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sábado, 2 de junio de 2018

Pasos y tropiezos hacia una Neurociencia Crítica (II)

Como proponíamos en la entrada anterior, el término Neurociencia(s) ha ganado popularidad hasta hacerse hegemónico, pasando a ser incorporado como concepto de consumo y facilitando la asunción acrítica de ciertas ideas acerca del sistema nervioso y su relación con el sujeto.

Pero esta popularidad entraña sus propios riesgos, pues las promesas exaltadas encierran la semilla de la desilusión y el descrédito. Desde hace un tiempo arrecian los recelos y algunas advertencias.

Nos gustaría en esta entrada exponer algunas de las críticas que comúnmente se dirigen hacia el amplio territorio bajo el nombre de neurociencia(s). Aplicaremos así mismo la actitud crítica para intentar separar el grano de la paja, diferenciar la procedencia de las mismas, así como la pertinencia o no de las que se esgrimen con mayor frecuencia.

1. Las críticas

Por resumir y agrupar los principales reproches dirigidos contra las neurociencias nos gustaría proponer los siguientes:
  • El reduccionismo: la idea de que la neurociencia reduce al ser humano a su cerebro.
  • El determinismo: la idea de que la neurociencia niega el libre albedrío humano.
  • El inmovilismo: la idea de que la neurociencia favorece al status quo y naturaliza las injusticias.
A continuación intentaremos abordarlos de manera sucinta.

Reduccionismo: muchas personas afirman con preocupación que el conocimiento neurobiológico de los seres humanos tiende a minusvalorar o invisibilizar circunstancias como son las interacciones entre individuos, grupos y sistemas, así como los condicionantes de tipo social. Por ello sienten que el individuo en su complejidad queda reducido (jibarizado) a una versión tosca e incompleta, poco útil para las personas en el mejor de los casos.

Escultura de Bruno Walpoth
Sin embargo llegar a esta conclusión normalmente implica olvidar cuál es la diferencia entre el reduccionismo ontológico (definir a la baja la naturaleza o la esencia de la cosa en sí) y el reduccionismo nosológico o metodológico, que es lo que intenta la neurociencia y no deja de ser una estrategia empleada en el estudio de la naturaleza.

El reduccionismo metodológico ha sido un enfoque altamente exitoso durante lo últimos 300 años de empresa científica. Como método consiste esencialmente en lo siguiente: reconociendo la vasta complejidad del universo, se procede a dividir la realidad en sus componentes más simples, centrando los esfuerzos en adquirir un conocimiento lo más detallado posible de dichos fragmentos. Esto se lleva a cabo con un objetivo a largo plazo: poder llegar en algún momento a realizar extrapolaciones, generalizar el conocimiento obtenido a porciones mayores de la realidad, o bien poder sumar los hallazgos procedentes de diferentes programas de investigación, campos o disciplinas. La idea es poder complejizar (detallar) parte por parte, paso a paso, nuestra comprensión de la naturaleza.

Los neurocientíficos, por tanto, no pueden sino ser plenamente conscientes de que un ser humano (al igual que ellos lo son) es mucho más que una suma de circuitos, sinapsis, materia blanca y gris. Deciden no obstante, siguiendo una metodología y un código de conducta, especializarse en el conocimiento de estos elementos fundamentales a fin de poder sumarlos a lo que ya sabemos, de una forma más detallada, ampliando nuestro conocimiento de lo que supone ser humano.

Con todo y con esto, el reduccionismo metodológico presenta a día de hoy dos dificultades principales a nuestro juicio: la insuficiencia para abordar el estudio de fenómenos emergentes (aquellos que constituyen un nivel de complejidad nuevo, superior, a partir de un conjunto de elementos previos cuyas características no permitirían deducir a priori el salto al siguiente nivel, como la composición del aire de una pradera no permite anticipar un tornado). El segundo obstáculo sería la importante resistencia por parte de cada disciplina o campo superespecializado a la hora de conciliar sus resultados con los de las demás, debido a inercias de tipo insitucional y al desarrollo de lenguajes propios que impiden una comunicación efectiva.

