Mostrando entradas con la etiqueta Economía conductual. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Economía conductual. Mostrar todas las entradas

martes, 6 de enero de 2015

Palabras que tu psiquiatra aprendió a abandonar (II) : "MENTIRA"



¿Mienten todos los que no dicen la verdad?

Los que leyeron la entrada anterior se habrán dado cuenta de que esta es una pregunta con trampa.

En primer lugar, ya vimos cómo la palabra "verdad", útil para el día a día, podía generar malentendidos serios al emplearla en consulta. A los que siguen creyendo en la verdad absoluta como un objetivo al que aspirar les recomendamos comenzar por aquí.

Ahora bien, la trampa de la pregunta de más arriba es doble, porque también hace referencia a un concepto igual de resbaladizo -si no más- como es el de "mentira".

Con esta entrada queremos preguntarnos si al emplear esta palabra lo hacemos con más o menos acierto. También intentaremos descubrir si, al usarla para definir nuestra relación con los demás, conseguimos aclarar las cosas o más bien enredarlas y salir, de alguna forma, perjudicados.

···························

En consulta es relativamente frecuente escuchar a algunos pacientes quejarse de haber sido engañados, acusando de mentir a personas que ese día pueden haberles acompañado o no a la sesión. Por ejemplo:

· "Dijo que me quería. Me engañó todo este tiempo"
· "Me ha denunciado por maltrato, pero es todo una sarta de mentiras".
· "Confiábamos en él, prometió que lo iba a dejar, pero ha seguido bebiendo a escondidas."
· "Es una mentirosa compulsiva. Siempre va presumiendo por ahí de cosas que no tiene".


En estos ejemplos identificamos varios elementos que suelen aparecer cuando hablamos de "mentiras". Compartamos unas observaciones al respecto:

Vía: http://blog.doodooecon.com/

· Observación nº 1: la mentira se refiere siempre a un intercambio de información que consideramos que ha fallado, pero atribuimos ese fallo a las intenciones del interlocutor.

· Observación nº 2: la mentira se vive como una amenaza. Su mera sospecha genera inquietud, desconfianza y, cuando nos sentimos seguros de su presencia, desencadena acusaciones airadas.

· Observación nº 3: el que miente suele ser el otro. Aunque todos tenemos la experiencia de haber recurrido a una mentira puntualmente, esto casi siempre se vive como la excepción a la regla de que, en general, somos personas honestas.

· Observación nº 4: a la acusación de mentir suele seguir la exigencia de la verdad. De ahí los conflictos, porque es muy poco frecuente que la persona acusada de mentir reconozca haberlo hecho (incluso aunque así sea).


Pero volviendo a los ejemplos de la consulta, ¿hace justicia la palabra mentira a todas esas situaciones? ¿Es capaz de cubrir la mentira un fenómeno tan complejo?


···························

¿Es lo mismo mentir que engañar?


Para conocer algo siempre vale la pena echar un vistazo a sus raíces. Si consultamos su etimología veremos que la palabra mentira procede del vocablo latín mentiri (mentir), que significa urdir un embuste con la mente.

Quizás lo más interesante de esta definición es que, cuando involucra a la mente, lo hace de forma activa. La mentira, a diferencia de otras formas de engaño, se lleva a cabo de forma consciente. Quien miente sabe que hay una discrepancia entre lo que sabe (o cree, u opina) y lo que comunica. Además esta comunicación se lleva a cabo a través del lenguaje, por medio de una trama que debe crearse con palabras.

El engaño se trata de un fenómeno más general, que incluye la mentira pero también otras situaciones. Engañar es modificar la apariencia de algo de tal forma que se provoque una impresión equívoca a un observador.
Vía:http://lauralovesbeautyblog.com


Esto puede lograrse de muchas formas, como por ejemplo evitando mencionar al posible comprador de un coche una antigua avería para asegurar la venta, amagando un regate hacia un lado antes de llevarse el balón por el lado opuesto, o pintándose las pestañas al salir de fiesta para que los ojos parezcan más grandes.

Estos tres ejemplos de engaño serían conscientes, pero no verbales. Ahora bien, como hemos dicho, no todos los engaños son conscientes. Para comprobarlo basta con sentarse a ver algún documental de sobremesa.





Cuando un chimpancé se enfrenta a otro en combate y automáticamente se le erizan todos los pelos del cuerpo, llega prácticamente a doblar su tamaño aparente dando la impresión de ser más fuerte y peligroso de lo que realmente es. El chimpancé está engañando pero ni es consciente de ello ni puede evitar este fenómeno, por ser involuntario. Algo similar le ocurre al pez globo. Otros animales, ante la posibilidad de salir malparados en un enfrentamiento, fingen la muerte tendiéndose inmóviles frente a su atacante. Si éste pierde el interés por un momento, cabe la posibilidad de escapar rápidamente aprovechando un despiste. Menor conciencia aún de estar engañando presentarían esas plantas que, mostrando colores vistosos típicos de especies venenosas (aún cuando ellas no lo sean), consiguen disuadir a muchos de los herbívoros interesados en hincarles el diente.

