viernes, 3 de junio de 2016

4 razones por las que leer al tipo de las gafas

Desde luego la editorial Blackie Books ha hecho bien su trabajo. Primero captaron mi atención con esa mirada perdida entre colores. Luego me topé con esto:

Me violaron a los seis años.
Me internaron en un psiquiátrico.
Fui drogadicto y alcohólico.
Me intenté suicidar cinco veces.
Perdí la custodia de mi hijo.

Pero no voy a hablar de eso.
Voy a hablar de música.
Porque Bach me salvó la vida.
Y yo amo la vida.”

Tardé unas semanas en digerir este puñetazo en forma de sinopsis, y luego devoré el libro. Por eso hoy me gustaría compartir las cuatro razones por las que creo que vale la pena leer esta autobiografía, la del pianista británico James Rhodes.



Habla de lo que no se suele hablar.
El libro es al tiempo una purga personal y una muestrario de las graves secuelas que puede tener el maltrato en la infancia, del cual el abuso sexual es probablemente su variante más atroz.

Rhodes nos habla en primera persona del miedo, del asco, de la confusión y finalmente la vergüenza que se apoderan de quien sufre abusos a edades tan tempranas, cuando todo está por construir. También de la absurda cantidad de síntomas y diagnósticos que pueden ir fraguándose alrededor de este núcleo de dolor.

Y nos lo cuenta obligándonos a mirar. No haciendo abuso de detalles escabrosos e innecesarios, sino cortándonos la huida tan común a través de la excusa de que “sólo las víctimas lo pueden entender”. Porque probablemente esté en lo cierto cuando afirma que, si queremos verdaderamente tener algún motivo para hacer algo, algo valioso, deberemos sentir aunque sea una pequeña parte de el horror. Al mismo tiempo, él es la única persona legitimada para proponérnoslo.

Lo dice alto y claro.
Instrumental no es un ejercicio de estilo literario. Eso se capta desde la primera página. Tampoco lo pretende. La prosa de “Jimmy” es una mezcla extrañamente cercana y atractiva, un festival de tacos sazonado con reflexiones personales y algunos comentarios de altura sobre la experiencia estética y el negocio de la música.

Se agradece que nos hable como lo haría un colega, y aquí quisiera reivindicar los tacos y los exabruptos. Cuando las palabras se quedan cortas porque uno quisiera usar propias sus entrañas para emborronar el papel (o las paredes) y así transmitir una minúscula fracción del sufrimiento propio, lo único que nos acerca mínimamente a conseguirlo es blasfemar y maldecir sin tapujos.

Y poca gente sale bien parada del lance. Teniendo en cuenta el subtítulo original de la obra “A memoir of Madness, Medication and Music”, es de esperar que los profesionales de la salud mental nos llevemos algún palo, lo cual ocurre en ocasiones de forma merecida, mientras que en otras no tanto, pero en todas de forma comprensible. Lo cierto es que, si pretendemos atender el sufrimiento de las personas, deberemos tener el aguante de escuchar cosas que no nos guste oír, por mucho que sepamos que les deseamos lo mejor y creamos que estamos ayudando. Por que en ocasiones no es así. Nada es fácil.

Una esperanza sincera.
Necesitamos más historias que nos hablen de esta posibilidad, pequeña pero inspiradora. La de llegar a estar a las puertas del suicidio y  dar con alguna pequeña clave que poco a poco le devuelva sentido a este zarandeo que llamamos vida. En el caso de James Rhodes esa clave fue la música clásica.

Por supuesto se trata de un camino propio, lo cual no quiere decir que sea “El Camino” a transitar por todos los que ansíen recuperar alguna traza de sentido. Se trata del suyo, aunque de él podamos sacar algunas enseñanzas. Hay algo mágico en la música que atañe a las emociones y a las relaciones humanas. Aparentemente inofensiva, la buena música permea y hace vibrar fibras de nuestro ser que quizás lleven tiempo aturdidas. La música se trata de una de las pocas obras humanas capaz de crear puentes entre las gentes más diversas, en lugar de destruirlos. Puede llegar a ser, y este libro es claro ejemplo, una especie de medicina.

Otro elemento crucial en el doloroso proceso de Rhodes tiene que ver con la sinceridad. Parece trivial afirmar que las cosas que más ama en esta vida son el tabaco, el piano y su hijo. Sin embargo se trata de algo que me conmueve de forma especial. Este tipo de honestidad (o su ausencia) determinan decisiones fundamentales. Rara vez nos encontramos con reflexiones tan agudas y honestas sobre la manipulación, la trampa del victimismo, el papel de las autolesiones como una forma de alivio... La ausencia de autocompasión en la descripción de sus sufrimientos transmite una serenidad palpable, que desde mi punto de vista le da el sello de validez al conjunto. Una postura distanciada o excesivamente racional me haría desconfiar enormemente de esta historia, y sin embargo sé que cuando nos habla de sus múltiples fallas y errores como humano, está asumiendo con calma gran parte de todo eso que, en general, solemos pasar la vida intentando ocultar.

Derrumba el estigma
Unas palabras para terminar hablando de algo que nos obsesiona a los profesionales de la salud mental y que normalmente contribuimos a empeorar. Con estigma nos referimos a esa mezcla de miedo, prevención y conmiseración que sentimos hacia los que creemos diferentes a nosotros por estar diagnosticados o etiquetados con algún tipo de trastorno mental.

Cada año, diferentes asociaciones proponen actos para acercar a la gente a la realidad de los “diagnosticados”, cuando no tendríamos más que acercarnos a nosotros mismos. Cada año repensamos si emplear la metáfora de las enfermedades crónicas tipo diabetes ayuda o complica más las cosas.

Sin embargo soy de la opinión de que una de las vías más eficaces para hacer entender pasa porque las personas con algún tipo de relevancia social o exposición mediática, “hablen de lo suyo”. En cierta forma la imagen que tenemos de un “Trastorno Bipolar” o “una Esquizofrenia” cambia, aunque no lo parezca, si nos enteramos de que lo padecen Catherine Zeta-Jones o un premio Nobel de economía como John Nash. El que una persona de cierto éxito supere los propios reparos y “salga del armario” de esta manera es lo que verdaderamente supone un cambio.

En definitiva, Instrumental es un libro más que recomendable. Y además nos regala la música.

· Y aquí un enlace a la promo del documental en que lleva la música a una planta de psiquiatría para disfrute de las personas allí ingresadas.

@JCamiloVazquez

domingo, 1 de mayo de 2016

La vida (no) es así en tu cerebro

La vida antes era así.
Hace unos años empezó a hablarse mucho de la oxitocina. Esta hormona era una vieja conocida por sus funciones reproductivas, interviniendo en la secreción de leche materna e induciendo las contracciones del parto. Conforme se investigaba sobre ella se comenzó a prestar más atención a otros efectos. Se vio que cumplía un papel muy relevante en la interacción social, aumentando la confianza hacia otras personas y reduciendo los temores hacia desconocidos. Pronto todo el mundo comenzó a especular acerca del prometedor futuro que esta molécula podría tener incrementando la empatía, como una especie de “facilitador social”.

Se pensaba que quizás podría ayudar en determinados casos de autismo, pero también para favorecer la relación médico-paciente e incluso incrementar las ventas al aumentar la sensación de complicidad entre los compradores y una determinada marca. La sorpresa vino más tarde, de la mano de varios ensayos en los que se había demostrado algo inquietante: resulta que la oxitocina incrementaba la empatía hacia las personas que catalogábamos como similares a nosotros en algún aspecto (lo que llamamos endogrupo), pero al mismo tiempo tendía a incrementar el rechazo hacia los individuos que quedaran fuera del mismo, detectándose incluso incremento de actitudes xenófobas e impulsos hostiles. Para muchos investigadores fue un mazazo.


Comentamos esto porque creemos que tenemos un gran problema en cómo intentamos entender el funcionamiento del cerebro. Existe desde hace décadas una cierta tendencia a localizar las funciones mentales en sitios o elementos concretos de nuestro cerebro, y encasquetar a cada sustancia su apellido particular. Cada cierto tiempo, en un intento por simplificar las cosas, volvemos a versiones más o menos elaboradas de frenología. Lo malo es que estas simplificaciones calan rápidamente en el público general a través de la divulgación y las secciones de ciencia de los medios de comunicación. Esto suele llevar a malentendidos.

