Mostrando entradas con la etiqueta Consulta. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Consulta. Mostrar todas las entradas

sábado, 30 de enero de 2016

Siguen sin encontrarme nada

Todavía no sabes muy bien qué haces aquí. En la consulta del psiquiatra.

Ilutrs. R. Motherwell
Intentas recordar cómo empezó todo, pero sólo regresa la mueca. La misma que no pudiste ocultar cuando la médico de cabecera te entregó el volante de derivación a Salud Mental. Lo que sentiste no fue exactamente enfado. Había parte de sorpresa, eso seguro. También de duda, como justo antes de comprender que te están tomando el pelo. Fuera lo que fuese, no fue agradable. Te preguntabas si te habrías explicado mal o si sería ella la que, después de tanto tiempo sin fallarte, se había equivocado de pleno.

Es buena gente, la doctora. Pero esa mañana le notaste que, como casi siempre, iba con prisa. Quizás algo más de lo habitual. Ella intentaba escucharte, actualizar la medicación, aclarar tus dudas... pero 6 o 7 minutos después de cerrar por dentro la puerta de la consulta ya había sido sacudida por otros nudillos impacientes. El calor llegaba desde la sala de espera, y una de las recetas se había quedado atascada en la impresora. Callaste. No quisiste complicarle más la mañana con preguntas que tampoco acababan de tomar forma en tu cabeza. ¿Por qué siempre pasa eso cuando se va al médico? Además, pensaste, un psiquiatra podrá mandarme algo para dormir como Dios manda. Un buen somnífero. Porque hace tiempo que no sabes lo que es dormir del tirón, la verdad.

Te lo han preguntado muchas veces, pero no acabas de recordar cómo empezó todo. No sabrías decir con precisión cuál fue ese día en que la molestia ya no se marchó. Lo que sí sabes es que era una semana como otra cualquiera. No es que hubieras hecho nada fuera de lo normal. Ninguna burrada. Tampoco te acosaba el trauma de una de tantas desgracias como salen en las noticias. Toquemos madera. Se pasará solo, pensaste. Como tantas otras veces. Quizás lo comentaste en casa, durante la comida, o con la gente del trabajo. Ya se te pasará, te tranquilizaron.

Pero al despertar por la mañana la molestia seguía allí. Tardaste unos segundos en notarla, lo mismo que duró la ilusión de que todo había pasado. Algo así como un peso sordo se quedó enganchado en algún punto dentro de ti. Antes de lavarte la cara, ya sabías cómo sería el resto del día. Para hacerla más llevadera volviste a compartir lo de tu molestia con la gente que se preocupa por ti. A tus tímidas quejas les siguieron algunas buenas intenciones y muchos consejos. Al menos al principio. “Ve que te miren”. “Cógete la baja”. ¿La baja, en serio? Pensaste que no era para tanto, y más teniendo en cuenta cómo están los trabajos. Quita, quita. Me aguanto y punto. Esto se pasará. Cuando la cosa se ponía insoportable te tomabas una o dos de esas pastillas que tenías por casa. Al final te acostumbraste a poner buena cara para no andar agobiando a los demás con tus problemas. Para entonces la molestia ya era una compañera habitual. Las noches se acortaron.

Un fin de semana ya no pudiste levantarte del sofá, de lo mal que te encontrabas. Ese mismo lunes, con más vergüenza que otra cosa, fuiste a ver a tu doctora. Te encontraste con su entrega habitual. Tampoco la notaste especialmente preocupada mientras te comentaba que iba a pedirte una analítica de sangre y una radiografía. Eso te tranquilizó. Probablemente veía a menudo casos como el tuyo y pronto daría con lo que te estaba pasando. Te cambió las pastillas por otras nuevas. Te pidió cita con la enfermera. Te vería en una semana. Salió al pasillo a llamar al siguiente. La molestia te acompañó de vuelta a casa.

Ilustr. Presencia amenazante. R. Motherwell

¿Cómo explicar lo que sentiste cuando te llegaron los primeros resultados? Todas las pruebas salieron normales. Parece que está todo bien, dijo la doctora. Se quedó pensativa unos segundos. El teléfono de la consulta comenzó a sonar, pero no quiso descolgar. Ella no veía nada de lo que preocuparse pero, por si acaso, le pediría su opinión al especialista. Te entregó el volante de derivación mientras te acordabas de aquella vez que ingresaron a tu padre. No te habían encontrado nada, pero tampoco aparecía el alivio por ningún lado. En casa ya sabían que lo mejor era no preguntar. Durante la cena, se oían los cubiertos tintinear.


La primera crisis de ansiedad te llevó al hospital con una semana de adelanto. Los de la ambulancia que te atendió en plena calle le quitaron hierro al asunto. Le pasa a mucha gente. Uno cree que se va a morir, pero con una pastilla bajo la lengua se pasa. No es nada grave, pero por si acaso que le hagan un electro. Un joven de mirada cansada te atendió en urgencias, y pareció alegrarse al escuchar de tu boca que pronto te iba a ver el especialista. Firmó el informe antes de entregártelo en mano. Y pida la baja, te recomendó.

Lo que vino después tampoco fue mucho mejor. Llegaste a perder la cuenta de los especialistas que te atendieron. Y puedes dar fe de que viste de todo. Gente solvente, profesionales muy amables, otros con la actitud de quien le está haciendo un favor a alguien más bien inoportuno. Palabras más técnicas, frases más vagas y generales; gente campechana, que te hablaba desde el sentido común. Diferentes explicaciones. Probabilidades, algún diagnóstico, pero todo provisional. Hacían falta más pruebas. Para entonces la molestia había ido creciendo dentro de ti. A veces notabas cómo se aventuraba hacia otro lado de tu cuerpo. Nadie se daba cuenta, pero eso te estaba ganando. Aparecían sensaciones nuevas. Si durante unos segundos la molestia se ausentaba, estabas muy pendiente de registrar su regreso. La recibías con un pálpito. Con frecuencia te acordabas de lo bien que estabas antes. Antes de que todo esto empezara. Y eso te robaba el ánimo y las fuerzas. Te desesperabas.

