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martes, 11 de agosto de 2026

Lo de las bajas

 ALEGRÍA [tras derribar dos cajas etiquetadas como "HECHOS" y "OPINIONES", tratando de ordenar su contenido ahora entremezclado]: "¡Oh, no! Estos hechos y opiniones se parecen demasiado entre sí."

BING BONG [metiendo apresuradamente todas las piezas en la caja de "HECHOS"]: "¡Eh, no te preocupes! ¡Pasa todo el tiempo!"

Del Revés. Pixar Studios.

Las bajas médicas. Su número. Su duración. El perfil de sus beneficiarios. No hay más que leer la prensa. El de las bajas se ha convertido en el tema del semestre y no quisiera concluir mi merecido periodo de "absentismo"* (es decir las vacaciones de verano) sin meter baza.


Voy a intentarlo no sólo desde la opinión, sino desde el conocimiento situado que proporciona el trabajar como psiquiatra especializado en sufrimiento laboral. Aunque yo no doy directamente la baja a mis pacientes una parte importante de lo que hago consiste en lidiar todos los días con las incapacidades temporales para el trabajo: su duración, su utilidad, la viabilidad de la reincorporación y, quizás más importante: su sentido para la persona que busca ayuda.

No prometo nada revolucionario, la verdad. Sobre este tema se han ido publicando excelentes textos que abordan las diferentes aristas de un fenómeno que – a nadie sorprenderá- se trata de un hecho social complejo y, por tanto, ninguna perspectiva parcial permitirá comprenderlo por si sola. Me parece a mí que, justamente, como sociedad, estamos en la fase de recomponer entre todos el rompecabezas. La manera en que unos y otros vayamos aportando piezas, pienso, influirá en la imagen final que vaya emergiendo, con consecuencias importantes para todos. De ahí la importancia de sentarme a escribir.

Pretendo por tanto compartir en estas líneas algo que me pedía el cuerpo desde hace tiempo, tomando la ola de este momento de preocupación compartida. Se trata de resolver una incógnita en torno a un momento clave: ¿cómo es que es que llega ese día en que nos dan una baja?.

¿Qué gota es la que se precipita y qué vaso es el que se desborda cuando finalmente un trabajador acude a su médico y le comunica que ya no aguanta más?

Pero antes de meternos en faena considero imprescindible dejar apuntaladas algunas "nobles verdades" que nos eviten quedar enfangados en las arenas movedizas de los prejuicios y las opiniones recibidas desde los medios, los compañeros de trabajo, nuestros jefes o nuestra propia conciencia.

Ilustr. Cressida Cambell

1. Las Incapacidades Temporales (popularmente conocidas como "bajas") constituyen un acto médico de enorme responsabilidad (y escaso reconocimiento) que, de forma general, asumen las y los médicos de familia y comunidades (MFyC) en el nivel asistencial de la Atención Primaria (AP). Aunque haya calado en el lenguaje y el imaginario popular la idea de que uno "se coge la baja" (como quien toma caprichosamente el autobús rumbo a su merecido descanso), el hecho es que las incapacidades las prescriben los médicos con el objetivo de favorecer la recuperación de los problemas de salud de sus pacientes o para proteger a los trabajadores cuando no pueden desempeñar su trabajo por motivo de su patología. A tal punto no "las cogen" los peticionarios que uno de los principales detonantes de agresiones verbales y físicas hacia médicos de familia tiene que ver precisamente con el hecho de que los médicos sólo las firman cuando consideran que están indicadas, denegando aquellas peticiones que entienden como injustificadas.

2. Se observa según datos cuantitativos una tendencia innegable, pronunciada, consistente, al incremento de la frecuencia y duración de las incapacidades temporales en nuestro medio, con particular aceleración tras la pandemia del SARS-CoV-2. Los motivos médicos principales siguen siendo los problemas musculoesqueléticos y, con notable incremento, los difusamente denominados problemas de salud mental. Las causas en ningún caso se muestran unívocas ni lineales, sino que se revelan multifactoriales y capaces de interactuar de forma compleja, potenciándose de formas imprevisibles. Estos datos cuantitativos son los que parecen poner en marcha a los diferentes actores implicados y van dando paso a que la situación cobre relevancia mediática. Lo complejo del asunto (opacidad epistémica) habilita que cada uno proyecte en esta cuestión aquello que pueda o quiera ver en función de cómo le afecte la cuestión de las bajas. Es decir, existe la comprensible tendencia a arrimar la sardina de cada uno al calorcito de la polémica, mezclando hechos con prejuicios, miedos y deseos.

3. Asistimos, por tanto, en el último año y pico, a una retahíla de ostentosas manifestaciones de preocupación por parte de las organizaciones empresariales ("la patronal"), amplificadas por determinados partidos políticos, que encuentran su eco en notas de prensa emitidas por asociaciones profesionales, declaraciones, artículos de opinión, así como propuestas más o menos inocentes de empoderar a las mutuas privadas en la gestión de las bajas. Existen importantes intereses económicos que llevan a poner el foco en la cuestión de las bajas en un contexto de cifras particularmente bajas de desempleo (menguante "ejército industrial de reserva") y dificultades para cubrir vacantes en un entorno laboral estructuralmente precarizado.

4. Por otro lado subyace un fenómeno latente de mayor recorrido temporal, que se resume en una saturación por desbordamiento e incapacidad estructural de los dispositivos que dan las bajas (Centros de Salud de una Atención Primaria abandonada material y organizativamente) y aquellos que las supervisan (Inspección médica) o los que se pronuncian en aquellas de larga duración (Equipos de Valoración del INSS.) La saturación afecta igualmente a aquellas escasas instancias de las que se esperan resultados positivos en salud que permitan acelerar los procesos de recuperación (listas de espera de diferentes especialidades, centros de salud mental, etc.)

5. El encuentro clínico, por otro lado, escenario en el que se dirimen las bajas, es un campo híbrido donde conviven hechos (objetivos) y valores (subjetivos) tanto de profesional como paciente y todos aquellos actores invitados a la escena sin hacer acto de presencia. Lidiar con esto requiere preparación individual y unas condiciones estructurales favorables que permitan poner en práctica lo aprendido, aspectos ambos francamente desatendidos desde largo tiempo.

