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domingo, 21 de mayo de 2017

Monetes y psiquiatría

Lo prometido en Twitter también es deuda.

"La trampa para monos" es, con mucho, la entrada más visitada de este humilde blog. En ella usábamos una analogía para referirnos a un problema en realidad bastante humano: la dificultad que tenemos en muchas ocasiones para "soltar el plátano", abandonar aquella parte de nuestro sufrimiento que nos mantiene atrapados y nos impide retomar nuestras vidas para seguir avanzando.

Cuando "La trampa..." alcanzó las 3000 visitas pensamos que sería justo dedicar nuestra siguiente entrada a los primates no humanos, los grandes y pequeños simios: los monetes.

Si nos hemos hecho de rogar ha sido básicamente por el número de actividades en las que hemos participado durante estos últimos meses. En febrero asistimos a la séptima edición del siempre estimulante Seminario de Neurociencia Clínica de Segovia, donde se abordó el lenguaje humano desde diversas disciplinas. Posteriormente hemos seguido desarrollando las relaciones del lenguaje con la psicología y las neurociencias en el Grupo de Investigación en Neurociencia Clínica de Madrid. Mes a mes se han abordado en este foro temas tan estimulantes como la relación entre neurociencia y psicoanálisis o, más recientemente, el uso del grafeno como material favorable para inducir la neurogénesis de forma experimental.

Como colofón académico este mes de mayo asistiremos a la Iª Jornada de Evolución y Neurociencias, organizada por Pablo Malo (psiquiatra conocido por su blog homónimo Evolución y Neurociencias), así como Juan Medrano y José Uriarte (patas restantes del celebérrimo aunque extinto Txorri-Herri Medical Journal). La Jornada tendrá lugar el 26 de mayo en la Universidad de Deusto. Enlazamos aquí el programa.

Por estos dos motivos pensamos que este es el mejor momento para recordar, o quizás reivindicar, el importante papel que los simios juegan en la comprensión de la psicología normal y de la psicopatología humanas. Así que sí, puede decirse que hablaremos de psicología evolucionista


Nuestra foto de familia. Linneo llamó Primates (Primeros) a los animales más parecidos al humano. El resto de mamíferos fueron denominados Secundata. Los Homo Sapiens pertenecemos al subtipo de los antropoides carentes de cola.

1. La profecía de Darwin

Así se titula un magnífico libro con el que me topé al poco de tiempo de empezar la residencia de psiquiatría. En su contraportada descubrí la susodicha profecía:

"En un futuro lejano se abrirán campos para investigaciones muy importantes. La psicología estará asentada en nuevas bases, la adquisición gradual de cada capacidad mental. Se hará la luz en el origen del hombre y su historia." - Charles Darwin (El origen de las especies, 1859)

La psicología evolucionista se basa en la premisa de que el aparataje que sustenta las funciones mentales se ha originado a través del mismo proceso de evolución por selección natural que afecta al resto de los seres vivos y, por su puesto, a nuestra propia anatomía humana. Es decir, que la mente es fruto de la evolución.

Existirían módulos, algoritmos o mecanismos funcionales que permiten adaptarse mejor o peor a determinadas situaciones, a las exigencias concretas del entorno. Los animales cuyos módulos resultasen más ventajosos tendrían más probabilidades de sobrevivir y reproducirse, transmitiendo sus copias génicas a la siguiente generación. De esta manera, en función de los retos propios de cada nicho ecológico, se forjarían procesos mentales complejos como esa conducta tan humana de atiborrarnos de alimentos altamente calóricos en cuanto los tenemos a mano, dado lo infrecuente que ha sido el acceder a un suministro continuo de comida durante millones de años.

La primatóloga Jane Goodall
Esta forma de entender la mente y la conducta, que ahora nos puede parecer bastante obvia gracias a libros de divulgación como El mono desnudo, El mono Obeso, o programas de televisión (Redes, Yo Mono) nunca ha dejado de ser una idea polémica.

La psicología evolucionista ha sido criticada desde diferentes posturas, con muy diversos niveles de sofisticación. Tradicionalmente lo ha sido desde el prejuicio religioso (en la Europa victoriana y en el actual cinturón bíblico estadounidense) por considerar que la Teoría de la Evolución por Selección Natural atenta directamente contra la cosmovisión creacionista. En otras ocasiones la crítica llega desde determinadas posturas posmodernas o de estudios culturales por sospechar que invocar la biología en determinados ámbitos (normalmente morales) es condenar a la humanidad al determinismo, confundiendo describir con prescribir. Desde el margen de las ciencias naturales y la filosofía el debate científico actualmente se centra en la solidez o debilidad del concepto teórico de módulo a la hora de comprender cómo se podrían seleccionar efectivamente dichas funciones mentales.

Sea como sea, a las dificultades habituales en todo campo de conocimiento, se le suman algunos obstáculos adicionales que, en nuestra opinión, tienen que ver con esa ambivalencia que hemos demostrado siempre hacia nuestros hermanos primates. Animales tan peligrosamente parecidos a nosotros que desatan la hilaridad cuando los contemplamos desde nuestra suficiencia tecnológica y provocan nuestro rechazo cuando alguien osa compararlos seriamente con nosotros, cuando raramente supondría motivo de enfado el ser comparado, por ejemplo, con una hormiga.

