miércoles, 25 de noviembre de 2015

¿Qué estamos haciendo mal? A vueltas con las pautas.

 Continuamos esta serie de entradas dedicadas a los problemas de convivencia con menores.
Aquí la primera de ellas: "No sé qué hacer con mi hij@"

Ilustr. Calvin & Hobbes. Bill Waterson.
A veces en un hogar previamente apacible comienzan a aparecer rabietas que desbordan a los padres, discusiones en torno a la falta de colaboración en casa, preocupación ante un bajón en el rendimiento académico... Los padres pueden preguntarse si estarán haciendo algo mal, si no se estarán equivocando en algo. Esa posibilidad a veces genera tanta culpa que ésta pasa a convertirse en una desagradable una “patata caliente” lista para ser arrojada al “problemático” menor, aunque no seamos muy conscientes del proceso.

Antes de nada es de justicia reconocer que, al criar a sus hijos, todo padre o madre hace lo que puede. Como se suele decir, los niños no vienen al mundo con un manual de instrucciones. Y resulta obvio decir que prácticamente nadie quiere hacer daño a sus hijos.

Sin embargo no siempre acertamos.
Por eso es bueno recordar rápidamente la diferencia entre culpa y responsabilidad.
Alguien es culpable si actúa a sabiendas de que hacerlo de determinada manera tendrá unas consecuencias concretas (generalmente negativas). En la culpa hay una intención más o menos directa de provocar lo que acaba ocurriendo, o bien un rechazo a tener en cuenta las consecuencias.

Ilustr. Calvin & Hobbes. Bill Waterson.
En cambio, somos responsables cuando somos capaces de entender que nuestros actos tienen consecuencias, y nos comprometemos con este hecho para que, al actuar, las cosas salgan lo mejor posible. Puede que surjan consecuencias indeseadas, pero desde luego esa no es la intención.

Por lo tanto, muy pocas personas son culpables de los problemas con los hijos, pero todos somos en cierta medida responsables. Nuestras acciones tienen consecuencias y debemos aprender a vivir con este hecho, sin atribuir lo que ocurre a las intenciones de una única persona.

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Esto, llevado al tema que nos ocupa, se traduce en que, por supuesto, el menor debe aprender a comportarse “adecuadamente” (y ponerlo en práctica), pero es responsabilidad de los padres el ayudarle a conseguirlo a través de la educación. Se trata de una tarea compartida, mediante la cual se transmite progresivamente la responsabilidad desde los padres (quienes inicialmente la monopolizan) hacia los hijos, hasta alcanzar ese momento en que serán plenamente autónomos.

Para llegar a buen puerto en la educación de los hijos normalmente no hace falta la orientación de ningún profesional. La mayor parte de familias se las apaña bastante bien gracias a la suma del sentido común de los padres y la “buena madera” de los hijos. Salvo dificultades importantes las familias resultan sistemas muy flexibles, por lo que suelen ser capaces de adaptarse a los cambios y superar los conflictos que nos trae la vida sin mayores problemas.

Nuestro papel como profesionales de la salud mental tiene más de sentido cuando los comportamientos conflictivos se enquistan en el tiempo o, por su intensidad (autolesiones, agresiones) desbordan la capacidad de la familia para metabolizarlas. Una de las cosas que suele impedir superar estas situaciones con éxito es que a veces las alteraciones de conducta son lo suficientemente molestas o angustiosas como para enrarecer rápidamente el clima familiar. La clave con estas alteraciones de conducta (un tecnicismo utilizado frecuentemente para definir cualquier cosa que alguien haga y moleste a otra persona) no suelen encontrarse tanto en el acto en sí mismo, sino en las consecuencias que probablemente acabarán teniendo sobre las relaciones familiares.

Cuando la tensión alcanza determinado punto los miembros de la familia pueden tardar tiempo en calmarse de nuevo, por lo que no es raro que se activen actitudes de excesiva vigilancia y reproches que rápidamente sentarán las bases de un círculo vicioso. El problema fundamental de un círculo vicioso se hace patente cuando los intentos de las partes para ponerle solución solo sirven para añadir más leña al fuego. Es típico percibir que, al mismo tiempo que el sufrimiento aumenta, disminuye la capacidad de saber qué está ocurriendo exactamente. Al final uno acaba tan inmerso en el problema que acaba perdiendo por completo la perspectiva del conjunto.