Esta es la primera conclusión que debemos extraer: que no todos los engaños son mentiras. Pero, algunas personas nos dejan confundidos cuando hablan. No queda claro si son conscientes de estar engañando (y por lo tanto mienten de forma descarada) o bien llegan a creerse lo que afirman, en cuyo caso hablaríamos de autoengaño y no de mentira. Esta pregunta quizás sea el núcleo de todo este meollo. Pero antes de seguir, conviene preguntarse de dónde surge el impulso de engañar.

···························

¿Por qué (todos) engañamos?


Los pandas también detectan estructuras de incentivos.Vía: www.iflscience.com
Desde un punto de vista evolucionista es fácil entender por qué la estrategia del engaño se encuentra tan extendida en la naturaleza. Engañar (cuando no se es descubierto) puede resultar sumamente rentable a efectos de supervivencia y reproducción. Los individuos cuya carga genética les facilita engañar con éxito consiguen dejar más descendientes que sus rivales, por lo que la habilidad se hace progresivamente más frecuente. A su vez, esto hace que se revaloricen las estrategias que permiten no ser engañado, por lo que con el paso del tiempo también se acaban seleccionando los individuos que mejor detectan los indicios de un posible engaño. Estas dos tendencias dan lugar a un fenómeno llamado coevolución, una especie de "carrera armamentística" entre habilidades de engaño y habilidades de detección. En esta guerra, lo queramos o no, participamos también todas las personas, siendo como somos rehenes de nuestra herencia biológica.

El disponer de un lenguaje complejo, un sistema simbólico capaz de diseminar a voluntad versiones construidas de la realidad, dispara exponencialmente las oportunidades de engañar con éxito. Pero si además poseemos una teoría de la mente, es decir, la capacidad de entender que el otro tiene una mente que no es la mía, y por lo tanto dispone de una información que no tiene por qué coincidir con la que yo tengo, tendremos a nuestro alcance los dos ingredientes fundamentales para la mentira. Desde el punto de vista de la evolución biológica la mentira sería algo así como la versión destilada del engaño, una herramienta de máxima precisión forjada en el seno de millones de años de competición biológica.



Pero, ¿es la mentira una estrategia tan potente como para asegurarnos la victoria? Como señala Robert Trivers en su recomendable libro "La insensatez de los necios", la mentira puede emplearse de forma consciente y eficaz para sacar provecho del trato con los demás, pero acarrea una serie de inconvenientes:

1. Produce nerviosismo: la estrategia puede fallar, y por tanto tememos ser descubiertos. Esto da pie a carraspeos, titubeos, jugueteos con las manos, y otras señales de inquietud.

2. Pone en marcha mecanismos de control: a fin de evitar ser descubiertos nos entrampamos en la siguiente paradoja: intentamos parecer espontáneos y naturales. Con el objetivo de ocultar indicios de nerviosismo tendemos a controlar el tono de voz, el ritmo, los movimientos corporales... El resultado, obviamente, es lo opuesto de la espontaneidad, una suerte de rigidez en las formas que puede ser identificada por el ojo entrenado.

3. Supone una carga cognitiva: además tener que manejar la tensa situación que hemos esbozado, quien miente debe ser capaz de recordar lo que sabe y quiere ocultar, pero también la nueva versión que quiere ofrecer, así como las posibles ramificaciones de la historia, que se irá complicando mientras dure la mentira. Para cualquiera que lo haya intentado será fácil reconocer que crear requiere más trabajo que recordar o evocar.

Estos tres puntos dan pie al conocido dicho según el cual "se pilla antes a un mentiroso que a un cojo". Solemos pensar que, tarde o temprano, la persona que mienta habrá de sucumbir a alguna de estas dificultades, poniéndose en evidencia.

Sin duda este es el talón de Aquiles de la mentira, esa incómoda discrepancia que a veces se ha llamado disonancia cognitiva: "lo que transmito no es exactamente lo que yo sé". El simple hecho de ser consciente de esto crea malestar y amenaza el éxito de la estrategia. Mucha gente afirma, de hecho, que no se le da nada bien mentir. Pero, ¿qué ocurriría si fuéramos capaces de ignorar esa discrepancia? La mentira fluiría sin trabas y conseguiríamos llenar de ideas equívocas la cabeza de quien nos crea. Pues bien, parece que esto es precisamente lo que ocurre cuando la mentira se acompaña de autoengaño.

···························



El autoengaño es un fenómeno clave para entender la psicología humana, mucho más frecuente de lo que podríamos pensar y que, cuando se asocia a la mentira (engaño verbal y consciente), cambia por completo la naturaleza de la misma.

Debemos recordar una lección fundamental: la función del cerebro no es conocer la realidad, sino diseminar nuestro material genético. Desde el punto de vista estrictamente biológico, existen buenos motivos para sesgar la percepción de la realidad. El autoengaño nos permite incrementar nuestras oportunidades de manipular con éxito a otras personas, algo fundamental para individuos que habitan un medio altamente social como el nuestro.


El mecanismo sería el siguiente: Trivers propone que la información considerada inicialmente como verdadera tendería a formar parte de la mente inconsciente, mientras que la información generada (maquillada o directamente falsa) quedaría almacenada en nuestra mente consciente, disponible para ser diseminada de forma verbal. Esto parece contraintuitivo, pero es completamente coherente con la lógica evolucionista que antes hemos expuesto. El “maquillaje” o “barniz” que matizaría la información consciente, estaría inequívocamente compuesto de deseos o temores del individuo, esto es, de necesidad. Matizar el contenido de nuestra conciencia de acuerdo con nuestras necesidades, sin ser consciente del proceso de “barnizado” es lo que permitiría dar lugar a una transmisión ventajosa de la información.

