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sábado, 9 de agosto de 2014

Adicción a FOREX, ¿puede enganchar la inversión online?

© Twentieth Century Fox - All Rights Reserved


"La codicia, a falta de una palabra mejor, es buena; es necesaria y funciona. La codicia clarifica y capta la esencia del espíritu de evolución. La codicia en todas sus formas: la codicia de vivir, de saber, de amor, de dinero; es lo que ha marcado la vida de la humanidad."

Gordon Gekko. Wall Street, 1987.


La frase, enunciada por ese exitoso Yuppie al que Michael Douglas ponía piel bajo la dirección de Oliver Stone, quería representar un cierto estado de ánimo, el de aquellos desacomplejados años ochenta de liberalismo económico que hicieron de la Bolsa de Nueva York su emblema.

Hoy en día los inversores como Gekko no están tan bien vistos como entonces. Por otro lado, su perfil se ha diversificado. Su hábitat ha dejado de limitarse a los rascacielos enmoquetados o los cada vez menos bulliciosos parqués de la bolsa. Si algo nos ha traído Internet es la posibilidad de llegar a todas partes sin movernos del salón de casa, y Forex es una de las señas cada vez más pujantes de esta postmodernidad líquida, de la que todos podemos reclamar nuestra porción.

La democratización de los mercados


¿Qué es Forex? Se trata de la exitosa contracción de Foreign Exchange trading, es decir, el mercado internacional de divisas. En él se lleva a cabo la compra-venta pareada de moneda de diferentes países, intentando hacer negocio gracias a las variaciones de valor de una de ellas respecto de la otra. La idea es sencilla: comprar barato y vender caro escogiendo el momento adecuado. Quizás no haya oído hablar de Forex hasta la fecha, pero le daremos un dato simplemente para situarnos. Se calcula que este mercado financiero mueve actualmente, en un día, un volumen de operaciones equiparable al de la bolsa de Nueva York durante un mes. Ahí es nada.

Pero esto no siempre fue así. Durante décadas los únicos actores relevantes en este mercado fueron los bancos, las agencias de inversión y los propios estados, por lo que se trataba de un sector más o menos acotado. Sin embargo, la irrupción de Internet y el desarrollo de software de fácil manejo han provocado un cambio sin precedentes: hoy en día este mercado tiene su mayor potencial y fuente de crecimiento en los inversores particulares. Cualquier persona con ganas de invertir puede, tras descargar e instalar en su ordenador un programa relativamente sencillo, comenzar a especular con divisas desde su hogar u oficina.

¿Por qué Forex es cada día más popular? Existen varios motivos. Se trata de un mercado esencialmente desregulado, sin organismos de supervisión ni intermediarios oficiales a los que haya que pagar comisiones para operar, como ocurre en la bolsa de valores. El nivel de apalancamiento permitido es alto, es decir, con un aval relativamente modesto podemos negociar cantidades proporcionalmente muy superiores a nuestra liquidez disponible. Por otro lado, hace falta poco dinero para comenzar a jugar (entre 200 y 5000 euros). Aparentemente todo son facilidades.

Pero quizás su mayor atractivo (y también potencial peligro) lo constituye la alta volatilidad del mercado, debida a las rápidas fluctuaciones de unos activos que no se vinculan a la marcha real de la economía de cada país, sino a previsiones de futuro dependientes de múltiples (y discutibles) indicadores. Esto plantea ante el inversor aficionado un horizonte de pingües ganancias en relativamente poco tiempo si se toman determinadas decisiones en el momento adecuado. Pero las pérdidas, como nos recuerdan casi todos los tutoriales y manuales de Forex, pueden estar igualmente a la orden del día si no nos andamos con ojo.


¿Un negocio al alcance de cualquiera?


Las webs y los foros dedicados a Forex son abundantísimas (39,6 millones de resultados en Google en el momento de escribir esta entrada). La mayor parte de su contenido se concentra en torno a:
  1. información para introducirse en el mundo del Forex.
  2. solicitudes y aportaciones de consejo para invertir mejor.
  3. experiencias personales como traders, tanto positivas como negativas.
Si realmente las personas tomaran sus decisiones económicas según el modelo teórico del Homo oeconomicus (evaluando racionalmente los recursos disponibles y maximizando sus ganancias al menor coste posible) la psicología no jugaría un gran papel en Forex, y todo sería una cuestión de formación técnica adecuada o insuficiente. Sin embargo la situación es otra. No son raros los artículos que nos sugieren cuál debería ser la actitud personal a la hora de invertir. En ellos se abordan algunos aspectos psicológicos procedentes del sentido común, por ejemplo:

Psicología del inversor: “estudie su inversión (tomarse tiempo para reflexionar). Deje continuar sus ganancias (es decir, no vender impulsivamente). No se case con sus operaciones (no aferrarse emocionalmente). No apueste su casa (no dejarse llevar). Acepte sus errores y aprenda de ellos”.


También existen numerosos vídeos dedicados a este asunto, como este o este:

Tras revisar una muestra de este material no es difícil señalar algunos de los enemigos recurrentes del inversor: el exceso de confianza, el descontrol emocional, los ardientes deseos de recuperar las pérdidas recientes o la poca disciplina, entre otros. Como profesionales de la salud mental, estos enemigos nos suenan a sospechosos habituales. Es difícil dejar de pensar en la relación que existe entre juegos de azar y ludopatía. ¿Puede tener esto algo que ver con Forex?

Vista desde fuera, la manera de invertir en Forex podría parecer mecánica e inofensiva, y de hecho muchos recomiendan encarar su participación en este mercado como un oficio, una rutina carente de emoción: encender el ordenador, abrir el software, supervisar los gráficos de evolución de forma intermitente, apurar los minutos mientras queden mercados abiertos a lo largo del huso horario, comprar, vender, o bien esperar, no hacer nada.

Lo que proponen muchos de los traders más experimentados, o bien esa creciente hueste de brokers que se ganan la vida “enseñando a invertir”, dibuja una actividad más parecida a la pesca que al estimulante regateo del zoco. Sin embargo, las recomendaciones de prudencia parecen coexistir con la burbujeante ambición propugnada por Gordon Gekko al son de “es fácil hacer dinero si sabes cómo”. Sería algo así como animar a la gente a sacar la caña del trastero con la idea de que todos nos merecemos atrapar a Moby Dick. El mundo que rodea Forex se encuentra preñado de esta ambivalencia, y de diferentes personas lidiando con ella, con resultados dispares. ¿Con qué herramientas contamos para hacerlo?