Pero a lo que íbamos: ¿qué han aportado los monos al estudio de la mente humana?

2. Monos pioneros.

Las exigencias éticas en investigación cambian como lo hace la sensibilidad moral de la sociedad, lenta pero imparablemente. Actualmente sería impensable llevar a cabo los experimentos de Harlow, realizados en la década de los 60.

Harry Harlow
Este psicólogo británico quiso contrastar las teorías sobre la conducta de apego desarrolladas por Bowlby, Mary Ainsworth y otros. Se denomina conducta de apego a aquella que una cría pone en marcha tras ser separado de la figura materna. Normalmente el animal busca la proximidad con la madre (o figura materna) y se resiste a su separación. Esto aumentaría sus probabilidades de supervivencia en las primeras etapas de la vida. En caso de separar experimentalmente a cría y madre generalmente la cría se inquietará e inhibirá su conducta. Pero lo verdadermante importante será lo que suceda luego. Las experiencias de deprivación materna, tal y como propuso Bowlby y confirmó Harlow, influyen en los patrones de conducta que persistirán en la etapa adulta, condicionando, por ejemplo, la capacidad para explorar con seguridad el entorno.

En el siguiente video se nos muestran algunos de los experimentos que Harlow puso en marcha con Macacos Rhesus, haciendo patente algo fundamental: para los primates el vínculo afectivo consituye una necesidad de primer orden, en ocasiones más importante que el alimento. Los efectos de la deprivación maternal o directamente el aislamiento social prolongado se demostraron devastadores, induciendo a la pasividad cuasicatatónica o a la evitación de estímulos a pesar del retorno a las condiciones iniciales.



La creciente preocupación por el bienestar de los animales así como la llegada de las videograbaciones, con equipos ténicos de creciente calidad y la posibilidad de hacer infiltraciones efectivas sobre el terreno, permitieron que experimentos como los de Harlow quedaran obsoletos. Zoólogos, etólogos, primatólogos comenzaron a llevar a cabo interesantes estudios de campo, como los popularizados por Jane Goodall. Esto supuso un avance decisivo, en la medida en que comenzamos a ser capaces de observar la conducta de los animales en su hábitat natural, llegando a presenciar situaciones antaño tenidas por patrimonio exclusivo del animal humano:





3. Ser mono, hoy

Los monetes está de moda. Hoy en día es fácil apreciar el interés que despiertan en el conjunto de la sociedad la primatología y la etología comparada. La relaciones en el mundo corporativo se leen mejor en términos de jerarquías dinámicas, rituales de acicalamiento y coaliciones. 

Comenzamos a comprender que las bases de lo que llamamos moral pueden tener asiento en emociones prosociales ya presentes en forma de protomoral en muchos primates. No en vano, probablemente uno de los autores más citados de los últimos años sea el holandés Frans de Waal, quien no solo es uno de los mayores expertos en Bonobos del mundo, sino que es el responsable directo de la enorme popularidad que ha ganado este "primo hedonista" del chimpancé.

A medida que hemos ido conociendo mejor a los diferentes primates, perfilando sus similitudes, pero también sus diferentes capacidades, el tamaño de sus bandas y cuadrillas, la estructura jerárquica de sus grupos, hemos ido descubriendo con una mezcla de asombro e inquietud que cada vez quedan menos parcelas de la conducta que los humanos podamos reclamar como exclusivas de nuestra especie.

Esto tiene repercusiones directas para el entendimiento de nosotros mismos. Actualmente una de las fronteras calientes de la disciplina, que además nos resulta de enorme interés a algunos profesionales de la salud mental humana, es el campo de la cognición animal. La cognición se entiende como la transformación mental de la información sensorial en conocimiento del entorno, y la aplicación flexible del mismo.

Vía: http://www.animalfactsencyclopedia.com/
Ser capaces de entender que cada especie se adapta a las condiciones de su entorno a través de picos de especialización nos permite ir abandonando la visión antropocéntrica de que el ser humano es la cúspide y la medida del resto de la existencia. Si somos capaces de comparar los diferentes picos de especialización cognitiva de nuestros semejantes quizás lleguemos a descubrir cuál es el nuestro (¿lenguaje simbólico?), en qué condiciones se generó y a qué desafíos particulares le permitió responder. Conocer esta base es un prerrequisito imprescindible para poder entender la cultura, que aparece como una extensión fenotípica, y no una herramienta independiente de nuestra biología.

Porque, como ya dijo Darwin, la diferencia de inteligencia entre el hombre y el resto de animales es principalmente de escala, y no de clase, como nos sugiere este video:



Hoy los monetes son esos primos lejanos que creíamos perdidos pero a los que hemos sido capaces de reencontrar. Y si aprendemos a hacerles las preguntas adecuadas, con actitud abierta y con humildad, quizás podrán contarnos algún que otro secreto familiar.

Estos han sido algunos retazos a propósito de un campo apasionante y sus vínculos con la psicología. Después del congreso de esta semana probablemente dediquemos otro post a comentar algunas de las intervenciones que más nos hayan impactado.