6. Mi experiencia clínica y la de numerosos compañeras y compañeros es precisamente la de que, si bien existen algunos individuos que exageran (o directamente fingen) sus males con el fin de obtener una dispensa y no comparecer en el trabajo, estos "caraduras" o "jetas" cuantitativamente suponen una anécdota irrisoria cuando se los compara con la enorme masa de personas empleadas que acuden a trabajar en condiciones de enfermedad, a menudo con riesgo para ellos y para terceros, casi siempre en el mismo entorno que las ha enfermado. Es decir, la proporción de personas que se resisten a la baja es superior en varios órdenes de magnitud a quienes la buscan activamente. Esto es particularmente palpable cuando la principal fuente de malestar es psíquica, llevando a muchas personas a fantasear con sufrir una dolencia física que les permita acceder a un motivo más legítimo -para su conciencia- que la baja por problemas de salud mental.


Es este último punto el que me lleva a plantear la cuestión que últimamente me ha interesado. Si es, como parece, un hecho demostrable que un sector muy importante de la fuerza de trabajo comparece en su puesto en estado de mala salud objetiva, con síntomas activos, haciendo uso de medicación para sobrellevar la jornada laboral, ¿qué es lo que lleva a que esta voluntad de persistir se desmorone en un momento determinado?


Del querer poder al no poder querer.

Dos estudios independientes, dos, llevados a cabo en Suecia buscaron aclarar esta cuestión de cómo se inician las bajas médicas.

El primero de ellos (referencia 1) evaluó retrospectivamente un año natural preguntando tanto a trabajadores y trabajadoras como a sus jefes cuál consideran que fue el motivo detonante de la baja cuando ésta se debió a lo que llamamos Trastornos Mentales Comunes (TMC: ansiedad, depresión, etc). El estudio tuvo la virtud no solo de interrogar a ambos "lados" de la relación laboral, sino que introdujo la cuestión de género como un elemento relevante para explorar cada situación.

Las conclusión principal del estudio fue que siempre se encontraba una confluencia de estresores que desbordaba la capacidad de afrontamiento de la persona. Es decir, si las cosas se ponían mal en el trabajo pero el ámbito personal estaba preservado la baja no se producía. Lo mismo ocurría a la inversa. Las bajas, casi siempre se debían a la coincidencia de problemas en casa y en el trabajo.

Los problemas detectados en el trabajo fueron, principalmente: sobrecarga de tarea, límites poco claros de la tarea o rol profesional, así como vivencias de inseguridad y escaso apoyo social en el puesto de trabajo.

Los problemas personales se centraban en el reparto desigual de las tareas de la casa dentro de la estructura familiar, incluyendo la carga mental asociada, así como todo el trabajo emocional y de cuidados. La particularidad de estos estresores extralaborales sería la que, razonablemente, justifica la sobrerrepresentación en el estudio de mujeres en situación de baja médica.

El segundo estudio (referencia 2) se propuso identificar prospectivamente qué detonantes concretos llevaban al inicio de una baja por cualquier motivo médico, no solo de salud mental.

El resultado principal nos dice que en las 24 a 48 horas previas a la baja o bien se anticipaba una situación particularmente estresante en el trabajo (pongamos, una guardia, un pico de tarea, jornadas a destajo), o bien -y en este caso la relación parece que se mostraba aún más sólida- había tenido lugar en el trabajo una situación conflictiva con superiores o con compañeros.

Esto nos puede llevar a pensar que, o bien la situación conflictiva fue de intensidad suficiente como para provocar la aparición de sintomatología de cualquier tipo (ej. una crisis hipertensiva, una cefalea migrañosa, un accidente con traumatismo, crisis de pánico, etc), o bien que ya existía una patología presente y la aparición de alguna de estas situaciones sirvió de motivador para acudir al facultativo que la detectó y dio inicio a la baja.

Vistos ambos estudios podríamos aventurar que, respectivamente, encajan relativamente bien con dos perfiles que habitualmente visitan nuestras consultas. El primero, el de los problemas que se juntan y desbordan la capacidad de afrontamiento, suele traer a consulta a personas que adoran "ser fuertes", "que pueden con todo" y se sorprenden por la brusca irrupción de síntomas o un agotamiento del que no terminan de recuperarse. Son personas que buscan en el tratamiento "volver a ser la de antes". Quisieran volver atrás en el tiempo a pesar de que sus cuerpos les estén gritando por la vía de los hechos que se trata de un afán insostenible. Como en el estudio, suelen ser mujeres.

El segundo estudio me trae a la mente a todas las personas que, tras largo tiempo esforzándose, sosteniendo el sufrimiento ligado al trabajo por medio de un intenso celo profesional, sufren un desencuentro con otros miembros de la organización o la organización misma, sintiendo de alguna manera que se les ha traicionado. Su implicación, sus sacrificios, no han sido correspondidos. A este perfil se lo entiende mejor como una abolición de su deseo de trabajar consecuencia de la quiebra de la reciprocidad. El individuo percibe que no está recibiendo en proporción a lo que considera que ha dado de si mismo. Estas personas acuden a consulta más indignadas que sorprendidas, y casi invariablemente lo que expresan es su deseo de no volver. Se ha producido un divorcio emocional con el puesto de trabajo que a menudo busca algún tipo de reparación simbólica, reparación que la distancia inaugurada por la baja hace más que improbable. Estas suelen ser las bajas que más se alargan y complican, requiriendo un laborioso y persistente análisis de la demanda para evitar un inmovilismo contraproducente para todas las partes.

De los primeros podemos decir, que dejaron de poder, aunque les gustaría ser capaces. Nos toca transmitirles la mala noticia y ayudarles con el duelo de su omnipotencia. Animar a moderar sus empeños teniéndose algo más en cuenta a sí mismos. De los segundos cabe concluir que dejaron de querer poder. Y sabemos que sobre nuestros deseos (el querer) no tenemos control directo. Nuestro querer o no querer se forma a lo largo de mucho tiempo, nuestra influencia sobre el propio deseo es, en el mejor de los casos, indirecta. Su reverdecer normalmente depende de resortes que tienen que ver con relaciones con personas que nos importan, para quienes sí somos alguien. A veces esta reconstrucción de la vivencia de uno implica cambiar de contexto, tarea para nada sencilla. Nos toca validar su indignación y ayudarles, con mucho tiento, a pensar de nuevo en términos de estrategia y eficacia para ellos mismos, dándole su importancia al afán de justicia, pero quizás postponiéndolo para más adelante.



Momento este que aprovecho para introducir una pregunta que tiene algo de retórico: ¿no os llama la atención que casi todo el mundo parece tener una opinión e intensos sentimientos en torno a las bajas?.

