gustaría subrayar esta palabra: necesitamos.
La necesidad convoca sentimientos complicados. Está preñada de ambivalencia.
Necesitar al otro unas veces nos gusta, nos arropa, y otras nos frustra.

Sea como sea, pasamos la vida en grupos, fuera de los cuales nos consumimos.
La convivencia en grupo no es sencilla.
Es un tira y afloja continuo entre cooperación y competición.
El equilibrio es importante. Los grupos se resienten de la desigualdad
pero no por ello los individuos dejan de intentar colocarse ventajosamente
dentro de la jerarquía, tanto la espontánea como la socialmente impuesta.
Y todo grupo tiende a defenderse oponiéndose espontáneamente al acopio de poder.

Otra derivada social clave. Nunca nos sentimos bien o mal en términos absolutos
sino que siempre nos medimos en relación a los otros. Nos comparamos.

La pregunta ahora sería: ¿cómo se están sintiendo los diferentes profesionales en relación con todos los demás?, ¿piensan que ha habido cambios en su posición dentro de la jerarquía social?, ¿creemos que los demás nos ven de otra manera?.

Como seres verbales, como primates enamorados de símbolos,
conscientes de nuestro fin y también de nuestros fines,
tenemos la imperiosa necesidad de dar sentido a nuestra experiencia.
Poner en palabras lo que nos pasa
, lo que hacemos,
y crear una breve historia que encajamos más o menos armoniosamente
en la trama narrativa de nuestra propia biografía.

También significa que somos capaces de crear reglas verbales a las que someternos.
Es decir, adoptamos sistemas de valores a los que llamamos principios
y que pueden entrar en conflicto
unos con otros (como sucede cuando el celo hacia el trabajo choca con la vida familiar, por ejemplo)
o con nuestra propia conducta (cuando sentimos el sufrimiento moral de vernos obligados por las circunstancias a actuar contra nuestros principios, o impedidos para el correcto proceder).

Pensemos ahora, no en cualquier persona trabajadora, sino en la heterogénea tribu de las trabajadoras sociosanitarias, mujeres en su mayoría.
No pasemos por alto lo que esto implica de histórico sometimiento a la dominación masculina
y la asunción todavía predominante de la tarea de cuidar.

De entre los factores personales que alimentan la pira
en la que más tarde puede que arda hasta consumirse nuestra vocación
tiendo a destacar tres:

Los diversos motivos, que condujeron a acabar dedicándose, entre todos los posibles oficios y profesiones del mundo, precisamente a esta, a cuidar.

La personalidad y los obstáculos que ésta nos plantea a la hora de enfrentar el trabajo, bien por falta o exceso de empatía, exceso de sentido de responsabilidad o el deseo de agradar y complacer que dificulta la puesta de límites.

Y por último las expectativas puestas en el trabajo. Una de las orillas bañadas por la distancia entre el ideal que uno esperaba y la realidad material que acabó encontrando.

Motivos. Personalidad. Expectativas.




3.

Está también el trabajo en sí, claro.
Trabajando para nuestros (dense cuenta de lo que implica el posesivo) pacientes
nos exponemos a las incontables caras del sufrimiento.

Y daría para hablar largo y tendido el repasar cómo han ido cambiando
las profesiones sociosanitarias a lo largo de la historia
conforme se imponían los avances tecnológicos y sucesivas formas de organización.

Pero hoy se me ha pedido que me centre en lo que, convencionalmente, entendemos como psicológico: nuestros adentros.

Cuando nos toca hacerlo en los grupos de desgaste, en nuestra unidad,
la sesión que aborda nuestros adentros
- ya saben: motivación, personalidad, expectativas -
nos parece siempre una sesión delicada
(aunque siempre termina bien y se suelen marchar agradecidos)

Delicada porque al centrarnos en esos factores individuales algunas personas guardan silencio educadamente. Otras protestan indignadas:
"No es problema mío, sino del sistema, la sobrecarga, la burocratización, los liderazgos autoritarios o abandónicos."

Y sí, es así, pero no solo.
Que es como decir: lo psicológico va en realidad más allá de lo individual.
Pero llegaremos a ello en unos momentos.
Quería hablar primero de este sentimiento que, cuando hace entrada en escena
suele distorsionar nuestra capacidad para pensar y entender: la culpa.

En este mundo del desgaste profesional, del Burnout, del sufrimiento de los sanitarios
parecería que a veces nos movemos pendularmente
entre culpar al sistema por sus insuficiencias manifiestas
o bien culparnos a nosotros por débiles, incapaces de cuidar eternamente con alegría.
Oscilando de un lado a otro, sin llegar en realidad a ninguna parte.