Por eso podemos afirmar que, quien nos habla a través del autoengaño, no puede considerarse que sea completamente deshonesto. Quien se autoengaña está siendo sincero desde aquello que, de forma consciente, tiene en mente. Y no podría afirmar otra cosa. De aquí surgirá la mayor parte de los conflictos, de la colisión entre el reproche indignado de quien se siente traicionado y la estupefacción genuina de quien se siente honesto, al no saberse víctima del autoengaño. Eso nos lleva a que debamos afinar nuestra sensibilidad hacia los discursos de las personas para ir incorporando estas complejidades que vamos descubriendo, si pretendemos ser justos con los demás y ser tratados con idéntica justicia.
El barón de Münchausen, máximo representante
del autoengaño y la mitomanía.


La intensidad del autoengaño, por ejemplo, es algo a tener en cuenta. No hablamos de un fenómeno de “todo o nada”. El autoengaño no funciona como un interruptor que nos permita apagar la luz y envolvernos en tinieblas cuando así lo decidimos. Se trata de un fenómeno gradual y semiautomático. Cuando decimos gradual nos referimos a que se asemejaría a un barniz que permitimos que la mente aplique sobre la discrepancia (“lo que digo no es lo que yo sé”). En función del número de capas que permitamos aplicar menor será el conflicto entre versiones, aliviando nuestro malestar a costa de sacrificar veracidad. De esta forma, el autoengaño nos puede situar en infinidad de puntos distribuidos a lo largo de una línea imaginaria cuyos extremos son, por un lado, una absoluta inconsciencia del propio autoengaño y, por otra parte, esos tímidos intentos que todos hemos realizado a veces y que tan solo momentáneamente consiguieron hacernos olvidar lo que nunca dejamos de tener por cierto. Unas personas tendrán más tendencia a dejarse aplicar este barniz que otras (y se las ha llamado de muchas maneras: exageradas, fantasiosas, fabuladoras, mitómanas, inmaduras, histéricas...); pero una misma persona, incluso la más honesta, tendrá en ocasiones más o menos alicientes para dejarse “barnizar” un asunto determinado, para autoengañarse en función de la carga emocional de la información que disponga y el grado de malestar que la discrepancia le provoque.

Además es bueno recordar que el autoengaño funciona de forma similar a lo que sucede con el sueño: al igual que el insomnio ataca a los que se concentran demasiado en intentar quedar dormidos, cuanto más pretenda uno autoengañarse activamente, más consciente será de que se está haciendo trampas al solitario. El autoengaño funciona dejándose llevar, abandonándose a las propias emociones de deseo o temor, que son las que ponen en marcha ese mecanismo de millones de años de antigüedad que ya nos acompañaba antes de que surgieran la autoconciencia o el lenguaje gramatical. La honestidad muchas veces tiene que ver con la detección y la resistencia activa contra este impulso que busca protegernos. Nos obliga a sacrificar bienestar a cambio de aproximarnos a un valor moral.

···························

Calendario vacunal contra el autoengaño


Debemos ir terminando esta entrada, ya excesivamente larga.

El engaño tiene mala fama, y la mentira no digamos. Pero ni uno ni otro (ni mucho menos el autoengaño) son necesariamente problemas o lacras a evitar. Al revés. Nos han permitido llegar hasta aquí, y todavía hoy en día nos posibilitan soportar la vida. Como afirma Irvin Yalom, el ser humano es un animal herido por la certeza de que un día morirá. Simplemente no podemos vivir mirando directamente a ese Sol, si acaso echar vistazos muy breves. Por lo tanto, hay una parte del autoengaño que no solo es inofensiva, sino que resulta esencial para la tarea de vivir.



Ahora bien, no es menos cierto que para vivir en sociedad debemos ser capaces de regular adecuadamente la fiabilidad de la información que transmitimos. Ni tiene sentido ser implacablemente sinceros todo el tiempo ni nos evitará problemas el vivir acunados por el autoengaño. Nuestras emociones, especialmente si no las vemos venir, pueden apartarnos demasiado o demasiado a menudo de las versiones del mundo de los demás. Y al final la realidad que experimentamos en sociedad es un consenso de versiones puestas en común. De nada nos servirá vivir en un mundo incomunicable, construido para nuestro exclusivo bienestar psicológico. Entre otras cosas porque corremos el riesgo de no entendernos o acabar siempre enfrentados.

¿Cómo navegar por tanto las aguas del engaño y el autoengaño?