Si, como afirma Christophe Dejours, la cita con el trabajo constituye una cita con el sufrimiento, y si la experiencia de sobreponerse a este sufrimiento pasa necesariamente por nuestro celo hacia la tarea, nuestro empeño por superar las dificultades y lograr lo propuesto, entonces cabe afirmar que todos los trabajadores y trabajadoras, incluso los de mayor éxito, estamos aguantando. Si se entiende como una cuestión de resistencia ya no resultan tan enigmáticos esos lamentos que a menudo nos lanzan los pacientes: "¿por qué soy tan débil?", "¿por qué los demás pueden y yo no?"

Nos viene a la mente el poema de Kipling (celebérrima proclama de la ideología viril):


[···] "Si puedes obligar a tu corazón, a tus fibras y a tus nervios

a que te obedezcan aún después de haber desfallecido

y que así se mantengan, hasta que en ti no haya otra cosa

que la voluntad gritando: ¡persistid, es la orden!" [···]


El trabajo es una relación social institucionalizada. Trabajar consiste en asumir una serie de expectativas mutuas o roles que hemos interiorizado con el fin de poder pertenecer a la comunidad que habitamos. Estas expectativas son el resultado de pugnas y equilibrios sociales que, en nuestro proceso de enculturación hemos hecho propios a través de nuestra relación con diferentes grupos de pertenencia. En el proceso de formarnos como sujetos este origen externo va siendo olvidado, dándose por naturales lo que son unas relaciones sociales circunstanciales y no inmutables.

En la medida en que todos trabajamos para alguien, es decir, ponemos por otra persona un empeño extra (el celo, o trabajo vivo) que es lo que permite que la tarea salga adelante a pesar de los imprevistos y las dificultades, el cese del celo debe ser comprendido como consecuencia de un cambio en una relación humana. Nos hemos desengañado, o nos han traicionado, o nos han convencido de que nuestros esfuerzos no son tenidos en cuenta en términos de quiénes somos.

Dejar de persistir en el celo laboral se vive, de alguna manera, como traicionar a los demás, exponerse al reproche, al despido, encaminarse a la pobreza y quizás al destierro (que le pregunten a tantos jubilados). Quien deja de trabajar "cuando no toca" a menudo pasa a ser alistado en el catálogo de los sospechosos. "¿Por qué no ordena a sus fibras y sus nervios que aguanten, hasta que de esta persona tan solo quede un jirón de voluntad?", "¿no ve que los demás lo estamos haciendo?". Así sienten las bajas ajenas muchas de las personas que más sufren actualmente en sus trabajos y todavía no han visto su vaso rebosar.

Todos sufrimos, pero en diferente grado y por diferentes motivos. Por eso son tan comunes, incluso frente al médico de familia que firmará o denegará la baja, "que todos tenemos problemas", "que peor estoy yo", o que "la baja sólo te hará sentir más miserable."

Corresponde al clínico explorar cada situación de forma individual, superando la tentación de pensamiento de brocha gorda. Compartimos mucho todos en esta relación con el trabajo, llevamos dentro de nosotros el marchamo de la institución social, pero la relación con la situación subjetiva de trabajo será tan variada como lo somos las personas.

Este conocimiento sólo podrá surgir al arrullo del tiempo, de la escucha arriesgada y esa honestidad que crece enredándose en los vínculos.

Ahora sí, serenas vacaciones.

Referencias:

1. Holmlund L, Tinnerholm Ljungberg H, Bültmann U, Holmgren K, Björk Brämberg E. Exploring reasons for sick leave due to common mental disorders from the perspective of employees and managers - what has gender got to do with it? Int J Qual Stud Health Well-being. 2022 Dec;17(1):2054081. doi: 10.1080/17482631.2022.2054081. PMID: 35341475; PMCID: PMC8959517.

2. Hultin H, Hallqvist J, Alexanderson K, Johansson G, Lindholm C, Lundberg I, Möller J. Work-related psychosocial events as triggers of sick leave--results from a Swedish case-crossover study. BMC Public Health. 2011 Mar 23;11:175. doi: 10.1186/1471-2458-11-175. PMID: 21429193; PMCID: PMC3072951.

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* El término "absentismo" se viene empleando desde hace tiempo tanto por el INSS, como las mutuas y empresas de RRHH como un término "paraguas" que aglutina cualquier ausencia del puesto de trabajo. Desde un punto de vista técnico permitiría cuantificar las horas o jornadas no trabajadas en contraste con lo pactado por contrato. Aunque su uso esté muy extendido y a menudo busque un análisis legítimo de la productividad se trata de un término muy discutido.Se aprecia por parte de determinadas organizaciones patronales, partidos políticos de signo liberal, etc, cierto interés por denunciar las elevadas cifras de absentismo mezclando churras con merinas, es decir, no discriminando entre ausencias previstas, imprevistas, justificadas o injustificadas. Es de suponer que a efectos de negocio ninguna ausencia viene bien, claro. Y a esto se añade que la palabra "absentismo" (quizás por reminiscencias de la época escolar) introduce un matiz de posible voluntariedad en la ausencia, aunque una baja por enfermedad se trata, a priori, de algo indeseable y ajeno a la voluntad del trabajador. Y aquí está el meollo de la cuestión, que hemos querido abordar en esta entrada: ¿cuál es el papel de la voluntad en el inicio de una baja médica?.


domingo, 30 de marzo de 2025

Sobre el suicidio y su relación con el trabajo

El pasado 13 de marzo intervine en el Senado de España a petición de su Comisión de Sanidad.

Esta charla se enmarca dentro de la ponencia dedicada a la Salud Mental y la Prevención del suicidio, en la que diferentes profesionales hemos venido aportando nuestro conocimiento en torno a este propósito tan amplio y necesario.

En mi caso quise centrar mi exposición en la relación que vamos conociendo entre el trabajo y la conducta suicida.

Aquí os dejo sendas grabaciones de la intervención esperando que lo expuesto sirva para aclarar algunas incógnitas e iluminar caminos para seguir avanzando. 

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1. Exposición inicial en torno a la relación entre trabajo y suicidio: (20 minutos)


2. Respuesta a los portavoces y exposición final. (10 minutos)


domingo, 28 de abril de 2024

Conflictos en el trabajo. Diez ideas con las que lidiar.

Tener problemas con las personas con las que trabajamos, por increíble que pueda sonar, es una de las causas más habituales de sufrimiento en el día a día, pudiendo llegar uno a enfermar y a requerir una baja médica que detenga temporalmente la escalada del conflicto.

Para estas personas el proceso de buscar ayuda externa puede suponer un calvario adicional. Ayudarlas no es sencillo, no por culpa de ellas, sino porque existe mucha confusión y poca información fiable acerca de cómo se inician y agravan estas situaciones.