Os dejamos con un poco de música, a modo de homenaje a la monomanía, el improbable punto donde la etología y la psicopatología (Esquirol) tal vez se dan la mano:



Lecturas recomendadas:
· Introducción a la PsiquiatríaEvolucionista (Pablo Malo, Juan Medrano, José J. Uriarte)
· El Bonobo y los diez mandamientos (Frans de Waal)
· ¿Tenemos suficiente inteligencia para entender la inteligencia de los animales? (Frans de Waal)
· La Profecía de Darwin (Julio Sanjuán y Camilo José Cela Conde, coord.)

martes, 6 de enero de 2015

Palabras que tu psiquiatra aprendió a abandonar (II) : "MENTIRA"



¿Mienten todos los que no dicen la verdad?

Los que leyeron la entrada anterior se habrán dado cuenta de que esta es una pregunta con trampa.

En primer lugar, ya vimos cómo la palabra "verdad", útil para el día a día, podía generar malentendidos serios al emplearla en consulta. A los que siguen creyendo en la verdad absoluta como un objetivo al que aspirar les recomendamos comenzar por aquí.

Ahora bien, la trampa de la pregunta de más arriba es doble, porque también hace referencia a un concepto igual de resbaladizo -si no más- como es el de "mentira".

Con esta entrada queremos preguntarnos si al emplear esta palabra lo hacemos con más o menos acierto. También intentaremos descubrir si, al usarla para definir nuestra relación con los demás, conseguimos aclarar las cosas o más bien enredarlas y salir, de alguna forma, perjudicados.

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En consulta es relativamente frecuente escuchar a algunos pacientes quejarse de haber sido engañados, acusando de mentir a personas que ese día pueden haberles acompañado o no a la sesión. Por ejemplo:

· "Dijo que me quería. Me engañó todo este tiempo"
· "Me ha denunciado por maltrato, pero es todo una sarta de mentiras".
· "Confiábamos en él, prometió que lo iba a dejar, pero ha seguido bebiendo a escondidas."
· "Es una mentirosa compulsiva. Siempre va presumiendo por ahí de cosas que no tiene".


En estos ejemplos identificamos varios elementos que suelen aparecer cuando hablamos de "mentiras". Compartamos unas observaciones al respecto:

Vía: http://blog.doodooecon.com/

· Observación nº 1: la mentira se refiere siempre a un intercambio de información que consideramos que ha fallado, pero atribuimos ese fallo a las intenciones del interlocutor.

· Observación nº 2: la mentira se vive como una amenaza. Su mera sospecha genera inquietud, desconfianza y, cuando nos sentimos seguros de su presencia, desencadena acusaciones airadas.

· Observación nº 3: el que miente suele ser el otro. Aunque todos tenemos la experiencia de haber recurrido a una mentira puntualmente, esto casi siempre se vive como la excepción a la regla de que, en general, somos personas honestas.

· Observación nº 4: a la acusación de mentir suele seguir la exigencia de la verdad. De ahí los conflictos, porque es muy poco frecuente que la persona acusada de mentir reconozca haberlo hecho (incluso aunque así sea).


Pero volviendo a los ejemplos de la consulta, ¿hace justicia la palabra mentira a todas esas situaciones? ¿Es capaz de cubrir la mentira un fenómeno tan complejo?


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¿Es lo mismo mentir que engañar?


Para conocer algo siempre vale la pena echar un vistazo a sus raíces. Si consultamos su etimología veremos que la palabra mentira procede del vocablo latín mentiri (mentir), que significa urdir un embuste con la mente.

Quizás lo más interesante de esta definición es que, cuando involucra a la mente, lo hace de forma activa. La mentira, a diferencia de otras formas de engaño, se lleva a cabo de forma consciente. Quien miente sabe que hay una discrepancia entre lo que sabe (o cree, u opina) y lo que comunica. Además esta comunicación se lleva a cabo a través del lenguaje, por medio de una trama que debe crearse con palabras.

El engaño se trata de un fenómeno más general, que incluye la mentira pero también otras situaciones. Engañar es modificar la apariencia de algo de tal forma que se provoque una impresión equívoca a un observador.
Vía:http://lauralovesbeautyblog.com


Esto puede lograrse de muchas formas, como por ejemplo evitando mencionar al posible comprador de un coche una antigua avería para asegurar la venta, amagando un regate hacia un lado antes de llevarse el balón por el lado opuesto, o pintándose las pestañas al salir de fiesta para que los ojos parezcan más grandes.

Estos tres ejemplos de engaño serían conscientes, pero no verbales. Ahora bien, como hemos dicho, no todos los engaños son conscientes. Para comprobarlo basta con sentarse a ver algún documental de sobremesa.





Cuando un chimpancé se enfrenta a otro en combate y automáticamente se le erizan todos los pelos del cuerpo, llega prácticamente a doblar su tamaño aparente dando la impresión de ser más fuerte y peligroso de lo que realmente es. El chimpancé está engañando pero ni es consciente de ello ni puede evitar este fenómeno, por ser involuntario. Algo similar le ocurre al pez globo. Otros animales, ante la posibilidad de salir malparados en un enfrentamiento, fingen la muerte tendiéndose inmóviles frente a su atacante. Si éste pierde el interés por un momento, cabe la posibilidad de escapar rápidamente aprovechando un despiste. Menor conciencia aún de estar engañando presentarían esas plantas que, mostrando colores vistosos típicos de especies venenosas (aún cuando ellas no lo sean), consiguen disuadir a muchos de los herbívoros interesados en hincarles el diente.