Con el tiempo he llegado a pensar que nuestra necesidad de dar sentido,
unida a nuestra naturaleza hipersocial, siempre atenta al estado de las relaciones,
a nuestra propia reputación dentro de grupos humanos,
es la que pone la culpa a funcionar.
Nos centra en una arista del problema
y nos dificulta apreciar todas las demás.

La culpa nos devuelve a las personas al modo de pensar por defecto, el lineal,

según el cual para cada causa hay un efecto.
Y se culpa siempre con una finalidad social: condenar o ser perdonados.
Pienso que interpretar el sufrimiento en clave de culpa es un intento
de construir un significado que preserve nuestra posición en el grupo social.

Pero debemos pensar un poco más allá si es que buscamos afrontar problemas como el desencanto de los profesionales sanitarios.

Y es que, si una llave y una cerradura encajan, ¿de quién es la culpa?, ¿de la llave?, ¿de la cerradura?.

Necesitamos espacios como éste,
para pensar desde la calma
con la mirada abierta a la complejidad.

4.

No existe tal cosa como una psicología puramente individual
más allá de los libros y las teorías
que creamos para entender el mundo. 

Cierta rama de la Psicología Social, la Operativa
entiende y propone que los sujetos
nos vamos construyendo mutuamente a partir de los vínculos
que las personas establecemos unas con otras
al relacionarnos de continuo, a diferentes niveles y escalas de magnitud.

No somos ni seremos nunca individuos enteros,
orbitando alrededor de una esencia.
No estamos preconfigurados
Ni vivimos en el vacío.

Nacemos de madre,
quien nos trae al mundo normalmente dentro de un grupo primario
el cual internalizamos en forma de partes,
partes que a menudo dialogan y entran en contradicción.
Ese grupo primario, normalmente una familia, formaba parte de una comunidad, unida por un entorno y un lenguaje
Que habilitó la posibilidad de relacionarnos con sucesivos grupos
de amistades,
de estudios,
de aficiones,
de trabajos.
Trabajos que nos permiten insertarnos en instituciones
y en los que se replican los mismos mandatos vigentes
en la sociedad que las ha creado.
Mandatos sobre cómo ser mujer, u hombre, o niño, o anciano, o enfermo, o discapacitado en un mundo, para bien o para mal, cada vez más interconectado.

Nuestra psicología, nuestros modos de sentir, pensar y actuar,
son la resultante
de un interjuego entre todos estos ámbitos.

No somos pura voluntad, sino que estamos sobredeterminados
por todos estos ámbitos por los que fluye el poder en ambas direcciones.

Nos quejamos los sanitarios de la institución. ¿No somos acaso parte de ella?



Una parte de nuestra impotencia, creo, procede de pasar por alto
que en toda situación nos influyen estos ámbitos
y que el impulso, aunque más limitado, puede ir de vuelta.
Podemos operar cambios en la realidad
y no solamente ser paulatinamente cambiados por ella.

La vulnerabilidad, por tanto, es mejor que no la pensemos únicamente desde el individuo
ni debiéramos dedicar más tiempo del necesario a la búsqueda de culpables
ante situaciones complejas.

La situación de cada persona requerirá ser analizada
para comprender por qué grietas se nos ha colado e impuesto el exterior
y comprender qué ámbitos están pesando más en su sufrimiento en el trabajo.
Y cada caso nos servirá, ocasión tras ocasión, para pensar el mundo que cohabitamos.
Aunque sea a través del ojo de la cerradura de nuestra consulta.

5.

Por último unas palabras acerca de la vulnerabilidad existencial.

Las palabras nos permiten viajar
en el tiempo y entre los cuerpos.
Podemos acceder a realidades que no tenemos claro que estén al alcance
del resto de animales.

El maestro de psicoterapeutas Irvin Yalom, en su obra Psicoterapia Existencial, resumió en 4 los grandes temas existenciales que subyacen
frecuentemente ocultos bajo la apariencia de otras inquietudes o motivos de consulta:

La certeza de la muerte (aunque solo en pocas ocasiones nos ciegue este hecho)

La irremediable soledad del individuo (que es el único que habita bajo su piel)


La libertad (y la responsabilidad que conlleva)

La inexistencia de un sentido instrínseco o unívoco de la vida.

De estos cuatro jinetes de la angustia existencial
cuando pienso en los profesionales sanitarios
me inclino a pensar que todos contribuyen
pero ninguno tanto como la pérdida del sentido.