Unas veces se centra excesivamente la intervención en el individuo sufriente (“no le des importancia”, “céntrate en el trabajo”), mientras que otras se cargan tintas casi en exclusiva contra el entorno laboral adverso (“Sal de ahí”, “denuncia”). En ambos casos cuesta centrar el foco, incluso cuando somos nosotros, los clínicos, quienes intervenimos.

Aquí os presento 10 ideas que me parecen fundamentales para empezar a entender y encauzar apropiadamente estos conflictos laborales que nos pueden alcanzar a todos en un momento dado:

1. Cuando firmamos un contrato de trabajo nos enfrentamos a dos retos: la tarea por la que se nos paga y el reto de encajar en el ecosistema humano al que venimos a caer. A menudo esto de trabajar con otros es lo que más nos cuesta. 

2. Trabajar con otros no es fácil. Quisiéramos trabajar con clones de nosotros mismos. Individuos que reaccionaran ante la realidad del trabajo de la misma forma que nosotros. La cruda realidad es que nos vemos obligados a trabajar con estos desconocidos que ni somos nosotros, ni son nuestros familiares, ni son tampoco nuestros mejores amigos. 

3. Afortunadamente somos bastante todoterreno a la hora de relacionarnos. Podemos cooperar incluso en tareas complejas manteniendo unas relaciones sociales bastante superficiales. Los riesgos de trabajar sin apenas saber del otro son la proyección de lo propio y el malentendido. Es muy habitual, por ejemplo, pensar que los demás comparten la misma idea de lo que es justo o injusto. A veces tratamos a los demás y sentimos que nos tratan de manera similar a como lo han hecho en nuestra familia. Aquellos trabajadores tan marcados por su historia familiar que la proyectan continuamente en el presente para confusión y malestar de todos son los que decimos que padecen un Trastorno de la Personalidad. Son la versión especialmente rígida de algo que nos pasa a todos. 

4. Somos una especie hipersocial. No podemos vivir sin estar vinculados a algún grupo, pero siempre hay tensión. Navegamos en un equilibrio inestable entre competición por los recursos y la colaboración, a veces altruista y otras veces calculada. Un grupo humano que convive durante tiempo suficiente va desarrollando un histórico de relaciones que pueden ser recordadas. Llevamos la cuenta de cómo nos tratan y nos encanta cotillear. Esto da lugar a un clima emocional o una mar de fondo que condiciona cómo nos comportaremos a cada momento con cada miembro del grupo. Está latente, aunque no se mencione. A menudo emerge en forma de conductas o sucesos, que sin conocer la historia no se entienden. 


5. Una forma en que los primates reducimos la frecuencia de conflictos y enfrentamientos es organizando el grupo en jerarquías con diferentes rangos de poder. Las jerarquías ordenan el acceso a los recursos. Los primates humanos hacemos lo mismo de forma espontánea en torno a 2 cualidades: dominancia y prestigio. Pero además creamos jerarquías formales: nombramos supervisoras, jefas de sección, jefes de servicio, subdirectoras, directoras, presidentes y reyes. En un grupo humano institucionalizado coexisten una jerarquía informal, espontánea, y una jerarquía formal u oficial, el organigrama. Esto hace que a veces se den situaciones algo peculiares, donde quien debería tener poder apenas lo tiene, y alguien que carece de nombramiento oficial a lo mejor se erige como un líder investido de autoridad.
 
6. Hasta ahora hemos hablado del propio grupo. Pero los humanos dividimos rápidamente el mundo en "ellos" y "nosotros", endogrupo y exogrupo. La relación con los otros grupos siempre es tensa y delicada. Con los demás nos comparamos continuamente de tal manera que salgamos siempre favorecidos en la foto. Los otros son más torpes, más tontos, sus costumbres son más primitivas, sus motivos probablemente más egoístas y sus intenciones sospechosas. 

Esta competitividad refuerza los lazos con los miembros de nuestro grupo, y por ello es frecuente buscar enemigos externos para calmar los malos rollos. Es el narcisismo de las pequeñas diferencias. 

Funcionamos como tribus divididas por asignaciones arbitrarias, que en el sector sociosanitario son las categorías profesionales y sus diferentes especialidades. Ahí estamos muy pendientes del asunto del poder, especialmente quienes sienten que salen perdiendo en la organización de ese grupo grande que es la institución. 

7. Trabajar es sufrir, porque trabajar es fracasar. Ante el fracaso no todos reaccionamos igual. Para tener éxito en nuestra tarea ponemos toda nuestra personalidad en juego. Por ello hay tantas formas de afrontar la tarea como personas. Esto, cuando trabajamos juntos, nos lleva al conflicto de tarea. Tenemos ideas diferentes de cómo hacer las cosas. Además de los conflictos de tarea existen los conflictos de relación, que son los que tienen que ver con cómo nos tratamos unos a otros, y lo que interpretamos del trato recibido.
La mayoría de conflictos en el trabajo son de tarea o comienzan siéndolo.
A base de repetirse, insistir y no analizarse tienden a verse como algo personal, se convierten en conflictos de relación y dejan de mencionarse explícitamente. Se convierten en material de confidencias y rumores. Esta tendencia a la personalización es consecuencia de nuestra naturaleza hipersocial, que nos lleva a estar muy pendientes de las intenciones de los demás. Las podemos ver en todas partes, incluso donde no las hay y no las puede haber. 
 

8. Lo que permite metabolizar, elaborar y prevenir la escalada de los conflictos de tarea son los espacios de cooperación, ya sean formales (reuniones, sesiones clínicas) como informales (desayunos, quedadas, encuentros casuales). En estos lugares, si se ha cultivado un clima de confianza, podemos pensar juntos acerca de cómo afrontar la tarea compartida. Eso implica hablar de fracasos, apaños, trampas y triquiñuelas con la esperanza de dar a luz nuevas normas. Estos espacios de coordinación a veces se socavan en pro de la eficiencia o por sobrevivir a la sobrecarga. 

En las reuniones surgen, inevitablemente, repartos de roles (líder, saboteador, portavoz, chivo expiatorio) que pueden ser vividos de forma persecutoria por los jefes. Las reuniones a menudo se evitan debido a la presencia de conflictos relacionales latentes, o por esquivar el enfrentamiento con las tribus vecinas, es decir, guerras entre categorías.
Esto conduce a la labor solitaria, el sálvese quien pueda, destruye la innovación en los equipos e impide que los servicios sanitarios se adapten al inevitable cambio de la realidad asistencial. 