Homo oeconomicus vs Homo ludens


Vía: http://www.2stroke.co.za/blogs/behavioural-economics-social-media
Como animales que somos, hemos sido programados para responder a los incentivos del entorno con el objetivo de sobrevivir y transmitir copias de nuestro material genético. Estamos orientados, por pura lógica evolutiva, a buscar el beneficio y evitar el daño. De ello se encarga nuestro sistema de control motivacional, antes llamado sistema de recompensa y castigo. Por consenso social, el dinero actúa sobre este sistema como un reforzador universal. Es decir, a pesar de que no alimenta ni incrementa nuestras opciones reproductivas de forma directa, sí permite acceder indirectamente a toda clase de alimentos, parejas fértiles, refugio, etc. Por ello el dinero es vivido como beneficioso y resulta altamente deseable en todas las culturas que acuerden emplearlo de forma simbólica como representación del valor, no siendo la única, pero sí la más extendida.

Este sistema de control motivacional, que discrimina lo deseable de lo repulsivo, se ha servido durante millones de años de las emociones para hacer su trabajo. Sólo muy recientemente en nuestra historia evolutiva hemos adquirido un lenguaje verbal que complementa este sistema y nos permite llevar a cabo evaluaciones racionales “en frío”. Pero el sistema no es perfecto. Como si fuera una “versión beta” de la cognición humana, este modo racional de evaluación y planificación -aunque prometedor- está lleno de agujeros por los que se cuela nuestro “magma” emocional de toda la vida. Frente al dinero esto solo se hace más evidente. La simple perspectiva de ganar o perder dinero viene siempre acompañada de una cierta carga emocional, cuya intensidad será proporcional a su cuantía relativa. Hallazgos como estos han dado lugar a campos enteros del conocimiento, como la neuroeconomía o la economía conductual (behavioral economics).

Cada vez es más evidente que, en contra de lo que pensaban los defensores del Homo oeconomicus, las decisiones del día a día se encuentran inevitablemente ligadas a nuestro repertorio emocional. Cuando uno se sienta frente al ordenador para invertir en Forex, lo hace con todo este aparataje emocional preparado para lanzar señales de “¡adelante!” o “déjalo y mejor vive otro día”. El asunto clave aquí es que las emociones van a aparecer, lo queramos o no, en el transcurso de algo que quisiéramos que fuera puramente racional (como aconsejan los expertos). Y esas emociones, además de distorsionar el proceso de invertir de varias maneras, pueden llegar a gustarnos. De hecho, tiene sentido que sea así. Las emociones positivas asociadas a la ganancia de dinero promoverán que repitamos la conducta de intentar ganar más dinero, de la misma forma que disfrutar de la comida favorece que volvamos a tomarnos la molestia de salir a conseguir alimentos.

Así es como vamos transitando, paso a paso, desde ese Homo pretendidamente económico, que simplemente quería complementar su salario, al Homo ludens que disfruta con ello y hace del disfrute una motivación relevante. Y es que ambas partes conviven en nosotros: el tímido e incipiente mono racional junto con esa emotividad primigenia que contribuye a conformar nuestra cultura a través de los juegos, los ritos y el gozo que éstos proporcionan.

Pero, ¿qué papel juega la adicción en lo que hemos planteado hasta ahora?



Ludopatía inversora


Existe un enorme desfase entre evolución biológica y evolución cultural. Esto implica que nuestro organismo se encuentra diariamente con versiones “destiladas” de estímulos apetitivos para las que no se encuentra preparado, ya sean bebidas alcohólicas de alta graduación, azúcares refinados, cocaína, sexo desafectivizado, y un largo etcétera. Este es el origen de las denominadas enfermedades de la civilización.

Los estímulos “destilados” o mejorados artificialmente encajan en nuestro esquema de incentivos, pero lo hacen como estímulos supranormales, es decir, capaces de secuestrar nuestra motivación de forma tan intensa que el resto de estímulos adaptativos quedan momentáneamente ensombrecidos. Son famosos los experimentos con ratones de laboratorio que, puestos a elegir entre comida o cocaína, fallecen de inanición presionando la palanca que liberará los polvos blancos.

¿Podríamos decir que Forex nos expone a estímulos supranormales?

Sin duda. La expectativa de obtener dinero de forma más o menos inmediata y en grandes cantidades lo es, por supuesto. Pero existe uno más importante todavía: el azar, que es la versión destilada de la incertidumbre. Podríamos entrar a debatir si verdaderamente es azar lo que sucede en los mercados financieros, pero en la práctica no existe mucho lugar para dudas, en la medida en que las previsiones a futuro son tan especulativas que la mayor parte de la labor de los analistas consiste en interpretar a toro pasado los comportamientos de los mercados, creando la ilusión de que algo se atisbaba desde un principio. De ahí que muchos identifiquen, de forma intuitiva, esta tortuosa volatilidad de los mercados con lo que ocurre en los salones de los casinos.

Áyax y Aquiles jugando a los dados a las puertas de Troya.
Esta comparación va más allá de cualquier metáfora porque ciertamente dinero e incertidumbre son la base de todos los juegos de azar. Cuando se combinan pueden llegar a tener un efecto impresionante sobre la mente de las personas. Se ha demostrado a nivel experimental que la expectación ante una posible ganancia es mucho más intensa cuando ésta no es segura, en comparación con lo que sucede cuando el resultado se conoce con certeza. Lo mismo sucede con las adversidades, como bien saben los torturadores o maltratadores profesionales, que aprenden que aplicar el castigo de forma arbitraria e imprevisible incrementa exponencialmente el terror y la indefensión de la víctima.

Algunas personas, por su peculiar tolerancia al riesgo y/o necesidad de sensaciones intensas, son especialmente proclives a participar de estas actividades lúdico-inversoras. Por otro lado, cualquiera que esté pasando una época determinada (pongamos, una depresión) y se le cruce el juego (o los mercados) en su camino, puede verse en riesgo de acabar perdiendo el control de sí mismo.