Esta es la primera conclusión que debemos extraer: que no todos los engaños son mentiras. Pero, algunas personas nos dejan confundidos cuando hablan. No queda claro si son conscientes de estar engañando (y por lo tanto mienten de forma descarada) o bien llegan a creerse lo que afirman, en cuyo caso hablaríamos de autoengaño y no de mentira. Esta pregunta quizás sea el núcleo de todo este meollo. Pero antes de seguir, conviene preguntarse de dónde surge el impulso de engañar.

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¿Por qué (todos) engañamos?


Los pandas también detectan estructuras de incentivos.Vía: www.iflscience.com
Desde un punto de vista evolucionista es fácil entender por qué la estrategia del engaño se encuentra tan extendida en la naturaleza. Engañar (cuando no se es descubierto) puede resultar sumamente rentable a efectos de supervivencia y reproducción. Los individuos cuya carga genética les facilita engañar con éxito consiguen dejar más descendientes que sus rivales, por lo que la habilidad se hace progresivamente más frecuente. A su vez, esto hace que se revaloricen las estrategias que permiten no ser engañado, por lo que con el paso del tiempo también se acaban seleccionando los individuos que mejor detectan los indicios de un posible engaño. Estas dos tendencias dan lugar a un fenómeno llamado coevolución, una especie de "carrera armamentística" entre habilidades de engaño y habilidades de detección. En esta guerra, lo queramos o no, participamos también todas las personas, siendo como somos rehenes de nuestra herencia biológica.

El disponer de un lenguaje complejo, un sistema simbólico capaz de diseminar a voluntad versiones construidas de la realidad, dispara exponencialmente las oportunidades de engañar con éxito. Pero si además poseemos una teoría de la mente, es decir, la capacidad de entender que el otro tiene una mente que no es la mía, y por lo tanto dispone de una información que no tiene por qué coincidir con la que yo tengo, tendremos a nuestro alcance los dos ingredientes fundamentales para la mentira. Desde el punto de vista de la evolución biológica la mentira sería algo así como la versión destilada del engaño, una herramienta de máxima precisión forjada en el seno de millones de años de competición biológica.



Pero, ¿es la mentira una estrategia tan potente como para asegurarnos la victoria? Como señala Robert Trivers en su recomendable libro "La insensatez de los necios", la mentira puede emplearse de forma consciente y eficaz para sacar provecho del trato con los demás, pero acarrea una serie de inconvenientes:

1. Produce nerviosismo: la estrategia puede fallar, y por tanto tememos ser descubiertos. Esto da pie a carraspeos, titubeos, jugueteos con las manos, y otras señales de inquietud.

2. Pone en marcha mecanismos de control: a fin de evitar ser descubiertos nos entrampamos en la siguiente paradoja: intentamos parecer espontáneos y naturales. Con el objetivo de ocultar indicios de nerviosismo tendemos a controlar el tono de voz, el ritmo, los movimientos corporales... El resultado, obviamente, es lo opuesto de la espontaneidad, una suerte de rigidez en las formas que puede ser identificada por el ojo entrenado.

3. Supone una carga cognitiva: además tener que manejar la tensa situación que hemos esbozado, quien miente debe ser capaz de recordar lo que sabe y quiere ocultar, pero también la nueva versión que quiere ofrecer, así como las posibles ramificaciones de la historia, que se irá complicando mientras dure la mentira. Para cualquiera que lo haya intentado será fácil reconocer que crear requiere más trabajo que recordar o evocar.

Estos tres puntos dan pie al conocido dicho según el cual "se pilla antes a un mentiroso que a un cojo". Solemos pensar que, tarde o temprano, la persona que mienta habrá de sucumbir a alguna de estas dificultades, poniéndose en evidencia.

Sin duda este es el talón de Aquiles de la mentira, esa incómoda discrepancia que a veces se ha llamado disonancia cognitiva: "lo que transmito no es exactamente lo que yo sé". El simple hecho de ser consciente de esto crea malestar y amenaza el éxito de la estrategia. Mucha gente afirma, de hecho, que no se le da nada bien mentir. Pero, ¿qué ocurriría si fuéramos capaces de ignorar esa discrepancia? La mentira fluiría sin trabas y conseguiríamos llenar de ideas equívocas la cabeza de quien nos crea. Pues bien, parece que esto es precisamente lo que ocurre cuando la mentira se acompaña de autoengaño.

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El autoengaño es un fenómeno clave para entender la psicología humana, mucho más frecuente de lo que podríamos pensar y que, cuando se asocia a la mentira (engaño verbal y consciente), cambia por completo la naturaleza de la misma.

Debemos recordar una lección fundamental: la función del cerebro no es conocer la realidad, sino diseminar nuestro material genético. Desde el punto de vista estrictamente biológico, existen buenos motivos para sesgar la percepción de la realidad. El autoengaño nos permite incrementar nuestras oportunidades de manipular con éxito a otras personas, algo fundamental para individuos que habitan un medio altamente social como el nuestro.