Ejemplo de sobresimplificación,
 extraído de una página de horóscopos (¿?)

Así hemos hablado -errando estrepitosamente- de la dopamina como “la señal del placer”, la serotonina como el neurotransmisor “de la felicidad”, o la oxitocina como la inductora “de la empatía”... Sentimos una enorme necesidad de entender las cosas, por complejas que sean, y eso nos lleva a agarrarnos a la primera hipótesis o interpretación que surge. Este problema afecta especialmente al área de la divulgación científica. Olvidamos (o no dejamos lo suficientemente claro) que, por la forma en que debe funcionar el método científico, estas explicaciones siempre van a ser provisionales. Estarán ahí hasta que surja otra mejor o hasta que se confirmen experimentalmente. Y hace tiempo que el modelo localizacionista y unifuncional quedó desfasado.

Hoy tenemos algo más claro (aunque estamos lejos de entenderlo bien) que el cerebro funciona a través de circuitos o vías que se van activando unas a otras, encendiendo de forma sincrónica zonas difusas, en combinaciones que cambian según la función que se esté ejecutando. La mayor parte del cerebro está en marcha incluso cuando no estamos haciendo nada. Esto quiere decir que una región anatómica determinada puede tener diferentes funciones en cada momento. Las tareas de áreas como la amígdala, el hipocampo o la corteza prefrontal se comparten y solapan, con matices diferenciales mínimos que le dan a cada una su identidad. Nada tiene una única función, lo cual dibuja un panorama que nos puede aturdir de entrada.

Representación de una columna cortical (10.000 neuronas)
 a través de un modelo computacional, dentro del proyecto Blue Brain.
Se calcula que el cerebro cuenta con 86.000 millones de neuronas. 
Para entender la diferencia entre ambos modelos creo que puede ser bueno ilustrarlos con una metáfora.

Imaginemos que vivimos en una gran ciudad. De esas en las que hay tanto tráfico a motor que el cielo se oscurece en cuanto pasan 3 días sin lluvia. Si un día, caminando, nos detenemos sobre uno de esos puentes que sirven para cruzar las autopistas y miramos abajo veremos toda una sucesión de diferentes modelos de automóvil. A toda velocidad se nos cruzarán utilitarios de 4 puertas, todoterrenos, rugientes modelos deportivos, alguna furgoneta, varios camiones, motocicletas...

Uno podría empezar a detectar unas determinadas características:

  • Los todoterrenos parecen ideales para ir a la montaña, donde los caminos son abruptos.
  • Los deportivos parecen estar hechos para saltarse los límites de velocidad.
  • Las furgonetas sirven para transportar trabajadores y algo de material
  • Los camiones serian estupendos para el transporte de mercancías...


Imaginemos que les ponemos nombres:
  • El todoterreno puede ser la everestina, la molécula de la aventura.
  • Al deportivo lo podemos llamar superturbina, efector de la motivación.
  • A la moto, quizás yosolina, mensajero de la autonomía.
  • etcétera...

Si seguimos en el puente y nadie ha avisado a la policía, llegados a este punto tendremos bastantes hipótesis e incluso varios nombres para referirnos a lo que vemos. Pero ahora viene lo importante:

¿Reconocer el todoterreno y ponerle un nombre (everestina), nos ayuda a entender por qué los fines de semana se emplea para conducir por caminos de tierra cargando con toda la familia y la paellera, y por qué el resto de la semana quizás lo conduce por la ciudad una ejecutiva de cincuenta años que se dirige a recoger a sus hijos del colegio?

Reconocer el tipo de coche y asignarle una única función no nos permite entender en qué consiste un atasco de la operación salida. Pensar que el camión sólo tiene como función el transportar mercancía comercial (por el hecho de que la mayoría lo hacen) nos va a impedir imaginar que a veces transporta atracciones de feria, o droga, o gente secuestrada. Ni siquiera te va a servir de mucho tener un mapa de carreteras, con sus vías de circunvalación, sus radiales de peaje, etc, si no puedes distinguir el papel funcionalmente diferente al nivel de la ciudad que tienen el tráfico de la hora punta de un lunes, o la quietud de un domingo por la mañana.



Lo que queremos decir es que es necesario empezar a incorporar (también a efectos de divulgación) una visión contextual de los elementos que participan en las funciones cerebrales, entendiendo que pueden tener diferentes funciones según el momento y el objetivo final. Para saber por qué ocurre esto es bueno tener unas nociones de la historia evolutiva del sistema nervioso, así como del surgimiento de diferentes moléculas señalizadoras. Es bueno recordar que la selección natural es ante todo eficiente (léase ahorradora), y si puede emplear una molécula para varias funciones, aunque inicialmente sólo tuviera una, la versatilidad acabará triunfando.

Probablemente, si deseamos seguir avanzando, tendremos que empezar a confiar cada vez más en la comprensión de los circuitos neuronales (conectoma), en la visualización en vivo de actividad cerebral (en lugar de la neuroimagen estática), así como en los modelos computacionales y el uso de matemáticas avanzadas y análisis de sistemas no lineales.



Sólo de esta manera podremos seguir enriqueciendo nuestro conocimiento de la función cerebral, con modelos que hagan justicia a su complejidad, versatilidad y dinamismo.


Porque hasta las metáforas se nos pueden quedar viejas.

jueves, 24 de marzo de 2016

Palabras que tu psiquiatra aprendió a olvidar: "NORMAL"

Hay una palabra que tarde o temprano se acaba pronunciando en cualquier consulta de salud mental.

Ilustr. Maja Wronska
A veces formando parte de un reproche.
Otras como una duda sincera dirigida al profesional.

Y probablemente no haya otra capaz de desatar más confusión, por su comprobada inutilidad para ayudar a alguien que sufre. Sin embargo, la usamos continuamente.

Se trata de la palabra: normal.

¿Le parecen normales las cosas que dice?
¿Es normal lo que me pasa?”
Esto no es de personas normales.”
Yo quiero ser una persona normal”

etcétera.

La palabra normal es de esas que abundan en lo que llamamos sentido común. Cuando la empleamos en el día a día nos resulta enormemente útil. Podemos condensar mucha información compleja en un solo concepto. Y en general nos logramos hacer entender. En una conversación cotidiana las diferencias de interpretación, la desviación entre lo que yo quiero decir y lo que tú entiendas, serán en todo caso poco problemáticas. Ese espacio, de hecho, es de las cosas que nos dan vidilla, pues demuestra que no somos clones y da pie a la humana costumbre del chismorreo.

Pero cuando estamos en consulta, intentando hilar fino, explorando los deseos, miedos y frustraciones de la gente, resulta que saltan las costuras de las que creemos palabras seguras, y afloran todas sus contradicciones, muchas veces convertidas en armas arrojadizas en medio de un grave malentendido.

La palabra normal, tan segura y honesta como pareciera, tiene dos caras.

  • Por un lado se refiere a lo frecuente (normalidad estadística o descriptiva)
  • Por otro lado se refiere a lo deseable (normalidad prescriptiva o desiderativa)

Entre lo frecuente y lo deseable suele existir una relación, pero ésta a veces se manifiesta de forma caprichosa, debido a que somos animales culturales. Pero lo veremos más adelante.

Por el momento cabe preguntarse, ¿a cuál de las dos caras de la normalidad se refiere la persona que nos pregunta en consulta? Podemos intuirlo, pero no lo sabemos a ciencia cierta. Los sobreentendidos pueden ser peligrosos entre desconocidos, por lo que tendremos que indagar.


Primero vayamos al individuo. ¿Qué es “lo normal” para mí?.

Ilustr. Calvin & Hobbes. Bill Waterson.

Según la RAE, las dos primeras acepciones de la palabra normal son:
  1. lo que se halla en su natural estado. (describimos una esencia)
  2. aquello que sirve de norma o regla. (de nuevo, la prescripción)

Las personas somos animales de costumbres.
Lo raro, lo infrecuente, nos inquieta, especialmente si llega de forma inesperada o indeseada.
Existe un viejo dicho en medicina, que afirma que la salud es la vida en silencio de los órganos (René Leriche). Cuando ese silencio (que es el habitual) se rompe, nos sorprendemos y asustamos.

Lo que nos asusta es la incertidumbre. Y lo que nos alivia muchas veces es recibir información contextual, es decir, encuadrar la experiencia poco común, individual, que quizás estemos experimentando por primera vez, en una historia con sentido. Este encuadre puede llevarse a cabo a partir de de diferentes fuentes:

a) El sentido común: podemos definirlo como el cúmulo de experiencias que atesora nuestro entorno. Estas experiencias se articulan en forma de discursos y conceptos que son parte de nuestra cultura. Un ejemplo sencillo: la primera resaca. Puede resultar preocupante y sorprendente lo que se siente después de un primer consumo excesivo de alcohol. Afortunadamente tenemos a un montón de gente a nuestro alrededor que ha sufrido la misma experiencia y, lo que es más importante, que posee un nombre que darle a eso, y una serie de expectativas al respecto. “No hay mucho que hacer. Bebe agua. Se te pasará”. Aprendemos continuamente de los demás, a través de la conversación, y también disponemos del privilegio de poder “vivir” múltiples vidas a través del arte (teatro, música, novela, cómic, cine, etc...). Al mismo tiempo, a medida que vivimos, vamos aprendiendo más y más de nosotros mismos, de tal forma que poco a poco se reduce la lista de situaciones que nos pillan por sorpresa.

b) Conocimiento especializado: además del sentido común, las sociedades humanas disponen de un conocimiento restringido que tiene que ver con el reparto de tareas. En cada grupo humano siempre existen miembros que se caracterizan por atesorar más información y por tener la capacidad de generar sentido, sentido que devuelven a los demás en forma de historias. Este conocimiento especializado puede tener una base científica, pero sólo se le ha dado relevancia a esta fuente desde hace un par de siglos. Hoy somos capaces de darle cierta relevancia a lo que nos puede decir un experto epidemiólogo, cuando afirma, por ejemplo, que en torno al 10% de la población holandesa ha tenido o tiene la experiencia de escuchar voces dentro de su cabeza. Antes de la hegemonía del discurso científico, solo disponíamos de especialistas en explicaciones místicas, o narraciones míticas, tales como sacerdotes, chamanes, gurús, etc. Hoy en día conviven igualmente entre nosotros. El especialista, científico o místico, brinda un conocimiento más global, que desborda lo individual, para crear una estructura de sentido, según la cual una experiencia es frecuente (como las voces, aunque no las compartamos) o infrecuente, o apropiada a un contexto determinado.

Ilustr. David Parkins
En resumen, cuando algo desborda nuestra experiencia de vida (lo que podemos recordar de nosotros mismos) acudimos a los demás para que nos amplíen la información. El contexto siempre es importante. No es lo mismo la experiencia del llanto inconsolable cuando hemos perdido a un ser querido, que un llanto para el que no somos capaces de encontrar ningún motivo. De la misma forma, algunas personas en tratamiento antidepresivo sienten dificultades para poder llorar debido a la leve anestesia emocional que induce el fármaco. Algunas de ellas se sienten especialmente culpables al no poder llorar ante un suceso doloroso. El mismo suceso, el llanto, puede ser interpretado de múltiples formas en función del contexto. Si no estamos dispuestos a escuchar y saber más, nunca sabremos que a veces hay personas que desean llorar.

Por eso vemos que se nos queda corta la palabra normal. Nos interesa más saber:

¿Esto que sientes, lo quieres para tu vida? ¿Es deseable o indeseable? ¿Por qué?
¿Te había ocurrido alguna vez? ¿En qué contexto aparece?
¿Para quién es deseable o indeseable? ¿Para ti o para alguien más?

Al fin y al cabo, somos individuos y no clones. Nuestras experiencias se parecen a las de otras personas, pero siempre incluyen un matiz, en el cual se encuentra precisamente lo que nos hace diferentes. Por eso se agota rápidamente la vía de la palabra “normal”.


En próximos posts abordaremos lo que implica la palabra normal cuando vivimos en sociedad.

Os dejamos con un tributo musical a la normalidad, ¡que lo disfrutéis!


sábado, 30 de enero de 2016

Siguen sin encontrarme nada

Todavía no sabes muy bien qué haces aquí. En la consulta del psiquiatra.

Ilutrs. R. Motherwell
Intentas recordar cómo empezó todo, pero sólo regresa la mueca. La misma que no pudiste ocultar cuando la médico de cabecera te entregó el volante de derivación a Salud Mental. Lo que sentiste no fue exactamente enfado. Había parte de sorpresa, eso seguro. También de duda, como justo antes de comprender que te están tomando el pelo. Fuera lo que fuese, no fue agradable. Te preguntabas si te habrías explicado mal o si sería ella la que, después de tanto tiempo sin fallarte, se había equivocado de pleno.

Es buena gente, la doctora. Pero esa mañana le notaste que, como casi siempre, iba con prisa. Quizás algo más de lo habitual. Ella intentaba escucharte, actualizar la medicación, aclarar tus dudas... pero 6 o 7 minutos después de cerrar por dentro la puerta de la consulta ya había sido sacudida por otros nudillos impacientes. El calor llegaba desde la sala de espera, y una de las recetas se había quedado atascada en la impresora. Callaste. No quisiste complicarle más la mañana con preguntas que tampoco acababan de tomar forma en tu cabeza. ¿Por qué siempre pasa eso cuando se va al médico? Además, pensaste, un psiquiatra podrá mandarme algo para dormir como Dios manda. Un buen somnífero. Porque hace tiempo que no sabes lo que es dormir del tirón, la verdad.

Te lo han preguntado muchas veces, pero no acabas de recordar cómo empezó todo. No sabrías decir con precisión cuál fue ese día en que la molestia ya no se marchó. Lo que sí sabes es que era una semana como otra cualquiera. No es que hubieras hecho nada fuera de lo normal. Ninguna burrada. Tampoco te acosaba el trauma de una de tantas desgracias como salen en las noticias. Toquemos madera. Se pasará solo, pensaste. Como tantas otras veces. Quizás lo comentaste en casa, durante la comida, o con la gente del trabajo. Ya se te pasará, te tranquilizaron.

Pero al despertar por la mañana la molestia seguía allí. Tardaste unos segundos en notarla, lo mismo que duró la ilusión de que todo había pasado. Algo así como un peso sordo se quedó enganchado en algún punto dentro de ti. Antes de lavarte la cara, ya sabías cómo sería el resto del día. Para hacerla más llevadera volviste a compartir lo de tu molestia con la gente que se preocupa por ti. A tus tímidas quejas les siguieron algunas buenas intenciones y muchos consejos. Al menos al principio. “Ve que te miren”. “Cógete la baja”. ¿La baja, en serio? Pensaste que no era para tanto, y más teniendo en cuenta cómo están los trabajos. Quita, quita. Me aguanto y punto. Esto se pasará. Cuando la cosa se ponía insoportable te tomabas una o dos de esas pastillas que tenías por casa. Al final te acostumbraste a poner buena cara para no andar agobiando a los demás con tus problemas. Para entonces la molestia ya era una compañera habitual. Las noches se acortaron.

Un fin de semana ya no pudiste levantarte del sofá, de lo mal que te encontrabas. Ese mismo lunes, con más vergüenza que otra cosa, fuiste a ver a tu doctora. Te encontraste con su entrega habitual. Tampoco la notaste especialmente preocupada mientras te comentaba que iba a pedirte una analítica de sangre y una radiografía. Eso te tranquilizó. Probablemente veía a menudo casos como el tuyo y pronto daría con lo que te estaba pasando. Te cambió las pastillas por otras nuevas. Te pidió cita con la enfermera. Te vería en una semana. Salió al pasillo a llamar al siguiente. La molestia te acompañó de vuelta a casa.