Es por ello que ya no resultan extraños para los profesionales de la salud mental los casos de adicción a la inversión de capitales, como bien se explica en este artículo de El País. El riesgo de desarrollar una adicción a las inversiones es equiparable al de cualquier otra ludopatía. Simplemente tienen que darse las condiciones adecuadas.

En el caso concreto de Forex, además de este núcleo común a todos los juegos de azar, no podemos dejar de apreciar algunas semejanzas con otros dispositivos con alto potencial adictivo. Pondremos algunos ejemplos:

Ilustr: Owen Freeman
· Con las tragaperras (slot machines): dispositivo unipersonal, con estímulos luminosos intermitentes, facilitador del aislamiento social y de la pérdida de la noción del tiempo.

· Con la ruleta de casino: posibilidad de exponerse a grandes ganancias y grandes pérdidas en corto plazo de tiempo, aureola de sofisticación y prestigio social.

· Con los juegos de cartas, en especial el póker: aureola de prestigio social (en auge desde que se promociona como un deporte más) y una combinación especilmente atractiva de azar (alea) y habilidad (agon), que potencia los sesgos cognitivos de control y sobreestimación de las propias capacidades.


¿Quiere esto decir que cualquier persona que invierta en Forex corre el riesgo de padecer una adicción? Ni mucho menos.



¿Cómo reconocer la adicción?


Como ya hemos tratado en otras entradas de este blog, la adicción se define por un tipo de relación peculiar mantenida con una actividad, sustancia o persona. En esta relación encontraríamos:

a) Disminución o pérdida del autocontrol
b) Problemas o dificultades significativas a nivel personal
c) Autoengaño y mentiras al entorno

Esta relación, mantenida en el tiempo, genera hábitos nocivos y provoca un deterioro progresivo de la personalidad, en la medida en que crece la brecha entre lo que se es y lo que un cree ser.

Aplicado al caso del Forex deberíamos precuparnos cuando:

AUTOCONTROL
Pasamos más tiempo del programado frente al ordenador. Nos roba horas de sueño. Pasamos a comer o cenar frente a la pantalla. Se invierte más dinero del planeado, especialmente si es para recuperar pérdidas recientes. Resulta difícil mantener una estrategia inversora a medio-largo plazo. La idea de invertir está en mente de forma habitual.
PROBLEMAS
Disminuyen el interés y el tiempo dedicado a actividades antes significativas (familia, trabajo, ocio), aparecen irritabilidad y falta de concentración ante exigencias del día a día ajenas a Forex, se deteriora la economía personal, se solicitan préstamos y generan deudas.
AUTOENGAÑO Y MENTIRAS
Aparecen excusas y justificaciones cuando falla el autocontrol, se racionalizan los reveses económicos o se confía ciegamente en una posible recuperación, se ocultan las pérdidas y se mencionan únicamente las ganancias, se reconocen menos horas frente al ordenador de las dedicadas realmente, se exagera el carácter “laboral” de Forex para justificar la dedicación.

No es fácil que uno se de cuenta de todo esto por sí solo. La conciencia de la situación puede aparecer a veces de forma fugaz para desvanecerse detrás del autoengaño. Muy poca gente disfruta sintiendo que pierde el control para actuar como quisiera, por lo que la mente nos protege automáticamente modificando parcialmente nuestra percepción de la realidad. El papel del entorno (familiares, amigos), como en cualquier adicción, será clave para desvelar lo que está ocurriendo y poder brindar apoyo.

Esto puede ser más difícil que en otras adicciones, puesto que Forex requiere un cierto nivel de formación técnica para ser comprendido, y resultará sencillo para el inversor ocultar información sensible. 

Por otro lado, es fácil que Forex pase como una forma de trabajo (lo que debiera ser idealmente), aunque en esos momentos esté tomando las riendas la parte lúdica del proceso. Por último, el mundo financiero puede deslumbrar en ocasiones por resultar altamente atractivo, transmitiendo una sensación de eficacia que puede distar mucho del estado de nuestras cuentas. Ser ajeno a todo esto esto no conseguirá sino aislar a la persona durante más tiempo junto con su problema, agravando el pronóstico.

En cualquier caso, una persona que reconozca en sí mismo las señales de la adicción habrá dado el que sin duda será el paso más importante en la recuperación, basada principalmente en el tratamiento psicológico grupal y el apoyo tanto a nivel individual como familiar. 

La ambición o la codicia, como afirmaba Gekko, no tienen por qué ser necesariamente nocivas, pero para poder beneficiarnos de ellas debemos estar al tanto de su alcance, y de nuestras limitaciones como animales parcialmente racionales.


Bibliografía.

Currency trading for dummies. Mark Galant & Brian Dolan.
Homo ludens. Johan Huizinga.
Los juegos y los hombres. Roger Caillois.
En deuda. Una historia alternativa de la economía. David Graeber.

lunes, 9 de junio de 2014

El enemigo oculto de Pesadilla en la Cocina

¿Solo un reality gastronómico?

¿Tiene sentido hablar en un blog de salud mental acerca del programa televisivo de Alberto Chicote? Esta semana os invitamos a compartir algunas reflexiones que nos hacen pensar que sí.

Copyright © Atresmedia Corporación de Medios de Comunicación, S.A

El caso es que, entre la irregular parrilla española, destaca en las noches de los lunes este programa de formato tan repetitivo como eficaz. Para quien no esté al corriente diremos que el asunto funciona así: un restaurante o bar en apuros busca la fórmula para salir del atolladero, por lo general consistente en acumular deudas y ver desfilar clientes hacia los locales de la competencia. Las víctimas de tal descalabro contactan con la cadena de televisión y, tras firmar un contrato de colaboración, se preparan para recibir a una especie de Equipo A gastronómico comandado por Alberto Chicote.

Chicote, afamado y rechoncho cocinero, amante del buen comer y de hablar a las claras, llega a la zona cero, se sienta a probar los platos, conoce al personal, analiza la rutina de trabajo y, una vez visto lo que se cuece detrás del ruinoso negocio, se decide a pasar a mayores. Con su característica espontaneidad y alopecia lingual desata un aluvión de verdades sobre los responsables del desaguisado. Obviamente esto da paso a que crezca la tensión, se rompan algunos platos y surja el espectáculo, que es de lo que se trata.