Ilustr. Zits. Jerry Scott & Jim Borgman.
El profesional, en estas situaciones, tiene dos ventajas.
En primer lugar, al ser personajes “recién llegados” al drama podemos observar sin tomar partido. Desde nuestra posición es más sencillo observar el círculo vicioso desde fuera. Así, podemos hacer de vigías, que describen lo que ven desde su precaria atalaya.
Otra ventaja que aporta el profesional es el conocimiento técnico que, no siendo enorme, sí nos hace disponer de algunas bases sólidas que nos permiten afirmar qué cosas suelen agravar o mejorar la situación, independientemente del caso.

Por supuesto cada caso individual es único, y ahí radicará el grueso de nuestro trabajo. Es necesario disponer de mucha información acerca de quién es ese supuesto menor problemático, quiénes son sus padres, si hay hermanos o no, cómo fue la relación de los abuelos con sus hijos, al servicio de qué están las conductas que tanto preocupan ahora a los padres o de dónde surge su angustia...

Ilustr. Calvin & Hobbes. Bill Waterson.
Todo esto deberá ser abordado en consulta, y la primera conclusión que deberíamos sacar todos los implicados en la terapia es que nunca hay un solo culpable, sino varias personas responsables, cada una en su medida. Y hará falta un poco de paciencia antes de dar con la solución a lo que suele ser un conflicto ya viejo cuando llega a consulta. Lo primero probablemente será poner frenos a las conductas más generadoras de angustia, pero estando dispuestos a escuchar genuinamente el sufrimiento que suele haber oculto detrás de ellas.

Como decíamos en el post anterior, las bombas de relojería que estallan en la adolescencia se suelen armar durante la infancia. Por este motivo, cuanto antes nos apliquemos en desativarlas, mejor para todos.

Aquí queremos enlazaros un documento con 12 consejos orientados a la creación de hábitos. Deben ser consideradas como una estructura mínima para que el menor sea capaz de organizar su comportamiento. 


La mayoría de padres sentirán al leerlas que siempre han formado parte de su estilo educativo. Sin embargo otras personas podrán darse cuenta de que quizás, en el fragor del conflicto o con el paso del tiempo han ido abandonando aspectos que eran importantes.

Para terminar, y como complemento a la lista, os enumeramos algunos de los errores más frecuentes a evitar:

· Existe división entre los padres, con diferentes posturas respecto a la educación de los hijos: no hay nada que dinamite a mayor velocidad la educación (y la pareja) que aplicar criterios diferentes frente a los hijos. Las discrepancias, lógicas y normales, han de estar negociadas para presentar una postura común al menor.

· Poner normas que no son coherentes con nuestra conducta: los adolescentes son especialmente poco compasivos con las contradicciones que detectan en sus padres, y con razón.

· No respetar los acuerdos o levantar prematuramente los castigos: la inconsistencia en la aplicación de las consecuencias simplemente debilita cualquier norma que intentemos promover.

· No hablar acerca de lo sucedido tras una discusión: puede ser tentador olvidarse del tema cuando por fin todo está más tranquilo, pero eso solo hará que el problema se repita y que acumulemos resentimiento.

· Razonar excesivamente con el menor en la esperanza de que no se enfade o disguste: lógicamente es necesario que tenga una explicación sensata de por qué los padres han decidido que será beficioso para él actuar de determinada manera, pero la norma no admite discusión con el hijo.

· Condicionar el amor a la conducta: puede ser extremedamente angustioso para algunos menores sentir que pueden perder el amor de sus padres en función de lo que hagan. A veces esta angustia se presenta precisamente como actitudes rebeldes que pretenden poner este amor a prueba. Sin embargo el amor debe ser incondicional, y se debe emplear cualquier medio para que el menor lo pueda entender así.

· Ceder a la angustia: si hubiera que resumir todos los puntos previos en uno diríamos que, en general, los fallos en la educación tiene que ver con la necesidad de los propios padres de no sufrir tanto. Hacer lo que toca casi nunca es sencillo. Y si sabemos lo que queremos hacer y por qué, será más fácil asumir el coste inevitable.

En la próxima entrada reflexionaremos acerca de las trabas que hoy en día se encuentran los padres para poder llevar todo esto a cabo.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

No sé qué hacer con mi hij@

Cada vez llegan más adolescentes a nuestra consulta.

Y cuando decimos adolescentes nos referimos a chicos y chicas que pueden ir desde los 14, 15 o 16 años hasta la veintena larga. A pesar de la disparidad de edades, estos jóvenes suelen tener algo en común, y es que sus padres están muy preocupados.

Ilustr. Gettyimages.es
A veces estos padres vienen solos y nos cuentan que no saben qué hacer, que no ven ningún tipo de motivación por parte del chaval (estadísticamente suelen ser varones), que no lo ven reaccionar a pesar de que se intenta razonar con él, que se muestra constantemente hostil aunque se le trate con cariño, o incluso que se muestra agresivo (levantando la voz, golpeando algún mueble) cuando no consigue lo que quiere. En algunos casos dramáticos hay agresiones físicas o un clima de constante amenaza que hace imposible la convivencia.

Las etiquetas que se le pueden colgar al problema son muy diversas: "alteraciones de conducta", "abuso de las nuevas tecnologías", "adicción al cánnabis, al alcohol, etc". Es parte de nuestro trabajo como psiquiatras descartar que bajo estas conductas no exista encubierto un problema más grave como una depresión, un trastorno de ansiedad o un cuadro psicótico incipiente. Estas posibles causas a veces están presentes, y es bueno tenerlas en mente para no pasarlas por alto. Pero lo cierto es que son poco frecuentes.

Lo más habitual es que nos encontremos ante un adolescente esencialmente sano que no ha llegado a adquirir un verdadero control de sí mismo, y unos padres que se las ven y se las desean para intentar controlarle ahora que es más grande, tiene más energía y se ve apoyado/presionado por su entorno de amigos.

Cuando se llega a la consulta de un profesional de la salud mental normalmente se han intentado algunas cosas, entre ellas ver si con un poco de paciencia al joven se le acaba pasando "el pavo". Cuando esto no es así y la conducta empeora, cunde la desesperación. No es raro percibir en estos padres sentimientos de vergüenza o de fracaso. Pareciera como si el menor de edad (o no tan menor) hubiera conseguido doblegar sin mucho esfuerzo a personas hechas y derechas, tan normales en el resto de áreas de su vida como cualquier otro.

Por eso, una vez expuesto el problema, no es raro que los padres acaben poniendo sobre la mesa la siguiente petición: "Necesitamos pautas".



El éxito de de programas televisivos como "Supernanny" o "Hermano Mayor" es la expresión más visible de lo que estamos hablando.

Una de las enseñanzas que nos regalan estos programas es que más vale prevenir que curar. Los problemas de la adolescencia suelen ser bombas de relojería que se arman durante la infancia.

Y es que es entonces, durante la infancia y no tanto durante la adolescencia, cuando más rendimiento tienen las pautas. En realidad resulta complicado reconducir en 2 o 3 años lo que lleva fraguándose los diez años previos, en los que se ponen los cimientos de la personalidad.

Ilustr. Zits, de Jim Borgman.

"Los problemas de la adolescencia suelen ser bombas de relojería que se arman durante la infancia."



Por eso lo primero que transmitimos a los padres de chavales adolescentes es que las pautas no serán soluciones rápidas. Con esto ocurre lo mismo que con las dietas de adelgazamiento. En sí mismos, 5 o 6 consejos servirán de poco. A lo que debemos aspirar es a introducir cambios reales y duraderos en la forma de vivir de la familia. Los beneficios casi siempre aparecerán en el largo plazo. Es necesario introducir nuevas rutinas, algunas incómodas, y persistir en ellas sin esperar ver un resultado inmediato. Y eso nos cuesta mucho.

¿Entonces a qué nos referimos con pautas? ¿De qué tipo de cambios estamos hablando?

Las pautas ofrecidas por el profesional deberían traducirse en estilos de educación diseñados y defendidos por ambos padres, consistentes a lo largo de los años y basados en la recompensa y en el castigo. El profesional no influye en el contenido de la educación. No es nuestro papel. Nuestras recomendaciones se centran en la forma en que dichas normas se diseñan y aplican para que tengan efectividad.

El resultado que esperamos al aplicar dichas pautas tiene que ser el llegar a generar un espacio normativo seguro dentro del cual el menor tiene claro hasta dónde puede y hasta donde no debe llegar su conducta, y cuáles serían las consecuencias tanto si respeta como si viola las normas.