Volvías a los tres, seis, dos meses en el mejor de los casos. Los especialistas te invitaban a sentarte frente a ellos con visible buen humor. Te hacían partícipes de la buena noticia: no tiene usted nada. Pero aquello dolía como una pedrada. Ellos quedaban satisfechos, aliviados. Pero tras la segunda o la tercera visitas, empezaban a impacientarse. Como si no hubieras captado el mensaje. Te hablaban de operar, aunque no podían asegurar resultados. O te enviaban a explorar otra rama de la medicina. Tú querías hacer lo que fuera por mejorar. 

Ilutrs. R. Motherwell
Las jugadas que nos llega a gastar la cabeza las vas conociendo bien. Más de una vez deseaste que apareciera un buen asterisco en las analíticas, o varias manchas en el TAC. Lo que fuera. Algo que explicara lo que estaba pasando. Que se llevase de un plumazo la sensación de que tu molestia ni siquiera tenía la capacidad de llegar a ser “algo”. Porque lo tuyo es real, aunque cada vez escuches más las fatídicas palabras clavándose en tu pecho: es todo de la ansiedad, de la depresión... como si tuvieras la culpa de lo que te sucede. Como si fuera algo inventado. ¿Cómo no vas a sentirte una ruina con todo lo que vienes pasando?

No te encuentran nada, pero lo van a tener que encontrar. No vas a parar.

Porque tú sientes algo. Y de eso nunca has dudado. Aunque insisten en que te alegres, que todo está normal. Y sin embargo ya apenas sales de casa. Pusiste las ganas a hibernar, hasta que vengan tiempos mejores. Con todo lo que has pasado aún encima te dicen que hagas más. ¿Cómo no ibas a acabar en la consulta del psiquiatra?

Y todo eso me cuentas ahora que tenemos algo más de tiempo.

Lo que aprendiste durante este trayecto lo recordaremos otro día, si quieres.

martes, 6 de enero de 2015

Palabras que tu psiquiatra aprendió a abandonar (II) : "MENTIRA"



¿Mienten todos los que no dicen la verdad?

Los que leyeron la entrada anterior se habrán dado cuenta de que esta es una pregunta con trampa.

En primer lugar, ya vimos cómo la palabra "verdad", útil para el día a día, podía generar malentendidos serios al emplearla en consulta. A los que siguen creyendo en la verdad absoluta como un objetivo al que aspirar les recomendamos comenzar por aquí.

Ahora bien, la trampa de la pregunta de más arriba es doble, porque también hace referencia a un concepto igual de resbaladizo -si no más- como es el de "mentira".

Con esta entrada queremos preguntarnos si al emplear esta palabra lo hacemos con más o menos acierto. También intentaremos descubrir si, al usarla para definir nuestra relación con los demás, conseguimos aclarar las cosas o más bien enredarlas y salir, de alguna forma, perjudicados.

···························

En consulta es relativamente frecuente escuchar a algunos pacientes quejarse de haber sido engañados, acusando de mentir a personas que ese día pueden haberles acompañado o no a la sesión. Por ejemplo:

· "Dijo que me quería. Me engañó todo este tiempo"
· "Me ha denunciado por maltrato, pero es todo una sarta de mentiras".
· "Confiábamos en él, prometió que lo iba a dejar, pero ha seguido bebiendo a escondidas."
· "Es una mentirosa compulsiva. Siempre va presumiendo por ahí de cosas que no tiene".


En estos ejemplos identificamos varios elementos que suelen aparecer cuando hablamos de "mentiras". Compartamos unas observaciones al respecto:

Vía: http://blog.doodooecon.com/

· Observación nº 1: la mentira se refiere siempre a un intercambio de información que consideramos que ha fallado, pero atribuimos ese fallo a las intenciones del interlocutor.

· Observación nº 2: la mentira se vive como una amenaza. Su mera sospecha genera inquietud, desconfianza y, cuando nos sentimos seguros de su presencia, desencadena acusaciones airadas.

· Observación nº 3: el que miente suele ser el otro. Aunque todos tenemos la experiencia de haber recurrido a una mentira puntualmente, esto casi siempre se vive como la excepción a la regla de que, en general, somos personas honestas.

· Observación nº 4: a la acusación de mentir suele seguir la exigencia de la verdad. De ahí los conflictos, porque es muy poco frecuente que la persona acusada de mentir reconozca haberlo hecho (incluso aunque así sea).


Pero volviendo a los ejemplos de la consulta, ¿hace justicia la palabra mentira a todas esas situaciones? ¿Es capaz de cubrir la mentira un fenómeno tan complejo?


···························

¿Es lo mismo mentir que engañar?


Para conocer algo siempre vale la pena echar un vistazo a sus raíces. Si consultamos su etimología veremos que la palabra mentira procede del vocablo latín mentiri (mentir), que significa urdir un embuste con la mente.

Quizás lo más interesante de esta definición es que, cuando involucra a la mente, lo hace de forma activa. La mentira, a diferencia de otras formas de engaño, se lleva a cabo de forma consciente. Quien miente sabe que hay una discrepancia entre lo que sabe (o cree, u opina) y lo que comunica. Además esta comunicación se lleva a cabo a través del lenguaje, por medio de una trama que debe crearse con palabras.

El engaño se trata de un fenómeno más general, que incluye la mentira pero también otras situaciones. Engañar es modificar la apariencia de algo de tal forma que se provoque una impresión equívoca a un observador.
Vía:http://lauralovesbeautyblog.com


Esto puede lograrse de muchas formas, como por ejemplo evitando mencionar al posible comprador de un coche una antigua avería para asegurar la venta, amagando un regate hacia un lado antes de llevarse el balón por el lado opuesto, o pintándose las pestañas al salir de fiesta para que los ojos parezcan más grandes.

Estos tres ejemplos de engaño serían conscientes, pero no verbales. Ahora bien, como hemos dicho, no todos los engaños son conscientes. Para comprobarlo basta con sentarse a ver algún documental de sobremesa.