Razones para el cotilleo

Daría para una entrada o dos el analizar a fondo las claves del éxito de este tipo de realities televisivos. Entre ellas se encontraría sin duda la curiosidad que todos podemos sentir al fisgonear en la trastienda de algo tan familiar como el salir a comer fuera de casa. Pero no añadiremos mucha más leña al eterno debate de por qué nos gusta ver a otras personas interactuar en televisión. Preferimos remitir al lector interesado a uno de nuestros blogs favoritos, que fundamenta sus razonamientos desde un punto de vista biológico bastante esclarecedor. Por nuestra parte, nos limitaremos a confesar los dos motivos por los que nos gusta Pesadilla en la Cocina (a partir de ahora PELC).

El primero de ellos es que (asesorado o no) Alberto Chicote demuestra habilidades propias de un psicólogo bastante por encima de la media. En pantalla parece tener la intuición suficiente para valorar un entorno complejo y detectar: 1) Cómo se reparte el poder entre los miembros de la plantilla y 2) Cuál es el estilo de comunicación empleado para dirimir los inevitables conflictos. Además, sabe emplear intervenciones paradójicas, arroja luz sobre los dilemas y aprovecha bien los clímax emocionales para forzar lo más importante: una toma de decisiones que lleve al cambio.

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El segundo motivo es que nos gusta repasar el repertorio de diferentes problemas y desafíos a los que se enfrenta la gente, aunque parezca que los propios de un restaurante no tengan que ver demasiado con nuestras vidas. Esos problemas son los mimbres de la pesadilla semanal de Chicote. A veces se componen de asuntos específicos e inesperados, como ratones que pasaron a mejor vida y ahora reposan bajo los fogones. Otros obstáculos vienen a ser los sospechosos habituales para el cocinero, viejos amigos del oficio: la falta de higiene, la comida congelada, la descoordinación de las comandas, los roces entre socios...

Sin embargo, existe un problema que surge de forma esporádica y aún así parece ser capaz de escapar a la atenta supervisión de Chicote. Oculto en el lugar más visible del local manda negocios antes prósperos a la ruina más lamentable. Realiza ostentosas apariciones a lo largo del programa mientras observa el curso de los acontecimientos de forma impasible. No se le menciona ni ataca, como si fuera un enemigo invisible, o quizás demasiado complicado de manejar... Nos referimos al alcohol.

El enemigo oculto en la cocina

¿Hasta qué punto puede ser problemático el alcohol? Por respeto a la intimidad de los participantes de la versión española de PELC no vamos a personalizar al reflexionar sobre este asunto. Creemos que el telespectador puede repasar sus recuerdos o revisitar alguna temporada en busca de los diferentes episodios en los que el alcohol ha causado estragos, para así contrastar con lo que aquí se exponga. En algunos de los episodios el enemigo oculto aparecerá de forma sugerida y tangencial, como un visto y no visto. En otros casos su presencia será, paradójicamente, algo sangrante.

Fuente: REUTERS/ABDULLAH MUHSEN
Desde los camareros que se sirven cañas durante la jornada laboral, pasando por los cocineros que avivan su interés por los fogones litrona en mano, hasta las bodegas de selectos vinos saqueadas por sus propietarios, parece dibujarse una situación para nada extraña en el sector hostelero: la de beber en el trabajo, a veces en exceso. ¿Cuál es la lectura que se hace de este fenómeno?

Para Chicote y los espectadores que entramos de forma puntual en la vida de estas personas, la actitud que se demuestra hacia el alcohol -un producto más, al fin y al cabo, de entre los destinados a los clientes- nos puede parecer en ocasiones caprichosa, o más bien poco profesional. Para otros puede tratarse de algo trivial, completamente comprensible. Algunos lo justificarán alegando que, por etílico que sea, el producto les pertenece y pueden darle el uso que crean conveniente. Otros le quitarán hierro al asunto pues, si hay más gente que bebe en el recinto, ¿por qué no habría de hacerlo uno mismo? Parece que ni la voz en off que guía el programa ni el propio Alberto Chicote van más allá de ciertos comentarios puntuales apuntando que beber demasiado no va a ayudar a reflotar el negocio. Por lo general acaban haciendo caso omiso del elefante en la habitación para pasar a alguna otra cosa.

Para ser justos con el chef diremos que, obviamente, el objetivo del programa no es ayudar a superar los problemas mentales que puedan padecer sus protagonistas, aunque influyan. Entendemos que los participantes no han dado su consentimiento para ello y, por intuitivo que sea, Alberto Chicote no deja de ser cocinero. Pero el problema del alcoholismo está ahí, y nos preguntamos si se estará identificando cuando aparece dando la cara. En nuestra opinión el programa no es suficientemente explícito al respecto. Prácticamente nunca se menciona la posibilidad de que se esté sufriendo una adicción al alcohol. No se contempla que esa persona irascible, veleidosa, inmadura, esté padeciendo una enfermedad que altera de forma progresiva su personalidad.

Factores y personas de riesgo

Para no dejarnos influir demasiado por nuestra deformación profesional al interpretar este asunto decidimos llevar a cabo una búsqueda (no muy sistemática, hay que reconocerlo) en las redes sociales. Queríamos conocer la opinión espontánea de los espectadores cuando aparecía el enemigo oculto. Nos interesaba saber si consideraban o no que pudiera existir una enfermedad condicionando el desempeño de los protagonistas. Empleamos la red social Twitter para rescatar los comentarios del público empleando los hashtags correspondientes a programas en los que consideramos existía una dependencia del alcohol por parte de uno de los participantes. Visitamos también algunos foros offline populares con el mismo objetivo.

Salvo alguna excepción muy puntual (dos de cincuenta, aproximadamente) recomendando acudir a Alcohólicos Anónimos, la mayor parte de los comentarios hacían alusión al vicio, la afición a la juerga, al beber, a diferentes drogas... Unos más jocosos, otros más castigadores, casi todos los comentarios se lamentaban por la degeneración personal que veían en forma de altercados, exabruptos, torpezas y derrotismos propios de la intoxicación aguda, pero no parecían señalar vínculos con trastorno o enfermedad alguna. Dicha degeneración parecía algo como caído del cielo o, como mucho, consecuencia de una personalidad problemática desde los inicios. Es cierto que tampoco podíamos esperar mucho más de los subproductos de un programa de puro entretenimiento, pero la situación no dejaba de preocuparnos. ¿Por qué somos ciegos a este problema? ¿Por qué tan poca gente ve el elefante?