Lo primero que deberíamos hacer sería tener en mente la posibilidad del autoengaño. Saber simplemente que más pronto que tarde el autoengaño nos dará alcance, y que ése será el momento de prestarle atención y detectarlo. No con rechazo, sino con curiosidad. Se ha demostrado que los chimpancés, nuestros primos más cercanos junto con los bonobos, pecan de excesiva confianza en sus propias capacidades, y también que rechazan más de lo esperable a monos de grupos diferentes al suyo. ¿Suena familiar? En el caso de los humanos veremos muchas otras formas de autoengaño: la ilusión de superioridad moral (la gente tiende a pensar que sus acciones están mejor fundadas y son menos arbitrarias que las de los demás), la dicotomización inevitable en buenos y malos, nosotros y ellos (cuya expresión más omnipresente es el orgullo tribal), o la sensibilidad variable ante las necesidades de los demás en función de nuestra posición en la jerarquía social (conocida informalmente como la sociopatía adquirida de los jefes), entre muchas otras, serán tendencias que sesgarán siempre nuestra percepción de la realidad en favor de nuestro acervo genético. Solo añadiremos que todas estas inclinaciones emocionales aparecerán constantemente envueltas en palabras, símbolos, sistemas ideológicos y otras racionalizaciones más o menos enrevesadas, las cuales pueden llegar a conseguir que perdamos la pista de su origen biológico.

Ilustr. Dani Kwirk.
La experiencia cotidiana, el examen de conciencia y diferentes experimentos científicamente controlados nos servirán para comprobar la presencia del autoengaño en nuestras vidas. En sus versión más abundante éste tendrá que ver con una complaciente tendencia a perdonarnos nuestras propias faltas. Mejor que nosotros lo explica el Doctor en psicología Dan Ariely, quien ha publicado diversos libros muy recomendables al respecto, uno de ellos muy bien resumido en el siguiente video:

Por último, sabiendo cómo funciona esta maquinaria en nosotros mismos, tendremos las herramientas necesarias para intentar lo más complicado de todo: ir más allá del contenido de lo que nos digan cuando las cosas no nos cuadren y, en lugar de señalar con el dedo la supuesta mentira, preguntarnos ¿qué necesidad está siendo cubierta con estas palabras?, ¿a qué emociones responde?.



Os dejamos sin responder a la pregunta más importante de todas, porque es mejor que cada uno intente resolverla aplicando lo que ahora sabemos: ¿qué porcentaje del engaño en que nos vemos involucrados diariamente corresponde a mentiras conscientes y qué porcentaje al autoengaño?

¿De verdad nos mienten tanto como a veces pensamos?


Ideas clave:
  • La mentira es un tipo muy concreto de engaño, una versión consciente y verbal. 
  • El autoengaño es uno de los fenómenos más ubicuos e inadvertidos de nuestra psicología. 
  • El cerebro no está destinado a comprender la realidad, sino a maximizar nuestra transmisión de copias genéticas a la siguiente generación, aunque para ello deba llevarnos a engaño. 
  • La mentira pura y dura es poco frecuente. Lo más habitual es la sinceridad desde una base de autoengaño de intensidad variable. 
  • El autoengaño no es negativo per se, pero suele llevar a frecuentes conflictos con otras personas. 
  • Las mejores formas de modular el autoengaño son el conocimiento de los sesgos psicológicos básicos, el examen de conciencia y el genuino interés por las necesidades y deseos del otro cuando interactúa con nosotros.

sábado, 9 de agosto de 2014

Adicción a FOREX, ¿puede enganchar la inversión online?

© Twentieth Century Fox - All Rights Reserved


"La codicia, a falta de una palabra mejor, es buena; es necesaria y funciona. La codicia clarifica y capta la esencia del espíritu de evolución. La codicia en todas sus formas: la codicia de vivir, de saber, de amor, de dinero; es lo que ha marcado la vida de la humanidad."

Gordon Gekko. Wall Street, 1987.


La frase, enunciada por ese exitoso Yuppie al que Michael Douglas ponía piel bajo la dirección de Oliver Stone, quería representar un cierto estado de ánimo, el de aquellos desacomplejados años ochenta de liberalismo económico que hicieron de la Bolsa de Nueva York su emblema.

Hoy en día los inversores como Gekko no están tan bien vistos como entonces. Por otro lado, su perfil se ha diversificado. Su hábitat ha dejado de limitarse a los rascacielos enmoquetados o los cada vez menos bulliciosos parqués de la bolsa. Si algo nos ha traído Internet es la posibilidad de llegar a todas partes sin movernos del salón de casa, y Forex es una de las señas cada vez más pujantes de esta postmodernidad líquida, de la que todos podemos reclamar nuestra porción.

La democratización de los mercados


¿Qué es Forex? Se trata de la exitosa contracción de Foreign Exchange trading, es decir, el mercado internacional de divisas. En él se lleva a cabo la compra-venta pareada de moneda de diferentes países, intentando hacer negocio gracias a las variaciones de valor de una de ellas respecto de la otra. La idea es sencilla: comprar barato y vender caro escogiendo el momento adecuado. Quizás no haya oído hablar de Forex hasta la fecha, pero le daremos un dato simplemente para situarnos. Se calcula que este mercado financiero mueve actualmente, en un día, un volumen de operaciones equiparable al de la bolsa de Nueva York durante un mes. Ahí es nada.

Pero esto no siempre fue así. Durante décadas los únicos actores relevantes en este mercado fueron los bancos, las agencias de inversión y los propios estados, por lo que se trataba de un sector más o menos acotado. Sin embargo, la irrupción de Internet y el desarrollo de software de fácil manejo han provocado un cambio sin precedentes: hoy en día este mercado tiene su mayor potencial y fuente de crecimiento en los inversores particulares. Cualquier persona con ganas de invertir puede, tras descargar e instalar en su ordenador un programa relativamente sencillo, comenzar a especular con divisas desde su hogar u oficina.

