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sábado, 9 de julio de 2022

Lo que uno pone en la pira.

Factores personales que contribuyen al desgaste profesional.

El desgaste profesional o “Burnout“ es un proceso de adaptación pasiva, insidioso e involuntario, que tiene lugar cuando los profesionales se ven crónicamente expuestos a circunstancias laborales adversas.

Ilustr. Matteo Massagrande. Website.

Son dos los mecanismos principales que conducen al desgaste en el ámbito sociosanitario: la conexión emocional con personas sufrientes y la frustración reiterada de las expectativas con respecto a los métodos y resultados de la tarea encomendada.

Nos empapamos del dolor ajeno y las cosas no son como quisiéramos. Acaba uno de esta manera desencantado. Sin darnos cuenta nos distanciamos emocionalmente de la tarea como una forma no sufrir tanto. Esto permite seguir trabajando, pero de una forma poco compatible con el estar atento a las necesidades del otro. En profesiones dedicadas a los cuidados esto implica perder eficacia y también la fuente principal de gratificación.

Sin embargo, no todos los profesionales sociosanitarios se desgastan a la misma velocidad ni lo hacen por los mismos motivos concretos. Mientras algunos parecen encontrar acomodo en la adversidad o terminan cambiando de escenario, no son pocos los que se perciben atrapados y presentan alto riesgo de acabar enfermando.

En estas líneas se trata de plantear qué aspectos individuales hacen más lesivas esas circunstancias laborales que conducen al desgaste profesional. Se trata de averiguar qué pone cada uno, sin darse cuenta, en el proceso de quemarse.

1. Una decisión y sus motivos

De entre todas las ocupaciones y profesiones que existen a nuestro alrededor, ¿por qué escogemos una profesión sociosanitaria y no otra?, ¿por qué muchas personas elegimos dedicarnos profesionalmente a los cuidados?

Es poco probable que tengamos un único motivo para algo así.

Si examináramos a fondo nuestros motivos podríamos dividirlos en conocidos y desconocidos para uno mismo. Y éstos, a su vez, en confesables y menos confesables.

La verdad es que no siempre estamos al tanto de nuestros motivos, aunque cuando nos preguntan por qué hemos tomado una decisión nos descubrimos socializados en la conducta de no quedarnos callados. Se espera de nosotros que demos razones, así que ofrecemos argumentos. Normalmente escogemos del repertorio de motivos uno que esté razonablemente bien visto y le damos prioridad al nombrarlo.


Pero si hacemos examen de conciencia, o si lo pensamos junto con alguien, veremos que la decisión de dedicarse a cuidar de los demás tiene múltiples frentes, más o menos como las líneas de terreno facilitan que un arroyo corra en esta o aquella dirección.

Las decisiones que tomamos tienen al menos dos tipos de porqués: tienen su historia (cómo es que) y a menudo cumplen alguna función (para qué).

  • En el por qué histórico (cómo es qué) son inevitables las casualidades y los accidentes: una enfermedad propia o de un familiar en esas edades en las que se está fraguando nuestra personalidad, algún sanitario (real o de ficción) que sirvió de referente prestigioso, una familiaridad con el sector, la cercanía física con un centro de salud o un hospital, a veces una nota académica que permitía o impedía acceder a ciertos estudios.
  • En el por qué funcional, al preguntarnos para qué escogimos una cierta profesión, nos adentramos en un territorio más sutil: el de las necesidades psicológicas.
En estas profesiones reparadoras nuestras a veces cuidar es hacerlo como nos cuidaron, y otras tantas cuidar como nos hubiera gustado ser cuidados. Otras veces se trata de aprovechar algo que se nos da bien. Cuidar como hemos hecho toda la vida, en nuestras familias, con un rol asignado. Seguir obteniendo reconocimiento y una mirada agradecida. Una ruta circular hacia el afecto. En ocasiones se trata de encontrar la distancia justa, la que nos permite tolerar a las personas, ser capaces de relacionarnos con el otro bien ubicado. O dominar algo que da miedo a base de enfrentarlo.

Ser sanitario es también representar todos los días algo así como el guión de una obra de teatro, en la que es el otro quien enferma y sufre, y es uno quien le va a ayudar. Como un conjuro o un rezo que, a base de repetirse, puede resultar convincente: el otro enferma, yo ayudo. Yo ayudo, el otro enferma. Todos los días. Llegamos a acariciar una ilusión de omnipotencia, aunque para nada infalible.

Estamos hablando, de alguna manera, de la famosa vocación. Se la define como una llamada surgida desde el interior del individuo. Pero conviene recordar que, en opinión de los expertos en desarrollo infantil, todo lo que está dentro estuvo alguna vez fuera. Cuando llegamos al mundo nos incorporamos a un grupo preexistente, la familia, una red de relaciones que debe reconfigurarse para acoger al recién llegado. Somos en la medida en que somos vistos y nombrados. Incluso antes de nacer cargamos con las ilusiones, expectativas y mandatos de otras personas.

Al conjunto de expectativas que uno recibe y asume lo denominamos rol. Es inevitable que en las familias, en los grupos humanos, se repartan los papeles. A través de breves pero continuos intercambios vamos aprendiendo quiénes somos y qué se espera de nosotros. Pasa el tiempo. Nos apropiamos de las voces que nos nombraron. Lo externo se hace interno. Olvidamos su origen. A veces lo camuflamos a conveniencia. Concluimos: esto que siento dentro de mí me pertenece. Es mi decisión. Y construimos historias que nos permiten anudar los cabos sueltos, sobrevolar el olvido.

Por tanto, en boca de uno la vocación suele ser un parapeto, una palabra que nos ahorra muchas explicaciones, que nos anden indagando.

En boca de los demás, en cambio, vocación suele ser un recurso retórico destinado a mantener el conveniente reparto de roles (si yo enfermo, tú me cuidas), y a señalar que aunque ellos no lo sepan en detalle, se nos intuye que algún provecho inconfesado estamos sacando.

Al pensar en nuestro riesgo de desgastarnos no estará de más conocer a qué necesidades psicológicas servía (o sirve) nuestra elección profesional. Estas necesidades, conocidas, desconocidas, reconocidas o negadas serán posibles líneas de fractura a través de las cuales vayan permeando nuestras decepciones.

2. Una materia prima.

La principal herramienta de nuestro trabajo somos nosotros mismos.

Esa forma de ser nuestra, de relacionarnos con lo que somos y con el mundo, que permanece relativamente estable en el tiempo y nos hace reconocibles es lo que denominamos personalidad.

La personalidad de cada cual consta de unas variables más innatas, heredadas genéticamente y poco modificables: temperamento. Sobre esta base se construyen hábitos que dependen de nuestros sucesivos aprendizajes, más sensibles a la experiencia, la interacción social y la cultura: carácter.

Uno afronta la realidad profesional aportando esta materia prima, compuesta con elementos que a veces no está en nuestra mano cambiar.

La empatía, por ejemplo, consta al menos de dos sistemas diferentes pero relacionados. Hay una empatía del sentir y otra del pensar. La empatía “del sentir“, la afectiva, no se elige. Es automática, rápida. Es la que nos conecta con los estados emocionales de los demás: nos conmueve. A menudo se la ha llamado compasión. Es aquella que nos empapa parcialmente de la alegría o el sufrimiento que el otro presenta. Habida cuenta que nuestros pacientes suelen presentarse asustados, nerviosos, confundidos, enfadados o bloqueados resulta fácil comprender que la empatía afectiva constituye la principal vía abierta a lo que llaman “fatiga por compasión“. Forma parte de nuestro temperamento, y por tanto tenemos poco control sobre ella.