Montaje de Bansky.
Nos produjo una grata sorpresa descubrir que, en la versión británica del programa (Ramsay´s Kitchen Nightmares UK), sí hubo un caso que se detectó y trató de forma ejemplar. De hecho dio lugar a un agradecimiento público, allá en el año 2006, por parte de Lenin Dooris, uno de los participantes del programa, quien afirmaba que el chef Ramsay le había salvado la vida al hacerle afrontar su problema. Durante la grabación del programa Dooris había sufrido un desmayo, inicialmente atribuido a un posible infarto cardíaco, que posteriormente el propio cocinero reconoció atribuible a su delicado estado de salud física tras años de adicción al alcohol. Ello motivó una doble intervención por parte del chef Ramsay, quien aconsejó a Lenin que diera prioridad a su salud y abandonase el negocio hasta haberse recuperado, e incorporó al episodio una interesantísima entrevista a Michael Quinn, a quien conocemos durante este video:

Os recomendamos avanzar directamente al fragmento de 32:13 a 36:07


Nos parece básico resaltar la importancia de lo que afirma Quinn: “si cruzas la línea de la adicción y te haces alcohólico ya no puedes volver a ser bebedor social. [Lenin] necesita apartarse, la fuerza de voluntad ya no es suficiente. Para recuperarte necesitas rendirte y admitir tu derrota.” Así de duro y así de cierto. Tanto como esperanzador cuando se comprende y se lleva a la práctica.

Quinn habla de un problema real: la combinación explosiva que se produce cuando se juntan un entorno de riesgo para el consumo y determinadas personas con una predisposición hacia el alcoholismo, la cual no podemos conocer hasta empezar a beber. Desde hace tiempo sabemos que el 4% de la población española padece de alcoholismo, y la cifra de personas en riesgo de sufrir la adicción es mucho mayor. El de la hostelería, por supuesto, no es el único sector que puede considerarse de riesgo a la hora de desarrollar adicciones. Los representantes comerciales, los trabajadores nocturnos, los agentes de bolsa, los médicos... cada uno de ellos por sus propias razones, presentan una tendencia mayor que la media poblacional a la hora de desarrollar una adicción al alcohol u otras sustancias y conductas. La clave del asunto es: ¿cómo darnos cuenta de cuando ya no es un riesgo potencial, sino algo que ya está sucediendo?

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Quizás una de las razones por los que el chef Ramsay lo viera radica en su propia historia personal. Como él mismo ha reconocido, durante su infancia hubo de convivir con el alcoholismo de su padre, lo cual probablemente contribuyó a que llegado el momento se mostrase tan dispuesto a ayudar a Lenin. Pero no sólo vio el alcoholismo, prácticamente invisible para la madre del afectado, sino que decidió afrontarlo activamente, cambiando el rumbo del episodio en lugar de negar el elefante y hacer como si nada. Sin duda hace falta un marco mental y teórico, información que nos facilite percibir y comprender la realidad. Porque sólo existe para nosotros lo que podemos nombrar. Pero el conocimiento es sólo una parte de la solución.


Además del conocimiento hará falta valentía. Y primero tendremos que ser todos los demás, los que vivimos junto a personas que a veces necesitan ayuda, los que debamos cumplir con estos requisitos. No es tarea imposible. A veces un simple reality nocturno puede marcar la diferencia, y contribuir a que el enemigo oculto en la cocina se haga por un momento bien visible, tanto que la persona enferma pueda empezar a saber contra quién tiene realmente que luchar.

domingo, 26 de enero de 2014

La adicción era esto (Parte III y final)

A la pregunta de ¿cuántos adictos conoces? hemos intentado buscarle una respuesta aproximada, acotando aquello que NO constituye la adicción, en ésta y ésta entradas. Ya hemos visto que la adicción no equivale al vicio ni al placer. Esta semana nos toca cerrar el tema argumentando en positivo. Daremos por tanto una definición operativa de lo que nosotros entendemos por adicción.

Ilustr. vía
Debemos advertir que el abordaje de las adicciones es una de las fronteras “calientes” de la psiquiatría debido a los numerosos avances que se está logrando en el conocimiento de su neurobiología y sus correspondientes mecanismos psicológicos. Esto hace que muchas de sus definiciones clásicas amenacen con dejar de ser representativas en poco tiempo. Es un terreno resbaladizo en el que el vocabulario técnico y popular tienden a entremezclarse, y en el que surge con frecuencia la confusión.

Hoy en día, por resumir la tendencia actual, los profesionales estamos pasando de un modelo enfocado en la dependencia de una o más sustancias tóxicas (modelo de las toxicomanías) hacia un modelo integrador común a todas las adicciones, incluyendo aquellas que son conductas, tipos de relación o incluso creencias (modelo de las conductas adictivas).

Hay que decir que, a pesar de todos los avances teóricos que se van logrando, todavía no existe una disciplina sólida entendida como adictología, ya que hasta ahora no hemos alcanzado el consenso suficiente para proporcionarle un núcleo integrador. Pero hacia ella nos dirigimos.


Adictología. Hoja de ruta.

Aquí ofreceremos una visión personal de las adicciones que se basa en:
    • Los conceptos básicos actualmente dados por válidos por la comunidad científica: habituación y dependencia como fruto de la unión de la neurobiología y la psicología del aprendizaje.
    • El modelo de triple interacción imperante en la psiquiatría y psicología actuales (modelo biopsicosocial): predisposición biológica, circunstancias psicológicas, condicionantes sociales-relacionales, en interacción compleja y recíproca.
    • La visión longitudinal de la medicina evolucionista, que comprende el origen de gran parte de los malestares actuales como el fallo de acomodación de unos mecanismos diseñados para promover la supervivencia en entornos bastante diferentes a los actuales.

Estos tres pilares de la comprensión de las adicciones se encuentran presentes en la mayoría de las unidades especializadas serias (aunque desgraciadamente no todas lo son). A ellos debemos añadir la que creemos la piedra de toque que le falta a la adictología para convertirse en una disciplina madura: un nexo con la psicología de la personalidad. El puente entre el “cerebro dependiente” y esa persona concreta que ve sus objetivos truncados, su libertad coartada y su identidad distorsionada. Esta no es una idea original. Procede de nuestra formación en el “modelo Capistrano”, concebido por el psiquiatra José María Vázquez Roel, quien lleva años aplicando con notable éxito esta combinación de psiquiatría a la vez científica y humanista en su clínica de Palma de Mallorca.