9. A menudo se quita hierro a los conflictos y sus efectos, viéndolos como chiquilladas de patio de colegio. Para nosotros esta lectura se trata de una forma de no sufrir que conduce al error. Las hostilidades en un ámbito tan inescapable como el trabajo pueden llevar a los trabajadores a enfermar, a veces tan gravemente como para terminar en suicidio. Las hostilidades en el ámbito laboral llegan cuando los problemas organizativos ya son viejos y reiterados. Los conflictos deben ser leídos como señales preocupantes de equipos en graves aprietos por su incapacidad para adaptarse de forma activa a la realidad. Son señales que se convierten en problemas con entidad propia, complicándolo todo. Un conflicto no elaborado tiende a escalar en intensidad y amplitud, a menudo polarizando fragmentando los equipos, a veces de forma irreparable. El acoso y el ostracismo pueden ser derivadas de este proceso que se ha dejado pudrir. Para cada momento de esta escalada se abrirán y cerrarán posibles ventanas de intervención que debemos conocer. 

Fuente: elaboración propia.

10. Ante una amenaza para la vida la reacción es una de tres: el ataque (el conflicto escala), la huida (baja médica, adaptación del puesto), o la parálisis (señal de sumisión o muerte para confundir al depredador). La demanda de ayuda debe ser entendida en este contexto a veces como búsqueda de aliados, la mayor de las veces como una escapatoria. De ahí las bajas larguísimas y las peticiones desesperadas de cambio de puesto. Muchos trabajadores quieren ver en la adaptación de puesto su tabla de salvación, cuando a menudo esto no es viable. Son entrevistas especialmente largas, confusas, llenas de personajes donde no termina de quedar claro lo que se busca, quién tiene el problema y quién lo padece. La labor de los profesionales de los Servicios de Prevención de Riesgos Laborales, los psicólogos organizacionales o los profesionales de Recursos Humanos será clave en tanto que conocedores del medio natural del trabajador, siendo además potenciales intermediarios con su equipo de trabajo. El regreso al puesto nunca será sencillo y requerirá intervenciones previas al alta, consensuadas y capaces de zurcir en lo posible el desgarrón de la relación entre el profesional y su equipo de trabajo. 

3 claves para terminar: 

  • El conflicto en torno a la tarea es inevitable. La personalización del conflicto y su escalada violenta tiene que ver con la falta de espacios para la adecuada cooperación de los trabajadores. 

  • El foco de la evaluación debe caer sobre el equipo, no el individuo. Debemos contar con instrumentos o dispositivos para poder evaluar esto. 

  • Los SPRL, RRHH, y los psicólogos organizacionales tienen un papel fundamental como referentes sobre el terreno, conocedores del contexto material y humano. Especialmente en la reincorporación tras una baja y a la hora de dar la acogida a los nuevos trabajadores. 

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Referencias:

  1. Raffaele Fischetti. Grupalidad y sociabilidad sincrética. Área 3. Cuadernos de temas grupales e institucionales. Madrid, 1998. Disponible en: http://www.area3.org.es/Uploads/a3-6-grupalidadsociabilidadsincretica-RFischetti.pdf
  2. J. Camilo Vázquez. Raíces, ramas y frutos de la hostilidad laboral. Interpsiquis, 2020. Disponible en: https://www.researchgate.net/publication/343548681_Raices_ramas_y_frutos_de_la_hostilidad_laboral
  3. Christophe Dejours. El desgaste mental en el trabajo. Modus Laborandi. Madrid, 2009
  4. Christophe Dejours. Trabajo y violencia. Modus Laborandi. Madrid, 2009.

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Los derechos de las imágenes empleadas pertenecen a sus respectivos autores y se emplean aquí con meros fines didácticos e ilustrativos:

1. The Office (2005-2013): https://www.imdb.com/title/tt0386676/?ref_=fn_al_tt_1
2. Better Call Saul (2015-2022): https://www.imdb.com/title/tt3032476/
3. Mad Men (2007-2015): https://www.imdb.com/title/tt0804503/?ref_=nv_sr_srsg_0_tt_8_nm_0_q_mad%2520men
3. Hippocrate (2018): https://www.imdb.com/title/tt9350920/?ref_=nv_sr_srsg_0_tt_6_nm_2_q_hipocra

domingo, 3 de enero de 2021

Caminando el 2021

Este blog, parece mentira, dio sus primeros pasos en septiembre de 2013


A lo largo de estos más de 7 años de andadura hemos hecho algún alto en el camino. Para pensar, para replantear la ruta en función de cómo cambiaban nuestras circunstancias y objetivos. 

Afortunadamente tanto Olga como yo hemos ido teniendo cada vez más trabajo, diversificando nuestras responsabilidades. Nuestra propia familia ha crecido y eso, a la vez que nos llena de alegría, nos ocupa cada vez más tiempo. 

Los lectores más atentos lo habrán notado por el lento goteo de entradas que hemos ido publicando desde un tiempo a esta parte. 

Nuestra intención es la de continuar nuestra Anábasis personal, acompañados por quienes deseen participar de su propio camino de crecimiento. 

¿Qué podemos esperar de este 2021, colmado de expectativas? 

Nos proponemos seguir escribiendo, aunque fundamentalmente encontraréis reflexiones en torno a los problemas que más nos estén dando que pensar en nuestro trabajo habitual. Por ello algunas de las entradas serán más largas, técnicas y en general aburridas. 

Principalmente podréis encontrar reflexiones en torno al trabajo de los sanitarios, la salud mental en cualquier trabajo, el trabajo con grupos de terapia y quien sabe si también escribiremos sobre salud mental perinatal. 

También incluiremos un repositorio con los diferentes frutos que hemos ido cosechando por medio de la elaboración de nuestra labor clínica, así como algún pinito investigador. Quizás alguna de estas herramientas sean de utilidad para alguien. 

Y, de vez en cuando, traeremos reseñas o comentarios sobre libros, películas, series, videojuegos... que de alguna manera iluminen con luz nueva algunos de los temas que más nos interesan. 

No prometemos ni frecuencia ni abundancia ni simplicidad. Pero sí un cierto compromiso por la honestidad, la profundidad y una mirada compleja sobre el hecho de ser humanos. 

No sabemos con precisión a dónde nos llevarán nuestros pasos, y seguramente en un futuro tocará sentarse de nuevo en un recodo a repensar nuestros propósitos. 

Seguimos, ya sabéis, haciendo camino al andar.


@JCamiloVázquez
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Todas las fotografías son Creative Commons, vía Unsplah.com

domingo, 18 de noviembre de 2018

10 reflexiones sobre el bienestar emocional del personal sanitario.

