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miércoles, 4 de marzo de 2015

De vuelta a la medicina. La Casa de Dios, de Samuel Shem.

Hace más o menos un año colgamos en este blog de psiquiatría y psicoterapia una entrada sobre un libro de relatos, Doctor Krupov. Pensamos que es buen momento para repetir. 

Es un tópico afirmar que leer buena literatura enriquece a las personas. En el caso de los profesionales de la salud no sólo es algo que nos sienta bien, como al resto, sino que se convierte en una parte absolutamente necesaria de la imprecisa mezcla que quizás dé lugar a un buen profesional. Sin embargo, esto que cada día tenemos más claro, no siempre se dice ni mucho menos aparece reflejado en los programas oficiales.

Somos de la opinión de que, en la mente en la que no encontramos cultura general, donde no hay suficientes lecturas o experiencias de vida, se extiende un vasto hueco de conocimiento, como un solar despejado. Se trata éste de un tesoro codiciado por todos los líderes de opinión de la historia: una mente deseando encontrar explicaciones, especialmente cuando acucie la angustia (y ese momento siempre llega) ante lo desconocido. Una mente manipulable, a través del miedo.

Si no hemos vivido o disfrutado de esa maravillosa vida vicaria que es la lectura, todo ese espacio mental se irá llenando de teorías y construcciones racionales. No hay nada más peligroso para las personas que una cabeza llena de teorías sin un sentido común que le añada los matices y las ordene. Parece que en salud mental lo vamos teniendo más claro, pero ¿qué pasa con el resto de la medicina?.

Cuando los autores de este blog colaborábamos en el portal de reseñas literarias El Mar de Tinta, creímos que era imprescindible rescatar uno de los libros que mejor refleja este peligro. Aunque hayan pasado 40 años desde que se publicó, esta novela de médicos sigue siendo una de las lecturas básicas para que los médicos no pierdan el rumbo entre cantos de sirena.

Se trata de una lectura que recomendamos a cualquier profesional sanitario, pero también al público general. Muchas veces son nuestros pacientes los que nos recuerdan que debemos permitirnos sufrir y, volviendo a ser humanos, conectar con ellos. Perderse esto es obviar una de las circunstancias que hace maravilloso nuestro trabajo: la reciprocidad.

Os dejamos con la reseña.


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LA CASA DE DIOS

Mucho antes del enorme éxito de la ficción sanitaria televisiva fue una novela la que vino a ventilar el hermético mundo de las batas blancas. Ya desde su primera edición, La casa de Dios se convirtió en el libro de referencia para todos aquellos infelices que, año tras año, culminan sus estudios de medicina sin saber realmente lo que les deparará el futuro. Las respuestas, desde entonces, se las brinda magistralmente Samuel Shem.

Salvar vidas. Ese es el lema que traen por bandera los jóvenes licenciados que, como Roy Basch, inician su internado tras los muros de la prestigiosa Casa de Dios. Pero la realidad del hospital pronto se encargará de desmentir cualquier ilusión en torno a gestas heroicas, diagnósticos enrevesados o a la más que improbable curación. A medida que se vayan viendo impregnados en sangre, heces, y otros fluidos corporales, los incautos médicos irán comprendiendo que la Medicina de los libros de texto ha transmutado en algo totalmente inesperado y absurdo. Guiados por la cínica y pantagruélica figura de El Gordo, Roy y sus compañeros de promoción, tratarán de sobrevivir cuerdos a la inhumana tarea de preservar la salud de los otros.

Las leyes de la Casa de Dios.

Salvando los precedentes de Anatomía de un hospital (1971), la cinta de Arthur Hiller que retrató el rocambolesco derrumbe de un hospital neoyorkino sobre sus cimientos, y la Némesis Médica (1975) de Ivan Illich, el mundo de la medicina había sido siempre respetado como la vaca más sagrada de la sociedad moderna. Esta novela, marcadamente autobiográfica y amparada tras el seudónimo de Shem, fue pionera en cuanto a hacer pública una realidad que poco tenía que ver con el romántico ideal de la medicina de antaño. Embelesada por los avances tecnológicos, desbordada a nivel organizativo y sorda al padecimiento de pacientes y profesionales, la medicina hospitalaria movía sus engranajes emitiendo un continuo y enmarañado lamento.

Samuel Shem (Stephen Bergman) tuvo la oportunidad de captar ese lamento y plasmarlo en primera persona, creando una novela que recoge de forma vívida la confusión que suele acompañar a lo nuevo. Pero incluso en aquellos convulsos años setenta no todo era caos en La Casa de Dios. Como bien se encargará El Gordo de transmitir a “sus polluelos” a lo largo de la novela, en La Casa existen una serie de reglas que conviene conocer antes de le destrocen a uno. Porque, aunque apócrifas y en apariencia ridículas, estas leyes no escritas se demostrarán irrebatibles una y otra vez.

Las dos primeras hacen referencia a los GOMER (“Get Out of My Emergency Room!”). Y es que “los GOMER nunca mueren” (primera ley) y además “se van al suelo” (segunda ley). Estos pacientes, ancianos demenciados, socialmente deshauciados, “que habrían muerto tiempo atrás si no fuera por nuestro empeño en mantenerlos vivos a toda costa” se revelarán desde el primer día como las víctimas y verdugos de aquel médico que intente curarlos. Asumir las dos primeras leyes supondrá empezar a captar a los GOMER, en su semi-inmortalidad, como lo que son: la arenilla que hace crujir la maquinaria de un sistema atascado en sus propias contradicciones.


La gran mentira de la medicina moderna.

Estudiar. Trabajar. Darlo todo por los pacientes. Dejarse la piel hasta salvarlos. Ese es el mandato que los responsables docentes transmitirán a unas mentes ávidas de conocimiento. Solicitar pruebas diagnósticas. Corregir. Intervenir. Repetir el proceso si algo falla. Insistir. Pero incluso los aprendices más entusiastas comprobarán que algo no acaba de cuadrar.

Agotados por las furiosas noches de guardia, aturdidos ante las muertes sin sentido y las supervivencias más deshonrosas, náugrafos ante su propio deseo de vivir y la emoción de los apresurados líos de cama, Roy, Chuck, Runt el Enano y el sureño Potts se encontrarán librando una batalla para la que su mejor arma será la desobediencia. “Acicalar y largar”, “rebotar” a los pacientes, “ubicar” lejos del hospital y la más importante: “no hacer más daño”. “No hacer nada” como actitud vital. Aceptar humildemente la derrota que uno comienza a sufrir en el mismo momento en que, por miedo a la muerte, cae en la trampa de intentar “curar” a cualquier precio.

A lo largo de todo un año de formación, y envueltos en la indignación paralela del escándalo Watergate, abrirán los ojos a una realidad diametralmente opuesta a la versión oficial. Sea cual sea la rotación: Medicina Interna, Cuidados Intensivos, Aparato Digestivo... todas tendrán en común ese callado desencuentro entre la flamante mitología de la profesión y el desamparo de los internos. Víctima a su vez de un sueño secular, la curtida jerarquía se verá incapaz de abandonar la ilusión de la domesticación de la realidad: empaquetar la enfermedad. Llamarla conocimiento. Intentar poseerla. Creer obtusamente que uno la tiene dominada. Y entregar la propia vida a esa causa perdida.

A esta brecha generacional se le unirán sus hijos bastardos: el chantaje vocacional, la negación de la evidencia, la fosa común de las emociones prohibidas y las defensas a flor de piel. Tal y como intentará hacerle entender la intuitiva novia de Roy Basch, mientras los internos se pregunten si no estarán ellos locos en lugar del mundo, el gran secreto de los popes de la medicina moderna seguirá oculto tras las botellas vacías, los matrimonios agostados y una mancha indeleble sobre el asfalto del aparcamiento de La Casa de Dios.


Camino de salvación.

La novela de Shem puede ser leída como la historia del maltrato institucional al médico en formación, situación que, sin ser la que era hace treinta y cinco años, no ha cambiado tanto como para que la popularidad de la obra decaiga. Es también un alegato lúcido contra la iatrogenia y otros excesos de la medicalización de la sociedad, reclamando como alternativa la restitución del humanismo como eje inexcusable de la atención sanitaria.

El estilo de Shem, preservado en su esencia por la traducción de Jesús Zulaika, consigue transmitir esta profunda sabiduría sin renunciar a sacudir, a emocionar. El lenguaje es plástico, carnal, ácido, y se permite algún arrebato de lirismo. El tono, a veces tierno, a veces despiadado, es siempre honesto y lleno de pasión. La sensualidad está presente en muchos pasajes, algo muy de su época y que se viene a sumar a otros ecos del clíma contracultural en el que se concibió la novela.


Pero algo muy contemporáneo late entre líneas, manteniendo su atractivo. Algo que va mucho más allá de la dureza del trabajo de cuidar humanos, y de la necesidad de rebelarse, aunque sea silenciosamente, ante los abusos del poder. Shem no sólo habla de resistir. Propone la unión como única forma real de vida. La Casa de Dios nos habla del poder curativo de la relación. No ha de extrañar a nadie que Shem se hiciera finalmente psiquiatra, y que de esa experiencia acabara surgiendo una segunda novela, secuela de La Casa de Dios. Pero eso daría para otra reseña.


El autor ofrece una charla acerca de su obra, que gira en torno al poder de la relación.

domingo, 30 de marzo de 2014

Doctor Krupov. El guiño ruso a la sinrazón.


Editorial Ardicia. Portada de Frida Stenmark.

Esta semana, para despedir el mes, nos gustaría salirnos un poco del marco terapéutico en el que los profesionales tendemos a encasillarnos, acomodados en la inagotable teoría, aturdidos por los lances de la consulta diaria. Haremos para ello una pequeña incursión literaria de la mano de varios compañeros de excepción.

 Nunca es mal momento para mirar más allá del propio ombligo, pero es probable que en este marzo del catorce hasta el más desinformado se haya visto más o menos obligado a contemplar el regreso a los escenarios de ese personaje eterno de la Historia que viene siendo Rusia, nuestro nebuloso antihéroe de referencia.

Vía: http://www.mrgrayhistory.com/

Desde luego, algo tiene ese gélido, inmenso, espinazo del planeta que parece obligarnos a la introspección, casi nunca amable. Primero a través de los gigantes de la novela psicológica, más tarde exportando la utopía socialista. Ahora, el viento del norte nos trae los improbables amagos de una regeneración nacional con regustos imperiales. Parece el destino de los rusos señalar las contradicciones más profundas de nuestra condición de ciudadanos pretendidamente libres, supuestamente racionales, autodenominados Occidentales.

Coincidiendo con este despertar invernal, la joven Editorial Ardicia publica una de aquellas afiladas miradas rusas, titulada Doctor Krupov. La breve novela adopta nombre de psiquiatra, pero su contenido ilumina intuiciones perennes, cuyas implicaciones desbordan a la psiquiatría, aunque basen su discurso en ellas.



 Para analizarlas contamos con la colaboración de Alberto Fernández Liria, uno de las mentes más activas y lúcidas a la hora de enmarcar, comprender y practicar la profesión de psiquiatra dentro de su contexto social.
El doctor Fernández Liria, además de ser director del Área de Gestión Clínica de psiquiatría y salud mental del Hospital Universitario Príncipe de Asturias, codirige el máster universitario de Psicoterapia Integradora de la Universidad de Alcalá de Henares. No es exagerado decir que a él debemos la esencia de nuestra formación como psicoterapeutas, y por ello es un doble placer que nos permita compartir sus reflexiones desde este espacio.
Por este motivo, desde aquí le damos la palabra y enviamos un sincero agradecimiento.


Alexandr Herzen. Doctor Krupov. Madrid: Ardicia, 2014.

Retrato de Alexandr Herzen. Nicolai Ge. (Fragmento)
Herzen fue probablemente el mejor representante del exilio romántico ruso. Propugnó una suerte de revolución populista que le pareció que podía ser protagonizada por las masas campesinas. En sus recorridos europeos fue compañero de otros escritores exiliados rusos como Turgeniev u Ogarev y de revolucionarios como Bakunin o Marx con quienes departió, debatió y compartió, y a los que acogió, financió y publicó cuando fue necesario. Con ellos vivió la primavera de las revoluciones que conmovieron Europa en 1848. De su vida, desmesurada, tormentosa y a su modo ejemplar, han dado fe el prolífico Carr y recientemente en nuestro país, en un entretenido volumen con resonancias de Stefan Zweig, Enrique López Viejo, que también prologa la obra que comentamos. La muerte le alcanzó sin darle tiempo, por unos meses a ser testigo del nuevo estallido revolucionario que dio lugar a la Comuna de Paris. Entre sus admiradores declarados figura León Tolstoi.

Doctor Krupov es un escrito de poco más de cuarenta paginas en el que – en una maniobra que siglo y medio después hubiéramos podido tildar de borgiana - Herzen se transmuta en el Doctor Krupov para compartir con los lectores algunas de las ideas contenidas en su supuesta gran obra Psiquiatría comparada.

Ejecución de los Streltsy. Vasily Ivanovich Surikov.
Lo que probablemente pretendía Herzen con este artificio literario era hablar de la sociedad desde la perspectiva que puede dar el contacto con las personas a las que llamamos locas – algo, por cierto, que los psiquiatras parecemos empeñados en dejar de hacer desde que la Década del Cerebro nos envenenó la mente. Quizás sin quererlo hizo algo más. Por lo pronto, nos dejó un especie de retrato robot de la Psiquiatría y de los prejuicios sobre la locura y quienes la encarnan del momento. Pero además, y aquí no cabe imaginar que actuara sin intención, esbozó u especie de programa para una antipsiquiatría o psiquiatría crítica que no vio la luz porque, al fin y al cabo, el Doctor Krupov era un personaje de ficción y el verdadero autor, a los 35 años, estaba preparándose para salir al exilio mientras el texto pasaba de la censura zarista a las galeradas.

El Doctor Krupov nos ofrece su sugerente listado de “indicios principales de la alteración de las facultades mentales” consistentes en:
  1. La conciencia incorrecta e involuntaria de los elementos circundantes
  2. La obstinación patológica, empeñada en conservar esta conciencia incluso con daño evidente para el enfermo; y de aquí
  3. El esfuerzo torpe y constante por conseguir objetivos poco importantes, y el descuido de los verdaderos objetivos”
Vía: http://www.soviethistory.org/index.php
Pero no se resiste a explorar lo que ocurriría si aplicara estos principios al estudio del comportamiento de determinadas figuras sociales. Así, estudia pormenorizadamente las similitudes y diferencias entre dos instituciones como son el manicomio y el tribunal médico municipal (que resultan diferenciarse, sobre todo, por la forma en que se ingresa en una y otra institución porque ambas acaban ejerciendo su efecto sobre sus integrantes de un modo semejante) y se ocupa a continuación de “otros habitantes de la ciudad”. Muchas de las ideas que los críticos de la psiquiatría de los años 60 y 70 del pasado siglo y de los actuales sustentadores de la llamada “Psiquiatría Crítica” están allí esbozadas.

El Doctor Krupov no se priva de utilizar sus observaciones para fundamentar una propuesta terapéutica. Por eso nos recuerda que:

   “Tenemos ya valiosas observaciones a propósito de la posibilidad de mejorar químicamente y modificar la parte espiritual (…). Así por ejemplo, la aplicación conveniente del tratamiento con champán predispone al individuo a la amistad, al valor, al sentimiento de alegría a a los abrazos desbocados.
      El borgoña, aunque actúa exactamente de la misma manera (…) produce un efecto absolutamente distinto: el individuo se vuelve lúgubre, insociable, más dado a los celos que al amor, más al arrepentimiento que al deleite, más al llanto por los pecados de este mundo que a la indulgencia.”

Alberto Fernández Liria
Psiquiatra