Cuando un chimpancé se enfrenta a otro en combate y automáticamente se le erizan todos los pelos del cuerpo, llega prácticamente a doblar su tamaño aparente dando la impresión de ser más fuerte y peligroso de lo que realmente es. El chimpancé está engañando pero ni es consciente de ello ni puede evitar este fenómeno, por ser involuntario. Algo similar le ocurre al pez globo. Otros animales, ante la posibilidad de salir malparados en un enfrentamiento, fingen la muerte tendiéndose inmóviles frente a su atacante. Si éste pierde el interés por un momento, cabe la posibilidad de escapar rápidamente aprovechando un despiste. Menor conciencia aún de estar engañando presentarían esas plantas que, mostrando colores vistosos típicos de especies venenosas (aún cuando ellas no lo sean), consiguen disuadir a muchos de los herbívoros interesados en hincarles el diente.

Esta es la primera conclusión que debemos extraer: que no todos los engaños son mentiras. Pero, algunas personas nos dejan confundidos cuando hablan. No queda claro si son conscientes de estar engañando (y por lo tanto mienten de forma descarada) o bien llegan a creerse lo que afirman, en cuyo caso hablaríamos de autoengaño y no de mentira. Esta pregunta quizás sea el núcleo de todo este meollo. Pero antes de seguir, conviene preguntarse de dónde surge el impulso de engañar.

···························

¿Por qué (todos) engañamos?


Los pandas también detectan estructuras de incentivos.Vía: www.iflscience.com
Desde un punto de vista evolucionista es fácil entender por qué la estrategia del engaño se encuentra tan extendida en la naturaleza. Engañar (cuando no se es descubierto) puede resultar sumamente rentable a efectos de supervivencia y reproducción. Los individuos cuya carga genética les facilita engañar con éxito consiguen dejar más descendientes que sus rivales, por lo que la habilidad se hace progresivamente más frecuente. A su vez, esto hace que se revaloricen las estrategias que permiten no ser engañado, por lo que con el paso del tiempo también se acaban seleccionando los individuos que mejor detectan los indicios de un posible engaño. Estas dos tendencias dan lugar a un fenómeno llamado coevolución, una especie de "carrera armamentística" entre habilidades de engaño y habilidades de detección. En esta guerra, lo queramos o no, participamos también todas las personas, siendo como somos rehenes de nuestra herencia biológica.

El disponer de un lenguaje complejo, un sistema simbólico capaz de diseminar a voluntad versiones construidas de la realidad, dispara exponencialmente las oportunidades de engañar con éxito. Pero si además poseemos una teoría de la mente, es decir, la capacidad de entender que el otro tiene una mente que no es la mía, y por lo tanto dispone de una información que no tiene por qué coincidir con la que yo tengo, tendremos a nuestro alcance los dos ingredientes fundamentales para la mentira. Desde el punto de vista de la evolución biológica la mentira sería algo así como la versión destilada del engaño, una herramienta de máxima precisión forjada en el seno de millones de años de competición biológica.



Pero, ¿es la mentira una estrategia tan potente como para asegurarnos la victoria? Como señala Robert Trivers en su recomendable libro "La insensatez de los necios", la mentira puede emplearse de forma consciente y eficaz para sacar provecho del trato con los demás, pero acarrea una serie de inconvenientes:

1. Produce nerviosismo: la estrategia puede fallar, y por tanto tememos ser descubiertos. Esto da pie a carraspeos, titubeos, jugueteos con las manos, y otras señales de inquietud.

2. Pone en marcha mecanismos de control: a fin de evitar ser descubiertos nos entrampamos en la siguiente paradoja: intentamos parecer espontáneos y naturales. Con el objetivo de ocultar indicios de nerviosismo tendemos a controlar el tono de voz, el ritmo, los movimientos corporales... El resultado, obviamente, es lo opuesto de la espontaneidad, una suerte de rigidez en las formas que puede ser identificada por el ojo entrenado.

3. Supone una carga cognitiva: además tener que manejar la tensa situación que hemos esbozado, quien miente debe ser capaz de recordar lo que sabe y quiere ocultar, pero también la nueva versión que quiere ofrecer, así como las posibles ramificaciones de la historia, que se irá complicando mientras dure la mentira. Para cualquiera que lo haya intentado será fácil reconocer que crear requiere más trabajo que recordar o evocar.

Estos tres puntos dan pie al conocido dicho según el cual "se pilla antes a un mentiroso que a un cojo". Solemos pensar que, tarde o temprano, la persona que mienta habrá de sucumbir a alguna de estas dificultades, poniéndose en evidencia.

Sin duda este es el talón de Aquiles de la mentira, esa incómoda discrepancia que a veces se ha llamado disonancia cognitiva: "lo que transmito no es exactamente lo que yo sé". El simple hecho de ser consciente de esto crea malestar y amenaza el éxito de la estrategia. Mucha gente afirma, de hecho, que no se le da nada bien mentir. Pero, ¿qué ocurriría si fuéramos capaces de ignorar esa discrepancia? La mentira fluiría sin trabas y conseguiríamos llenar de ideas equívocas la cabeza de quien nos crea. Pues bien, parece que esto es precisamente lo que ocurre cuando la mentira se acompaña de autoengaño.

···························



El autoengaño es un fenómeno clave para entender la psicología humana, mucho más frecuente de lo que podríamos pensar y que, cuando se asocia a la mentira (engaño verbal y consciente), cambia por completo la naturaleza de la misma.

Debemos recordar una lección fundamental: la función del cerebro no es conocer la realidad, sino diseminar nuestro material genético. Desde el punto de vista estrictamente biológico, existen buenos motivos para sesgar la percepción de la realidad. El autoengaño nos permite incrementar nuestras oportunidades de manipular con éxito a otras personas, algo fundamental para individuos que habitan un medio altamente social como el nuestro.