Resumen de la ponencia presentada en el XIIº Congreso Nacional de los Servicios de Prevención de Riesgos Laborales en el Ámbito Sanitario. Hospital 12 de octubre. 16/11/18. Madrid.


1. Nadie está libre de presentar sufrimiento psíquico en un momento determinado de su vida. El bienestar emocional no equivale a la ausencia de dificultades, sino a la capacidad para orientar la acción en direcciones significativas para uno mismo. Somos capaces de asumir el dolor de vivir si para nosotros tiene sentido, y sufrimos cuando ese dolor lo percibimos arbitrario, incomprensible o ajeno a nuestros intereses. El incremento del número de categorías diagnósticas en los manuales diagnósticos tiene que ver con el afán de reconocer todas las posibles caras de este sufrimiento psicológico. Se llama trastorno mental tanto a las respuestas esperables ante circunstancias adversas, como a aquellos cuadros clínicos que suponen un cambio cualitativamente significativo en el funcionamiento previo. Aunque no refleje la realidad continua del sufrimiento psíquico, a los especialistas en salud mental nos resulta útil diferenciar entre trastorno mental común (en torno al 60% de las primeras consultas) y trastorno mental grave.

2. El ámbito laboral del personal sanitario presenta, además, una serie de particularidades. Fundamentalmente: el trabajo de cara al público, la necesidad de establecer una conexión emocional con personas sufrientes, la incertidumbre propia de los actos clínicos y la alta complejidad organizativa de los sistemas sanitarios. Además existen una serie de elementos que conviene tener en cuenta como son la presencia mayoritaria y creciente de mujeres en las plantillas, la elevada prevalencia de trastornos adictivos y el riesgo de suicidio, significativamente superior al de la población general. Las elevadas expectativas en torno a las profesiones sanitarias pueden conducir a un importante contraste con las condiciones materiales en el día a día, constituyendo un factor de desgaste emocional de primer orden.

Ilustr. vía Getty images
3. Por lo general todas las personas intentamos afrontar las adversidades haciendo uso de nuestros propios recursos y redes de apoyo antes de acudir a un tercero en busca de ayuda. En el caso de los profesionales sanitarios esta búsqueda de ayuda tiende a demorarse debido a que nuestra adhesión al rol de proveedores de ayuda dificulta que pongamos la atención en nuestro propio malestar. Pasar “al otro lado de la mesa” supone plantear un desafío a nuestra idea de nosotros mismos. Para favorecer que los profesionales pidan ayuda debemos ser capaces de construir entornos de confianza. La confidencialidad en estos casos resulta fundamental. Sin embargo dicha confidencialidad se ve vulnerada con frecuencia en el seno de las propias estructuras asistenciales. Resulta fundamental que los profesionales conozcan los cauces oficiales de provisión de ayuda, y que tanto la reputación como los actos clínicos y de coordinación se encuentren alineados con esta exigencia ética de primer orden.

4. A la hora de evaluar la situación de un profesional que demanda ayuda siempre debemos ser capaces de recabar suficiente información como para imaginar al individuo en su contexto amplio. Debemos indagar la composición familiar y el estado de las relaciones. Cuáles son las figuras de apoyo y el papel que juega el consultante en el sistema. Por lo general los profesionales sanitarios suelen gozar de una serie de recursos personales que les hacen resistentes a la adversidad. Cuando las adversidades les desbordan suele ocurrir que otras áreas de apoyo han entrado en crisis o se encuentran ausentes. Las crisis personales que conducen a consulta suelen coincidir con dificultades en el ámbito de la pareja o la familia, enfermedades propias o de allegados, dificultades de tipo económico o de conciliación.

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5. En muchas ocasiones el propio trabajo es una fuente fundamental de realización personal o se convierte en el único elemento satisfactorio de la propia vida. Muchas personas pueden subsistir a pesar de no contar con una red social ajena a lo laboral u otras actividades significativas. Sin embargo serán estas personas quienes resulten más vulnerables a los conflictos interpersonales, los incidentes críticos (agresiones, errores), o situaciones de hostigamiento y acoso tanto horizontal como vertical. Es fundamental que los equipos reciban formación en habilidades sociales, escucha empática y resolución de problemas, ya que estas capacidades se encuentran presentes de forma heterogénea entre los integrantes y suelen carecer de ellas quienes más las necesitan, afectando al conjunto. Es necesario informar de los procedimientos existentes para la valoración y mediación en situaciones de conflicto o acoso, así como ser capaz de indagar acerca de posibles situaciones de acoso sexual en el ámbito de trabajo. Dichas situaciones no son infrecuentes y sin embargo la vergüenza, la culpa y el miedo a represalias rara vez facilitan su expresión. La existencia de un clima laboral favorable puede ejercer un papel protector incluso en situaciones de franca sobrecarga asistencial. De igual forma el clima enrarecido o las dinámicas disfuncionales llevan al rápido deterioro de la salud de los integrantes. Es necesario construir posibles medidas de carácter grupal que permitan evaluar, identificar y resolver dinámicas disfuncionales presentes en los equipos de forma manifiesta o latente.


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6. El papel de los psicofármacos merece un par de apuntes. En primer lugar debemos tener en cuenta la facilidad de acceso de muchos profesionales a medicación ansiolítica o analgésica tanto de forma reglada como informal, lo cual implica un riesgo elevado de autoprescripción y abuso. Por otro lado, la actitud de muchos profesionales sanitarios destaca por su ambivalencia hacia la medicación, combinando la prescripción despreocupada en beneficio de sus pacientes con importantes reticencias hacia la toma de la misma. Resulta imprescindible indagar acerca de los posibles miedos y fantasías respecto a la toma de medicación, así como aclarar que el tratamiento farmacológico es siempre una opción secundaria y no un requisito para la obtención de ayuda. Lógicamente esto obliga a los profesionales que atienden al personal sanitario a contar con habilidades de escucha e intervención que vayan más allá de la prescripción. La indicación de tratamiento farmacológico debe estar orientada a objetivos concretos, idealmente consensuando marcos temporales claros para evitar los tratamientos indefinidos. Así mismo debe contemplarse la posibilidad de desprescribir cuando el balance no indique continuar la toma de medicación.

7. En cuanto a la psicoterapia, resulta conveniente conocer y hacer conocer las indicaciones de la misma, así como las condiciones que la hacen útil, y no estéril o incluso lesiva. La psicoterapia tiene como principal objetivo identificar las fuentes de sufrimiento en los casos en que las mismas no son evidentes para la persona. Ya sea detectando obstáculos relacionales o estilos de afrontamiento disfuncionales, la primera tarea psicoterapéutica consiste en arrojar luz sobre el origen del malestar. El segundo objetivo de la psicoterapia consiste en promover, a través del consejo, de las tareas para casa o bien por medio de la propia relación mantenida en la consulta, la aparición de experiencias nuevas, experiencias emocionalmente correctivas. En los casos en que se comprende el origen del sufrimiento y se toca techo a nivel individual, la terapia de grupo destaca como una oportunidad especialmente útil para ampliar el repertorio experiencial y flexibilizar la propia conducta.

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Pero la psicoterapia no siempre es necesaria, ni inofensiva. La mayor parte de las personas obtiene un cierto alivio al poder compartir sus dificultades con alguien que ofrece apoyo sin juicio. Pero este tipo de apoyo no es exclusivo de los profesionales de salud mental, ni debiera ser motivo para derivar a nadie al profesional de la psicoterapia. A veces, en nuestra angustia, acabamos expropiando a las personas la capacidad de afrontar las adversidades por ellas mismas. A veces con nuestras batas blancas eclipsamos las redes de apoyo y los recursos que existen en la comunidad, agravando el problema de la medicalización y la psicologización. Con nuestras mejores intenciones alimentamos la tranquilizadora ficción de que existen profesionales que darán respuesta a cualquier sufrimiento individual, con lo que no será necesario que nos hagamos cargo. Y cada vez resulta más complicado que las personas sepamos consolar, cuidar y acompañar, porque confiamos, sin saber muy bien por qué, en que lo hará mejor el personal especializado.

8. Determinados cuadros de sufrimiento psíquico pueden ser de entidad tal que hagan conveniente el inicio de una Incapacidad Temporal. Conviene recordar que las bajas deben tener un objetivo: deben contribuir positivamente a la recuperación. Esto es relevante en los casos en que aparecen elementos fóbicos con respecto al puesto de trabajo. Sabemos que el tiempo sin exposición no mejora las fobias, sino que consolida las actitudes de tipo evitativo y reduce la confianza de la persona en su posible regreso al puesto de trabajo. Este aspecto debe ser trabajado activamente con la persona a fin de que, acordando de forma conjunta los plazos de IT y reincorporación, no viva nuestras actuaciones de forma punitiva. Por otro lado, en los momentos en que exista una negativa por parte del paciente a iniciar la IT y existan indicios serios o documentados de riesgo para uno mismo y para terceros, será necesario llevar a cabo un esfuerzo de coordinación entre los agentes involucrados: el médico de familia, el médico del trabajo y en ocasiones la Inspección Sanitaria.

9. Cuando sea necesario será importante favorecer en el puesto de trabajo medidas que contribuyan a la estabilidad de los cuadros atendidos. Las adaptaciones de puesto jugarán un papel especialmente relevante en la estabilidad de los cuadros de tipo afectivo (depresivos, bipolares), así como cuando se haya desencadenado sintomatología de tipo psicótico. Los puestos de bajo estrés psicológico y la promoción del descanso nocturno regular serán aspectos clave. Al mismo tiempo queremos señalar la importancia de hacer copartícipe al paciente en la búsqueda de una adecuada adaptación, siendo que el carácter simbólico que se le atribuye a cada opción resulta inevitablemente subjetivo. Esto hace que no sea posible dar con medidas objetivas infalibles y nos obliga a una verdadera escucha de los puntos de vista ajenos. Más vale una adaptación parcialmente satisfactoria teniendo en cuenta los deseos de la persona que una adaptación supuestamente ideal que sea vivida como impuesta.

Fotografía: James Stanfield. 
10. Por último queremos hacer hincapié en la persistencia de un importante estigma y autoestigma relacionado con el sufrimiento psíquico. No son infrecuentes en los centros sanitarios los comentarios despectivos, las posturas poco comprensivas o la atribución de intencionalidad hacia las personas que buscan ayuda en los profesionales de la salud mental. Gran parte de estas actitudes vienen motivadas por el propio miedo a enfermar o la necesidad de ubicar los elementos disfuncionales de uno mismo o de los equipos en individuos victimizables. Esto constituye las bases del conocido mecanismo del chivo expiatorio. Si decíamos que nadie está libre de presentar sufrimiento psíquico en un momento dado, mejor será que abandonemos algunas medidas clásicas contra el estigma que hoy sabemos que son contraproducentes. Sabemos, por ejemplo, que la información fría, racional, no cala. Y sabemos que equiparar el sufrimiento psíquico con las patología somáticas genera distancia, extrañeza y miedo. A los profesionales de la salud mental se nos acusa, no sin parte de razón, de tenerle más aprecio a las personas que ayudamos que a nuestros compañeros sanitarios. El motivo es sencillo, pero fundamental, y es que llegamos a conocer sus vidas en detalle, no así las del resto de profesionales. Porque comprender es perdonar. Por lo tanto, solo la creación de verdaderos espacios de encuentro, que fomenten el aprendizaje mutuo, experiencial, entre profesionales y pacientes permitirá hacer buena la frase de que “de cerca, nadie es normal”, permitiendo adoptar actitudes más comprensivas y expectativas más realistas hacia los otros y, por ende, nosotros mismos.

@JCamiloVazquez

sábado, 30 de enero de 2016

Siguen sin encontrarme nada

Todavía no sabes muy bien qué haces aquí. En la consulta del psiquiatra.

Ilutrs. R. Motherwell
Intentas recordar cómo empezó todo, pero sólo regresa la mueca. La misma que no pudiste ocultar cuando la médico de cabecera te entregó el volante de derivación a Salud Mental. Lo que sentiste no fue exactamente enfado. Había parte de sorpresa, eso seguro. También de duda, como justo antes de comprender que te están tomando el pelo. Fuera lo que fuese, no fue agradable. Te preguntabas si te habrías explicado mal o si sería ella la que, después de tanto tiempo sin fallarte, se había equivocado de pleno.

Es buena gente, la doctora. Pero esa mañana le notaste que, como casi siempre, iba con prisa. Quizás algo más de lo habitual. Ella intentaba escucharte, actualizar la medicación, aclarar tus dudas... pero 6 o 7 minutos después de cerrar por dentro la puerta de la consulta ya había sido sacudida por otros nudillos impacientes. El calor llegaba desde la sala de espera, y una de las recetas se había quedado atascada en la impresora. Callaste. No quisiste complicarle más la mañana con preguntas que tampoco acababan de tomar forma en tu cabeza. ¿Por qué siempre pasa eso cuando se va al médico? Además, pensaste, un psiquiatra podrá mandarme algo para dormir como Dios manda. Un buen somnífero. Porque hace tiempo que no sabes lo que es dormir del tirón, la verdad.