Porque si algo nos enseña la historia de la humanidad,
y nuestras propias vidas, si dedicamos un rato a pensarlo,
es que las personas somos capaces de soportar cualquier sufrimiento
siempre y cuando tenga un significado importante para nosotros.

Al tiempo que todo sufrimiento nos parece insoportable, indigno, humillante
si lo envuelve el absurdo
, si no somos capaces de encontrarle un sentido
o si llega bajo la imposición del sentido del otro.

Por tanto, y rescatando los ámbitos en los que se inserta la vida humana
yo os pregunto:

¿Qué sentido individual le damos hoy al trabajo que desempeñamos como sanitarios?

¿Cuál es la tarea del equipo de trabajo del que formamos parte?

¿Para qué se creó la organización o institución en la que trabajamos?

¿Qué idea de salud tiene la comunidad que nos envuelve?

¿Qué planes tiene nuestra sociedad para las comunidades que la forman?

¿Qué sería una salud de la humanidad en el contexto de nuestro planeta?


Son muchas preguntas.

Mejor no pensarlo todo a solas.



@JCamiloVazquez

  • Acceso al video de la intervención: https://canal.uned.es/video/69e0922990e0c5e8610589ea
  • Todas las esculturas son obra del británico Antony Gormley (b. 1950)

domingo, 17 de marzo de 2024

4 años después. Lo que persiste.

Esta semana se han cumplido 4 años desde el inicio del estado de alarma por la pandemia del SARS-Coronavirus-2, causante de la COVID. Es momento de recordar.

La mayor parte de mi tiempo lo paso trabajando como psiquiatra y psicoterapeuta que atiende a profesionales de centros sanitarios públicos, junto con un equipo de compañeros de diferentes disciplinas.

Es por ello que, en marzo de 2020, cuando se hizo ya evidente que España y el mundo se enfrentaban a una enfermedad infectocontagiosa desconocida con potencial de extenderse sin control, mis compañeros y yo comenzamos a preguntarnos por el efecto que esto tendría en nuestros pacientes.

Los miembros del equipo de trabajo decidimos llevar a cabo una revisión de la literatura científica en torno a los efectos psicológicos de otras epidemias. Esta tarea seguramente nos ayudó a sentirnos útiles y sobrellevar la angustia del confinamiento, la incertidumbre de las primeras semanas.

Todo apuntaba a que los profesionales sanitarios se encontrarían dentro de los grupos poblacionales de mayor riesgo a la hora de enfermar, tanto a nivel infeccioso como por el impacto que la labor asistencial podría tener en su equilibrio psíquico.

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Por ello, en cuanto nos fue viable, concebimos un dispositivo grupal al que denominamos “Grupo para la elaboración de experiencias relativas a la pandemia” o, en breve, “Grupo COVID”. Nuestra hipótesis inicial consistía en que el enorme reto de la labor asistencial en condiciones de incertidumbre, riesgo biológico y sobrecarga de tarea se manifestaría principalmente de tres maneras: 
  • en primer lugar como el cuadro de trauma psíquico esperable tras presenciar lo incomprensible, hacer lo que uno nunca quisiera y no poder hacer lo que debiera; 
  • en segundo lugar el duelo por la pérdida en condiciones trágicas, a menudo crueles, de pacientes, familiares, compañeros y allegados
  • por último el desgaste profesional sobrevenido ante el deterioro de las condiciones de trabajo. Cuando a la sobrecarga mantenida sigue el descubrimiento de que el trabajo ya no es lo mismo.


Nos propusimos como tarea una construcción conjunta de sentido que permitiera encajar muchas de las experiencias vividas trabajando como sanitarios durante la pandemia, facilitar el reconocimiento de esos factores que tienen que ver con la propia historia personal, la biografía, a la hora de modular el impacto particular de la pandemia. Finalmente se trataba de ayudar a recobrar el sentido de agencia de cara al presente y al futuro inmediato, ayudando a salir de la impotencia.

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Los grupos se idearon y pusieron en marcha de la siguiente forma: convocados de forma presencial en la sala de reuniones de nuestro centro nos sentábamos, en círculo, a distancia prudencial, haciendo uso de gel hidroalcohólico y cubriendo nuestros rostros con mascarillas. Se conformaron grupos cerrados de entre 7 y 12 miembros. Dedicábamos sesiones de 90 minutos abiertas a la libre asociación de contenidos, conducida por los 4 psiquiatras abajofirmantes en diferentes combinaciones de pares. Se realizaba una recogida de emergentes grupales que, entre sesiones, eran remitidos por escrito para facilitar la reflexión y tender un hilo de continuidad que permitiera mitigar la distancia social de seguridad. Las reuniones se sucedían con frecuencia quincenal, hasta sumar un total de 12 encuentros por grupo. Así, en sucesión alterna pudimos coordinar hasta 7 ediciones entre junio de 2020 y septiembre de 2023, que vieron pasar a un total de 79 profesionales sociosanitarios de diferentes categorías y procedencias. 