Determinismo:
se trata este de un reproche de larga tradición filosófica. La idea es que, si asumimos que el sustrato material de nuestra conducta tiene su origen en una secuencia de interacciones causa-consecuencia ubicadas en nuestro cuerpo y en particular en el sistema nervioso, esto colisionaría con la noción de "libre albedrío", ya que nuestros actos serían el resultado final de la cadena de estímulos y respuestas, y no de las decisiones libres de los individuos.

Estamos lejos de alcanzar una respuesta satisfactoria para todos los implicados en este eterno debate, pero creemos necesario apuntar al menos dos cosas: los sistemas nerviosos parecen ofrecer opciones de adaptación a los organismos ante entornos cambiantes, pero en la filogenia se parte de mecanismos tan sencillos y repertorios tan limitados que difícilmente tendríamos a esos organismos por "libres". En la medida en que los sistemas nerviosos se complejizan, los organismos paracen alcanzar una mayor flexibilidad conductual, con mayor capacidad de amoldarse a las circunstancias. En este sentido, la gran variabilidad conductual de los individuos humanos parece señalar un campo de acción muy amplio, que tradicionalmente se ha venido a llamar libertad.

Pero no es lo mismo sentirnos dueños de nuestros actos (tener sentido de agencia) que ser libres. El papel de las emociones es muy indicativo en este sentido: cuando albergamos un estado emocional intenso (estamos aterrados, o furiosos) solemos sentirnos bastante predispuestos a la acción. Por el contrario, a menor emotividad mayor tendencia a la duda, a la indecisión. Hay cierto tipo de personas que pasan minutos u horas intentando sopesar y balancear los pros y contras de una decision sin poder abandonar el bucle de la reflexión. Desde un punto de vista meramente racional es difícil actuar o tomar decisiones. Por tanto, de esto resulta una premisa cuando menos curiosa: cuanto más dominados por una emoción, menos dudamos de nuestros actos, y sin embargo probablemente sea cuando más condicionados, más restringidos y con menos opciones para actuar de otra manera estemos. Nos sentimos más libres cuando menos lo somos.

En este sentido, creemos que a día de hoy nuestro conocimiento acerca de la libertad humana se resume en la siguiente frase: podemos decidir lo que hacemos, pero no podemos decidir lo que deseamos (o tememos). Es como si viviéramos en una celda de barrotes de 30 metros cuadrados, dentro de la cual podemos actuar de muchas formas, sin poder abandonarla nunca. Lo mismo pasa con nuestras restricciones corporales: debemos respirar, hidratarnos, obtener nutrientes, no podemos vaporizarnos y luego recomponernos. Y sin embargo la sensación de libertad es tozuda a pesar de la cárcel de nuestras preferencias. Podemos ganar cierta capacidad de intervención, tomando decisiones concretas en el corto plazo que nos trasladen a un nuevo contexto, una nueva estructura de incentivos que vaya moldeando afectivamente nuestros deseos y temores, pero cualquier cambio llegará muy paulatinamente.

Ilustr. por Argyle Plaids
Porque tal vez las personas, como organismos extremadamente complejos con capacidad para aprender continuamente y adaptarse a las circunstancias, estamos sobredeterminados. No solo por las interacciones que tienen lugar en nuestro cuerpo, sino en continua relación con los estímulos externos, que son a los que debemos adaptarnos de forma continua, aunque no nos apercibamos de ello. Este tipo de sobredeterminación sin duda tiene un sustento igualmente material, pero simplemente no podemos seguirle la pista. Trasciende la causalidad lineal, y puede ser definido como caos determinista. La secuencia de hechos es inevitable, pero no tenemos acceso a desentrañar la maraña de interacciones. Nuestra experiencia subjetiva es de total opacidad hacia dicho entramado y, al mismo tiempo sostiene un tozudo sentido de agencia.