Te lo han preguntado muchas veces, pero no acabas de recordar cómo empezó todo. No sabrías decir con precisión cuál fue ese día en que la molestia ya no se marchó. Lo que sí sabes es que era una semana como otra cualquiera. No es que hubieras hecho nada fuera de lo normal. Ninguna burrada. Tampoco te acosaba el trauma de una de tantas desgracias como salen en las noticias. Toquemos madera. Se pasará solo, pensaste. Como tantas otras veces. Quizás lo comentaste en casa, durante la comida, o con la gente del trabajo. Ya se te pasará, te tranquilizaron.

Pero al despertar por la mañana la molestia seguía allí. Tardaste unos segundos en notarla, lo mismo que duró la ilusión de que todo había pasado. Algo así como un peso sordo se quedó enganchado en algún punto dentro de ti. Antes de lavarte la cara, ya sabías cómo sería el resto del día. Para hacerla más llevadera volviste a compartir lo de tu molestia con la gente que se preocupa por ti. A tus tímidas quejas les siguieron algunas buenas intenciones y muchos consejos. Al menos al principio. “Ve que te miren”. “Cógete la baja”. ¿La baja, en serio? Pensaste que no era para tanto, y más teniendo en cuenta cómo están los trabajos. Quita, quita. Me aguanto y punto. Esto se pasará. Cuando la cosa se ponía insoportable te tomabas una o dos de esas pastillas que tenías por casa. Al final te acostumbraste a poner buena cara para no andar agobiando a los demás con tus problemas. Para entonces la molestia ya era una compañera habitual. Las noches se acortaron.

Un fin de semana ya no pudiste levantarte del sofá, de lo mal que te encontrabas. Ese mismo lunes, con más vergüenza que otra cosa, fuiste a ver a tu doctora. Te encontraste con su entrega habitual. Tampoco la notaste especialmente preocupada mientras te comentaba que iba a pedirte una analítica de sangre y una radiografía. Eso te tranquilizó. Probablemente veía a menudo casos como el tuyo y pronto daría con lo que te estaba pasando. Te cambió las pastillas por otras nuevas. Te pidió cita con la enfermera. Te vería en una semana. Salió al pasillo a llamar al siguiente. La molestia te acompañó de vuelta a casa.

Ilustr. Presencia amenazante. R. Motherwell

¿Cómo explicar lo que sentiste cuando te llegaron los primeros resultados? Todas las pruebas salieron normales. Parece que está todo bien, dijo la doctora. Se quedó pensativa unos segundos. El teléfono de la consulta comenzó a sonar, pero no quiso descolgar. Ella no veía nada de lo que preocuparse pero, por si acaso, le pediría su opinión al especialista. Te entregó el volante de derivación mientras te acordabas de aquella vez que ingresaron a tu padre. No te habían encontrado nada, pero tampoco aparecía el alivio por ningún lado. En casa ya sabían que lo mejor era no preguntar. Durante la cena, se oían los cubiertos tintinear.


La primera crisis de ansiedad te llevó al hospital con una semana de adelanto. Los de la ambulancia que te atendió en plena calle le quitaron hierro al asunto. Le pasa a mucha gente. Uno cree que se va a morir, pero con una pastilla bajo la lengua se pasa. No es nada grave, pero por si acaso que le hagan un electro. Un joven de mirada cansada te atendió en urgencias, y pareció alegrarse al escuchar de tu boca que pronto te iba a ver el especialista. Firmó el informe antes de entregártelo en mano. Y pida la baja, te recomendó.

Lo que vino después tampoco fue mucho mejor. Llegaste a perder la cuenta de los especialistas que te atendieron. Y puedes dar fe de que viste de todo. Gente solvente, profesionales muy amables, otros con la actitud de quien le está haciendo un favor a alguien más bien inoportuno. Palabras más técnicas, frases más vagas y generales; gente campechana, que te hablaba desde el sentido común. Diferentes explicaciones. Probabilidades, algún diagnóstico, pero todo provisional. Hacían falta más pruebas. Para entonces la molestia había ido creciendo dentro de ti. A veces notabas cómo se aventuraba hacia otro lado de tu cuerpo. Nadie se daba cuenta, pero eso te estaba ganando. Aparecían sensaciones nuevas. Si durante unos segundos la molestia se ausentaba, estabas muy pendiente de registrar su regreso. La recibías con un pálpito. Con frecuencia te acordabas de lo bien que estabas antes. Antes de que todo esto empezara. Y eso te robaba el ánimo y las fuerzas. Te desesperabas.

Volvías a los tres, seis, dos meses en el mejor de los casos. Los especialistas te invitaban a sentarte frente a ellos con visible buen humor. Te hacían partícipes de la buena noticia: no tiene usted nada. Pero aquello dolía como una pedrada. Ellos quedaban satisfechos, aliviados. Pero tras la segunda o la tercera visitas, empezaban a impacientarse. Como si no hubieras captado el mensaje. Te hablaban de operar, aunque no podían asegurar resultados. O te enviaban a explorar otra rama de la medicina. Tú querías hacer lo que fuera por mejorar. 

Ilutrs. R. Motherwell
Las jugadas que nos llega a gastar la cabeza las vas conociendo bien. Más de una vez deseaste que apareciera un buen asterisco en las analíticas, o varias manchas en el TAC. Lo que fuera. Algo que explicara lo que estaba pasando. Que se llevase de un plumazo la sensación de que tu molestia ni siquiera tenía la capacidad de llegar a ser “algo”. Porque lo tuyo es real, aunque cada vez escuches más las fatídicas palabras clavándose en tu pecho: es todo de la ansiedad, de la depresión... como si tuvieras la culpa de lo que te sucede. Como si fuera algo inventado. ¿Cómo no vas a sentirte una ruina con todo lo que vienes pasando?

No te encuentran nada, pero lo van a tener que encontrar. No vas a parar.

Porque tú sientes algo. Y de eso nunca has dudado. Aunque insisten en que te alegres, que todo está normal. Y sin embargo ya apenas sales de casa. Pusiste las ganas a hibernar, hasta que vengan tiempos mejores. Con todo lo que has pasado aún encima te dicen que hagas más. ¿Cómo no ibas a acabar en la consulta del psiquiatra?

Y todo eso me cuentas ahora que tenemos algo más de tiempo.

Lo que aprendiste durante este trayecto lo recordaremos otro día, si quieres.