El mecanismo sería el siguiente: Trivers propone que la información considerada inicialmente como verdadera tendería a formar parte de la mente inconsciente, mientras que la información generada (maquillada o directamente falsa) quedaría almacenada en nuestra mente consciente, disponible para ser diseminada de forma verbal. Esto parece contraintuitivo, pero es completamente coherente con la lógica evolucionista que antes hemos expuesto. El “maquillaje” o “barniz” que matizaría la información consciente, estaría inequívocamente compuesto de deseos o temores del individuo, esto es, de necesidad. Matizar el contenido de nuestra conciencia de acuerdo con nuestras necesidades, sin ser consciente del proceso de “barnizado” es lo que permitiría dar lugar a una transmisión ventajosa de la información.

Por eso podemos afirmar que, quien nos habla a través del autoengaño, no puede considerarse que sea completamente deshonesto. Quien se autoengaña está siendo sincero desde aquello que, de forma consciente, tiene en mente. Y no podría afirmar otra cosa. De aquí surgirá la mayor parte de los conflictos, de la colisión entre el reproche indignado de quien se siente traicionado y la estupefacción genuina de quien se siente honesto, al no saberse víctima del autoengaño. Eso nos lleva a que debamos afinar nuestra sensibilidad hacia los discursos de las personas para ir incorporando estas complejidades que vamos descubriendo, si pretendemos ser justos con los demás y ser tratados con idéntica justicia.
El barón de Münchausen, máximo representante
del autoengaño y la mitomanía.


La intensidad del autoengaño, por ejemplo, es algo a tener en cuenta. No hablamos de un fenómeno de “todo o nada”. El autoengaño no funciona como un interruptor que nos permita apagar la luz y envolvernos en tinieblas cuando así lo decidimos. Se trata de un fenómeno gradual y semiautomático. Cuando decimos gradual nos referimos a que se asemejaría a un barniz que permitimos que la mente aplique sobre la discrepancia (“lo que digo no es lo que yo sé”). En función del número de capas que permitamos aplicar menor será el conflicto entre versiones, aliviando nuestro malestar a costa de sacrificar veracidad. De esta forma, el autoengaño nos puede situar en infinidad de puntos distribuidos a lo largo de una línea imaginaria cuyos extremos son, por un lado, una absoluta inconsciencia del propio autoengaño y, por otra parte, esos tímidos intentos que todos hemos realizado a veces y que tan solo momentáneamente consiguieron hacernos olvidar lo que nunca dejamos de tener por cierto. Unas personas tendrán más tendencia a dejarse aplicar este barniz que otras (y se las ha llamado de muchas maneras: exageradas, fantasiosas, fabuladoras, mitómanas, inmaduras, histéricas...); pero una misma persona, incluso la más honesta, tendrá en ocasiones más o menos alicientes para dejarse “barnizar” un asunto determinado, para autoengañarse en función de la carga emocional de la información que disponga y el grado de malestar que la discrepancia le provoque.

Además es bueno recordar que el autoengaño funciona de forma similar a lo que sucede con el sueño: al igual que el insomnio ataca a los que se concentran demasiado en intentar quedar dormidos, cuanto más pretenda uno autoengañarse activamente, más consciente será de que se está haciendo trampas al solitario. El autoengaño funciona dejándose llevar, abandonándose a las propias emociones de deseo o temor, que son las que ponen en marcha ese mecanismo de millones de años de antigüedad que ya nos acompañaba antes de que surgieran la autoconciencia o el lenguaje gramatical. La honestidad muchas veces tiene que ver con la detección y la resistencia activa contra este impulso que busca protegernos. Nos obliga a sacrificar bienestar a cambio de aproximarnos a un valor moral.

···························

Calendario vacunal contra el autoengaño


Debemos ir terminando esta entrada, ya excesivamente larga.

El engaño tiene mala fama, y la mentira no digamos. Pero ni uno ni otro (ni mucho menos el autoengaño) son necesariamente problemas o lacras a evitar. Al revés. Nos han permitido llegar hasta aquí, y todavía hoy en día nos posibilitan soportar la vida. Como afirma Irvin Yalom, el ser humano es un animal herido por la certeza de que un día morirá. Simplemente no podemos vivir mirando directamente a ese Sol, si acaso echar vistazos muy breves. Por lo tanto, hay una parte del autoengaño que no solo es inofensiva, sino que resulta esencial para la tarea de vivir.



Ahora bien, no es menos cierto que para vivir en sociedad debemos ser capaces de regular adecuadamente la fiabilidad de la información que transmitimos. Ni tiene sentido ser implacablemente sinceros todo el tiempo ni nos evitará problemas el vivir acunados por el autoengaño. Nuestras emociones, especialmente si no las vemos venir, pueden apartarnos demasiado o demasiado a menudo de las versiones del mundo de los demás. Y al final la realidad que experimentamos en sociedad es un consenso de versiones puestas en común. De nada nos servirá vivir en un mundo incomunicable, construido para nuestro exclusivo bienestar psicológico. Entre otras cosas porque corremos el riesgo de no entendernos o acabar siempre enfrentados.

¿Cómo navegar por tanto las aguas del engaño y el autoengaño?

Lo primero que deberíamos hacer sería tener en mente la posibilidad del autoengaño. Saber simplemente que más pronto que tarde el autoengaño nos dará alcance, y que ése será el momento de prestarle atención y detectarlo. No con rechazo, sino con curiosidad. Se ha demostrado que los chimpancés, nuestros primos más cercanos junto con los bonobos, pecan de excesiva confianza en sus propias capacidades, y también que rechazan más de lo esperable a monos de grupos diferentes al suyo. ¿Suena familiar? En el caso de los humanos veremos muchas otras formas de autoengaño: la ilusión de superioridad moral (la gente tiende a pensar que sus acciones están mejor fundadas y son menos arbitrarias que las de los demás), la dicotomización inevitable en buenos y malos, nosotros y ellos (cuya expresión más omnipresente es el orgullo tribal), o la sensibilidad variable ante las necesidades de los demás en función de nuestra posición en la jerarquía social (conocida informalmente como la sociopatía adquirida de los jefes), entre muchas otras, serán tendencias que sesgarán siempre nuestra percepción de la realidad en favor de nuestro acervo genético. Solo añadiremos que todas estas inclinaciones emocionales aparecerán constantemente envueltas en palabras, símbolos, sistemas ideológicos y otras racionalizaciones más o menos enrevesadas, las cuales pueden llegar a conseguir que perdamos la pista de su origen biológico.