No es posible acertar siempre ni hacerlo bien el cien por cien del tiempo, pero si lo conseguimos la mayoría de las veces, el menor crecerá en un entorno con capacidad para guiarle y protegerle de sí mismo.

La misión de los padres es hacer que sus hijos logren ser personas autónomas para el momento en que la sociedad los reclame como adultos de derecho.



Seguiremos tratando la problemática de los adolescentes en próximos posts. En ellos reflexionaremos acerca de por qué hoy en día nos resulta más difícil educar personas autónomas, veremos algunos errores comunes que a veces cometen los padres, y trataremos el que probablemente sea el talón de aquiles de nuestra generación: la baja tolerancia a la frustración.

lunes, 26 de octubre de 2015

Este Otoño retomamos el camino.

Ilustr. Autumn. Watercolor. Amber Alexander.

Seguro que habéis notado como, poco a poco, se reducía la actividad de Anábasis hasta detenerse alrededor de marzo.

El motivo es que los dos autores de este blog hemos pasado unos meses muy intensos a nivel personal y profesional, por lo que lo hemos tenido difícil para seguir cultivando este espacio de reflexión.

Pero el Otoño trae aires nuevos.

Os anunciamos que queremos retomar las actualizaciones con ánimos renovados y algunos cambios en la estructura de la página.

A partir de ahora las entradas del blog se dividirán en 4  secciones, cada una con su tema particular:

1) Reflexiones: aquí intentaremos compartir con vosotros todo lo que sabemos y vamos aprendiendo acerca de este mundo que llamamos de la salud mental. Eso incluye revisar la gama de formas en que aparece el sufrimiento (desde lo más cotidiano a la cruda patología), el papel de la psiquiatría como rama de la medicina, así como esos conceptos no siempre claros acerca de nuestro oficio que pueden acabar generando dudas, mitos o malentendidos.

2) En consulta: hablaremos precisamente de eso, lo que sucede en una consulta. Será una sección que nos servirá para ilustrar algunas de las dudas más comunes (¿en qué se diferencian psicólogo y psiquiatra?, ¿para qué sirve tomar medicación?...), esas que surgen cuando alguien se pone en tratamiento o se está planteando pedir ayuda a un profesional de la salud mental y no lo tiene claro.

Además, la consulta es para nosotros una fuente muy importante de experiencias que nos sirven para actualizar nuestra forma de trabajar y pensar. Manteniendo siempre la confidencialidad incluiremos algunas de esas experiencias basadas en casos reales, con el fin de que puedan ser una fuente de apoyo a personas que estén atravesando una situación parecida.

3) Reseñas: nos gusta leer y aprender cosas nuevas, pero también compartir las que pensamos que tienen más valor tanto para profesionales como para el público general. Analizaremos libros, documentales, películas y alguna serie. En Anábasis pensamos que es importante equilibrar la fría teoría con el sentido común que surge de vivir el arte. Todo ello imprescindible para comprender el funcionamiento de la mente y su mundo de relaciones.

4) Herramientas: por último, en esta sección iremos colgando muchos de los recursos que hemos ido recopilando y creando a lo largo de nuestros años de trabajo. Bibliografía en PDF, consejos para el control de la ansiedad, para el descanso nocturno, guías de actuación, pautas para casos concretos, encuestas, etc. Esperamos que os sean de utilidad.

Por supuesto esperamos ansiosos vuestras aportaciones y comentarios para que nos ayuden a enriquecer este camino de crecimiento que nunca termina.

Camilo Vázquez y Olga Bautista

miércoles, 4 de marzo de 2015

De vuelta a la medicina. La Casa de Dios, de Samuel Shem.

Hace más o menos un año colgamos en este blog de psiquiatría y psicoterapia una entrada sobre un libro de relatos, Doctor Krupov. Pensamos que es buen momento para repetir. 

Es un tópico afirmar que leer buena literatura enriquece a las personas. En el caso de los profesionales de la salud no sólo es algo que nos sienta bien, como al resto, sino que se convierte en una parte absolutamente necesaria de la imprecisa mezcla que quizás dé lugar a un buen profesional. Sin embargo, esto que cada día tenemos más claro, no siempre se dice ni mucho menos aparece reflejado en los programas oficiales.

Somos de la opinión de que, en la mente en la que no encontramos cultura general, donde no hay suficientes lecturas o experiencias de vida, se extiende un vasto hueco de conocimiento, como un solar despejado. Se trata éste de un tesoro codiciado por todos los líderes de opinión de la historia: una mente deseando encontrar explicaciones, especialmente cuando acucie la angustia (y ese momento siempre llega) ante lo desconocido. Una mente manipulable, a través del miedo.

Si no hemos vivido o disfrutado de esa maravillosa vida vicaria que es la lectura, todo ese espacio mental se irá llenando de teorías y construcciones racionales. No hay nada más peligroso para las personas que una cabeza llena de teorías sin un sentido común que le añada los matices y las ordene. Parece que en salud mental lo vamos teniendo más claro, pero ¿qué pasa con el resto de la medicina?.

Cuando los autores de este blog colaborábamos en el portal de reseñas literarias El Mar de Tinta, creímos que era imprescindible rescatar uno de los libros que mejor refleja este peligro. Aunque hayan pasado 40 años desde que se publicó, esta novela de médicos sigue siendo una de las lecturas básicas para que los médicos no pierdan el rumbo entre cantos de sirena.

Se trata de una lectura que recomendamos a cualquier profesional sanitario, pero también al público general. Muchas veces son nuestros pacientes los que nos recuerdan que debemos permitirnos sufrir y, volviendo a ser humanos, conectar con ellos. Perderse esto es obviar una de las circunstancias que hace maravilloso nuestro trabajo: la reciprocidad.

Os dejamos con la reseña.


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LA CASA DE DIOS

Mucho antes del enorme éxito de la ficción sanitaria televisiva fue una novela la que vino a ventilar el hermético mundo de las batas blancas. Ya desde su primera edición, La casa de Dios se convirtió en el libro de referencia para todos aquellos infelices que, año tras año, culminan sus estudios de medicina sin saber realmente lo que les deparará el futuro. Las respuestas, desde entonces, se las brinda magistralmente Samuel Shem.

Salvar vidas. Ese es el lema que traen por bandera los jóvenes licenciados que, como Roy Basch, inician su internado tras los muros de la prestigiosa Casa de Dios. Pero la realidad del hospital pronto se encargará de desmentir cualquier ilusión en torno a gestas heroicas, diagnósticos enrevesados o a la más que improbable curación. A medida que se vayan viendo impregnados en sangre, heces, y otros fluidos corporales, los incautos médicos irán comprendiendo que la Medicina de los libros de texto ha transmutado en algo totalmente inesperado y absurdo. Guiados por la cínica y pantagruélica figura de El Gordo, Roy y sus compañeros de promoción, tratarán de sobrevivir cuerdos a la inhumana tarea de preservar la salud de los otros.

Las leyes de la Casa de Dios.

Salvando los precedentes de Anatomía de un hospital (1971), la cinta de Arthur Hiller que retrató el rocambolesco derrumbe de un hospital neoyorkino sobre sus cimientos, y la Némesis Médica (1975) de Ivan Illich, el mundo de la medicina había sido siempre respetado como la vaca más sagrada de la sociedad moderna. Esta novela, marcadamente autobiográfica y amparada tras el seudónimo de Shem, fue pionera en cuanto a hacer pública una realidad que poco tenía que ver con el romántico ideal de la medicina de antaño. Embelesada por los avances tecnológicos, desbordada a nivel organizativo y sorda al padecimiento de pacientes y profesionales, la medicina hospitalaria movía sus engranajes emitiendo un continuo y enmarañado lamento.

Samuel Shem (Stephen Bergman) tuvo la oportunidad de captar ese lamento y plasmarlo en primera persona, creando una novela que recoge de forma vívida la confusión que suele acompañar a lo nuevo. Pero incluso en aquellos convulsos años setenta no todo era caos en La Casa de Dios. Como bien se encargará El Gordo de transmitir a “sus polluelos” a lo largo de la novela, en La Casa existen una serie de reglas que conviene conocer antes de le destrocen a uno. Porque, aunque apócrifas y en apariencia ridículas, estas leyes no escritas se demostrarán irrebatibles una y otra vez.

Las dos primeras hacen referencia a los GOMER (“Get Out of My Emergency Room!”). Y es que “los GOMER nunca mueren” (primera ley) y además “se van al suelo” (segunda ley). Estos pacientes, ancianos demenciados, socialmente deshauciados, “que habrían muerto tiempo atrás si no fuera por nuestro empeño en mantenerlos vivos a toda costa” se revelarán desde el primer día como las víctimas y verdugos de aquel médico que intente curarlos. Asumir las dos primeras leyes supondrá empezar a captar a los GOMER, en su semi-inmortalidad, como lo que son: la arenilla que hace crujir la maquinaria de un sistema atascado en sus propias contradicciones.


La gran mentira de la medicina moderna.

Estudiar. Trabajar. Darlo todo por los pacientes. Dejarse la piel hasta salvarlos. Ese es el mandato que los responsables docentes transmitirán a unas mentes ávidas de conocimiento. Solicitar pruebas diagnósticas. Corregir. Intervenir. Repetir el proceso si algo falla. Insistir. Pero incluso los aprendices más entusiastas comprobarán que algo no acaba de cuadrar.

Agotados por las furiosas noches de guardia, aturdidos ante las muertes sin sentido y las supervivencias más deshonrosas, náugrafos ante su propio deseo de vivir y la emoción de los apresurados líos de cama, Roy, Chuck, Runt el Enano y el sureño Potts se encontrarán librando una batalla para la que su mejor arma será la desobediencia. “Acicalar y largar”, “rebotar” a los pacientes, “ubicar” lejos del hospital y la más importante: “no hacer más daño”. “No hacer nada” como actitud vital. Aceptar humildemente la derrota que uno comienza a sufrir en el mismo momento en que, por miedo a la muerte, cae en la trampa de intentar “curar” a cualquier precio.

A lo largo de todo un año de formación, y envueltos en la indignación paralela del escándalo Watergate, abrirán los ojos a una realidad diametralmente opuesta a la versión oficial. Sea cual sea la rotación: Medicina Interna, Cuidados Intensivos, Aparato Digestivo... todas tendrán en común ese callado desencuentro entre la flamante mitología de la profesión y el desamparo de los internos. Víctima a su vez de un sueño secular, la curtida jerarquía se verá incapaz de abandonar la ilusión de la domesticación de la realidad: empaquetar la enfermedad. Llamarla conocimiento. Intentar poseerla. Creer obtusamente que uno la tiene dominada. Y entregar la propia vida a esa causa perdida.

A esta brecha generacional se le unirán sus hijos bastardos: el chantaje vocacional, la negación de la evidencia, la fosa común de las emociones prohibidas y las defensas a flor de piel. Tal y como intentará hacerle entender la intuitiva novia de Roy Basch, mientras los internos se pregunten si no estarán ellos locos en lugar del mundo, el gran secreto de los popes de la medicina moderna seguirá oculto tras las botellas vacías, los matrimonios agostados y una mancha indeleble sobre el asfalto del aparcamiento de La Casa de Dios.


Camino de salvación.

La novela de Shem puede ser leída como la historia del maltrato institucional al médico en formación, situación que, sin ser la que era hace treinta y cinco años, no ha cambiado tanto como para que la popularidad de la obra decaiga. Es también un alegato lúcido contra la iatrogenia y otros excesos de la medicalización de la sociedad, reclamando como alternativa la restitución del humanismo como eje inexcusable de la atención sanitaria.

El estilo de Shem, preservado en su esencia por la traducción de Jesús Zulaika, consigue transmitir esta profunda sabiduría sin renunciar a sacudir, a emocionar. El lenguaje es plástico, carnal, ácido, y se permite algún arrebato de lirismo. El tono, a veces tierno, a veces despiadado, es siempre honesto y lleno de pasión. La sensualidad está presente en muchos pasajes, algo muy de su época y que se viene a sumar a otros ecos del clíma contracultural en el que se concibió la novela.


Pero algo muy contemporáneo late entre líneas, manteniendo su atractivo. Algo que va mucho más allá de la dureza del trabajo de cuidar humanos, y de la necesidad de rebelarse, aunque sea silenciosamente, ante los abusos del poder. Shem no sólo habla de resistir. Propone la unión como única forma real de vida. La Casa de Dios nos habla del poder curativo de la relación. No ha de extrañar a nadie que Shem se hiciera finalmente psiquiatra, y que de esa experiencia acabara surgiendo una segunda novela, secuela de La Casa de Dios. Pero eso daría para otra reseña.


El autor ofrece una charla acerca de su obra, que gira en torno al poder de la relación.