Nuestra aportación a este modelo multicapa (neurobiología, teoría del aprendizaje, modelo biopsicosocial, psiquiatría humanista) se limita a reivindicar el papel de la identidad como aspecto clave de la personalidad. Si la identidad es lo que nosotros podemos afirmar de nosotros mismos, esta afirmación (o negación) ha de ser clave en a la hora de configurar ese conjunto dinámico y particular que llamamos personalidad. De ello hablaremos en otro momento.


La adicción en consulta.

Existen desde siempre una serie de tópicos pronunciados por algunos de los profesionales que se han visto en la situación de atender a personas con adicción. Algunos de los más comunes son del tipo:


Ilustr. vía
“Los adictos son mentirosos natos”


“No reconocen su problema”


“No quieren cambiar”


“Todos tienen un trastorno de la personalidad”


Esto refleja un malestar evidente: la impotencia que siente el médico en consulta cuando el paciente no se acomoda directamente a sus recomendaciones. Este malestar tiende a alimentar a su vez una cultura popular transmitida de compañero a compañero, que puede sesgar el trato al paciente y condenarlo al fracaso terapéutico. Este sesgo es en cierta forma inevitable, pero debe ser enérgicamente evitado. La actitud hacia los enfermos por lo general no se aprende en los libros, sino que se incorpora vicariamente, viendo trabajar a compañeros con más experiencia y progresivamente emulando su forma de hacer las cosas, incorporando matices propios.

Como suele suceder con los estereotipos, se fundamentan en un pequeño núcleo de verdad detectable por la mayoría, pero que por una razón u otra resulta terriblemente distorsionado al intentar darle sentido. Los cuatro tópicos mencionados se suelen entender como causas que llevan a las personas a caer (y permanecer) en una adicción, cuando en realidad son síntomas de la enfermedad. La diferencia es enorme puesto que el médico suele aconsejar que se eviten las causas (coma sano, haga ejercicio, no fume, no beba), pero se molesta enormemente si alguien sigue pidiendo ayuda sin haber puesto en práctica dichos consejos. El problema es que el médico a veces olvida que contra las consecuencias los consejos no son suficientes, porque ya han sucedido o dependen directamente de la patología que se encuentra activa. Por ello habrá que hacer alguna otra cosa, para lo cual desgraciadamente no siempre habrá tiempo. Quejarse de las consecuencias (síntomas) de la enfermedad es en realidad tan absurdo como sugeriría el siguiente ejemplo:

“Los que se rompen una pierna nunca corren hasta el hospital (¡y eso que es una urgencia!)”

En realidad no se trata de que los médicos seamos (tan) estúpidos, sino que durante mucho tiempo hemos carecido de una teoría comprensiva de lo que les sucede a las personas que padecen una adicción. Lamentablemente las teorías son imprescindibles para poder manejar toda la complejidad de nuestro trabajo. El problema es que, en función del bagaje cultural o vital que uno trae al comenzar a aprender la profesión, unos dependen más de la teoría que se va incorporando, mientras que otros pueden desenvolverse razonablemente bien en su ausencia, haciendo uso del sentido común. Obviamente, a falta de teoría, los primeros sólo pueden quedar desamparados, atemorizados y en última instancia enfadados con aquello que señala los límites de su conocimiento. Esta es la principal razón por la que algunos defendemos la extrema importancia de la promoción del amor por las humanidades en las carreras sanitarias, pero nos salimos del tema...

Quedémonos con la idea básica de que la mentira, la negación (autoengaño), la ambivalencia y la personalidad inmadura son los síntomas definitorios de la adicción, no sus causas, y por ello deben ser detectados y tratados. Una vez entendido esto es fácil comprender por qué no tiene demasiado sentido enfadarse con los pacientes adictos.


La adicción NO es solo dependencia

 Unas definiciones básicas para comprender la diferencia:
  • Un acto es una acción puntual dirigida a un fin.
  • Un hábito es la automatización (por medio del aprendizaje) de un acto que se repite en el tiempo, a fin de poder llevarlo a cabo de forma eficiente en el futuro.
  • Una necesidad es la exigencia de desarrollar un hábito para asegurar la propia supervivencia (respirar, comer, beber, dormir, orinar, defecar, relacionarse...)

Gracias a los avances mencionados hemos podido explicar cómo alguien se convierte en dependiente a esta sustancia o aquella conducta. Hemos empezado a entender que todo es susceptible de convertirse en un hábito gracias al aprendizaje mediado por el sistema fisiológico de recompensa. Comprendemos bien la importancia del contacto con las situaciones de riesgo, de la disponibilidad de las sustancias tóxicas o de los juegos de azar en el entorno, de la influencia de las normas familiares y los tabúes sociales. En definitiva, comprendemos bastante bien la aparición y mantenimiento de aquellos hábitos que pueden acabar en dependencia:

Ilustr. por Serge Bloch, vía
Según la OMS (1964): “estado psíquico y, a veces, físico resultante de la interacción de un organismo vivo y una droga, caracterizado por un conjunto de respuestas comportamentales que incluyen la compulsión a consumir la sustancia de forma continuada con el fin de experimentar sus efectos psíquicos o, en ocasiones, de evitar la sensación desagradable que que su falta ocasiona. Los fenómenos de tolerancia pueden estar o no presentes. Un individuo puede ser dependiente de más de una droga.”

Como todas las definiciones, en su momento pareció muy completa, pero rápidamente surgieron las dudas: ¿qué pasa con las dependencias sin sustancia?, ¿y si los consumos son sólo los fines de semana?; ¿y cuál es el criterio definitorio de la enfermedad?, ¿la dosis?, ¿es el grado de deterioro social?, ¿es la legalidad o ilegalidad de la conducta ejecutada?. De esta indefinición todavía no se ha salido, y por ello el nuevo DSM es esencialmente continuista. No aporta nada nuevo al respecto.

Para nosotros, la dependencia es un hábito que, sin ser una necesidad vital, nos procura malestar cuando no lo llevamos a cabo. Puede ser tan leve como la dependencia al café que tantos cultivamos, tan comprensible como la dependencia de los analgésicos durante la convalecencia de una operación, o tan grave como la dependencia del alcohol, la cocaína o el juego, entre tantas.