Ilustr. Dani Kwirk.
La experiencia cotidiana, el examen de conciencia y diferentes experimentos científicamente controlados nos servirán para comprobar la presencia del autoengaño en nuestras vidas. En sus versión más abundante éste tendrá que ver con una complaciente tendencia a perdonarnos nuestras propias faltas. Mejor que nosotros lo explica el Doctor en psicología Dan Ariely, quien ha publicado diversos libros muy recomendables al respecto, uno de ellos muy bien resumido en el siguiente video:

Por último, sabiendo cómo funciona esta maquinaria en nosotros mismos, tendremos las herramientas necesarias para intentar lo más complicado de todo: ir más allá del contenido de lo que nos digan cuando las cosas no nos cuadren y, en lugar de señalar con el dedo la supuesta mentira, preguntarnos ¿qué necesidad está siendo cubierta con estas palabras?, ¿a qué emociones responde?.



Os dejamos sin responder a la pregunta más importante de todas, porque es mejor que cada uno intente resolverla aplicando lo que ahora sabemos: ¿qué porcentaje del engaño en que nos vemos involucrados diariamente corresponde a mentiras conscientes y qué porcentaje al autoengaño?

¿De verdad nos mienten tanto como a veces pensamos?


Ideas clave:
  • La mentira es un tipo muy concreto de engaño, una versión consciente y verbal. 
  • El autoengaño es uno de los fenómenos más ubicuos e inadvertidos de nuestra psicología. 
  • El cerebro no está destinado a comprender la realidad, sino a maximizar nuestra transmisión de copias genéticas a la siguiente generación, aunque para ello deba llevarnos a engaño. 
  • La mentira pura y dura es poco frecuente. Lo más habitual es la sinceridad desde una base de autoengaño de intensidad variable. 
  • El autoengaño no es negativo per se, pero suele llevar a frecuentes conflictos con otras personas. 
  • Las mejores formas de modular el autoengaño son el conocimiento de los sesgos psicológicos básicos, el examen de conciencia y el genuino interés por las necesidades y deseos del otro cuando interactúa con nosotros.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Palabras que tu psiquiatra aprendió a abandonar (I). "VERDAD".

El trabajo del psiquiatra no solo implica saber cuándo recomendar o no el uso de fármacos. Debemos aprender a emplear las palabras de la mejor manera posible en beneficio de quien acude a consulta.

A veces las personas llegan para contarnos su historia y se sorprenden porque los profesionales preferimos no emplear algunos términos de uso común. Eso puede resultar molesto si no somos claros al explicar por qué actuamos así. Al fin y al cabo cada uno tiene su forma de expresar sus malestares, y el primer objetivo del tratamiento es obtener información sobre el problema.

Si las palabras son nuestras mejores herramientas, ¿por qué renunciar a algunas de ellas?

El motivo es que existen una serie de términos de uso cotidiano que no tienen mucha utilidad en consulta. Son palabras que pueden resultar engañosas y contraproducentes para quien las emplea, o incluso para el clínico que se deja atrapar por ellas sin darse cuenta.

A lo largo de diferentes entradas nos gustaría compartir con vosotros algunas de esas "palabras trampa", sospechosos habituales que llegan desde nuestras charlas del día a día con aparente inocencia, pero que por lo general sólo sirven para confundir y disimular los problemas a tratar en la terapia.

Hoy empezamos con un peso pesado: la tan deseada "verdad".




Cuando uno empieza a ejercer la práctica de la Psiquiatría, un dilema frecuente al que se enfrenta es acerca de cómo se las va a arreglar para discernir entre la mentira y la verdad, cómo discernir lo que es realidad de ficción. Una de las situaciones típicas en la que surge esta duda es ante los enfermos con delirios. Otra muy frecuente es la que se produce cuando los familiares dicen aquello de “cuidado doctor, que es muy listo y sabe engañar a todos los médicos”.

Entre los compañeros de profesión es recurrente la broma de “¿te has traído la bola de cristal?”. Al principio te pasa desapercibida, pero después de pelear a brazo partido con disquisiciones acerca de quién miente y quién dice la verdad, analizar un montón de casos, compartir anécdotas con los compañeros y habernos sentido sobrepasados muchísimas veces por tan magna responsabilidad, creemos positivo establecer unas cuantas conclusiones:

  1. No es función de la Psiquiatría (ni de ninguna especialidad médica donde también se pierden con frecuencia en este debate) sentenciar en términos de verdad o mentira. De hecho la palabra sentenciar da una pista acerca de quiénes son los responsables sociales de este cometido y según el caso con mayor o menor base de sustentación: la justicia.

  1. La verdad, como conocimiento certero de la realidad es algo dificilísimo de aprehender. Tiene muchas caras, muchas versiones, y cada persona tiene un relato acerca de su verdad que puede resultar tan certera como la contraria. Verdades absolutas y universales no hay tantas, así que es una palabra que casi siempre se utiliza de forma poco concisa en el contexto clínico.

  1. ¿Qué hacemos entonces ante las situaciones clínicas antes descritas? Analizar los discursos, en forma y contenido, pero no en términos de veracidad, si no de coherencia, de ajuste al contexto, de consonancia entre lo emocional y lo verbal, y lo más importante si ese discurso ocasiona un sufrimiento evidente a la persona, y le impide o no desarrollar su vida en los ámbitos más importantes : trabajo, familia y sociedad.

Ilustr. Bill Watterson.

En resumen, para lidiar día a día con nuestras ajetreadas vidas necesitamos algunas seguridades. Eso implica dejar de lado detalles y puntos de vista potencialmente infinitos para empezar a actuar. Sin embargo en consulta es necesario frenar y mirar con otros ojos. Debemos tomarnos el tiempo para examinar cada supuesto sobre nosotros mismos y juntar todo el valor posible para ponerlos en duda. Con suerte el profesional os echará una mano señalando a esta primera tramposa llamada "verdad".