¿Por qué Forex es cada día más popular? Existen varios motivos. Se trata de un mercado esencialmente desregulado, sin organismos de supervisión ni intermediarios oficiales a los que haya que pagar comisiones para operar, como ocurre en la bolsa de valores. El nivel de apalancamiento permitido es alto, es decir, con un aval relativamente modesto podemos negociar cantidades proporcionalmente muy superiores a nuestra liquidez disponible. Por otro lado, hace falta poco dinero para comenzar a jugar (entre 200 y 5000 euros). Aparentemente todo son facilidades.

Pero quizás su mayor atractivo (y también potencial peligro) lo constituye la alta volatilidad del mercado, debida a las rápidas fluctuaciones de unos activos que no se vinculan a la marcha real de la economía de cada país, sino a previsiones de futuro dependientes de múltiples (y discutibles) indicadores. Esto plantea ante el inversor aficionado un horizonte de pingües ganancias en relativamente poco tiempo si se toman determinadas decisiones en el momento adecuado. Pero las pérdidas, como nos recuerdan casi todos los tutoriales y manuales de Forex, pueden estar igualmente a la orden del día si no nos andamos con ojo.


¿Un negocio al alcance de cualquiera?


Las webs y los foros dedicados a Forex son abundantísimas (39,6 millones de resultados en Google en el momento de escribir esta entrada). La mayor parte de su contenido se concentra en torno a:
  1. información para introducirse en el mundo del Forex.
  2. solicitudes y aportaciones de consejo para invertir mejor.
  3. experiencias personales como traders, tanto positivas como negativas.
Si realmente las personas tomaran sus decisiones económicas según el modelo teórico del Homo oeconomicus (evaluando racionalmente los recursos disponibles y maximizando sus ganancias al menor coste posible) la psicología no jugaría un gran papel en Forex, y todo sería una cuestión de formación técnica adecuada o insuficiente. Sin embargo la situación es otra. No son raros los artículos que nos sugieren cuál debería ser la actitud personal a la hora de invertir. En ellos se abordan algunos aspectos psicológicos procedentes del sentido común, por ejemplo:

Psicología del inversor: “estudie su inversión (tomarse tiempo para reflexionar). Deje continuar sus ganancias (es decir, no vender impulsivamente). No se case con sus operaciones (no aferrarse emocionalmente). No apueste su casa (no dejarse llevar). Acepte sus errores y aprenda de ellos”.


También existen numerosos vídeos dedicados a este asunto, como este o este:

Tras revisar una muestra de este material no es difícil señalar algunos de los enemigos recurrentes del inversor: el exceso de confianza, el descontrol emocional, los ardientes deseos de recuperar las pérdidas recientes o la poca disciplina, entre otros. Como profesionales de la salud mental, estos enemigos nos suenan a sospechosos habituales. Es difícil dejar de pensar en la relación que existe entre juegos de azar y ludopatía. ¿Puede tener esto algo que ver con Forex?

Vista desde fuera, la manera de invertir en Forex podría parecer mecánica e inofensiva, y de hecho muchos recomiendan encarar su participación en este mercado como un oficio, una rutina carente de emoción: encender el ordenador, abrir el software, supervisar los gráficos de evolución de forma intermitente, apurar los minutos mientras queden mercados abiertos a lo largo del huso horario, comprar, vender, o bien esperar, no hacer nada.

Lo que proponen muchos de los traders más experimentados, o bien esa creciente hueste de brokers que se ganan la vida “enseñando a invertir”, dibuja una actividad más parecida a la pesca que al estimulante regateo del zoco. Sin embargo, las recomendaciones de prudencia parecen coexistir con la burbujeante ambición propugnada por Gordon Gekko al son de “es fácil hacer dinero si sabes cómo”. Sería algo así como animar a la gente a sacar la caña del trastero con la idea de que todos nos merecemos atrapar a Moby Dick. El mundo que rodea Forex se encuentra preñado de esta ambivalencia, y de diferentes personas lidiando con ella, con resultados dispares. ¿Con qué herramientas contamos para hacerlo?



Homo oeconomicus vs Homo ludens


Vía: http://www.2stroke.co.za/blogs/behavioural-economics-social-media
Como animales que somos, hemos sido programados para responder a los incentivos del entorno con el objetivo de sobrevivir y transmitir copias de nuestro material genético. Estamos orientados, por pura lógica evolutiva, a buscar el beneficio y evitar el daño. De ello se encarga nuestro sistema de control motivacional, antes llamado sistema de recompensa y castigo. Por consenso social, el dinero actúa sobre este sistema como un reforzador universal. Es decir, a pesar de que no alimenta ni incrementa nuestras opciones reproductivas de forma directa, sí permite acceder indirectamente a toda clase de alimentos, parejas fértiles, refugio, etc. Por ello el dinero es vivido como beneficioso y resulta altamente deseable en todas las culturas que acuerden emplearlo de forma simbólica como representación del valor, no siendo la única, pero sí la más extendida.