Ahora que el tiempo ha transcurrido y concluida la alerta sanitaria global, quisiéramos compartir algunas de las reflexiones y aprendizajes que fueron surgiendo desde el momento en que nos sentamos a pensar juntos.

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Lo primero que emergió fue el caos organizativo, un descontrol que alcanzó prácticamente todos los rincones del sistema sanitario. El no saber qué ocurriría, la falta de medios de protección, las indicaciones contradictorias y los protocolos diariamente cambiantes, todo ello sumió a los profesionales de los centros sanitarios en la incertidumbre y el desconcierto. 

Para defenderse del miedo se trabajaba a destajo, a menudo doblando turnos, desviviéndose para evitar sentir y pensar. La creatividad salió también al rescate para aliviar la angustia. Se manifestaba en forma de carteles, de canciones, de bailes probablemente incomprensibles fuera de ese contexto.

Se extendieron y normalizaron las preocupaciones obsesivas y su contrapartida compulsivas. Se intentaba conjurar el miedo al contagio propio y el de los seres queridos por medio de rituales de lavado y todo tipo de medidas de precaución. Con el paso del tiempo muchos de ellos consolidarían en cuadros de evitación y tenaces repliegues en la seguridad del hogar, renunciando al encuentro con los demás.

La adhesión rígida a rituales y compulsiones vino amparada por las recomendaciones oficiales y por el sentido de pertenencia al grupo amplio de los sanitarios. Esto dio paso a la creación de auténticos sistemas sociales de defensa o defensas colectivas, con implicaciones para la convivencia. Cuando se indagaba, a menudo podíamos observar que el miedo al contagio bebía de fuentes más profundas, como un desgaste profesional imposible de asumir o importantes dificultades de relación previas. 

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Al miedo lo habría de seguir la culpa, muy marcada ante el fallecimiento en condiciones trágicas de familiares y allegados, especialmente cuando coexistía la idea (pocas veces falsable) de haberles uno contagiado. Culpa también ante la fantasía de haber podido hacer más por ellos, en tanto que sanitarios, personal de "la casa", matiz que les hacía preguntarse cuánto hubiera mejorado la situación el uso de su red de contactos o pedir favores a voluntad. También el culparse por la muerte de los muchos pacientes a cargo, no en pocas ocasiones tras haberse visto obligados a tomar decisiones que violentaban su conciencia debido a la escasez de recursos. Y un aguijoneo adicional al recordar toda aquella patología desatendida o relegada por no ser COVID.

Si bien es cierto que durante la pandemia el dolor, el miedo y la confusión fueron omnipresentes, sería injusto minusvalorar la heterogeneidad de vivencias de los profesionales en el contexto de esta crisis sanitaria. Nuestra institución es grande y diversa. Los daños no fueron los mismos en todos los rincones del sistema sanitario. E incluso cuando los hubo no faltaron los momentos de intenso compañerismo, de propósito compartido, la vivificante sensación de haberse reencontrado uno mismo con su profesión. Para muchos los primeros compases de la alerta sanitaria fueron semanas de sentirse útil y reconocido, aliviado de un desencanto muy anterior a la aparición del virus.

Aunque prevaleció la resistencia y el trauma psíquico no fue lo más frecuente, éste hizo su inevitable aparición en los grupos en forma de lagunas de la memoria y del discurso. Lagunas acompañadas de imágenes que volvían una y otra vez. Retazos y escenas sin contexto ni estructura, pero ligadas a una intensidad emocional que las sujetaba a un presente continuo agotador.

Imágenes que se nos quedaban clavadas a quienes nos las contaban. Como aquellas hojitas de papel amarillo, post-it pegados a las mortajas apiladas. Post-it portadores del nombre de los fallecidos. Y la angustia de quien descubría que se despegaban a menudo y caían al suelo como en un otoño prematuro.

El contexto grupal permitía, a pesar de la angustia, transitar esas imágenes en compañía, recibir palabras de aliento, dar sentido, hacer del sufrimiento algo compartido.