La empatía “del pensar“, la cognitiva o racional, sí se puede entrenar más. Es más sensible al aprendizaje. Consiste en darse cuenta de que la persona de enfrente posee otra mente, un punto de vista propio sobre las cosas. Se trata de la empatía que nos permite “leer“ a los demás. Últimamente se la llama “mentalización“ o “teoría de la mente“. Gracias a ella realizamos inferencias, suposiciones (siempre provisionales), acerca de lo que significa vivir en ese cuerpo, bajo esa piel, en aquellos zapatos. Puede llegar a perfeccionarse como un hábito de relación, parte de nuestro carácter. A menudo los problemas relacionados con este tipo de empatía no proceden tanto de la capacidad de comprender al otro, sino de nuestra falta de habilidades comunicativas u otros obstáculos a la hora de hacerle entender al otro que, efectivamente, le hemos entendido.

Aunque la empatía goza actualmente de una gran popularidad se trata de un conjunto complejo de habilidades cognitivas que funcionan como un arma de doble filo.


  • Empaparse de la emoción del paciente sin diferenciar lo ajeno de lo propio lleva a la confusión de roles, a los malentendidos, las sobreactuaciones y en ocasiones a la suplantación.
  • Entender sin compadecerse libra del dolor, pero hace la relación menos profunda, menos fértil, y abona el terreno para la explotación y el abuso del más vulnerable.
  • No compadecer ni comprender lleva al aislamiento o la expulsión mediante el ataque.

El ejercicio de las profesiones de cuidados exige un balance entre niveles tolerables de compasión y una cierta capacidad de leer al otro. Este balance depende de nuestras condiciones de partida, pero también de las cosas que nos van pasando en la vida.

Los que son menos empáticos afectivamente y les cuesta más conmoverse, tenemos que reconocerlo, presentan menor riesgo de desgaste. Una cirujana tendría serias dificultades para hacer bien su trabajo si se empapara sistemáticamente de la angustia de los familiares que aguardan al paciente en la sala de espera. A menudo las personas, anticipando lo que nos va a doler en exceso, evitamos intuitivamente ciertas ocupaciones. Esto no libra a los menos empáticos de sufrir otra serie de problemas. Pueden verse expuestos con mayor frecuencia a conflictos interpersonales, así como dificultades recurrentes para trabajar en equipo en la medida en que tienden a negligir las necesidades de los demás o imponer las suyas propias.

Los que más tienden a desgastarse, va quedando ya claro, son las personas que son temperamentalmente más empáticas, compasivas de esa forma que no se elige, sino que se es. Especialmente si además presentan carencias en las habilidades de mentalización o si trabajan al margen de un “encuadre“, un marco ético de conducta que ordene las relaciones dentro de la profesión. Serán estas personas las que más deban protegerse y ser protegidas, siendo una de las responsabilidades de la institución el contribuir a crear unas condiciones de trabajo que permitan desplegar las variantes de la empatía de la forma menos dañina posible para todos los implicados.


Para ir cerrando el tema de la personalidad querríamos señalar algunos rasgos relativamente habituales entre ciertos estamentos de las profesiones sociosanitarias.

La personalidad de los médicos, por ejemplo, ha sido bastante estudiada. Se ha propuesto llamar “tríada compulsiva“ a los siguientes rasgos por su tendencia a presentarse juntos y reforzarse entre sí: una inseguridad de base, frecuentes sentimientos de culpa y elevada responsabilidad. A este trío se lo denomina “compulsivo“ por las conductas que, secundariamente, se pondrían en marcha para reducir los niveles de angustia: comprobaciones, búsqueda incesante del control, sobreimplicación y perfeccionismo. Estos rasgos, como se ha dicho a menudo, son “buenos para el paciente, malos para el médico“.

Lo más habitual es que deriven en un estilo de pensar algo rígido, dificultades para delegar y una afinidad hacia el trabajo que a menudo lo hace prevalecer muy por encima de otras áreas de la vida que podrían ser o fueron igualmente satisfactorias.

Dicho esto, recordemos que los médicos hace mucho tiempo ya que no afrontan solos la empresa sanitaria. Esto nos obligará a seguir investigando si tienden a agregarse otros rasgos de personalidad en el resto de categorías sociosanitarias.

3. Unas expectativas

Un último apunte. Aterrizamos en el día a día de la asistencia sanitaria con una idea previa de lo que nos encontraremos en el trabajo. En algún punto entre la realidad y la idealización se encuentra esa imagen preconcebida de lo que será nuestra profesión.

Este imaginario profesional que cada uno recibe y atesora no es sino una amalgama de experiencias personales dispersas, anécdotas y relatos de terceros, historias de ficción leídas o contempladas, textos de historia, ensayos, publicidad a la que hemos sido expuestos, chistes, tópicos, frases hechas, símbolos y suposiciones. Se trata de un reflejo de la cultura en la que habitamos en un momento histórico determinado, de cómo se entiende la enfermedad y de quién y cómo la trata de sanar.

Pero la realidad material de las profesiones sociosanitarias cambia mucho más deprisa que sus representaciones. El imaginario, por tanto, corre un alto riesgo de andar desactualizado. Aunque el ordenador de sobremesa seguramente sea a día de hoy la herramienta más utilizada por los sanitarios, por ejemplo, lo cierto es que seguimos asociando a la medicina el símbolo del fonendoscopio. Y qué decir de la larga sombra de la cofia, del diván y otros elementos que hace tiempo dejaron de ser representativos.

El choque entre lo esperado y lo encontrado es un elemento de desgaste profesional a tener muy en cuenta, aunque no siempre se señale.

Una de esas cosas inesperadas que no conocemos verdaderamente hasta que no las sentimos en nuestras carnes, es el hecho de que nuestro trabajo tiene dos caras inseparables: tiene un contenido (la tarea a realizar) y un formato (las condiciones materiales y organizativas que harán la tarea posible).

Es muy habitual, casi la norma, que los individuos nos apegamos al contenido del trabajo. Es donde se ancla la idea de nuestra profesión y aquello que verdaderamente valoramos: atender pacientes, ayudar a las personas, traer esperanza en la enfermedad.

No se suele hablar en profundidad, durante los procesos formativos, de realidades que son parte muy habitual de la asistencia a personas necesitadas: la angustia que conlleva tomar decisiones, la posibilidad de hacer daño por el simple hecho de formar parte del sistema sanitario (iatrogenia sistémica), el riesgo de recibir reclamaciones, denuncias y litigios, la posibilidad de la violencia verbal y física. Estos elementos suelen quedar relegados a la anécdota periodística como esos infortunios que “les pasan a otros“.

Tampoco llegamos muy advertidos acerca de la (des)proporción entre burocracia y tarea primaria, de las historias clínicas electrónicas, ni de las prisas, la falta de medios, ni de la inevitable ambivalencia de los pacientes, que muy a menudo viven con vergüenza y enfado la situación de necesitar y pedir ayuda.

En cuanto al formato, al contexto que habilita nuestro trabajo, será inevitable hablar de la institución. Nuestra relación con ella parece marcada por la omisión. Como el aire que respiramos quisiéramos poder olvidar que se encuentra ahí, y que nuestra relación es de dependencia, pero no exactamente mutua. Sabemos que sin el aire pereceríamos, pero quisiéramos sentir que no es así. 

Nos gustaría tener la seguridad de que estaremos a solas con nuestra labor, en la tranquilizadora rutina de nuestras salas, consultas y despachos. Sentir que no nos faltará el aliento.

Pero a menudo tenemos la percepción de respirar aire viciado. Como han señalado otros autores (Leal, J) la relación del profesional con la institución es de por sí insatisfactoria: “una promesa incumplida y vigente“. Cuando nos incorporamos a una institución (sanitaria, en este caso) ésta pasa a formar parte de nosotros como nosotros pasamos a formar parte de ella. El ajuste casi nunca es sencillo. El trabajo nos cambia más de lo que nos gustaría pensar y, desde luego, mucho más de lo que llegaremos a cambiar el trabajo.

Se establece con la institución un “contrato inconsciente“ por el cual, a cambio de someternos a sus condiciones, esperamos realizarnos profesionalmente, y también recibir “soporte, apoyo, seguridad, un elemento de identidad social, de inserción social y de pertenencia“. Cuando esto se incumple, cuando se produce el desencuentro y descubrimos que la institución no nos recuerda, no nos tiene en cuenta, nos resentimos por la quiebra de la reciprocidad. Nos sentimos engañados y desamparados.



Por tanto, es un hecho que se encuentran más expuestos al desencanto aquellos que partían de unas expectativas más elevadas, con un alto nivel de motivación, fuertemente identificados con una labor de gran valor social y humano, de la que esperaban nutrirse y hacerlo en condiciones de amparo.

Todos estos elementos que hemos ido mencionado forman una trama compleja de expectativas y necesidades personales, que de alguna manera esperamos ver satisfechas en el trabajo. A todo ello nos nos enfrentamos mientras la vida sigue y no se detiene. Cambiamos de casa y de contratos. Hacemos y deshacemos amistades. Nos emparejamos. Tenemos, o no, hijos. Adoptamos mascotas. Nos divorciamos. Enterramos seres queridos. Enfermamos. Descubrimos que también somos vulnerables. Tememos o ansiamos la jubilación. Y, a veces, nos preguntamos si lo que hacemos, todo lo que hemos hecho, tiene algún sentido.

En este trajín del vivir aquellas necesidades que apuntalaban nuestra vocación pudieron ir cambiando. Algunas se resolvieron o han pasado a satisfacerse fuera del trabajo, otras se posponen, muchas se reemplazan, otras se acentúan y agravan. Algunas se demuestran inagotables.

En conclusión: las circunstancias que motivaron la elección de nuestra profesión, la personalidad de cada uno y las expectativas hacia el trabajo son los principales elementos que, como individuos, colocamos en la pira de la vocación antes de que eche a arder. Seguro que podríamos seguir enumerando, indagando en los elementos propios, internos, que juegan algún papel en el desgaste profesional, más allá de lo externo y sus precariedades. Pero es bueno saber parar.

@JCamiloVazquez
(mayo de 2022)


Referencias:

  • Gabbard G. The Psychology of Physicians and the Culture of Medicine, En: The Physician as Patient. A Clinical Handbook for Mental Health Professionals. American Psychiatric Publishing, 2008.
  • Vygotski, L. El desarrollo de los procesos psicológicos superiores. Barcelona. Crítica, 1979.
  • Leal, J. Aproximación a una lectura institucional del malestar en los servicios de salud (mental). En: Equipos e instituciones de salud (mental), salud (mental) de equipos e instituciones. Estudios de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, 1997.
  • Feito, L. Ética del cuidado en las profesiones socio-sanitarias. Documentación Social, 2017.
  • Tizón, JL. Desgaste profesional y “Burnout“: realidades, burbujas y oxímoros. En: Vida laboral, estrés y salud mental. Estudios de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, 2012.

Todas las ilustraciones son obra del artista Matteo Massagrande. Más información aquí


lunes, 31 de diciembre de 2018

Conócete a ti mismo (I). El inagotable juego de la identidad.

Estos días festivos abundan las listas de lo mejor del año, las recapitulaciones personales y las noticias curiosas en redes y televisión. Entre estas noticias destaca últimamente la de "la palabra del año".

Según el diccionario Oxford, la palabra más representativa del pasado 2017 fue fake-news (bulos), tomando el relevo de la ganadora de 2016: postruth (postverdad). Este 2018 parece que la agraciada por los académicos ha sido el término toxic, que en España llevamos tiempo usando para adjetivar a compañeros, jefes o relaciones amorosas bajo el paraguas de lo tóxico.

Sin duda cada una de estas palabras ha tenido su impacto pero, si de nosotros dependiera, la más relevante de este año, la de mayor calado, no hubiera sido otra que identidad.

Esto tiene que ver con la creciente presencia en la opinión pública de las denominadas "políticas identitarias", así como su contrapartida reaccionaria. Pensamos que la identidad está dando, y dará, mucho que hablar. Pero es que además nos parece un concepto fundamental para comprender a las personas y para poder ofrecer una mirada más amplia en consulta.


¿Qué es la identidad?

A lo largo de algunas entradas vamos a ir de lo particular a lo general. Empezaremos a plantearnos la identidad desde el nivel del individuo para pasar más tarde a lo colectivo. Ya veremos que esto implica, en realidad, desandar el camino de la identidad marcha atrás.

Un ejercicio que a veces proponemos en la consulta es el siguiente: "descríbase a usted mismo".

La persona comienza a usar palabras que, de alguna manera, piensa que la definen. Sería algo así como pedirle que nos muestre la fachada de su casa. La fachada es la parte más visible de la construcción, la que el arquitecto se esmera más en decorar y en la que se invierten los materiales de mejor calidad, lo que estamos dispuestos a mostrar. Abusando del símil, sería algo así:


Si seguimos tirando del símil podemos decir que las palabras que empleamos para describirnos son esos ladrillos vistos que le dan vida a la fachada. Si los examinamos con calma veremos que muchos de ellos son de fabricación propia. Son palabras que sentimos relacionadas con nosotros mismos. Pero también habrá ladrillos de importación, palabras que nos definen pero que han sido aportadas por otros: "mis padres dicen que soy...", "en el trabajo me tienen por...".


Analizando la composición de los ladrillos de esa fachada podríamos ver algo así:

A veces parte del ejercicio consiste en desgranar el origen de los ladrillos: ¿eso que me dice de sí mismo lo piensa usted o es algo que le dicen a menudo?, ¿le han convencido?, ¿fabricó usted esos ladrillos o son de importación?

Ya vamos viendo dos cosas acerca de la identidad:
  • No es algo que tenemos, sino que es algo que hacemos con palabras. La identidad es el discurso acerca de uno mismo. 
  • En la construcción de ese discurso están entremezclados el individuo y los otros. El discurso identitario depende de la relación con los otros. 
El discurso acerca de uno mismo (identidad) suele ser bastante informativo. Puede dar cuenta de dificultades a la hora de relacionarse con uno mismo y con los demás. Estas dificultades estarían en la base de lo que entendemos como trastornos de la personalidad, pero también de diversos sufrimientos que todos compartimos en un momento dado.

Podemos apreciar fachadas de diferente tipo, por ejemplo:

Un discurso invadido o colonizado por las descripciones ajenas es lo que podríamos llamar un "yo alienado". Apenas hay indicios de discurso genuino en la persona, sea consciente de ello o no. En el extremo opuesto tendríamos a las personas autárquicas que se oponen sistemáticamente a cualquier calificativo que no proceda de ellas mismas. Nos señalarían estilos de relación rígidos. Como suele ocurrir, la virtud está en el medio, y lo habitual es disponer de una cierta capacidad para aceptar ladrillos de importación, esas observaciones que los demás nos hacen de buena fe, al tiempo que capacidad para tener una palabra autorizada sobre aspectos de uno mismo.

Sobre la identidad ya habíamos hecho mención en una entrada anterior, al abordar el tema de la personalidad. Desde nuestro punto de vista, a fin de comprender a las personas que atendemos en consulta, deberíamos ser capaces de integrar tres aspectos diferentes aunque relacionados de su forma de ser: temperamento, carácter y, por último, el escalón ausente en el modelo de Clonninger: el de la identidad.

Adaptado de Cloninger CR, 1993.

Cuando uno realiza la lectura de sí mismo, desde lo alto de esta pirámide de tres plantas, podrá hablar con cierta seguridad de quién es y de quién quiere ser, pero puede que los escalones inferiores nos vayan costando un poco más. No en vano los hábitos son automáticos, y al no prestarles atención, con frecuencia los olvidamos. Algo similar pasa con el temperamento, que nos acompaña desde nuestro nacimiento. Puede que nos resulte inconcebible que haya otras temperamentos, por lo que en ocasiones son los demás los que nos lo tienen que señalar, como pasa mucho con eso que quizás en el futuro veamos como un temperamento y hoy llamamos TDA.

Aunque las personas solemos creer que nos conocemos bien, el caso es que esto es dudoso en el mejor de los casos. Como somos muy de usar metáforas, cuando se nos consulta sobre esto solemos explicar que conocerse a uno mismo es como intentar rascarse la espalda. Existen zonas de nuestra anatomía que tenemos más o menos a mano y conocemos bien. Nos las podemos apañar. Pero hay otras zonas que quedan fuera de nuestro alcance y requieren de la mirada ajena para que nos revisen éste o aquel lunar. Necesitamos por tanto a los demás, aunque a veces prefiramos ocultarnos para que no nos den una mala noticia.

Esto nos lleva al asunto de lo que conocemos o desconocemos de nosotros mismos, y lo que conocen o desconocen de nosotros los demás. Para terminar de apuntalar las bases conceptuales de la identidad rescataremos el conocido modelo de la ventana de Johari, que propone diferenciar 4 ámbitos personales en función de el grado de conocimiento de la información sobre uno mismo.

Adaptado de Luft, J.y Ingham, H. (1955)
Existe mucho debate últimamente acerca de cuál es la mejor manera de evaluar la personalidad, teniendo en cuenta que si uno rellena un cuestionario tal vez tenga una imagen sesgada de uno mismo o desconozca (u oculte) aspectos importantes de su forma de ser.

En muchas ocasiones la terapia individual se basa en lograr que lo desconocido pase a ser tenido en cuenta por el individuo. A veces el foco del tratamiento consiste en ayudar a otras personas a que puedan ir abandonando el parapeto identitario (dobles vidas) que se han construido, y que la información pueda fluir de la conocido para uno a lo conocido por uno y por el resto.

En este sentido la terapia de grupo resulta de particular utilidad. Disponer de un espacio de apoyo donde el objetivo consiste en analizar cómo nos relacionamos en el momento presente permite disponer no ya de uno, sino de varios espejos en los que verse, a través de los ojos de los demás. El conocimiento puede fluir en un entorno de seguridad. Y cuando el conocimiento fluye aprendemos, nos adaptamos mejor a la realidad.

Conócete a ti mismo, por tanto, esa frase que grabaron los griegos en mármol, vemos que no es un consejo pregrino, sino una tarea para toda la vida. Quizás la más importante de todas.

Para no alargarnos demasiado finalizaremos aquí esta entrada. Nos quedan muchas cosas en el tintero, con lo que nos comprometemos a seguir publicando sobre el papel de los grupos en la identidad, así como el marco más amplio, que llamamos cultural.

Por el momento os deseamos un Feliz año 2019, con nuestro deseo de podáis seguir creciendo, adaptándoos y descubriendo aspectos nuevos de vosotros que enriquezcan vuestra identidad.




Referencias:
  1. Cloninger, CR; Svrakic, DM; Przybeck TR: A Psychobiological Model of Temperament and Character. Arch Gen Psychiatry. 1993;50:975-990 
  2. Hogan R, Foster J. Rethinking Personality. Int J of Personality Psych. 2016;2:37-43
  3. McAbee S. T., Connelly B. S., A multi-rater framework for studying personality: The trait-reputation-identity model. Psychol. Rev. 123, 569–591 (2016).

domingo, 3 de septiembre de 2017

¿Alguna vez has visto la hierba crecer?

Algunas reflexiones sobre el cambio



1. Piénsalo. Tal vez recuerdes haber visto alguna grabación a cámara rápida, claro. Pero, ¿lo has visto en vivo y en directo?. Puedes sentarte a intentarlo, mirarla con atención. Si le pones todo tu empeño podrías, con mucha paciencia, dedicarle toda la tarde o un día entero.

Pero nunca verás la hierba crecer.

Resulta un poco desasosegante, pero todos sabemos estas dos cosas: la hierba crece, sin duda, pero se trata de un proceso que no podemos percibir.

Nuestros sentidos, simplemente, no nos permiten detectar cambios tan lentos. Tenemos ajustados nuestros órganos sensoriales y sistemas de percepción a los parámetros adecuados para nuestra supervivencia en el día a día. Y rara vez la vegetación ha supuesto un riesgo inmediato para nosotros.

Cosas de la evolución.

Sabemos que la hierba crece porque podemos comparar su altura con fotos o con nuestro propio recuerdo, al volver a casa tras un mes de vacaciones. Pero eso es todo.

Como muchos otros procesos lentos, el cambio, eso que buscamos al pedir ayuda profesional, funciona más o menos de esta manera.


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2. Cuando las personas llegan a nuestra consulta generalmente lo hacen después de haber pasado bastante tiempo sufriendo. Antes de pedir ayuda a un desconocido todos preferimos aplicar nuestras propias soluciones, hacemos uso de nuestros recursos personales una y otra vez antes de darnos por rendidos. Es comprensible. La mayoría lo haríamos de esta manera.

Por lo tanto, cuando tiene lugar la primera consulta, después de tanto tiempo sufriendo, uno desea que el cambio llegue cuanto antes. Que el remedio sea rápido y a poder ser indoloro.

Pero lamentablemente muchas veces no puede ser así.

La mayor parte de los cambios que deseamos obtener a través de una terapia, si queremos que sean sustanciales y duraderos, llegarán a través de procesos lentos, como el crecimiento de la hierba.

Paul Watzlawick diferenciaba dos tipos de cambio: el cambio tipo 1 y el cambio tipo 2.

  • El cambio tipo 1 hace referencia a los cambios dentro de un sistema, ya sea que hablemos de un individuo, de una familia o un equipo de trabajo.
  • El cambio tipo 2 señala los cambios del sistema en sí mismo, modificando la forma en que sus elementos se relacionan entre sí.

Si alguien sufre de insomnio o padece crisis de pánico, al tomar un ansiolítico verá resuelto o mitigado su problema. Tal vez su problema sean sentimientos de inferioridad. Puede que consiga calmar su angustia pegándose a alguien que le haga saber continuamente cuánto le aprecia. Tanto en un caso como en el otro hablaríamos de cambios tipo 1.

Por otro lado, si uno comprende que el insomnio es consecuencia de un turno rotatorio en el puesto de trabajo, o que la ansiedad tiene que ver con asumir demasiadas cargas a nivel familiar, el cambio 2 se produciría al conseguir un nuevo horario, o al aprender a cuidarse, a veces diciendo que no a los demás. En el caso de las preocupaciones, cambio 2 sería aprender a relacionarse de otra forma con ellas, entender que los contenidos mentales son exactamente eso, y no la realidad en sí misma.

Ilustr. Fotograma de Il Gatopardo. En la obra del Conde de Lampedusa se acuña la siguiente cita: "todo debe cambiar para que nada cambie". Se trata de una brillante intuición acerca de la función global de los Cambios de tipo 1. 

Los cambios tipo 1, como los ansiolíticos, están más a nuestro alcance, procuran un alivio rápido, pero lamentablemente fugaz. No desafían la lógica de las cosas que nos ha llevado al sufrimiento.

Los cambios tipo 2 son más costosos. Requieren que seamos capaces de detectar las pautas que nos han llevado al malestar, que adoptemos una mirada más amplia, a fin de poder vernos a nosotros mismos en nuestro contexto. Para eso suele venir bien la mirada de alguien externo.

Por eso decimos que conocer la propia mente se parece rascarnos la espalda. Para algunas zonas nos bastamos, pero para muchas otras nos hace falta que alguien nos eche una mano.

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3. Cuando intentamos generar cambios duraderos, cambios de tipo 2, los que afectan a la forma en que nos relacionamos con nosotros mismos o con los demás, podemos vivir una situación tan molesta como inesperada.

A veces uno logra empezar a cambiar, a adoptar posturas diferentes ante las cosas. Poco a poco, con esfuerzo, uno puede ir tomando decisiones y construyendo hábitos más satisfactorios o sanos para con uno mismo.

Pero en la medida en que formamos parte de sistemas que tienen su propio patrón de relación, nos encontraremos nadando a contracorriente. Descubriremos que en todo sistema existe una cierta tendencia a anular los cambios y volver al estado previo. Esto se percibe claramente, por ejemplo, en algunas familias que llevan tiempo conviviendo con el sufrimiento de uno de sus miembros. De alguna manera todos se han ido adaptando inadvertidamente a la situación, y cuando ésta empieza a cambiar sucede algo propio del mundo del teatro.

En una obra de teatro los actores se reparten los "roles" o personajes. Cada actor debe memorizar su papel, y tener unas nociones mínimas de lo que van a hacer y decir los demás. Uno recita su parte, y al rato otro actor le toma el relevo. Como cada uno conoce más o menos el texto del otro tiene una idea aproximada de cuándo le volverá a tocar intervenir.

Ilustr. El retrato. Karine Daisay.
¿Qué pasa cuando uno decide que su papel en la obra le hace daño y empieza a improvisar algunas líneas? Los demás actores se inquietan. No reconocen esas palabras que antes les daban pie y les servían de guía para comenzar a declamar su parte del texto.

Esto distorsiona la obra a los que todos estaban acostumbrados. Surge la confusión. Muchos actores del sistema se molestan al verse obligados a abandonar los papeles que conocían tan bien. Se puede llegar a culpar a la persona que está improvisando, a pesar de que por otro lado todos estuvieran de acuerdo con su búsqueda del bienestar y afirmen que eran necesarios ciertos cambios.

Lo que a veces cuesta entender es que, para que el cambio de uno sea real, todos los elementos del sistema deberán adaptarse en mayor o menor medida.

No es realista esperar que alguien cercano cambie sin que eso nos afecte de alguna manera.


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4. La propia lentitud de los cambios es también la que nos permite que mantengamos un cierto sentido de identidad, la experiencia de que en general seguimos siendo la misma persona.

Existe desde hace siglos un debate filosófico que intenta resolver el problema: el cambio, que sabemos que es continuo, convive de forma simultánea junto con una sólida sensación de permanencia, de que nosotros somos siempre los mismos.

Este problema se ha formulado clásicamente como "la paradoja del barco de Teseo". Imaginemos que pilotamos el barco de Teseo hasta los astilleros, donde habrá de recibir una serie de reparaciones. Cada día vamos sustituyendo una pieza de madera podrida e hinchada por otra nueva y firme. Si lo hacemos así, pieza a pieza, una por día, llegará un punto en que no quede ni una sola pieza del barco original. ¿Podrá decirse entonces que estamos ante el mismo barco que entró al astillero?, ¿o tal vez ha dejado de ser el barco de Teseo?

En una formulación más moderna, sabemos que los átomos de nuestro cuerpo se renuevan -de media- cada 7 años aproximadamente. ¿Quiere esto decir que a los 14 años ya dejamos de ser quien fuimos para pasar a ser la versión 1.1 o la 1.2 a los 21? En realidad casi todos tenemos la sensación de ser los mismos que hace 7 años. Aunque tal vez, si nos encontramos con alguien a quien no veíamos desde el instituto pueda llegar a decirnos algo así como: "cuánto has cambiado", "no eres la misma persona".

Esta paradoja, de nuevo, surge de nuestra incapacidad para aprehender muchas de las dinámicas que nos rodean. El cambio es continuo e imperceptible, pero de alguna manera hay algo que permanece.


Como en el barco de Teseo, o como en el caso de las grandes dunas, que tienen su propio nombre y morfología bien conocidas, la identidad permanece, pero la duna se mueve por el arenal un par de centímetros al año, grano a grano.

Se tratan estas de dinámicas complejas (no lineales), que muchas veces combinan modificaciones acumulativamente imperceptibles con cambios que llegan de forma abrupta e inesperada, en lo que se denomina técnicamente catástrofes (se hunde una vertiente de la duna, se inicia una avalancha de nieve, se sufre una crisis de pánico, se comprende el papel de uno en un drama familiar).

Si tuviéramos otra forma de percibir la realidad nos daríamos cuenta de que las cosas, mucho menos las personas, no son ellas mismas por su conformación unitaria, por mucho que nos veamos obligados a ponerles nombre y nos convenzamos de que son eternas. Lo que permanece en la esencia de las cosas es algo más dinámico, es la particular relación, la interacción de los innumerables y cambiantes componentes que forman parte de nosotros.

Referencias:


lunes, 30 de enero de 2017

¿Cambian realmente las personas?

De anodino profesor de instituto a productor de metanfetamina y peligroso narcotraficante.

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¿Quién no ha disfrutado de Breaking Bad? Esta exitosa historia a caballo entre EEUU y México muestra la transformación de Walter White, iniciada en el momento en que se le diagnostica un cáncer terminal. Para cuando termina la quinta temporada resulta, en algunos aspectos, difícil de reconocer para sus más allegados. Al mismo tiempo nos damos cuenta de que, a pesar de su transformación, el protagonista sigue siendo más Walter White que nunca.

La deriva de Walter nos sirve de excusa para traer a primer plano una pregunta que nos hacen y nos hacemos muchas veces en consulta. ¿Hasta qué punto puede cambiar una persona? ¿Qué es lo que cambia exactamente? ¿Estamos condenados a ser quienes somos?.


Para responder tendremos que hablar de personalidad.

La personalidad se define desde el punto de vista psicológico como la forma que tenemos de relacionarnos con nosotros mismos y con el mundo. Esta forma de ser nos hace únicos y reconocibles para los demás. Además -y aquí está la clave- permanece relativamente constante a lo largo del tiempo.

Para entender cuánto de relativo es ese posible cambio, o cuán inmóvil es la parte que permanece constante, debemos manejar un par de palabras más.

Existen varias formas de entender la personalidad. A los que trabajamos con personas nos resulta especialmente útil la perspectiva psicobiológica de Clonninger. Según esta, la personalidad se puede entender como la interacción de dos conjuntos de rasgos: por un lado los que se agrupan bajo el nombre de temperamento. Por otro, los que llamamos rasgos de carácter.

El Temperamento es la parte más estable y biológicamente condicionada de nuestra personalidad. Procede de la combinación de la información genética de nuestros padres, como sugiere el que habitualmente las personas presentemos a simple vista una mezcla asimétrica de sus características tanto físicas como psicológicas, así como algún leve toque que recuerda a una abuela, o a un tío...

El temperamento se manifiesta principalmente como formas estables de reacción emocional ante los estímulos del entorno y del propio organismo. Se trata de algo así como el material del que está hecha una mesa. Sabemos que en el mundo existen mesas de madera, de formica, de cristal, de metal, de plástico... Todas parecen similares, pero cada una de ellas responde de forma diferente si recibe un golpe. Las hay que resuenan escandalosamente, pero lo aguantan todo, como el metal. Otras, como el cristal, son más sensibles, y cualquier pequeña agresión dejará una mella, aunque al principio no se perciba.

Por su origen hereditario, el temperamento da pronto la cara. Los padres de cualquier recién nacido identifican fácilmente si el bebé es tranquilo o más bien nervioso. Para el primer o segundo año de vida no suelen quedar dudas. Se ve si un niño es inquieto o tranquilo, temeroso o confiado, alegre o fácilmente irritable. Estos rasgos apenas se modifican a lo largo de la vida, y si lo hacen sólo lo hacen para atenuarse o acentuarse levemente.

El temperamento constituye el centro de gravedad de nuestra personalidad. Se calcula que determina en torno al 50% de nuestros rasgos comportamentales. Si la personalidad fuera un edificio, sus cimientos estarían basados en él.


Representación del modelo psicobiológico de Clonninger

Pero no todo está tan determinado, obviamente, en la formación de la personalidad. Las experiencias tienen una enorme importancia, ya que generan aprendizaje. Todos los rasgos de la personalidad que proceden del aprendizaje son los que conforman el carácter.

Podemos aprender de múltiples maneras. Cuando todavía no somos conscientes de nosotros mismos y no guardamos recuerdos evocables, en los primeros tres años de vida, aprendemos (o no) que cuando lloramos alguien va cuidarnos hasta que nos calmemos. Algo más tarde nos empapamos de lo que se hace y dice en nuestra casa, aprendiendo por imitación. Después se nos enseña que existen normas que rigen el mundo, así como premios o castigos. Aprendemos lo que nos enseñan en clase. Aprendemos de las decisiones que tomamos, de nuestros éxitos y fracasos, de lo que leemos y reflexionamos, en un bucle continuo que nunca se detiene.

A pesar de lo aparentemente inabarcable de los aprendizajes, todos ellos confluyen hacia un mismo punto. Lo que se aprende se transforma en hábitos: formas de sentir, pensar y actuar, que se activan en un determinado contexto, y que se han automatizado a fuerza de repetición. Recordemos la primera vez que subimos a una bicicleta o cuando aprendimos a conducir. Al principio, el simple hecho de ponerse en marcha implicaba una secuencia agotadora de acciones en las que había que poner toda nuestra concentración. Pero tendemos a la eficiencia, y por tanto todo aquello que se lleva a cabo a menudo tiende a automatizarse. Eso libera capacidad atencional, que podremos emplear quizás en dar conversación al copiloto al tiempo que conducimos. Pero también dificulta que seamos conscientes de si hemos metido la tercera o la cuarta marcha. El precio a pagar por la eficiencia del hábito es que no somos siempre conscientes de ellos.

Imaginad la implicación que tiene sentir, pensar o actuar de forma automática ante determinadas situaciones sin darnos plenamente cuenta de cómo lo estamos haciendo.

Los rasgos de carácter reflejan si hemos aprendido a afrontar los problemas o más bien a ponernos de lado y evitarlos. O si vamos a velar principalmente por nuestro bienestar o intentar tener en cuenta las emociones y circunstancias de los demás. También hablarán de nuestra apertura mental hacia las ideas nuevas, trascendentes, o nuestro apego a lo material y circunscrito a nuestra propia experiencia.

Como vemos en la serie, Walter aprende a imponerse a los demás como una forma de dar salida a todo su resentimiento acumulado. También aprende a justificarse, a mentir, a disfrazar de celo familiar su perfeccionismo y orgullo creador.

El cambio de Walter también es físico, tal y como lo representa el artista AznKyuubi (www.Devianart.com)

Es fácil imaginar que, conforme pasan los años, más cuesta cambiar hábitos que llevan años instalados. Además, por la forma en que funciona el aprendizaje, una vez adquirido un hábito éste no se puede "borrar", sino que debemos aprender otro que lo sustituya o contrarreste. Obviamente la motivación va a ser clave para ello, igual si queremos aprender un idioma nuevo o nos da por empezar a bailar.

Temperamento y carácter no son compartimentos estancos. Existe una relación mutua entre ambos, influyendo uno sobre otro, aunque con diferente intensidad. Por decirlo de forma gráfica, el temperamento facilita o promueve determinados aprendizajes, como si navegáramos río abajo.

Una persona asustadiza, muy sensible desde su nacimiento tenderá a evitar las sensaciones desagradables, querrá ponerse a salvo. Pero no es lo mismo crecer en un entorno donde te animan a afrontar ("no te preocupes, inténtalo, si sale mal te ayudamos, tú puedes..."), que otros demasiado golpeados por la vida o incapaces de soportar su propia angustia ("ya lo hago yo, déjalo, no te metas en líos, tú no sabes, cuidado..."). Ante un mismo rasgo de temperamento el aprendizaje podrá ser tan opuesto como para llevarnos a adoptar el hábito de la valentía (afrontamiento) o de la cobardía (evitación). Sobreponerse a la tendencia por temperamento sería como remontar el río, y requerirá esfuerzo especialmente al principio. Pero con el tiempo a todo nos acostumbramos. Las personas somos capaces de sobrellevar cualquier sufrimiento si tenemos el motivo adecuado.


Uno de esos motivos tiene que ver con el tercer personaje, el más misterioso de este edificio de la personalidad: hablamos de la identidad. En el modelo de Clonninger no se incluye como tal, pero nosotros sí creemos importante tenerlo en cuenta, pues refleja los dos escalones previos e influye en los hábitos que escogemos desarrollar.

La identidad de uno es su respuesta personal a las siguientes dos preguntas:

  • ¿Quién soy yo? o ¿qué clase de persona soy yo?
  • ¿Quién piensan los demás que soy yo, o cómo me ven?

Ilustr. by Tony Shasteen

Si lo pensamos puede llegar a sorprender la distancia entre ambas facetas de la identidad, lo cual lleva a malentendidos, conflictos abiertos o la necesidad de ocultarnos a nosotros mismos. Imaginemos, en un caso extremo, que alguien ha comenzado a beber todos los fines de semana pero, a pesar de haber perdido el carné de conducir en dos ocasiones por ello, no está de acuerdo cuando su pareja o su doctora le sugieren que tiene un problema con el alcohol. Nadie quiere "ser alcohólico". Nadie quiere añadir a su identidad esa faceta, aunque los demás ya lo hayan hecho.

En otras ocasiones ocurre lo contrario: nos sentimos tan identificados con lo que los demás creen o esperan de nosotros que no desarrollamos hábitos propios, vivimos alienados por el deseo ajeno, y sorprendentemente cuando los otros faltan o no nos supervisan nuestros objetivos pierden todo su brillo y nos sentimos faltos de fuerzas, desorientados.

La identidad es la que nos permite coger las riendas y redirigir nuestra conducta, quizás para acabar creando nuevos hábitos. Igual que aquella vez que nos dijeron que se nos daba algo muy bien y aquel impulso externo nos llevó a desarrollarlo y hacerlo finalmente nuestro.


Ilustr. from www.Devianart.com

Muchas veces, a lo largo de nuestra vida, podemos sentir que no nos encontramos bien aunque no sepamos dónde está el origen de ese malestar. No es raro tener la experiencia de no soportar a nadie porque en realidad no nos soportamos a nosotros mismos. En esos momentos, como un claro entre las nubes, puede surgir el deseo, la certeza de que toca cambiar.

A veces podremos hacerlo solos, a base de reflexionar, o hablando largamente con buenos amigos, o bien viéndonos reflejados en los personajes de los libros que leemos y las series que vemos. En otras ocasiones necesitaremos a alguien que nos vea desde fuera, y una cierta apertura mental para escuchar de verdad, encajando el golpe que implica a veces saber lo que ellos están viendo.

Y así empezar un camino para el que suele ayudar la famosa oración de la serenidad, la que dice:


[···] Concédeme la serenidad para aceptar todo aquello que no puedo cambiar,

fortaleza para cambiar lo que soy capaz de cambiar

y sabiduría para entender la diferencia.


jueves, 31 de diciembre de 2015

Fargo, o el miedo

Terminamos el año con una entrada más ligera que las anteriores. En ella analizaremos una serie televisiva que nos ha atrapado ya desde su primer episodio.

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Quizás su título os suene, ya que nos referimos a Fargo. Con dos temporadas emitidas hasta la fecha, esta serie de ficción “basada en hechos reales”* está inspirada en la película homónima de los hermanos Coen.
El largometraje ya tuvo una excelente acogida en 1996, año de su estreno, llevándose el Oscar a la mejor actriz y al mejor guión original. Pero si aún lo recordamos casi 20 años después sin duda es por esa peculiar combinación de thriller policíaco y humor negro que de alguna manera se ha convertido en marca de la casa para los Coen.
Tanto la película como la serie actual nos trasladan al norte de los EEUU, a la conocida como región de los 10,000 lagos, en el estado de Minnesota. Allí nos encontramos un mundo de interminables llanuras, inviernos gélidos y días anodinos. En medio del sopor blanco de esta Siberia con restaurantes familiares**, de pronto, surge una violencia inesperada. Frente a ella las fuerzas del orden zarandean la cabeza y sorben humeantes tazas de café, aturdidas tras la quiebra de su pacífica rutina.

Fotograma de la película de 1996.
Podría decirse que gran parte del cine de los hermanos Coen hace suyo el popular Principio de Hanlon: “no atribuyas a la maldad lo que la estupidez puede explicar”. Salvando las distancias, podría decirse que Fargo aplicó sobre el género negro la misma lente que El Quijote usó para desmitificar las novelas de caballería: aquella que es capaz de enfocar y mostrarnos el absurdo de lo cotidiano. Fargo es la historia de un crimen chapucero que se va de las manos y se extiende como una mancha de aceite por el suelo. Una historia de codicia, estupidez y miedo.
La serie dirigida por Noah Hawley se asienta sobre este mismo universo simbólico, pero lo enriquece con nuevos personajes e historias, desbordando a la película. Aprovecha el formato, más extenso, para ahondar en el Principio de Hanlon. Explora las diferencias, los matices, pero también los puentes transitables que existen entre la estupidez y la maldad. Al mismo tiempo consigue construir una peculiar atmósfera en la que no todos se desenvuelven igual.

La trama.

A partir de aquí podéis esperar spoilers, así que seguid leyendo bajo vuestra responsabilidad.
Estamos en el año 2006 y se nos presenta a Lester Nygaard, aparentemente un buen hombre. Lester trabaja vendiendo seguros en la pequeña localidad de Bemidji. Es un tipo de modales suaves, precavido, sin ganas de meterse en complicaciones. Tan bueno es que el antiguo matón de su instituto todavía lo acosa de vez en cuando, golpeándole en público para aleccionar a sus hijos. Soporta resignado esta situación, así como el hecho de que sea comparado constantemente con su hermano, a quien su mujer ve como el modelo de hombre ideal que Lester nunca podrá alcanzar.

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Así transcurre la vida de Lester hasta que accidentalmente conoce a Lorne Malvo, sicario de mirada penetrante, ideas claras y peculiar flequillo. Mientras comparten sala de espera en las urgencias de un hospital, Lorne se interesa por Lester, quien le acaba confesando ser víctima del matón Sam Hess. “Si yo estuviera en tu situación, mataría a ese hombre”. La respuesta de Lester es reveladora: “si tan seguro estás, quizás deberías matarlo por mí”. A pesar de que inmediatamente se arrepiente y afirma estar bromeando, los destinos de Lester y Malvo quedarán sellados cuando a los pocos días Sam Hess aparezca asesinado en un club de carretera.
El encuentro con Malvo y la muerte de Hess acaban teniendo un extraño efecto en Lester, como si algún tipo de barrera hubiera caído para él. Cuando, una vez más, llega a casa y comienza a recibir su dosis habitual de reproches conyugales agarra un martillo y con él le da la réplica a su mujer. Lo que se inicia como un golpe inesperado, caprichoso, se convierte en ensañamiento, muerte y luego pánico ante lo que acaba de suceder. A partir de ahí entrarán en escena las fuerzas del orden, con la agente de policía Molly Solverson como precario pilar de sentido común en medio de la espiral de muertes que se irá desatando.

El hilo conductor.

Decíamos que Fargo se ambienta en una atmósfera peculiar, que vertebra toda la trama y define a los personajes. Esa atmósfera es la del miedo. Bien sea por tener que enfrentarse a los pequeños problemas del día a día, que acosan a Lester como un goteo, o bien por sentir con acierto que un zorro campa a sus anchas por el gallinero tras la llegada de Lorne Malvo, los personajes de Fargo se retratan en cada episodio en función de esa forma característica que tienen de responder al miedo.

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El miedo es una emoción primaria, de las más básicas que compartimos todos los animales. Las e-mociones, como su etimología sugiere, nos ponen en movimiento ante estímulos del entorno (por ejemplo, un depredador) o de nuestro interior (una herida). Su función es aproximarnos hacia lo que nos hace bien, y alejarnos de lo que resulta nocivo. Las emociones son actúan como un piloto automáticodirigido hacia la supervivencia. Pero una de las cosas que nos distingue de otros animales es que los humanos podemos elegir: podemos dejarnos llevar por el piloto automático o actuar de otra manera, pudiendo incluso tomar el mando en contra de nuestros propios intereses más inmediatos.

Todos sentimos miedo en algún momento de la vida. Todos tenemos esa capacidad, como parte de nuestro temperamento, aunque la intensidad con la que lo sentimos puede variar de una persona a otra. Eso se percibe ya desde niños. Rápidamente puede intuirse si una persona es más bien temerosa o, todo lo contrario, no parece asustarse con casi nada. Sobre esta base temperamental se va forjando el carácter, que tiene que ver con los hábitos que adquirimos a través de aprendizaje. Ahí juegan un papel las experiencias personales, las normas, las enseñanzas, los consejos... El temperamento apenas cambia a lo largo de la vida, pero el carácter sí se puede moldear. Lo hacemos cada día a través de pequeñas decisiones. Son éstas las que nos convierten en lo que decidimos ser: valientes o cobardes. El miedo es tan solo un punto de partida, una disposición.

¿Cómo define el miedo a nuestros personajes? Podríamos dividirlos de la siguiente manera.

Los sin miedo
Lorne y Molly. Sicario y policía. También pueden ser leídos como el bien y el mal, los extremos de un continuo moral. Decir que no sienten miedo sería afirmar que no tienen instinto de autoconservación, lo cual no es exactamente así. Pero sí es cierto que, ambos, en comparación con el resto de las personas que los rodean, parecen estar mucho menos sujetos a esa “fuerza de la gravedad” que lastra casi todas las decisiones en Fargo. Son los menos parecidos a nosotros y, por ello, los que más nos llaman la atención.

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  • Lorne Malvo es la figura arquetípica del psicópata. Carece de empatía, en el sentido de que no establece verdadera conexión emocional con las demás personas. Eso le resulta enormemente ventajoso, pues al no conmoverse (moverse con la emoción del otro) puede leer lo que los demás sienten de forma completamente fría y racional, práctica. Eso le proporciona un buen instinto para evaluar a la personas, y por lo tanto para manipularlas a su conveniencia. Pero lo que le distingue de otros psicópatas es que tampoco parece sentir mucho miedo. Se muestra extremadamente frío, incluso en situaciones de alto riesgo para su vida como tiroteos o enfrentamientos fisicos, sin ser él demasiado corpulento. Malvo se mueve por la historia como un barco rompehielos, o como un lobo entre corderos, absolutamente seguro de sí mismo mientras se divierte sembrando el caos y dando lecciones desde su peculiar experiencia: el problema es que te has pasado toda la vida creyendo que hay reglas. No las hay. Éramos gorilas. Todo lo que teníamos era lo que podíamos coger y defender.” Sin duda se gana la vida matando, pero su verdadera pasión consiste en estudiar a la extraña y risible especie de los corderos, acorralarlos hasta que vean lo absurdo de sus normas, y conseguir que acaben comportándose como el lobo que él es.
  • Molly Solverson, hija de policía retirado es, en contraposición a Malvo, una persona cariñosa, implicada. Se preocupa por los demás. Sabe escuchar y confortar en medio del dolor, el cual también le toca de cerca. Al mismo tiempo es una persona reflexiva. Tiene curiosidad y una percepción lo suficientemente fina como para comprender situaciones muy complejas. En cuanto comienza a investigar las repentinas muertes que tienen lugar en la comarca, sin aparente conexión entre ellas en un principio, empezamos a notar que su forma de leer lo que sucede es muy diferente de la que tienen el resto de compañeros del cuerpo de policía, más preocupados por el devenir de la temporada de pesca o la llegada de un próximo temporal de nieve. Molly se define perfectamente cuando podemos verla en contraste con otros dos policías a su pesar: el nuevo jefe de policía, Bill Oswalt, así como el agente Gus Grimly, de la vecina localidad de Duluth. El sentido común de Molly no se empaña por el deseo de regresar cuanto antes a la rutina. Tampoco lo distorsiona el miedo que inspira lo que sin duda alguna es un acúmulo de muertes demasiado terrible como para darse por pura coincidencia temporal. Lo que marca la diferencia entre Molly y el resto de policías es que no tiene miedo. Y tan poco peso tiene el miedo en su vida que tanto su padre como su compañero Gus se ven continuamente empujados a recordarle que el mundo está lleno de peligros, y que las personas que la necesitan quizás no soportarían su pérdida. Quizás sea injusto decir que la pobre Molly no sienta miedo en absoluto, pero, como hemos dicho, en el conjunto de su vida mental no parece relevante, quizás porque su leve disposición en este sentido quede ampliamente compensada por su intensa compasión y sentido de la justicia. Lo que está claro es que su temperamento le permite sostener la mirada al abismo sin parpadear, cuando otros vacilan y miran para otro lado. Es por ello que actuar como cree que debe actuar sin entrar nunca en contradicción con lo que le dictan las agallas. Molly siempre es Molly.