Este sistema de control motivacional, que discrimina lo deseable de lo repulsivo, se ha servido durante millones de años de las emociones para hacer su trabajo. Sólo muy recientemente en nuestra historia evolutiva hemos adquirido un lenguaje verbal que complementa este sistema y nos permite llevar a cabo evaluaciones racionales “en frío”. Pero el sistema no es perfecto. Como si fuera una “versión beta” de la cognición humana, este modo racional de evaluación y planificación -aunque prometedor- está lleno de agujeros por los que se cuela nuestro “magma” emocional de toda la vida. Frente al dinero esto solo se hace más evidente. La simple perspectiva de ganar o perder dinero viene siempre acompañada de una cierta carga emocional, cuya intensidad será proporcional a su cuantía relativa. Hallazgos como estos han dado lugar a campos enteros del conocimiento, como la neuroeconomía o la economía conductual (behavioral economics).

Cada vez es más evidente que, en contra de lo que pensaban los defensores del Homo oeconomicus, las decisiones del día a día se encuentran inevitablemente ligadas a nuestro repertorio emocional. Cuando uno se sienta frente al ordenador para invertir en Forex, lo hace con todo este aparataje emocional preparado para lanzar señales de “¡adelante!” o “déjalo y mejor vive otro día”. El asunto clave aquí es que las emociones van a aparecer, lo queramos o no, en el transcurso de algo que quisiéramos que fuera puramente racional (como aconsejan los expertos). Y esas emociones, además de distorsionar el proceso de invertir de varias maneras, pueden llegar a gustarnos. De hecho, tiene sentido que sea así. Las emociones positivas asociadas a la ganancia de dinero promoverán que repitamos la conducta de intentar ganar más dinero, de la misma forma que disfrutar de la comida favorece que volvamos a tomarnos la molestia de salir a conseguir alimentos.

Así es como vamos transitando, paso a paso, desde ese Homo pretendidamente económico, que simplemente quería complementar su salario, al Homo ludens que disfruta con ello y hace del disfrute una motivación relevante. Y es que ambas partes conviven en nosotros: el tímido e incipiente mono racional junto con esa emotividad primigenia que contribuye a conformar nuestra cultura a través de los juegos, los ritos y el gozo que éstos proporcionan.

Pero, ¿qué papel juega la adicción en lo que hemos planteado hasta ahora?



Ludopatía inversora


Existe un enorme desfase entre evolución biológica y evolución cultural. Esto implica que nuestro organismo se encuentra diariamente con versiones “destiladas” de estímulos apetitivos para las que no se encuentra preparado, ya sean bebidas alcohólicas de alta graduación, azúcares refinados, cocaína, sexo desafectivizado, y un largo etcétera. Este es el origen de las denominadas enfermedades de la civilización.

Los estímulos “destilados” o mejorados artificialmente encajan en nuestro esquema de incentivos, pero lo hacen como estímulos supranormales, es decir, capaces de secuestrar nuestra motivación de forma tan intensa que el resto de estímulos adaptativos quedan momentáneamente ensombrecidos. Son famosos los experimentos con ratones de laboratorio que, puestos a elegir entre comida o cocaína, fallecen de inanición presionando la palanca que liberará los polvos blancos.

¿Podríamos decir que Forex nos expone a estímulos supranormales?

Sin duda. La expectativa de obtener dinero de forma más o menos inmediata y en grandes cantidades lo es, por supuesto. Pero existe uno más importante todavía: el azar, que es la versión destilada de la incertidumbre. Podríamos entrar a debatir si verdaderamente es azar lo que sucede en los mercados financieros, pero en la práctica no existe mucho lugar para dudas, en la medida en que las previsiones a futuro son tan especulativas que la mayor parte de la labor de los analistas consiste en interpretar a toro pasado los comportamientos de los mercados, creando la ilusión de que algo se atisbaba desde un principio. De ahí que muchos identifiquen, de forma intuitiva, esta tortuosa volatilidad de los mercados con lo que ocurre en los salones de los casinos.

Áyax y Aquiles jugando a los dados a las puertas de Troya.
Esta comparación va más allá de cualquier metáfora porque ciertamente dinero e incertidumbre son la base de todos los juegos de azar. Cuando se combinan pueden llegar a tener un efecto impresionante sobre la mente de las personas. Se ha demostrado a nivel experimental que la expectación ante una posible ganancia es mucho más intensa cuando ésta no es segura, en comparación con lo que sucede cuando el resultado se conoce con certeza. Lo mismo sucede con las adversidades, como bien saben los torturadores o maltratadores profesionales, que aprenden que aplicar el castigo de forma arbitraria e imprevisible incrementa exponencialmente el terror y la indefensión de la víctima.

Algunas personas, por su peculiar tolerancia al riesgo y/o necesidad de sensaciones intensas, son especialmente proclives a participar de estas actividades lúdico-inversoras. Por otro lado, cualquiera que esté pasando una época determinada (pongamos, una depresión) y se le cruce el juego (o los mercados) en su camino, puede verse en riesgo de acabar perdiendo el control de sí mismo.

Es por ello que ya no resultan extraños para los profesionales de la salud mental los casos de adicción a la inversión de capitales, como bien se explica en este artículo de El País. El riesgo de desarrollar una adicción a las inversiones es equiparable al de cualquier otra ludopatía. Simplemente tienen que darse las condiciones adecuadas.