Algunos objetan que, si la libertad es una ilusión, una experiencia subjetiva no muy avalada por otro tipo de evidencias, entonces tenemos un problema jurídico entre manos. Afirman que, si llegamos a la conclusión de que no somos tan libres como pensamos, el concepto de responsabilidad se vendría abajo junto con la organización social sustentada en leyes. Pensamos que esto no es así por dos motivos. En primer lugar la ley tiene una vocación homogeneizadora de la conducta individual de tal forma que resulte en beneficio colectivo. En este sentido no le importa tanto atender a la neurodiversidad mientras no cometa una injusticia flagrante. Le dice a todos los sujetos: "cumple la ley como si estuviera en tu mano hacerlo". Y lo relevante es que la persona, convencida de su libre albedrío, se comporta como si efectivamente lo tuviera. La ley, afortunadamente, funciona mientras sintamos que debemos cumplirla, con los matices debidos a la edad, las lesiones irreversibles, etc. Lo cual no puede dejar de recordarnos a la conocida anécdota que suele contar el esloveno Zizek acerca del gran físico Niels Bohr, quien en cierta ocasión recibió la visita de un colega en su casa de campo. Al parecer el colega habría mostrado su sorpresa al ver que el danés tenía una herradura colgada en el quicio de la puerta de entrada a la casa, reprochándole que un científico de su talla le diera pábulo a supersiticiones. Al parecer Bohr contestó: "por supuesto que no creo en estas tonterías, pero es que me han asegurado que funciona aunque uno no crea."

Inmovilismo: a las neurociencias, cada vez más, y de forma similar a lo que ocurre con casi cualquier enfoque biológico que pretenda arrojar luz en el comportamiento humano individual o colectivo, se las acusa cada vez más de colaborar con el status quo. El conocimiento de tipo neurobiológico sería una herramienta al servicio del poder establecido, con su actual carácter patriarcal, colonialista y neoliberal.

"They live". Alive Films - © 1988. 
Existen motivos para pensarlo. No en vano el conocimiento científico está en la base de la legitimación de muchas medidas políticas tomadas por los estados modernos. Por otro lado algunas de las insituciones científicas más importantes deben su existencia al interés estatal y por tanto dependen enconómicamente del mismo. Finalmente, en la decisión de la cartera de servicios estatales, tiene un peso la legitimación científica, por ejemplo afectando a las prestaciones sanitarias que cubre la sanidad pública o aquellas que van a quedar al margen. Además, más allá de los lazos que emborronan las relaciones entre gobierno y maquinaria de estado, el poder se encuentra cada vez más fragmentado, detentado por actores privados, multinacionales e intereses económicos que tratarían de usar la legitimidad de la neurociencia a su favor.

En este sentido se afirma: un conocimiento generado en una estructura social sesgada, tenderá a percibir la realidad acorde a dicho sesgo, reproduciéndolo en sus productos y naturalizando (reificando) por tanto como hechos biológicos lo que no serían sino prejuicios condicionados por la posición de uno en el entramado social.

Ilustr. por Argyle Plaids
Sin embargo los que acusan a las neurociencias de naturalizar las injusticias sociales caen en la falacia naturalista. Afirman que la neurobiología es fuente de opresión social creyendo que describir es lo mismo que prescribir. La organización de la sociedad no corresponde a los (neuro)científicos, sino a los actores políticos; y aunque llegase el dia en que pudiera desplegarse una descripción nítida y fiable de la naturaleza humana, sería igualmente objeto del campo de la ética, ajeno a la misión científica, decidir si el modelo de sociedad debe ajustarse a esa naturaleza o, preferiblemente, superarla en términos de justicia y solidaridad. Pero los ánimos están tan crispados a nivel universitario últimamente que algunos hablan incluso de la falacia naturalista inversa, según la cual, aquello aquello que no sería deseable no debe ser enunciado como verdadero. De ahí que la biología sea observada con recelo, no fuera a enunciar conclusiones indeseadas para un determinado proyecto.

En este sentido resulta esclarecedor el análisis que lleva a cabo el físico y filósofo de la ciencia Mario Bunge, quien, trazando la genealogía de la crítica académica contra la ciencia, rescata la figura de Robert K. Merton, padre de los "Science, Technology and Society studies". Según Bunge, la crítica materialista de la actividad científica tiene en Marx y Engels una primera generación, a la que sucede la de Merton. En su tesis afirmaba que "no sólo el error o la ilusión o las creencias sin verificar, sino también el descubrimiento de la verdad, están social e históricamente condicionados". Al mismo tiempo reconocía que, los encargados de descubrir esa verdad, los científicos, se rigen por un código de conducta, un ethos basado en los siguientes principios rectores: "honradez intelectual, integridad, escepticismo organizado, desinterés e impersonalidad".