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De forma similar a lo que ocurre en el trauma la vivencia del tiempo durante toda la pandemia se demostró difusa. Los años se confundían unos con otros. Los días podían eternizarse o bien aniquilarse en el recuerdo como una papilla de momentos desarticulados. La metáfora de las olas en los picos de contagio sirvió para crear un marco de referencia junto con otros hitos como el confinamiento, el inicio de las vacunaciones o el fin de la obligatoriedad de las mascarillas.

Descubrimos que la conciencia de sufrimiento y la demanda de ayuda tenían lugar en los valles entre olas, cuando la percepción de amenaza disminuía y los profesionales podían reducir el nivel de alerta para poner nuevamente el foco sobre ellos mismos. Aquello que se demostró verdaderamente dañino no fue lo terrorífico en sí mismo, sino el alargamiento indefinido de las condiciones de excepcionalidad bajo las que había que trabajar.

Lo que no desapareció con el paso del tiempo fueron las huellas de la pandemia. Huellas en los cuerpos, en la conducta, en la forma de ver las cosas. Lo que persiste.

Si bien al iniciar los grupos pensábamos que nos enfrentaríamos a tres problemáticas principales (trauma, duelo, desgaste) a día de hoy podemos afirmar que los grupos COVID tuvieron un tema principal: el duelo, con las labores que corresponden tras la pérdida.

Entre otros fuimos testigos del duelo por la salud de aquellos que, tras sufrir la COVID19, quedaron con secuelas en forma de sintomatología persistente: fatiga desproporcionada, embotamiento mental, dolores articulares, desarreglos a nivel autonómico. Nos hablaron del dolor de no poder regresar a su vida previa, a sus trabajos. También de la sal caída sobre esta herida, la vivencia de la incomprensión de los demás. 

En su caso el sufrimiento por el desfase temporal resultó más patente. Su convalecencia y recuperación se vino a estrellar contra los ritmos del mandado laboral. Alcanzado el final sociológico de la pandemia sus padecimientos son recibidos, aún hoy, con la suspicacia y el fastidio propios de los asuntos que hemos decidido dejar atrás.

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Nos fue quedando muy claro que una parte muy importante del malestar de nuestros pacientes arraigaba en la relación con el otro. De entre lo hablado en los grupos emergía como una constante el latente de las expectativas defraudadas. Aunque a menudo lo neguemos esperábamos otra cosa de los demás.

Sólo entendiendo esto cobraban sentido ciertos enfados. O comprendíamos la tendencia a la autopunición, el veto de los sanitarios a su propio disfrute. La adhesión rígida a ciertas normas de higiene arraigaba en muchas ocasiones de la necesidad de guardar cierto luto, en un tiempo desprovisto de ritos en común. Un luto exigido por todas las pérdidas, por todo el dolor presenciado. 

Su celo abonaba el resentimiento hacia la población general, percibida como ajena al horror e interesada en seguir estándolo.

Conforme avanzaba el tiempo se hacía innegable que en torno a la pandemia ha predominado el no reconocimiento, el deseo de regresar irreflexivamente a una normalidad indemne, cuando no podía ser el caso.

Si bien estos grupos de elaboración de las vivencias de la pandemia fueron el escenario de una escucha sincera y pudieron ofrecer un cierto componente restaurador consideramos que siguen siendo necesarios -lo sepamos o no- ritos colectivos encaminados a la verdad, la justicia y la reparación.

Para nunca olvidar y poder integrar de forma digna a nuestras vidas los acontecimientos vividos por los profesionales sociosanitarios y el conjunto de la población durante la pandemia del SARS-CoV-2.

Extraordinaria foto de Josefa Calzado. Aquí su web.

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* Esta entrada ha sido elaborada a partir de la comunicación libre presentada en las XXIVªs Jornadas de la Asociación de Psicoterapia Analítica Grupal (APAG), celebradas en Sitges los días 24 y 25 de noviembre de 2023.

Las reflexiones aquí vertidas son el fruto de las experiencias de muchas trabajadoras y trabajadores de la sanidad madrileña que confiaron en nosotros. Sus testimonios han devenido emergentes gracias a la labor terapéutica de los coordinadores grupales. Finalmente quien firma (J. Camilo) ha dado forma final al mensaje que deseábamos transmitir.

Los autores quieren agradecer sinceramente a sus pacientes y a todos los trabajadores de centros sociosanitarios su sacrificio, su entrega y reconocer el miedo y los daños sufridos durante estos años tan difíciles.

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José Camilo Vázquez Caubet

Darío del Peso Martínez

Manuel González González

Álvaro Cerame del Campo