El mecanismo sería el siguiente: Trivers propone que la información considerada inicialmente como verdadera tendería a formar parte de la mente inconsciente, mientras que la información generada (maquillada o directamente falsa) quedaría almacenada en nuestra mente consciente, disponible para ser diseminada de forma verbal. Esto parece contraintuitivo, pero es completamente coherente con la lógica evolucionista que antes hemos expuesto. El “maquillaje” o “barniz” que matizaría la información consciente, estaría inequívocamente compuesto de deseos o temores del individuo, esto es, de necesidad. Matizar el contenido de nuestra conciencia de acuerdo con nuestras necesidades, sin ser consciente del proceso de “barnizado” es lo que permitiría dar lugar a una transmisión ventajosa de la información.

Por eso podemos afirmar que, quien nos habla a través del autoengaño, no puede considerarse que sea completamente deshonesto. Quien se autoengaña está siendo sincero desde aquello que, de forma consciente, tiene en mente. Y no podría afirmar otra cosa. De aquí surgirá la mayor parte de los conflictos, de la colisión entre el reproche indignado de quien se siente traicionado y la estupefacción genuina de quien se siente honesto, al no saberse víctima del autoengaño. Eso nos lleva a que debamos afinar nuestra sensibilidad hacia los discursos de las personas para ir incorporando estas complejidades que vamos descubriendo, si pretendemos ser justos con los demás y ser tratados con idéntica justicia.
El barón de Münchausen, máximo representante
del autoengaño y la mitomanía.


La intensidad del autoengaño, por ejemplo, es algo a tener en cuenta. No hablamos de un fenómeno de “todo o nada”. El autoengaño no funciona como un interruptor que nos permita apagar la luz y envolvernos en tinieblas cuando así lo decidimos. Se trata de un fenómeno gradual y semiautomático. Cuando decimos gradual nos referimos a que se asemejaría a un barniz que permitimos que la mente aplique sobre la discrepancia (“lo que digo no es lo que yo sé”). En función del número de capas que permitamos aplicar menor será el conflicto entre versiones, aliviando nuestro malestar a costa de sacrificar veracidad. De esta forma, el autoengaño nos puede situar en infinidad de puntos distribuidos a lo largo de una línea imaginaria cuyos extremos son, por un lado, una absoluta inconsciencia del propio autoengaño y, por otra parte, esos tímidos intentos que todos hemos realizado a veces y que tan solo momentáneamente consiguieron hacernos olvidar lo que nunca dejamos de tener por cierto. Unas personas tendrán más tendencia a dejarse aplicar este barniz que otras (y se las ha llamado de muchas maneras: exageradas, fantasiosas, fabuladoras, mitómanas, inmaduras, histéricas...); pero una misma persona, incluso la más honesta, tendrá en ocasiones más o menos alicientes para dejarse “barnizar” un asunto determinado, para autoengañarse en función de la carga emocional de la información que disponga y el grado de malestar que la discrepancia le provoque.

Además es bueno recordar que el autoengaño funciona de forma similar a lo que sucede con el sueño: al igual que el insomnio ataca a los que se concentran demasiado en intentar quedar dormidos, cuanto más pretenda uno autoengañarse activamente, más consciente será de que se está haciendo trampas al solitario. El autoengaño funciona dejándose llevar, abandonándose a las propias emociones de deseo o temor, que son las que ponen en marcha ese mecanismo de millones de años de antigüedad que ya nos acompañaba antes de que surgieran la autoconciencia o el lenguaje gramatical. La honestidad muchas veces tiene que ver con la detección y la resistencia activa contra este impulso que busca protegernos. Nos obliga a sacrificar bienestar a cambio de aproximarnos a un valor moral.

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Calendario vacunal contra el autoengaño


Debemos ir terminando esta entrada, ya excesivamente larga.

El engaño tiene mala fama, y la mentira no digamos. Pero ni uno ni otro (ni mucho menos el autoengaño) son necesariamente problemas o lacras a evitar. Al revés. Nos han permitido llegar hasta aquí, y todavía hoy en día nos posibilitan soportar la vida. Como afirma Irvin Yalom, el ser humano es un animal herido por la certeza de que un día morirá. Simplemente no podemos vivir mirando directamente a ese Sol, si acaso echar vistazos muy breves. Por lo tanto, hay una parte del autoengaño que no solo es inofensiva, sino que resulta esencial para la tarea de vivir.



Ahora bien, no es menos cierto que para vivir en sociedad debemos ser capaces de regular adecuadamente la fiabilidad de la información que transmitimos. Ni tiene sentido ser implacablemente sinceros todo el tiempo ni nos evitará problemas el vivir acunados por el autoengaño. Nuestras emociones, especialmente si no las vemos venir, pueden apartarnos demasiado o demasiado a menudo de las versiones del mundo de los demás. Y al final la realidad que experimentamos en sociedad es un consenso de versiones puestas en común. De nada nos servirá vivir en un mundo incomunicable, construido para nuestro exclusivo bienestar psicológico. Entre otras cosas porque corremos el riesgo de no entendernos o acabar siempre enfrentados.

¿Cómo navegar por tanto las aguas del engaño y el autoengaño?