Esta postura es la que Bunge defiende y nosotros queremos también reivindicar, reconociendo que la empresa guiada por el método científico sigue unas normas particulares y un código ético que permite obtener conocimientos progresivamente universalizables, basados en la duda, la replicación, la falsación y la continua revisión de supuestos. Por supuesto, en cuanto humanos, los científicos están materialmente condicionados, pudiendo afectar a su adherencia al citado ethos, lo cual justifica y exige a nuestro juicio la actitud autocrítica de la propia neurociencia. Pero de ello hablaremos en la próxima entrada.

Referencias:
1. Rose H y Rose S, (2016). ¿Puede la neurociencia cambiar nuestras mentes?. Ed. Morata.
2. Bunge M, (2015). Crítica de la nueva sociología de la ciencia. Ed. Laetoli.
3. Perry G y Mace R (2010) "The lack of acceptance on evolutionary aproaches to human behavior". Journal of Evolutionary Psychology. (8) 2, 105–125

domingo, 9 de marzo de 2014

La trampa para monos

    1) Cazando monos
Cazar un mono no es cosa sencilla. Estos peludos animales son famosos por su curiosidad y espíritu juguetón, lo cual los lleva muchas veces a aproximarse a los humanos. Pero es de sobra conocido que también son desconfiados, astutos, ágiles y no escatiman hostilidad si se sienten amenazados. Por eso reza un dicho africano: "hace falta mucha paciencia para cazar un mono".

Sin embargo en algunas regiones del mundo han diseñado un método bastante efectivo para resolver este desafío. En algunas islas del Pacífico emplean un coco para fabricar una trampa, mientras que los bosquimanos de África horadan la superficie de los termiteros para atrapar al mono. Ambos sistemas se basan en un mismo principio, que queda ilustrado en el siguiente video:




La idea es sencilla. El cazador de monos introduce algún tipo de alimento apetecible para el bicho (nueces, arroz, un plátano...) en un recipiente u orificio lo suficientemente amplio como para que el animal vea que ahí se esconde algo apetitoso y pueda introducir la zarpa. Sin embargo, el tamaño de dicho orificio es tal que, cuando el mono hace presa y cierra el puño, no puede extraer la zarpa con el puño cerrado. Lo interesante aquí es que el mono tampoco parece ser capaz a renunciar a aquello que le va a condenar cuando, con total tranquilidad, el cazador se aproxime al frustrado animal y se haga finalmente con él.

Desde el punto de vista humano la trampa es ingeniosa, pero para nosotros no plantearía un gran problema. Los humanos rápidamente captamos el mecanismo de la trampa y su obvia solución: soltar el alimento, al que a partir de ahora llamaremos "plátano". ¿Pero es cierto que siempre empleamos la estrategia adecuada o a veces tenemos problemas para renunciar al plátano?

    2) Soltando el plátano
Una de las principales diferencias entre los monos y nosotros es que nuestra especie ha desarrollado una mente relativamente capaz de viajar en el tiempo. Viajamos al pasado (memoria mediante) a fin de evocar situaciones en las que nos hemos desenvuelto con más o menos éxito, de tal forma que esa experiencia nos sirve para guiar la conducta en el presente. Viajamos al futuro simulando realidades posibles, previendo situaciones que podrían darse si hiciéramos esto o aquello. Somos incluso capaces de proyectar nuestra propia mente en el futuro, anticipando cómo nos sentiríamos nosotros (o los demás) en caso de que actuemos de tal forma y los acontecimientos se desarrollen en una u otra dirección. Los más sensibles pueden incluso despertar parte de las emociones vinculadas a algo que sólo ha sucedido en nuestra cabeza. Este tipo de "viaje en el tiempo" es la esencia de la conducta planificada, y tiene su asiento neurobiológico en circuitos ubicados principalmente en la corteza prefrontal de nuestro cerebro.