En el caso concreto de Forex, además de este núcleo común a todos los juegos de azar, no podemos dejar de apreciar algunas semejanzas con otros dispositivos con alto potencial adictivo. Pondremos algunos ejemplos:

Ilustr: Owen Freeman
· Con las tragaperras (slot machines): dispositivo unipersonal, con estímulos luminosos intermitentes, facilitador del aislamiento social y de la pérdida de la noción del tiempo.

· Con la ruleta de casino: posibilidad de exponerse a grandes ganancias y grandes pérdidas en corto plazo de tiempo, aureola de sofisticación y prestigio social.

· Con los juegos de cartas, en especial el póker: aureola de prestigio social (en auge desde que se promociona como un deporte más) y una combinación especilmente atractiva de azar (alea) y habilidad (agon), que potencia los sesgos cognitivos de control y sobreestimación de las propias capacidades.


¿Quiere esto decir que cualquier persona que invierta en Forex corre el riesgo de padecer una adicción? Ni mucho menos.



¿Cómo reconocer la adicción?


Como ya hemos tratado en otras entradas de este blog, la adicción se define por un tipo de relación peculiar mantenida con una actividad, sustancia o persona. En esta relación encontraríamos:

a) Disminución o pérdida del autocontrol
b) Problemas o dificultades significativas a nivel personal
c) Autoengaño y mentiras al entorno

Esta relación, mantenida en el tiempo, genera hábitos nocivos y provoca un deterioro progresivo de la personalidad, en la medida en que crece la brecha entre lo que se es y lo que un cree ser.

Aplicado al caso del Forex deberíamos precuparnos cuando:

AUTOCONTROL
Pasamos más tiempo del programado frente al ordenador. Nos roba horas de sueño. Pasamos a comer o cenar frente a la pantalla. Se invierte más dinero del planeado, especialmente si es para recuperar pérdidas recientes. Resulta difícil mantener una estrategia inversora a medio-largo plazo. La idea de invertir está en mente de forma habitual.
PROBLEMAS
Disminuyen el interés y el tiempo dedicado a actividades antes significativas (familia, trabajo, ocio), aparecen irritabilidad y falta de concentración ante exigencias del día a día ajenas a Forex, se deteriora la economía personal, se solicitan préstamos y generan deudas.
AUTOENGAÑO Y MENTIRAS
Aparecen excusas y justificaciones cuando falla el autocontrol, se racionalizan los reveses económicos o se confía ciegamente en una posible recuperación, se ocultan las pérdidas y se mencionan únicamente las ganancias, se reconocen menos horas frente al ordenador de las dedicadas realmente, se exagera el carácter “laboral” de Forex para justificar la dedicación.

No es fácil que uno se de cuenta de todo esto por sí solo. La conciencia de la situación puede aparecer a veces de forma fugaz para desvanecerse detrás del autoengaño. Muy poca gente disfruta sintiendo que pierde el control para actuar como quisiera, por lo que la mente nos protege automáticamente modificando parcialmente nuestra percepción de la realidad. El papel del entorno (familiares, amigos), como en cualquier adicción, será clave para desvelar lo que está ocurriendo y poder brindar apoyo.

Esto puede ser más difícil que en otras adicciones, puesto que Forex requiere un cierto nivel de formación técnica para ser comprendido, y resultará sencillo para el inversor ocultar información sensible. 

Por otro lado, es fácil que Forex pase como una forma de trabajo (lo que debiera ser idealmente), aunque en esos momentos esté tomando las riendas la parte lúdica del proceso. Por último, el mundo financiero puede deslumbrar en ocasiones por resultar altamente atractivo, transmitiendo una sensación de eficacia que puede distar mucho del estado de nuestras cuentas. Ser ajeno a todo esto esto no conseguirá sino aislar a la persona durante más tiempo junto con su problema, agravando el pronóstico.

En cualquier caso, una persona que reconozca en sí mismo las señales de la adicción habrá dado el que sin duda será el paso más importante en la recuperación, basada principalmente en el tratamiento psicológico grupal y el apoyo tanto a nivel individual como familiar. 

La ambición o la codicia, como afirmaba Gekko, no tienen por qué ser necesariamente nocivas, pero para poder beneficiarnos de ellas debemos estar al tanto de su alcance, y de nuestras limitaciones como animales parcialmente racionales.


Bibliografía.

Currency trading for dummies. Mark Galant & Brian Dolan.
Homo ludens. Johan Huizinga.
Los juegos y los hombres. Roger Caillois.
En deuda. Una historia alternativa de la economía. David Graeber.

domingo, 29 de diciembre de 2013

¿Contra quién peleamos en Navidad?

 En estos días navideños en los que nos encontramos, uno ha de enfrentarse a muchas contradicciones con uno mismo: ir a cenas de compromiso, comprar regalos para personas casi desconocidas, acabar en algún acto religioso y visitando belenes cuando uno es profundamente ateo... Por no hablar de lo contradictorio de los resultados: disfrutar enormemente en la a priori aburrida cena, o una sensación de indiferencia tras haber pasado horas planificando, comprando y preparando la que resulta en la velada perfecta. Y lo peor: no ser ni de lejos el primer año que nos vemos en estos avatares, pero vivirlo como si fuéramos principiantes.

En consulta, y en las urgencias hospitalarias vemos además casos más dramáticos relacionados con estas fechas, situaciones imposibles en las que los pacientes saben que no tolerarán esa celebración navideña sin un familiar querido, o con alguien con historia de problemas serios entre ellos. La lógica parece indicar que lo mejor es quedarse en casa... pero uno es consciente de que eso no le hará respirar tranquilo y puede que sufra más imaginando a los reunidos sin ellos. ¿No hay solución? ¿Puede la lógica racional guiar nuestra conducta y gobernar nuestras emociones? Cada vez más los que nos dedicamos a la mente tenemos más claro que no, y es motivo de horas de trabajo con nuestros pacientes. Cuanto antes lo aceptemos, mejor: somos irracionales.

Las contradicciones al fin y al cabo son el choque entre lo que por lógica haríamos, y el dictado de nuestras motivaciones y emociones, que es lo que llamamos irracionalidad. Precisamente el año pasado uno de los regalos navideños que recibí fue el libro del psicólogo y catedrático de Economía de Conducta Dan Ariely, titulado “Las trampas del deseo”. Me encantó y atrapó desde el primer momento porque demostraba empíricamente resultados de nuestra conducta en situaciones más o menos cotidanas y cuyo final sospechábamos de sobra si nos pararamos a pensarlo. En el campo de la Economía, desde hace unos años nuevas tendencias están intentando dar respuestas a la irracional conducta manifiesta que sin embargo se contrapone con los pilares básicos de la teoría económica estándar, como son la racionalidad en la toma de decisiones y el factor corrector de los mercados. Así surge la economía conductual, y entre otros resultados, esta fascinante obra divulgativa de Ariely, de la que se extrae la conclusión de que somos irracionales y además previsiblemente irracionales prácticamente en todas las facetas de nuestra vida. Pero como también se demuestra, puede que estos comportamientos ni sean aleatorios, ni carezcan de sentido.



Se dice que el ser humano es un animal que tropieza dos veces con la misma piedra. A veces incluso pareciera que las personas cometen errores repetidamente sin ser capaces de aprender demasiado de su propia experiencia. Y por otra parte, existe una tendencia social a considerar al hombre como un ser admirable, único, capaz de acciones y creaciones asombrosas, y portador de una racionalidad perfecta. ¿Cómo casar estas dos versiones casi contrapuestas e igualmente patentes? El camino lo han iniciado los que se dedican a la economía, pero como nos demuestra Ariely, queda mucha tela por cortar.
A lo largo de sus páginas, se intenta dar respuestas a algunas inquietantes preguntas como: ¿Por qué compramos cosas que no necesitamos? ¿Somos realmente dueños de nuestras propias decisiones? ¿Por qué una persona tiende a ser más honesta al pedírsele que recuerde los Diez Mandamientos? ¿Qué influye en que un producto nos parezca caro o barato? O ¿decidimos lo mismo cuando estamos sexualmente excitados que cuando no lo estamos?. Como el propio Ariely relata, un desafortunado accidente provocó que tuviera que pasar muchos meses en el hospital ocupando la posición de un observador neutral. Desde ese momento, su maquinaria de la curiosidad se disparó iniciando un viaje de sucesivos experimentos que demostraran las hipótesis que iba formulando su inquieta mente.

Los trece capítulos que estructuran el contenido del libro ostentan sugerentes títulos, siendo algunos ejemplos: “la verdad de la relatividad”, “la falacia de la oferta y la demanda”, “el coste del coste cero”, “el coste de las normas sociales” o “el efecto de las expectativas”. Uno por uno van revelando interesantes claves acerca del proceso de toma de decisiones que manejamos día a día, y de las complejas fuerzas emocionales, sociales... que influyen en él. Además, tras cada nuevo y sorprendente experimento, Ariely nos invita a la reflexión y a intentar extrapolar esos resultados a nuestra vida cotidiana. Lejos de dejarnos abrumados por la complejidad caótica que nos rodea, nos estimula a incorporar estos nuevos conocimientos y a utilizarlos en nuestro propio beneficio una vez hemos descubierto qué es lo que verdaderamente nos motiva.

Siglos de sabiduría popular sugerían el resultado de muchos de los experimentos que el texto contiene. Sin embargo, Ariely se encarga de demostrarlos de manera empírica, sencilla y sorprendentemente divertida. Y todo ello aderezado con un estilo comunicativo claro, conciso, y lo que es más de agradecer cuando hablamos de ciencia y ramas afines: entretenido.

Un libro muy recomendable, y una gran idea para regalar en estas fechas a todos los interesados en comprender un poco más la conducta humana, sin necesitar conocimientos profundos previos. Además, el autor ha publicado otras dos obras más relacionadas. La primera de ellas es “Las ventajas del deseo”, publicada en 2011 y continuación directa de esta obra prima, que versa acerca de cómo sacar partido a estos nuevos conocimientos adquiridos en el ámbito laboral y personal. Y la última, si cabe más interesante: “Por qué mentimos... en especial a nosotros mismos”. En esta ocasión, Ariely bucea en las profundidades de la psicología humana investigando los mecanismos que nos llevan a autoengañarnos y cómo nos protegemos de nuestras propias trampas. Pero como imaginaréis, este nuevo libro da para mucho, y quizá sea motivo de otro nuevo post el año que viene...


¡Feliz año 2014!