Lo primero que deberíamos hacer sería tener en mente la posibilidad del autoengaño. Saber simplemente que más pronto que tarde el autoengaño nos dará alcance, y que ése será el momento de prestarle atención y detectarlo. No con rechazo, sino con curiosidad. Se ha demostrado que los chimpancés, nuestros primos más cercanos junto con los bonobos, pecan de excesiva confianza en sus propias capacidades, y también que rechazan más de lo esperable a monos de grupos diferentes al suyo. ¿Suena familiar? En el caso de los humanos veremos muchas otras formas de autoengaño: la ilusión de superioridad moral (la gente tiende a pensar que sus acciones están mejor fundadas y son menos arbitrarias que las de los demás), la dicotomización inevitable en buenos y malos, nosotros y ellos (cuya expresión más omnipresente es el orgullo tribal), o la sensibilidad variable ante las necesidades de los demás en función de nuestra posición en la jerarquía social (conocida informalmente como la sociopatía adquirida de los jefes), entre muchas otras, serán tendencias que sesgarán siempre nuestra percepción de la realidad en favor de nuestro acervo genético. Solo añadiremos que todas estas inclinaciones emocionales aparecerán constantemente envueltas en palabras, símbolos, sistemas ideológicos y otras racionalizaciones más o menos enrevesadas, las cuales pueden llegar a conseguir que perdamos la pista de su origen biológico.

Ilustr. Dani Kwirk.
La experiencia cotidiana, el examen de conciencia y diferentes experimentos científicamente controlados nos servirán para comprobar la presencia del autoengaño en nuestras vidas. En sus versión más abundante éste tendrá que ver con una complaciente tendencia a perdonarnos nuestras propias faltas. Mejor que nosotros lo explica el Doctor en psicología Dan Ariely, quien ha publicado diversos libros muy recomendables al respecto, uno de ellos muy bien resumido en el siguiente video:

Por último, sabiendo cómo funciona esta maquinaria en nosotros mismos, tendremos las herramientas necesarias para intentar lo más complicado de todo: ir más allá del contenido de lo que nos digan cuando las cosas no nos cuadren y, en lugar de señalar con el dedo la supuesta mentira, preguntarnos ¿qué necesidad está siendo cubierta con estas palabras?, ¿a qué emociones responde?.



Os dejamos sin responder a la pregunta más importante de todas, porque es mejor que cada uno intente resolverla aplicando lo que ahora sabemos: ¿qué porcentaje del engaño en que nos vemos involucrados diariamente corresponde a mentiras conscientes y qué porcentaje al autoengaño?

¿De verdad nos mienten tanto como a veces pensamos?


Ideas clave:
  • La mentira es un tipo muy concreto de engaño, una versión consciente y verbal. 
  • El autoengaño es uno de los fenómenos más ubicuos e inadvertidos de nuestra psicología. 
  • El cerebro no está destinado a comprender la realidad, sino a maximizar nuestra transmisión de copias genéticas a la siguiente generación, aunque para ello deba llevarnos a engaño. 
  • La mentira pura y dura es poco frecuente. Lo más habitual es la sinceridad desde una base de autoengaño de intensidad variable. 
  • El autoengaño no es negativo per se, pero suele llevar a frecuentes conflictos con otras personas. 
  • Las mejores formas de modular el autoengaño son el conocimiento de los sesgos psicológicos básicos, el examen de conciencia y el genuino interés por las necesidades y deseos del otro cuando interactúa con nosotros.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Homeopatía, medicina alternativa y Lo Natural como destino.

   
    Esta semana pensábamos dedicar la entrada a otro asunto, pero entre el lunes y el martes surgió la noticia: el Ministerio de Sanidad, decidido a regular la comercialización de productos homeopáticos, hacía público un borrador de la futura ley. Las alarmas saltaron en la blogosfera sanitaria, las cejas de los twitstars se alzaron al tiempo que andanadas de evidencia empírica eran emplazadas en la línea de tiro. Un par de altos cargos ofrecieron entrevistas a los medios, llevando los giros argumentales hasta el absurdo. Les siguió una lluvia de frases lapidarias y chistes homeopáticos, más devastadores aún si cabe.

Pensábamos no pronunciarnos mientras se desataba la ya clásica batalla entre los defensores del método científico y los defensores de todo lo demás. Pero finalmente nos rendimos a la evidencia de que, a veces, callar es consentir. Y no todo puede ser consentido cuando se habla de salud. Hay temas que obligan a tomar posición para que luego cada uno pueda actuar como crea conveniente. Por eso esta entrada, que no gustará a todos y -para colmo- será más larga de lo habitual.

No vamos a entrar en el debate técnico de la eficacia o ineficacia de la homeopatía, ni en el de la conveniencia de una regulación, pues muchos otros lo harán hoy con mayor solvencia que nosotros. Lo que sí haremos será dar unas pinceladas acerca de un fenómeno más profundo, que aviva no sólo la búsqueda de este tipo de terapias, sino que invade muchos otros aspectos de nuestra vida como habitantes -creadores y sufrientes- de una sociedad postmoderna.