Numerosas situaciones clínicas de las que tratamos en consulta (hurtos incesantes, vómitos, atracones, autolesiones...) se asemejan tanto a las dependencias que el modelo de las toxicomanías rápidamente se queda corto. El peso de los síntomas físicos (síndrome de abstinencia, tolerancia) han ido perdiendo poder discriminativo, lo que ha llevado a los profesionales a comprender que lo más relevante en estos cuadros es la relación con el hábito nocivo, caracterizado por la pérdida del control, el divorcio motivacional (deseo vs placer) y la profunda contradicción personal a la que acaba conduciendo. La adicción va mucho más allá de la dependencia, que no deja de ser su paso previo.


Recapitulando.

La adicción se trata de una enfermedad mental debida a una alteración de los mecanismos fisiológicos que controlan la motivación por medio del deseo, el placer y el castigo.

Se manifiesta externamente como un tipo especial de relación, ya sea con una cosa (alcohol, cocaína, teléfono móvil, etc.); persona (maltratadores, líderes sectarios) o conducta (sexo, compras, juego, etc.). Esta relación tendría las siguientes características:

 1)   Nos perjudica a nosotros y/o a nuestro entorno

 2)   Nuestra capacidad de control se encuentra limitada.

 3)  Se minimiza, niega u oculta la situación a través del autoengaño y mentiras al entorno.

Se da en personas que previamente han desarrollado un hábito del que duele prescindir, al que llamamos dependencia. Es bueno recordar que no todas las dependencias acaban en adicción.

Lo que hace diferente la adicción de la dependencia es el conflicto creciente entre la idea que tenemos de nosotros mismos y la conducta que estamos llevando a cabo. Esto provoca un deterioro progresivo de la autoestima, así como una distorsión de la personalidad que es lo que la caracteriza. Se pierde la libertad para tomar decisiones acorde con las propias preferencias personales, ya que el deseo está monopolizado, parasitado. Esta contradicción interna desata defensas psicológicas que agravan el cuadro: negación, minimización, racionalización, proyección...


Ilustr. "Grieta I" vía
La distorsión que la adicción produce en la personalidad es crónica, progresiva y potencialmente letal. Si la divergencia entre lo que se quiere ser y lo que se es se mantiene en el tiempo, la personalidad se torna inmadura, dificultando el afrontamiento normal de la propia vida.

Esta forma de entender la adicción es congruente con lo que muchas veces observamos en la práctica clínica: el paso de algunas personas desde un objeto de adicción a otro, puesto que es la forma de relacionarse la que se ha vuelto rígida, estereotipada, lo cual es propio de las personalidades alteradas por una evolución crónica.

El estadio más grave es la afiliación a la identidad adictiva. Algunas personas, ante la falta de una narrativa personal alternativa más consistente, descubren en la adicción el propio núcleo de la identidad. Dado que no hay nada peor para el individuo que carecer de una identidad sólida, algunas personas prefieren saber que son buenos en algo (por autodestructivo que sea) antes que empezar a afrontar el infernal trabajo que supone construir desde cero un nuevo yo que tendremos que sembrar y defender todos los días.

Esta identidad adictiva (junto con la personalidad narcisista, que dificulta incorporar al discurso todo aquello que no surja de uno mismo) constituye uno de los dos peores factores pronósticos en el tratamiento de las adicciones. Para quien ha hecho de la adicción su identidad la terapia se hace especialmente estéril, a menos que el paciente se encuentre fortuitamente con nuevas oportunidades que den sentido a su vida, algo que se complica dada la especial aversión que todos los humanos sentimos hacia los cambios. Es por ello que, con las adicciones, urge actuar cuanto antes.


Por otro lado, si se logra la abstinencia completa de forma mantenida se trata de una enfermedad absolutamente curable. Es más, muchas de las personas que han superado definitivamente una adicción son capaces de valorar la riqueza de un trabajo personal que nos pone a reflexionar, a indagar en nuestra historia, en el tipo de persona que queremos ser, que ilumina los mimbres de los que partimos y desvela la cantidad de equívocos en los que diariamente nos movemos, zarandeados por múltiples intereses comerciales y culturales.

No en vano, el lema del modelo Capistrano dice: “haz de tu mayor debilidad tu mejor fortaleza”. Esto, por complicado que parezca, es posible lograrlo, pero únicamente si entendemos la diferencia esencial entre dependencia y adicción que aquí hemos expuesto.

Cerraremos esta extensa entrada repitiendo la pregunta con que iniciamos el estudio de las adicciones, hace casi un mes: y tú, ¿a cuántos adictos conoces?

Estamos seguros de que las estimaciones iniciales habrán cambiado.

miércoles, 15 de enero de 2014

Y tú, ¿a cuántos adictos conoces? (Parte II)

“En la delicia de la sal se hallan todas las lanzas del espíritu”
Saint-John Perse (citado por J.A. Marina)


La semana pasada lanzábamos esta pregunta al aire con la idea de intentar aclarar qué es y qué no es una adicción, palabra que hoy en día todos manejamos más o menos a la ligera. Nuestra primera conclusión fue que adicción NO es lo mismo que vicio, una idea que los profesionales de la salud sólo hemos llegado a incorporar a mediados del siglo XX, y a la que todavía le queda mucho recorrido hasta conseguir erradicar de la sabiduría popular la impronta moral que hasta la fecha impregna el mundo de las adicciones.

Hoy nos atreveremos con otra noción contraintuitiva y es que, por mucho que tendamos a relacionar una cosa con la otra, la adicción NO es placer.


De necesidades, castigos y recompensas.

Ilustr. "Trolley hunters", por Bansky

De entre todas las cosas que existen en el mundo y podemos captar con los sentidos, ¿cómo saber cuáles son las que necesitamos?, ¿por qué unas nos atraen (como el agua) mientras otras nos resultan indiferentes (pongamos una piedra)?. Nos puede parecer más importante saber dónde encontrar lo que necesitamos o cómo conseguirlo, pero de nada nos sirve si primero no aclaramos lo más importante: ¿qué debemos buscar?