Corteza Prefrontal (en rojo). Vía Antroporama.Net
Sin embargo, a pesar de lo bien que suena todo este aparataje y de que ciertamente ha supuesto la diferencia frente al resto de especies animales, esta habilidad de planificación tiene sus limitaciones. Al tratarse de los circuitos más recientes desde el punto de vista evolutivo resulta que son también los más precarios y sensibles, alterándose mucho antes de que comiencen a fallar funciones más básicas. Además, dichos circuitos dependen en gran medida de señales emocionales que pueden ser fácilmente distorsionadas en función de circunstancias tan variables como aprendizajes previos, nivel de estrés en un momento dado, tipo e intensidad del estímulo, etcétera. Esta intervención de las emociones en los procesos de planificación nos hace ágiles a la hora de tomar decisiones inmediatas relacionadas con funciones básicas de nutrición, relación, alimentación... pero resulta problemática cuando debemos analizar friamente y a largo plazo escenarios complejos como aquellos en los que nos desenvolvemos hoy en día.

Aquí observamos cómo el estrés no favorece la planificación a medio plazo. 

Es interesante recordar que uno de los signos de daño en las regiones frontales del cerebro, presente en algunos tipos de demencia, consiste en la aparición indiscriminada del reflejo de prensión. Eso quiere decir que uno no puede dejar de agarrar lo que tenga entre manos. Cuando los médicos sospechamos daño cerebral en la región frontal recurrimos (entre otras) a la siguiente prueba: se le pide al paciente que extienda sus manos abiertas frente a nosotros. Se le da la siguiente instrucción: "no agarre mis manos", e inmediatamente el examinador posa sus manos sobre las palmas abiertas del examinado, estimulándolas. Las personas que sufren algún grado de deterioro frontal automaticamente tienden a cerrar las manos, contraviniendo la orden dada. Si no se trata de una broma (y la gente no suele bromear en el neurólogo o el psiquiatra) lo más común es que nos encontremos ante la liberación de un reflejo básico, reflejo que sólo podemos inhibir si nuestra corteza frontal se encuentra adecuadamente conservada.

Es por esto que los monos no son capaces de soltar el plátano. Sus mecanismos de supervivencia, en comparación con los nuestros, están demasiado orientados al corto plazo. Al no poseer circuitos prefrontales no son capaces de evaluar de forma global lo que está pasando, ni simular el escenario alternativo en que sueltan el plátano y recobran su libertad.

Pero la incapacidad para soltar el plátano no sólo aparece cuando carecemos de corteza prefrontal o cuando ésta se ha dañado como consecuencia de accidentes cerebrovasculares, consumo de alcohol, de cocaína... Como hemos dicho, las emociones juegan un papel fundamental , induciendo conductas rápidas dirigidas a la supervivencia. O lo que es lo mismo, estimulando decisiones basadas en el beneficio a corto plazo.

    3) El papel del síntoma
 Los psicoanalistas siempre señalaron que cualquier síntoma mental tiene dos caras. Por un lado el síntoma genera malestar, sufrimiento. Esto es insultantemente evidente, y el paciente lo hace visible a través de la queja. Por otro lado el síntoma puede tender a mantenerse en el tiempo, lo cual ya es más complicado de entender. Si el síntoma perdura, postulaban, debe ser porque cumple algún tipo de función o aporta algo beneficioso a quien lo presenta, aunque dicho beneficio casi nunca quede claro a primera vista.

El síntoma, de alguna manera, funciona como la trampa para monos. Según los ejemplos que empleemos esto será más o menos fácil de mostrar. Imaginemos una persona que desarrolla una intensa fobia a los ascensores tras quedar un dia encerrada en uno de ellos. Si esta persona, pasados unos meses, sigue presentando tanta ansiedad que no puede ni acercarse a la puerta de un ascensor, dicha ansiedad estará generando malestar subjetivo (además de la molestia de tener que usar diariamente las escaleras). Sin embargo, cada vez que la ansiedad se active, la persona se alejará de algo todavía peor: la escena temida de encontrarse de nuevo dentro del ascensor. Cada vez que la ansiedad le aparte de un ascensor, este síntoma habrá tenido un efecto parcialmente satisfactorio. Por ello tenderá a mantenerse hasta que surja el firme convencimiento (y paso al acto) de que vale la pena renunciar a esa satisfacción para, entre otras cosas, recuperar el pequeño espacio de libertad que el miedo le arrebató.

El ejemplo de la fobia a los ascensores es muy simple, casi una caricatura. Pero su esencia encuentra resonancia en múltiples situaciones de nuestra vida diaria, no siendo raro que la trampa para monos aparezca en nuestras consultas: un malestar nos atrapa, nos hace la vida imposible, nos pone incluso en peligro, pero algo dificulta enormemente su desaparición. El malestar, el síntoma, lleva consigo una parte a la que nos cuesta renunciar, generalmente sin saber exactamente por qué.

Ocurre en las adicciones, donde quizás una recaída postponga la siempre difícil reincorporación a un trabajo hostil. Ocurre en las dinámicas familiares enrarecidas, en las que uno de los miembros tiende a convertirse en un "problema" cuando la unidad familiar amenaza con disolverse. Tiene lugar cuando racionalizamos excesivamente una situación, evitando que entremos en verdadero contacto con emociones demasiado dolorosas, de las que sólo podemos sentir en silencio. Nos atrapa cuando comprobamos algo obsesivamente a fin de calmar nuestras dudas, aunque surjan de nuevo al rato. La mente, siempre trabajando entre bambalinas, busca la manera de mantenernos a salvo. Para ello puede utilizar como material el síntoma, construyendo con él una inesperada barricada.

Esto no quiere decir que los síntomas se provoquen, o que se mantengan voluntariamente. Cuando, como a veces pasa, los familiares o amigos de un paciente afirman en tono de reproche "parece que te guste estar mal", ocurre que están captando de forma intuitiva la esencia de la trampa para monos, es decir, una resistencia que tiene que ver con alguna función oculta que el síntoma está desempeñando y a la que no es fácil renunciar. Ante estas acusaciones el paciente tiende a reaccionar airadamente, y no es para menos. Es erróneo atribuirle al síntoma una intencionalidad. Por lo general uno no es consciente de la trampa en la que se coloca, ya que ésta no da la cara a través de la palabra ni sería aceptable desde un punto de vista racional. ¿Quién querría estar mal? Pero, bien examinado, no será difícil de detectar que el beneficio del síntoma probablemente nos esté atrapando a través de emociones tan comprensibles como el miedo, el alivio, o la satisfacción de ocupar un lugar central.

Copyright, Fox Searchlight Pictures. 2006.

Ciertamente no es fácil soltar el plátano. Principalmente porque, en medio del malestar y del sufrimiento, ni siquiera somos conscientes de que lo tenemos bien agarrado. Hacer esto visible es gran parte del objetivo de la terapia. Pero luego ha de llegar lo más importante. Hacer algo diferente, soltar el plátano es lanzarse al vacío de una segura incomodidad. Habrá que apoyarse en todos los recursos que tengamos a mano y recordarnos día tras día que esta decisión es la única que tiene sentido a largo plazo. Porque, en cierto sentido, nunca hemos dejado de ser monos: para nosotros las emociones tienen una enorme fuerza, pero las patas bien cortas. Apenas pueden seguir a la mente en sus viajes al futuro, por lo que siempre colorearán más aquello que se nos presente como inmediato y tangible, por mucho que a la larga sea perjudicial. Ser consciente de esto es el primer paso hacia cualquier cambio real. 



domingo, 27 de octubre de 2013

¿Y si no quiero tomar medicación?


Una de las preguntas que suele hacerse quien se plantea acudir al psiquiatra por primera vez es: ¿me hará tomar medicación?.

Desde que los psicofármacos modernos entraron en el arsenal médico, hace ya más de 60 años, su popularidad no ha dejado de aumentar, para bien o para mal. Como con cualquier tema que se hace de dominio público, a su alrededor han ido creciendo múltiples posturas, algunas de ellas extremas y generadoras de confusión. No obstante, siempre que nos enfrentamos a algo nuevo, es lógico que tengamos nuestras reservas, y más si hablamos de cuidar nuestra salud.

Las preguntas que con más frecuencia escuchamos en consulta sobre la medicación son:


· ¿Me hará dejar de ser yo mismo? ¿cambiará mi personalidad?
· ¿Será adictiva? ¿Tendré que tomarla de por vida?
· ¿Tendrá efectos adversos molestos? ¿Me puede perjudicar?