La medicina bajo sospecha

Nos confesaba nuestro profesor de Introducción a la Medicina, el médico y filósofo Miguel Ángel Sánchez González, que una vez fue invitado a un programa de televisión para hablar acerca de las terapias alternativas. “Fue una encerrona”, nos decía. Una vez en el plató, le habían sentado entre un osteópata, un acupuntor y un homeópata. Le preguntaron por qué la medicina oficial se empeñaba en no dar por válidas aquellas prácticas que “indudablemente” ayudaban a tanta gente todos los días. El pobre hombre se defendió como pudo. Mencionó el fenómeno de regresión a la media, la necesidad de demostrar empíricamente la eficacia de los tratamientos, la metodología de los ensayos a doble ciego con placebo... Se invirtió la carga de la prueba, cayendo a plomo sobre sus espaldas. No sorprenderá a nadie que nuestro profesor saliera tan malparado como para renunciar por siempre jamás a las apariciones públicas.

Ilustr: news.legalexaminer.com
Indudablemente la medicina “oficial”, o moderna, o científica, está hoy desprestigiada a ojos de muchos. Su propia denominación (engañosa, pues como dice Tim Minchin, sólo hay una medicina: la que funciona) alude a la odiosa autoridad, al status quo, a los mecanismos de poder. Desliza el antes romántico ejercicio de la medicina hacia los sospechosos entresijos del capitalismo. Distorsiona el significado de las relaciones de los médicos con la industria farmacéutica, la legislación sanitaria, los congresos profesionales o las guías de consenso. La ciencia, para muchos, huele a poder, a poder interesado en el lucro

Hoy nos cuesta más que nunca confiar en el argumento de autoridad, pues ningún experto nos parece digno de confianza mientras forme parte del “sistema”, y sus presumibles intereses. Por ello son a veces los menos acomodados, los más excéntricos e indocumentados, los que nos parecen los más solventes. Internet sólo ha multiplicado este fenómeno. Sin duda los profesionales “oficiales” avivamos parte de estas sospechas por no ser todo lo claros que debíéramos al exponer nuestras relaciones con la instituciones o con la industria. Pero ni de lejos esta visión “corrupta” de la medicina explica el rechazo que muchos sienten hacia todo lo que suene a “químico”, técnico, a las batas blancas, o a los efectos adversos de los medicamentos... Pensamos que todo esto viene de mucho más lejos.


La pérdida de la edad dorada

La expulsión y pérdida del Paraíso es un mito universal, presente en muchas culturas diferentes a la nuestra y que lo desarrollaron de forma independiente. Bajo muchos nombres y matices, se esconde siempre una era dorada que ya no nos pertenece. En otro post ya decíamos que la emoción primaria que automáticamente surge para dar sentido a una pérdida o agresión injustificada es la culpa. Esta predisposición a la culpa, sumada a la nostalgia por un pasado mejor, ha conformado desde antiguo un arquetipo que sienta las bases de nuestra interpretación del mundo. El mito se lee así: “éramos libres e inocentes. Convivíamos en armonía con el resto de la naturaleza. Nada nos faltaba. Por culpa de nuestros actos todo se perdió.”

Algunos han hipotetizado que el mito del Jardín del Edén arraiga en cambios climáticos a gran escala que forzaron la adaptación de nuestros ancestros, selección natural mediante, a un entorno mucho más hostil. Adaptados como estábamos a un entorno (los bosques africanos) donde la alimentación era abundante y asequible, nos encontramos con la necesidad de aprender a vivir en la escasez de la sabana. Las penurias no nos han abandonado hasta muy recientemente (y sólo en determinadas regiones del planeta), pero los mecanismos cerebrales que se forjaron en época de abundancia probablemente han alimentado nuestra nostalgia del Paraíso. Este lamento sordo se ha vestido con los ropajes de las palabras y la cultura, para hablarnos en nuestro caso de Eva y Adán.

Expulsión del Paraíso. Franz von Stuck.

El malestar en la civilización

¿Qué sucede cuando miramos a nuestro alrededor hoy en día? Venimos a nacer en un mundo que ya está hecho, y que difícilmente puede gustar. Vemos contaminación, hambre, injusticias, vemos el peligro de los vertidos radiactivos o la guerra nuclear. Vemos el terrible potencial que la ciencia y la técnica les ha conferido a los hombres, y quisiéramos volver atrás, muy atrás. Más allá de las lanzas y del sílex, más allá de la piedra bifaz. Nos dolemos de lo que vemos y decimos “yo no quiero ser responsable de esto”, “yo no voy formar parte del bando de los destructores del mundo”. Cansados de las falsas promesas del progreso, de las mentiras de nuestros líderes, del consumismo derrochador, demandamos un pedazo de Verdad. Y, como dice Vicente Verdú (en su más que recomendable libro El estilo del mundo) la Naturaleza se nos presenta como el último reducto de La Verdad.

Los excesos de la civilización llevan a muchos (quizás los más sensibles, los menos conformistas) a la búsqueda de la Naturaleza como forma de reparación. Obviamente no todos la llevarán hasta sus últimas consecuencias. El Capitalismo lo sabe, y siempre estará dispuesto a ofrecernos a precio razonable aquello que deseemos conseguir de forma sencilla. Afirma Verdú: “pedimos realidad hartos de ficción, como antes se demandaba ficción para escapar de lo real [···] pero lo paradójico es que la verdad demandada regresa reciclada, convertida en un artículo de calidad.” Dejamos atrás las decepciones de la ciencia moderna al acudir a los curanderos, o a la medicina natural. Pero también al preferir los huevos de gallina de corral, las natillas “caseras” fabricadas en masa o el parto en casa.