Porque, por lo general, en lo que creemos evidente es donde anidan la mayor parte de los malentendidos.


Esperamos vuestro feedback y preparaos, porque la semana que viene abordaremos... la mentira.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Dándole cuerda al reloj de la psicoterapia



Misión cumplida, después de una primera consulta, ahora le vemos sentido al hecho de ir al psiquiatra. Quizá hayamos acordado empezar una psicoterapia. Los profesionales de salud mental tenemos claro que la psicoterapia es una de las herramientas fundamentales para el tratamiento de nuestros pacientes. Al evaluar un caso por primera vez, detectamos aquellos conflictos no resueltos, aquellos pensamientos que hacen daño o aquellos comportamientos que perpetúan un círculo vicioso. En definitiva, nos formamos una idea del núcleo del problema. “Esto necesita una psicoterapia” decimos, y los pacientes asienten, pues la terapia psicológica está ya más que arraigada en nuestra cultura.

Lo que no siempre aclaramos a nuestros pacientes es el plan de tratamiento completo, es decir cuánto va a durar la terapia. Normalmente con los fármacos lo tenemos más claro y damos pautas concretas sobre cuándo tomarlos y durante cuánto tiempo. Pero ¿qué pasa cuando pensamos que lo más apropiado es la terapia? Los pacientes, en nuestra experiencia, no siempre preguntan si no se lo explicamos. Y no debemos olvidar que en el imaginario colectivo se encuentran cosas como ésta...


En realidad, cada vez se trabaja más en psicoterapia con modelos denominados breves. Esto es así incluso en las formas más actualizadas de psicoanálisis o terapia psicodinámica, donde sigue existiendo el psicoanálisis clásico de años de duración, pero cada vez más se trabaja con modelos centrados en un problema concreto o foco. En estos casos, lo habitual es dedicar aproximadamente entre una y tres sesiones a hacer una completa evaluación del paciente. En ellas analizaremos el motivo o problema por el que consulta, pero también datos relativos a su vida pasada y actual, de manera que podamos hacernos a la idea de sus fortalezas psíquicas, de los valores, dificultades, entorno... Y así, terapeuta y paciente terminarán por definir una versión o narrativa del problema sobre el que se dedicará el trabajo psicoterapéutico.

Llegados a este punto, sería conveniente establecer el contrato psicoterapéutico, es decir, una descripción de cómo se desarrollará la terapia incluyendo duración de las sesiones, frecuencia, y duración total aproximada del tratamiento. Como es habitual en la asistencia sanitaria, donde manejamos nuestros cálculos más por estadística que por cifras exactas, la duración del tratamiento va a depender de cada caso concreto. Por eso, es muy importante dedicar -si es necesario- hasta tres sesiones para tenerlo lo más claro posible y afinar en la predicción de la duración. En los modelos más recientes de terapias breves lo habitual es que duren entre 15 y 24 sesiones, lo que vendría a ser entre 4 y 6 meses, siendo la frecuencia de las sesiones semanal en la mayoría de los casos.


Una vez concluída la evaluación, el terapeuta debe informar de sus conclusiones y establecer las características más adecuadas para la terapia, de manera que si el paciente acepta pueda ponerse el tratamiento en marcha.

El factor tiempo es clave en la manera en que todos organizamos nuestra mente. Por eso, aportar datos acerca de la duración estimada de la psicoterapia ayudará al paciente a tomar parte de manera más activa, decidiendo de qué quiere hablar y qué considera de relevancia. Dicho de otra manera, ayudará a impedir que pasen años y años hablando del “sexo de los ángeles”.
Al igual que existen esas primeras sesiones de evaluación, también es recomendable cuando la terapia va llegando a su fin, y paciente y psicoterapeuta lo saben, dedicar un par de sesiones a establecer un resumen y conclusiones de lo que se ha trabajado. De esta manera facilitamos que el paciente se pueda llevar una idea lo más sintentizada posible de su evolución, estado actual y de las estrategias aprendidas que han posibilitado su recuperación.

Las claves:
  • La psicoterapia es un tratamiento programado para un tiempo definido.
  • La duración habitual es de entre cuatro y seis meses una vez a la semana.
  • Conociendo la duración, el paciente puede participar más activamente en el desarrollo de la terapia.


domingo, 10 de noviembre de 2013

¿De qué me sirve un diagnóstico?




In psychiatry, first comes treatment, then comes diagnosis”
Samuel Shem, Mount Misery


Muchos pacientes se marchan de la consulta, extrañados, sin un diagnóstico. En ocasiones esto sucede incluso después de meses o años visitando al psiquiatra. Puede que uno no caiga en la cuenta de este hecho hasta que otra persona le pregunte: ¿qué te han dicho de tu problema? ¿de qué te han diagnosticado? No siempre se podrá dar una respuesta concreta. Algunos incluso notarán que han mejorado, pero ¿exactamente de qué?

Por otro lado, algunas personas ven el diagnóstico del psiquiatra como una etiqueta impuesta de la que prefieren no saber nada. Y al mismo tiempo otras se identifican tanto con el diagnóstico (recibido o escogido) que llegan a emplearlo como tarjeta de presentación hacia los demás.


¿Pero cuál es el valor real del diagnóstico? ¿Es necesario? ¿Hasta qué punto tiene importancia?


Ilustr. Lorenzo Mattotti 
1. Primero el paciente.

Los seres humanos nos llevamos muy mal con las incertidumbres. Todos, desde bien pequeños, nos dedicamos constantemente a buscar y generar explicaciones sobre lo que sucede a nuestro alrededor. El mundo sólo nos resulta habitable en la medida en que le otorgamos sentido, y por eso nos perturban tanto las cosas que escapan a nuestro control o son puro fruto del azar.  Gran parte del sufrimiento que conlleva el estar enfermo tiene que ver con esa incertidumbre, con no saber qué nos está pasando.