Ilustr. Presencia amenazante. R. Motherwell

¿Cómo explicar lo que sentiste cuando te llegaron los primeros resultados? Todas las pruebas salieron normales. Parece que está todo bien, dijo la doctora. Se quedó pensativa unos segundos. El teléfono de la consulta comenzó a sonar, pero no quiso descolgar. Ella no veía nada de lo que preocuparse pero, por si acaso, le pediría su opinión al especialista. Te entregó el volante de derivación mientras te acordabas de aquella vez que ingresaron a tu padre. No te habían encontrado nada, pero tampoco aparecía el alivio por ningún lado. En casa ya sabían que lo mejor era no preguntar. Durante la cena, se oían los cubiertos tintinear.


La primera crisis de ansiedad te llevó al hospital con una semana de adelanto. Los de la ambulancia que te atendió en plena calle le quitaron hierro al asunto. Le pasa a mucha gente. Uno cree que se va a morir, pero con una pastilla bajo la lengua se pasa. No es nada grave, pero por si acaso que le hagan un electro. Un joven de mirada cansada te atendió en urgencias, y pareció alegrarse al escuchar de tu boca que pronto te iba a ver el especialista. Firmó el informe antes de entregártelo en mano. Y pida la baja, te recomendó.

Lo que vino después tampoco fue mucho mejor. Llegaste a perder la cuenta de los especialistas que te atendieron. Y puedes dar fe de que viste de todo. Gente solvente, profesionales muy amables, otros con la actitud de quien le está haciendo un favor a alguien más bien inoportuno. Palabras más técnicas, frases más vagas y generales; gente campechana, que te hablaba desde el sentido común. Diferentes explicaciones. Probabilidades, algún diagnóstico, pero todo provisional. Hacían falta más pruebas. Para entonces la molestia había ido creciendo dentro de ti. A veces notabas cómo se aventuraba hacia otro lado de tu cuerpo. Nadie se daba cuenta, pero eso te estaba ganando. Aparecían sensaciones nuevas. Si durante unos segundos la molestia se ausentaba, estabas muy pendiente de registrar su regreso. La recibías con un pálpito. Con frecuencia te acordabas de lo bien que estabas antes. Antes de que todo esto empezara. Y eso te robaba el ánimo y las fuerzas. Te desesperabas.

Volvías a los tres, seis, dos meses en el mejor de los casos. Los especialistas te invitaban a sentarte frente a ellos con visible buen humor. Te hacían partícipes de la buena noticia: no tiene usted nada. Pero aquello dolía como una pedrada. Ellos quedaban satisfechos, aliviados. Pero tras la segunda o la tercera visitas, empezaban a impacientarse. Como si no hubieras captado el mensaje. Te hablaban de operar, aunque no podían asegurar resultados. O te enviaban a explorar otra rama de la medicina. Tú querías hacer lo que fuera por mejorar. 

Ilutrs. R. Motherwell
Las jugadas que nos llega a gastar la cabeza las vas conociendo bien. Más de una vez deseaste que apareciera un buen asterisco en las analíticas, o varias manchas en el TAC. Lo que fuera. Algo que explicara lo que estaba pasando. Que se llevase de un plumazo la sensación de que tu molestia ni siquiera tenía la capacidad de llegar a ser “algo”. Porque lo tuyo es real, aunque cada vez escuches más las fatídicas palabras clavándose en tu pecho: es todo de la ansiedad, de la depresión... como si tuvieras la culpa de lo que te sucede. Como si fuera algo inventado. ¿Cómo no vas a sentirte una ruina con todo lo que vienes pasando?

No te encuentran nada, pero lo van a tener que encontrar. No vas a parar.

Porque tú sientes algo. Y de eso nunca has dudado. Aunque insisten en que te alegres, que todo está normal. Y sin embargo ya apenas sales de casa. Pusiste las ganas a hibernar, hasta que vengan tiempos mejores. Con todo lo que has pasado aún encima te dicen que hagas más. ¿Cómo no ibas a acabar en la consulta del psiquiatra?

Y todo eso me cuentas ahora que tenemos algo más de tiempo.

Lo que aprendiste durante este trayecto lo recordaremos otro día, si quieres.