Todas ellas son pertinentes, y es importante que queden aclaradas antes de iniciar un tratamiento. Pero la que suele rondar la cabeza del paciente sin que llegue muchas veces a ponerse en palabras es la que abre esta entrada: ¿y si no quiero tomar medicación, qué pasa?.

La medicina ha cambiado mucho. Antes el médico era una figura indiscutida cuyas indicaciones no dejaban lugar a dudas. O sea aceptaban o adiós muy buenas. Hoy, quien acude al médico, se encuentra con un profesional especializado que trabaja más bien como un técnico, proponiendo alternativas, informando y consensuando con el paciente los pasos a seguir. El médico excelente es aquel que, además de ser buen técnico, tiene la humanidad suficiente como para intuir cuáles son las necesidades de cada paciente, adaptándose a ellas, y no al revés.

¿Qué postura adopta hoy el psiquiatra ante la toma de medicación?

En primer lugar hay que aclarar que, hoy en día, la medicación no es la única herramienta del psiquiatra. Y en nuestra opinión no siempre debería ser la primera opción. Para la mayoría de trastornos que llegan a la consulta (cuadros depresivos, ansiedad, adicciones, trastornos de la personalidad...) la base del tratamiento es la psicoterapia, siendo la medicación un complemento muy valioso, pero no imprescindible. Si se dispone de un tiempo razonable es recomendable iniciar una evaluación del caso acompañada de un tratamiento psicológico. Siempre habrá tiempo de plantear la posibilidad de potenciarlo con medicación en el caso de que no se diera mejoría en el plazo de unos pocos meses.

En segundo lugar, tanto si es el paciente quien solicita tomar medicación, como si manifiesta sus dudas al respecto, es imprescindible analizar los motivos de cada caso. Para esto no valen fórmulas universales. Partimos de la base de que no tomar fármacos es una postura personal perfectamente respetable, siempre y cuando se ejerza libremente, y no se base en emociones perjudiciales y evitables (el miedo a lo desconocido, la desesperanza en una depresión), no se deba a la desinformación o no obedezca a un alejamiento puntual de la realidad.

Es labor del médico asegurarse de que la postura del paciente está libre de estas 3 cadenas: (emoción, desinformación, anosognosia). Sería negligente no operar a alguien que, necesitando una intervención urgente, estuviera demasiado asustado por la anestesia general y se negase a entrar en el quirófano. El cirujano tiene la obligación de detectar y calmar esos miedos. Con la medicación ocurre lo mismo.

Una persona adulta, informada acerca de los posibles riesgos y beneficios de no tomar medicación, puede perfectamente prescindir de ella. Ejerce su autonomía como paciente de la misma forma que cuando accede a tomarla. Por ello es importantísimo que se cree en consulta un clima de confianza que permita plantear este tema con sinceridad. Cuando esto no se consigue, casi siempre es culpa del médico, que quizás no haya dedicado suficiente tiempo a examinar las reticencias, a resolver dudas y explorar miedos.

Emociones y medicación
Ilustrac: Brian Stauffer.
A veces cargamos a la pastilla con unas emociones que no le corresponden, que no vienen con ella. Unas veces le endosamos nuestra desconfianza hacia los demás. Otras, nuestros miedos e inseguridades. En muchas ocasiones cargamos los medicamentos con las exageradas esperanzas de un mágico remedio, indoloro y definitivo. Pero la medicación es sólo una herramienta, neutral, cuyo significado debe consensuarse entre médico y paciente.

No es raro que en ocasiones se desaconseje empezar este tipo de tratamientos. Hay muchos dolores en la vida que no sólo no requieren medicación, sino que su prescripción únicamente conseguiría distorsionar experiencias que son parte del desarrollo personal, como sufrir la pérdida de un ser querido. El médico prudente sabe que una pastilla en esa situación hace un flaco favor al paciente, si acaso calma la propia angustia.

Un buen profesional sabe decir no. Sólo recurre a la medicación cuando es necesaria. Pero no deja de recomendarla si cree que lo es. Informa sobre beneficios y molestias esperables. Se asegura de que el paciente no se quede con dudas. Y siempre está dispuesto a rectificar.