Por eso, más que el psiquiatra, el primer interesado en tener esa información es el propio paciente. El simple hecho de disponer de una explicación satisfactoria de los síntomas muchas veces sirve para calmar parte de la angustia, y da pie a que se pueda empezar a hacer cosas en favor de la recuperación. Una explicación satisfactoria debe ser congruente con la cultura y los valores del paciente. Y para eso deben coincidir mínimamente los términos en los que se describe el malestar. Es ahí donde pueden empezar a surgir los problemas. ¿Es un diagnóstico una buena explicación?

2. ¿Qué nombre le ponemos?

El psiquiatra dispone de un catálogo de patologías que abarca todas las formas científicamente reconocidas de enfermedad. Este catálogo, si lo hojeáramos, lo veríamos repleto de términos técnicos como Trastorno por Estrés Postraumático, Esquizofrenia Paranoide, Trastorno Depresivo Mayor, etcétera. Se podría pensar que la misión del psiquiatra es, tras una primera visita, acertar a unir uno de estos nombres del catálogo con lo que el paciente le ha contado. Pero no. O no todavía.

Entendemos por diagnóstico esa conclusión a la que llegamos sobre la salud de una persona tras evaluar unos signos y síntomas. Pero en medicina casi nunca trabajamos con certezas, y menos en psiquiatría. Normalmente la conclusión que sacamos en un primer encuentro sólo puede ser una idea preliminar, a la que llamamos diagnóstico de presunción: la opción más probable de entre todas las posibles en un momento determinado.

Un psiquiatra no puede apresurarse a diagnosticar sin conocer razonablemente al paciente.  Por ejemplo: ¿es la tristeza consecuencia de un momento especialmente malo en la vida del paciente o tiene que ver con una forma habitual de tomarse las cosas? El enfoque del tratamiento cambiará radicalmente en función de matices que lleva cierto tiempo detectar. ¿Quiere decir que el paciente debe esperar todo ese tiempo para recibir ese tratamiento? Afortunadamente no.

El diagnóstico de presunción, aunque no lleve nombre ni apellidos, nos permite hacernos una idea de cuáles son los síntomas más importantes a tratar en las fases iniciales. Además, nos da pistas de por dónde puede estar el origen del conflicto y orienta la dirección de la terapia. Puede ser expresado con palabras que cualquiera emplearía, y no tiene por qué ser técnico. Sólo tiene que ser honesto, razonable y adecuado para el paciente.  


3. ¿Y si necesito un informe?

Ilustr: abc
Los psiquiatras empezamos tratando síntomas y, cuando conocemos lo suficiente al paciente como para hacer un diagnóstico completo, suele ocurrir que ya lo vemos en toda su complejidad como persona que sufre. En ese momento la denominación oficial, con sus nombres y apellidos, casi siempre se nos queda corta. No le hace justicia al caso.

Pero a veces es necesario emitir un informe, bien porque lo requiere otro profesional o porque el paciente lo necesita por cuestiones administrativas, bajas laborales, etcétera. En ese caso, tras una evaluación detallada que no tiene por qué llevar más de una o dos consultas, no habrá problema en plasmar sobre el papel ese diagnóstico de presunción con la terminología apropiada.  

Simplemente habrá que ser consciente de que esas palabras son parte de una clasificación internacional, que surgió para facilitar el trabajo a los profesionales, los investigadores y los proveedores sanitarios. Por ello los diagnósticos tienen el valor que tienen, que es -en definitiva- el de organizar cómo se va a ayudar a la persona y no determinar qué se es ni quién se es.

Las claves:

  • El paciente debe llevarse desde el principio una explicación razonable de su malestar.
  • El diagnóstico técnico no es la mejor forma de explicación, y requiere cierto tiempo.
  • Aún así, siempre se tiene derecho a solicitar un informe con un diagnóstico técnico.
  • Este diagnóstico tiene valor como herramienta profesional. Su valor para el paciente es relativo.


En próximas entradas hablaremos de:
      · Diferencias entre enfermedad, síndrome y trastorno.



domingo, 27 de octubre de 2013

¿Y si no quiero tomar medicación?


Una de las preguntas que suele hacerse quien se plantea acudir al psiquiatra por primera vez es: ¿me hará tomar medicación?.

Desde que los psicofármacos modernos entraron en el arsenal médico, hace ya más de 60 años, su popularidad no ha dejado de aumentar, para bien o para mal. Como con cualquier tema que se hace de dominio público, a su alrededor han ido creciendo múltiples posturas, algunas de ellas extremas y generadoras de confusión. No obstante, siempre que nos enfrentamos a algo nuevo, es lógico que tengamos nuestras reservas, y más si hablamos de cuidar nuestra salud.

Las preguntas que con más frecuencia escuchamos en consulta sobre la medicación son:


· ¿Me hará dejar de ser yo mismo? ¿cambiará mi personalidad?
· ¿Será adictiva? ¿Tendré que tomarla de por vida?
· ¿Tendrá efectos adversos molestos? ¿Me puede perjudicar?

Todas ellas son pertinentes, y es importante que queden aclaradas antes de iniciar un tratamiento. Pero la que suele rondar la cabeza del paciente sin que llegue muchas veces a ponerse en palabras es la que abre esta entrada: ¿y si no quiero tomar medicación, qué pasa?.

La medicina ha cambiado mucho. Antes el médico era una figura indiscutida cuyas indicaciones no dejaban lugar a dudas. O sea aceptaban o adiós muy buenas. Hoy, quien acude al médico, se encuentra con un profesional especializado que trabaja más bien como un técnico, proponiendo alternativas, informando y consensuando con el paciente los pasos a seguir. El médico excelente es aquel que, además de ser buen técnico, tiene la humanidad suficiente como para intuir cuáles son las necesidades de cada paciente, adaptándose a ellas, y no al revés.

¿Qué postura adopta hoy el psiquiatra ante la toma de medicación?