Los temerosos.
Una vez descartadas las desviaciones estadísticas de la norma (Lorne Malvo y Molly Solverson), nos quedan todos los demás. Y es que temerosos lo somos todos, en mayor o menor medida. Sin embargo, dentro de este grupo también surgen las divisiones, esta vez de carácter. Lo que nos define al resto de personajes son el tipo de decisiones que solemos tomar tomar cuando aprieta el miedo.

  • Los temerosos cobardes.

Lester Nygaard. Desde el primer momentro nos damos cuenta de que Lester es un cobarde. Un pobre hombre, de los que inspiran una cierta compasión, limitada por la sensación de que parte de los palos que le da la vida no son tragedias inevitables, sino consecuencia de su falta de espíritu y dificultad para ponerles freno. El miedo puede tener un efecto transformador en las personas, puesto que si nos obliga a sufrir desgracias nos va cargando de rencor. Uno no puede resignarse toda la vida y salir indemne. Por mucho que tratemos de poner al mal tiempo buena cara, ser amables, comportarnos como buenos vecinos... siempre llegará el momento en que entremos en contacto con todo ese dolor que consideramos inmerecido, y surgirá el deseo de represalia, de retribución.

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Esto es lo que detecta en él Malvo, su potencial para hacer daño. Su deseo de venganza. Con una sugerencia aparentemente inocua (“yo habría matado a ese hombre”) y un posterior ejemplo como muestra (el asesinato de Hess), lo pone sobre las vías para empezar a actuar conforme se siente, y no conforme le dicta el miedo. De ahí esta relación que no cabe llamarla amistad, pero en la que Malvo se deleita haciendo de guía hacia el mundo de los lobos, y Lester se aproxima primero buscando una ayuda en medio del pánico, y posteriormente llegando a identificarse con él e intentando invocar, de forma fallida, algo así como un cierto colegueo.
Bill Oswalt. Otro evidente cobarde es el jefe de policía accidentalmente ascendido tras el asesinato de su predecesor. Sin ser mala persona, pues se compadecerse intensamente por el reguero de “desgracias” padecidas por su antiguo compañero de instituto Lester, lo que su caso nos deja claro desde un primer momento es que las emociones influyen -y mucho- en cómo percibimos el mndo. El jefe Bill Oswald no desea que un asesino en serie ande suelto por Bemidji (opina que las muertes han debido ser “cosas de vagabundos”). No desea que su antiguo amigo Lester pueda ocultar un crimen terrible a sus espaldas (“el pobre Lester jamás haría eso, ha debido ser su hermano”). Está claro que el miedo que siente ante determinadas situaciones potencilmente terroríficas le nubla tanto la comprensión de las cosas como para hacerle agarrarse al primer clavo ardiendo que se le presente, aunque sea a base de apostar por hipótesis vergonzosamente simplistas. Por si nos quedara alguna duda, se sincera con Molly en los últimos compases de la temporada, lo cual le redime de alguna manera. Reconoce que no está hecho para presenciar tanto horror, tanta violencia gratuita. Que no le sienta bien esto de ser jefe, y que prefiere dedicarse a ser un hombre de paz.

  • Los temerosos valientes.
Valiente no es el que no siente miedo. Quien no es capaz de sentirlo acaba siendo, en todo caso, un temerario. El valiente es quien, sintiendo miedo, decide afrontarlo la mayor parte de las veces.

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Gus Grimly, agente de policía por casualidad (quería ser cartero, pero entró en el cuerpo “porque en correos no había empleo y en la policía estaban contratando”) sin duda siente miedo. Después de fallecer su mujer y quedar a cargo de su hija, tiene mucho que perder. Esto le lleva a dejar escapar a un inquietante Malvo después de detenerlo en un control de carretera. Pero a diferencia de otros, no podrá olvidar. Esa decisión le perseguirá durante toda la temporada. En contraposición al nocivo ejemplo que Malvo tiene sobre Lester, Gus irá armándose de valor inspirándose en la voluntariosa Molly. Será por eso que, sobreponiéndose, será capaz de acerchar al propio Malvo en su guarida y afrontarlo en solitario.
Existen otros personajes que demuestran valentía como una forma de redención (véase la pareja de agentes del FBI, que acaban perdiendo la vida), pero en beneficio de la brevedad los dejaremos de lado en esta reseña.

Match Point”

Como hemos dicho, todos sentimos miedo en alguna ocasión. La intensidad con que nos atenaza suele tener que ver con el temperamento. Nuestro temperamento cambia poco a lo largo de la vida, pero lo que sí puede cambiar son las decisiones que tomamos día a día. Estas decisiones, que luego consolidan en hábitos, forman nuestro carácter.
Nos cueste más o nos cueste menos podemos elegir actuar de forma cobarde o valiente. La cuestión del mérito es en todo caso secundaria.
Fargo tiene la grandeza de plantearnos una historia apasionante, y lo hace gracias a unos personajes bien definidos en torno a la cuestión central del miedo. A partir de ahí podremos hablar acerca del bien y del mal, pero creemos que antes es importante conocer las bases que sustentan estos conceptos morales.

Fuente: http://gentedigital.es
Con Lester aprendemos que el miedo puede ser el límite a nuestros propios deseos, y que es una de las bases a partir de las cuales construimos colectivamente la ley. Por eso el empeño de Malco en preguntarle “¿es esto lo que quieres?”, invitándole a tomarlo. Su historia nos habla de lo que descubrimos de nosotros mismos al caer el miedo, como le sucede a Walter White en Breaking Bad tras serle diagnosticado un cáncer incurable. Una vez emprendida la senda del deseo sin límites, tanto se crece que empezará a sentirse omnipotente, desafiando a Malvo en un evidente fallo de cálculo, que acabará en huída hacia delante, hacia el hielo quebradizo.
Gus siente el miedo, toma una decisión que lamenta, y es capaz de percibir el efecto que eso tendrá sobre él si no cambia. Por eso logra redimirse cuando decide enfrentarse al mal. Abierto a debate quedaría si el cómo se resuelve este desafío supone una victoria moral para los corderos o para los lobos.

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Fargo, en definitiva, nos invita a través de una historia apasionante a preguntarnos qué haremos frente al miedo. Hacia dónde nos decantaremos cuando en la partida de la vida llegue ese Match Point en que la pelota puede caer a cualquier lado de la red.

Porque una cosas está clara. El miedo, antes o despúes, siempre nos llega.
Y ante él nos retratamos.

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* Tanto la película de los Coen como la serie juegan al equívoco con el tema de los “hechos reales”, que como tal nunca sucedieron. Esto se ilustra a través de un guiño adicional representado en la figura de Paul Bunyan, cuya extravagante estatua preside la entrada a la ciudad. Se trata de un famoso leñador, a caballo entre el cuento y la historia, que aparentemente no sentía miedo. Se anuda así la dudosa veracidad de la historia con el género denominado “fakelore” (folclore-ficción) para acabar configurando esta fábula acerca del miedo.


** Así se refieren los Cohen al estado de Minnesota, donde nacieron y se criaron, empapándose de cultura televisiva entre nevada y nevada.