Entendemos por necesidades fisiológicas aquellas exigencias que nuestro organismo nos reclama a fin de sobrevivir y dejar descendencia. Las aprendimos todos en la escuela: nutrición, relación y reproducción. Para cualquier ser humano eso se traduce en respirar, comer, beber, dormir, expulsar desechos y mantener contacto con otros humanos. La evolución de la especie ha determinado que algunos de los procesos más importantes sean automáticos o semiautomáticos (respirar), mientras que ha proporcionado a otros un mayor grado de flexibilidad (alimentarse, reproducirse). Pero una regla ha de cumplirse siempre: debemos repetir aquellas conductas que favorecen la máxima replicación y dispersión de nuestro material genético, y evitar aquellas que la perjudican. De ahí la importancia de la sal en el fragmento de poema que abre la entrada: la sal, por medio de la sed, es la puerta del deseo de agua, un deseo que nos mantiene con vida.

Hoy sabemos que esta regla de “buscar lo bueno y rehuir lo malo” tiene lugar gracias a una serie de conexiones neuronales que denominamos “sistema de recompensa”. La idea básica acerca de este sistema de recompensa es que, cuando llevamos a cabo acciones que son favorables para nuestros objetivos de supervivencia y reproducción, el sistema de recompensa se activa proporcionando un “premio” desde el punto de vista neurobiológico, lo cual nos permite aprender que repetir esa conducta es algo deseable . Al principio a ese premio se le denominó “placer” y se vino a asociar al neurotransmisor Dopamina, aunque hoy sabemos que no es exactamente así, y que el papel de la Dopamina se relaciona más con el aprendizaje de contingencias (herramienta principal del pensamiento probabilístico y la atribución causal), así como con la motivación para la acción en función de la probabilidad de exponerse u obtener algo.

Vías dopaminérgicas, representadas sobre Resonancia Magnética 

La Dopamina, por tanto, no produce placer, sino que indica (tras un aprendizaje asociativo causal) que existen posibilidades de obtener algo que valoramos como positivo (lo cual está influido por factores de aprendizaje imitativo, crianza, cultura y expectativas), y proporciona el sustento para su búsqueda activa por medio de conductas de aproximación. Nos acerca a las cosas y situaciones que tenemos por placenteras, pero también a otras que han dejado de serlo o nunca lo fueron.



Los dos cortocircuitos.

¿Produce algún placer el primer cigarrillo fumado a las puertas del instituto? ¿Es placer la tensión que siente el jugador de ruleta mientras sigue con la mirada la bola que habrá de determinar la ganancia o la ruina?

Se suele pensar que es el placer lo que mantiene a las personas atadas a sus adicciones. Pero lo que los clínicos vemos en consulta (y que ha sido ampliamente respaldado por la investigación) es que, una vez establecida la adicción, nos encontramos ante un divorcio efectivo entre el deseo de llevar a cabo una conducta y el placer que ésta proporciona. El adicto ya no disfruta al consumar su adicción, pero siente un deseo incesante y reiterado que le empuja a la acción, muchas veces para aliviar el malestar del propio requerimiento. Los mecanismos dopaminérgicos que controlan la motivación se han acabado alterando y, por ello, ni todo el consumo del mundo podría saciar a quien padece una adicción.

Lo natural, como hemos dicho, es que el sistema de recompensa se encargue de hacernos buscar alimentos nutritivos, agua en buen estado, parejas deseables... Además existen otra serie de situaciones que activan nuestro sistema de recompensa: practicar deporte, conseguir nuestros logros, disfrutar de una afición... Todo es susceptible de ser aprendido a través del sistema de recompensa, a condición de que el balance entre recompensa y castigo nos resulte favorable. Es la dopamina la que crea esos vínculos de aprendizaje, que luego son deseo y búsqueda. Pero algunas sustancias y conductas elevan artificialmente los niveles de dopamina. La cocaína, el alcohol, el juego, la heroína, algunas formas de sexo... son capaces de “trampear” los circuitos del sistema de recompensa, creando el hábito que estaría normalmente reservado a nuestras necesidades fisiológicas. Por eso, al margen del placer, la ejecución de la adicción favorece a su repetición, incluso cuando ya no resulta placentera. El cerebro, debido a este “cortocircuito” dopaminérgico, ha aprendido que esta conducta o sustancia es esencial, cuando en realidad no aporta nada a nuestro éxito biológico. Y de hecho son estas necesidades las que van quedando cada vez más desatendidas, y ensombrecido el brillo habitual de cualquier otra actividad que antes era placentera.





El segundo cortocircuito es específicamente humano. Se trata del salto simbólico por el cual podemos introducir una valoración positiva o negativa, apetecible o desagradable, a prácticamente cualquier cosa si así nos lo proponemos. Para los seres humanos las cosas son más de lo que ellas son por sí mismas. A través del símbolo, del significado que nosotros les podemos asignar, lo que en principio podría ser neutral a efectos de éxito biológico, acaba teniendo gran fuerza en un sentido u otro. En el fondo resulta comprensible que alguien encuentre apetecible la cocaína, ya que el bienestar y el vigor que proporciona de forma inmediata hacen olvidar cualquier consecuencia futura, por grave que pueda ser. Pero en el ejemplo que hemos puesto antes, el de quien comienza a fumar por primera vez, sólo lo simbólico puede superar lo desagradable del contacto con el humo. El joven fumador se entrena duramente para soportar el asco porque el cigarrillo es mucho más que un cigarrillo: es la entrada al mundo de los adultos, es rebeldía, pertenecer al grupo de iguales, o lo que el joven quiera que sea. Si puede soportar el asco hasta que la dopamina haga su trabajo, ya no dependerá nunca más del disfrute, y el propio deseo satisfecho se confundirá con el placer. Lo mismo puede suceder con todo tipo de conductas, que podrán lugar a adicciones tan varipiontas como las que veíamos en el video de la semana pasada.

Fotografía de Nick Stern, inspirada en un mural de Bansky

Por ello hoy sabemos que la adicción NO es placer NI vicio, sino un secuestro de la motivación y del deseo al alterarse nuestro sistema fisiológico de recompensa.

De ahí esa tragedia tan propia de los pacientes adictos: actuar como si se amara y necesitara lo que realmente se odia. De ahí brota la dolorosa contradicción personal del adicto, y también la incomprensión y el rechazo de los que no han sufrido este problema.

La semana que viene terminaremos abordando de la diferencia entre adicción y dependencia.