En primer lugar hay que aclarar que, hoy en día, la medicación no es la única herramienta del psiquiatra. Y en nuestra opinión no siempre debería ser la primera opción. Para la mayoría de trastornos que llegan a la consulta (cuadros depresivos, ansiedad, adicciones, trastornos de la personalidad...) la base del tratamiento es la psicoterapia, siendo la medicación un complemento muy valioso, pero no imprescindible. Si se dispone de un tiempo razonable es recomendable iniciar una evaluación del caso acompañada de un tratamiento psicológico. Siempre habrá tiempo de plantear la posibilidad de potenciarlo con medicación en el caso de que no se diera mejoría en el plazo de unos pocos meses.

En segundo lugar, tanto si es el paciente quien solicita tomar medicación, como si manifiesta sus dudas al respecto, es imprescindible analizar los motivos de cada caso. Para esto no valen fórmulas universales. Partimos de la base de que no tomar fármacos es una postura personal perfectamente respetable, siempre y cuando se ejerza libremente, y no se base en emociones perjudiciales y evitables (el miedo a lo desconocido, la desesperanza en una depresión), no se deba a la desinformación o no obedezca a un alejamiento puntual de la realidad.

Es labor del médico asegurarse de que la postura del paciente está libre de estas 3 cadenas: (emoción, desinformación, anosognosia). Sería negligente no operar a alguien que, necesitando una intervención urgente, estuviera demasiado asustado por la anestesia general y se negase a entrar en el quirófano. El cirujano tiene la obligación de detectar y calmar esos miedos. Con la medicación ocurre lo mismo.

Una persona adulta, informada acerca de los posibles riesgos y beneficios de no tomar medicación, puede perfectamente prescindir de ella. Ejerce su autonomía como paciente de la misma forma que cuando accede a tomarla. Por ello es importantísimo que se cree en consulta un clima de confianza que permita plantear este tema con sinceridad. Cuando esto no se consigue, casi siempre es culpa del médico, que quizás no haya dedicado suficiente tiempo a examinar las reticencias, a resolver dudas y explorar miedos.

Emociones y medicación
Ilustrac: Brian Stauffer.
A veces cargamos a la pastilla con unas emociones que no le corresponden, que no vienen con ella. Unas veces le endosamos nuestra desconfianza hacia los demás. Otras, nuestros miedos e inseguridades. En muchas ocasiones cargamos los medicamentos con las exageradas esperanzas de un mágico remedio, indoloro y definitivo. Pero la medicación es sólo una herramienta, neutral, cuyo significado debe consensuarse entre médico y paciente.

No es raro que en ocasiones se desaconseje empezar este tipo de tratamientos. Hay muchos dolores en la vida que no sólo no requieren medicación, sino que su prescripción únicamente conseguiría distorsionar experiencias que son parte del desarrollo personal, como sufrir la pérdida de un ser querido. El médico prudente sabe que una pastilla en esa situación hace un flaco favor al paciente, si acaso calma la propia angustia.

Un buen profesional sabe decir no. Sólo recurre a la medicación cuando es necesaria. Pero no deja de recomendarla si cree que lo es. Informa sobre beneficios y molestias esperables. Se asegura de que el paciente no se quede con dudas. Y siempre está dispuesto a rectificar.

domingo, 6 de octubre de 2013

¿Por qué debería ir al psiquiatra alguien como yo?


Nuestra mente forma parte de nuestro cuerpo, de nosotros mismos, pero a su vez es parte también del entorno que nos rodea. Cuando una persona se rompe una pierna está claro que no va a poder desenvolverse por sí misma, perdiendo una parte significativa de su libertad. Existen pocas dudas de que debe pedir ayuda al médico designado para tal fin. Lo que sucede es que este proceso de decisión lo hacemos gracias a la mente. Y en el caso de que el problema esté en la mente, o lo que es lo mismo, exista algún tipo de trastorno mental, la capacidad de autodetección se complica bastante.

Sin embargo, podemos sospechar que algo no va bien cuando:

  • Nuestras estrategias habituales para afrontar el malestar, sufrimiento, problemas de sueño, falta de apetito... no están dando resultado (cada uno las suyas: hacer deporte, yoga, salir a tomar algo con los amigos, el apoyo de nuestros seres queridos...)
  • Van apareciendo complicaciones en otros ámbitos de la vida: familia, pareja, trabajo, amistades...
  • Nuestros conocidos nos dicen que actuamos de forma diferente o nos avisan de un cambio de actitud; cosa que aunque nos pueda irritar o hacer pensar que no nos comprenden, muchas veces puede ser cierto.

El objetivo de acudir al psiquiatra puede ser el de aclarar una duda muy legítima: ¿Es normal esto que me pasa?. Ha de quedar claro que el paciente es el experto en sí mismo. Nadie mejor que él conoce su propia historia, deseos, motivaciones... Lo que sucede es que por estar inmerso en el problema suele perder la perspectiva, y lo mismo le pasa a la familia, que al estar implicada emocionalmente pierde a su vez la distancia necesaria. Por otro lado, la sociedad, sus tendencias y modas hacen que cada vez menos se compartan las experiencias con franqueza, y se creen mitos o expectativas que arrojan más confusión a nuestro entendimiento profundo. Por ejemplo, en España resulta muy difícil compartir un fracaso empresarial al no haber una cultura de emprendedores arraigada.

La labor del psiquiatra por lo tanto, es en primer lugar el psicodiagnóstico, es decir, responder a la persona que viene a consulta si es o no normal eso que le pasa. En ocasiones nos encontramos personas muy independientes y luchadoras que persisten en sus deseos de salir adelante con sus recursos, y que a pesar del progresivo deterioro de su salud viven el pedir ayuda como un fracaso. Pero también aparece el caso contrario: las personas más acostumbradas a reclamar ayuda de su entorno tienden a subestimar sus capacidades, y pareciera que demandan una solución ajena a sí mismos que desde el ámbito sanitario no se puede aportar.

Por ello, una única consulta con el tiempo suficiente para evaluar adecuadamente la situación global puede bastar para zanjar las dudas y tranquilizar al paciente acerca de lo apropiado de sus sensaciones, prescribir el tratamiento más adecuado si se requiere, y siempre orientar acerca del enfoque más adecuado del problema.