Lo natural como destino

Vivimos en un rechazo a lo artificial, a la ciudad, la civilización, a nosotros mismos. Lo Natural se nos presenta como la posibilidad de recuperar un trozo del Paraíso perdido, de la selva africana, del útero materno, de la seguridad de no ser dañados, del librarnos de esa culpa indeleble que justifica todos los sinsabores de una existencia sin sentido predeterminado. Es una lucha por la supervivencia personal, y no tiene nada que ver con la ciencia ni con los hechos. Quien emprende la búsqueda de Lo Natural lo hace como parte de la definición de su identidad. Con sus actos y creencias afirma: “no quiero añadir más dolor al mundo”, “yo no soy así”. Por eso los debates son tan airados al tratar estos temas. No se trata de lo que es mejor o no hacer, sino de lo que uno cree que debe ser.

En este contexto tan subjetivo y resbaladizo, decidimos llamar Natural a aquello que consideramos digno de cargar con nuestras esperanzas, que son en realidad nostalgia por un mundo perdido. Pero esto tiene dos riesgos importantes. El primero es que lleva a equívocos, a veces absurdos y letales. Porque el agua que nos nutre es tan natural como el fracaso renal que sufrimos si nos bebiéramos veinte litros de una sentada. Natural es el tomate de la huerta, como lo son el virus del Ébola o el bacilo de Koch. Natural es la cicuta que los antiguos bebían para darse muerte, o el veneno del áspid de Cleopatra. Que algunas personas (como el malogrado Steve Jobs) renuncien a la medicina “oficial”, con consecuencias funestas y potencialmente evitables, por atribuir a la palabra Natural características que no le corresponden, es algo que, sencillamente, retrata muy bien nuestro tiempo, pero no nos podemos permitir.

El segundo riesgo es errar el camino, pues sentimos nostalgia de un lugar que -como afirma José Antonio Marina- quizás nunca existió. Porque la Naturaleza no es tranquilidad ni armonía, sino en todo caso equilibrio inestable y lucha. El mundo ha cambiado, y los que hoy lo pisamos somos los supervivientes. Mañana seremos menos. La evolución siempre marcha hacia delante. No hay donde regresar. Si renunciáramos a la electricidad, por ejemplo, en una semana habría fallecido gran parte de la Humanidad. Deseamos abandonar algunas partes de lo que implica ser humanos, las partes que consideramos artificiales, y no nos damos cuenta de que artificial y natural no están claramente delimitados. Ni siquiera sabemos qué partes nos benefician y cuáles nos hacen más daño. No hay elección. Sólo podemos utilizar ese deseo de no dañar para seguir adelante.

Conclusiones

Lo que proponemos en definitiva es que la búsqueda de Lo Natural se subordina a dos funciones principales:

a) el manejo de la culpa ante un mundo insatisfactorio
b) la configuración de una identidad unida al bando de los defensores del mundo

De alguna forma la medicina probó el fruto prohibido que la expulsaría del Paraíso cuando se tecnificó en el siglo XIX. Dejó de lado las armas que habitualmente habían sido suyas: el contacto con el paciente, la creación de explicaciones compartidas, la sugestión... y las subordinó a la eficacia, demostrable pero fría. Implacable pero deshumanizada. De ahí a la actual proletarización sanitaria sólo habría un paso. Las grandes instituciones humanas (el Estado y el Mercado) se percataron de la eficacia de estos métodos y los hicieron suyos. Los incentivos cambiaron, y la eficiencia pasó a ser el objetivo sagrado. El médico pasó a formar parte del sistema. El rechazo a la medicina oficial, por tanto, se entiende como parte de una red de símbolos que crece cual bola de nieve echada a rodar, que incluye sin ninguna duda el poder político y el afán de dinero, pero cuyo núcleo probable son el rechazo a la civilización y la nostalgia del Paraíso.

No seremos los médicos quienes prendamos las hogueras más altas contra la medicina natural o alternativa, pues de sobra conocemos el alivio por la fe, la confianza y la sugestión, que no son sino el reflejo de un sujeto que pasa a sentirse inmerso en un relato esperanzador, un relato en el que tiene una posición algo más poderosa frente algo tan descorazonador como lo es cualquier enfermedad. El efecto Placebo, a pesar de su mala prensa, es parte fundamental del acto de sanar, como ya lo era hace siglos. Pero es nuestro deber informar y supervisar que se lleve a cabo en condiciones de seguridad. Debemos evitar las negligencias, así como protestar ante la publicidad engañosa o las acusaciones infundadas. El proyecto de regulación de la homeopatía refleja nada menos que el intento de conseguir la cuadratura del círculo: satisfacer la demanda de Lo Natural, mientras no haga daño y mientras dé dinero. Inevitablemente las posturas estarán enfrentadas, pero será siempre bueno que nos preguntemos por qué.

Más información sobre la polémica medida:

Una entrada brillante de Paco Traver, fundamental para comprender el efecto Placebo: