domingo, 1 de mayo de 2016

La vida (no) es así en tu cerebro

La vida antes era así.
Hace unos años empezó a hablarse mucho de la oxitocina. Esta hormona era una vieja conocida por sus funciones reproductivas, interviniendo en la secreción de leche materna e induciendo las contracciones del parto. Conforme se investigaba sobre ella se comenzó a prestar más atención a otros efectos. Se vio que cumplía un papel muy relevante en la interacción social, aumentando la confianza hacia otras personas y reduciendo los temores hacia desconocidos. Pronto todo el mundo comenzó a especular acerca del prometedor futuro que esta molécula podría tener incrementando la empatía, como una especie de “facilitador social”.

Se pensaba que quizás podría ayudar en determinados casos de autismo, pero también para favorecer la relación médico-paciente e incluso incrementar las ventas al aumentar la sensación de complicidad entre los compradores y una determinada marca. La sorpresa vino más tarde, de la mano de varios ensayos en los que se había demostrado algo inquietante: resulta que la oxitocina incrementaba la empatía hacia las personas que catalogábamos como similares a nosotros en algún aspecto (lo que llamamos endogrupo), pero al mismo tiempo tendía a incrementar el rechazo hacia los individuos que quedaran fuera del mismo, detectándose incluso incremento de actitudes xenófobas e impulsos hostiles. Para muchos investigadores fue un mazazo.


Comentamos esto porque creemos que tenemos un gran problema en cómo intentamos entender el funcionamiento del cerebro. Existe desde hace décadas una cierta tendencia a localizar las funciones mentales en sitios o elementos concretos de nuestro cerebro, y encasquetar a cada sustancia su apellido particular. Cada cierto tiempo, en un intento por simplificar las cosas, volvemos a versiones más o menos elaboradas de frenología. Lo malo es que estas simplificaciones calan rápidamente en el público general a través de la divulgación y las secciones de ciencia de los medios de comunicación. Esto suele llevar a malentendidos.

Ejemplo de sobresimplificación,
 extraído de una página de horóscopos (¿?)

Así hemos hablado -errando estrepitosamente- de la dopamina como “la señal del placer”, la serotonina como el neurotransmisor “de la felicidad”, o la oxitocina como la inductora “de la empatía”... Sentimos una enorme necesidad de entender las cosas, por complejas que sean, y eso nos lleva a agarrarnos a la primera hipótesis o interpretación que surge. Este problema afecta especialmente al área de la divulgación científica. Olvidamos (o no dejamos lo suficientemente claro) que, por la forma en que debe funcionar el método científico, estas explicaciones siempre van a ser provisionales. Estarán ahí hasta que surja otra mejor o hasta que se confirmen experimentalmente. Y hace tiempo que el modelo localizacionista y unifuncional quedó desfasado.

Hoy tenemos algo más claro (aunque estamos lejos de entenderlo bien) que el cerebro funciona a través de circuitos o vías que se van activando unas a otras, encendiendo de forma sincrónica zonas difusas, en combinaciones que cambian según la función que se esté ejecutando. La mayor parte del cerebro está en marcha incluso cuando no estamos haciendo nada. Esto quiere decir que una región anatómica determinada puede tener diferentes funciones en cada momento. Las tareas de áreas como la amígdala, el hipocampo o la corteza prefrontal se comparten y solapan, con matices diferenciales mínimos que le dan a cada una su identidad. Nada tiene una única función, lo cual dibuja un panorama que nos puede aturdir de entrada.

Representación de una columna cortical (10.000 neuronas)
 a través de un modelo computacional, dentro del proyecto Blue Brain.
Se calcula que el cerebro cuenta con 86.000 millones de neuronas. 
Para entender la diferencia entre ambos modelos creo que puede ser bueno ilustrarlos con una metáfora.

Imaginemos que vivimos en una gran ciudad. De esas en las que hay tanto tráfico a motor que el cielo se oscurece en cuanto pasan 3 días sin lluvia. Si un día, caminando, nos detenemos sobre uno de esos puentes que sirven para cruzar las autopistas y miramos abajo veremos toda una sucesión de diferentes modelos de automóvil. A toda velocidad se nos cruzarán utilitarios de 4 puertas, todoterrenos, rugientes modelos deportivos, alguna furgoneta, varios camiones, motocicletas...

Uno podría empezar a detectar unas determinadas características:

  • Los todoterrenos parecen ideales para ir a la montaña, donde los caminos son abruptos.
  • Los deportivos parecen estar hechos para saltarse los límites de velocidad.
  • Las furgonetas sirven para transportar trabajadores y algo de material
  • Los camiones serian estupendos para el transporte de mercancías...


Imaginemos que les ponemos nombres:
  • El todoterreno puede ser la everestina, la molécula de la aventura.
  • Al deportivo lo podemos llamar superturbina, efector de la motivación.
  • A la moto, quizás yosolina, mensajero de la autonomía.
  • etcétera...

Si seguimos en el puente y nadie ha avisado a la policía, llegados a este punto tendremos bastantes hipótesis e incluso varios nombres para referirnos a lo que vemos. Pero ahora viene lo importante:

¿Reconocer el todoterreno y ponerle un nombre (everestina), nos ayuda a entender por qué los fines de semana se emplea para conducir por caminos de tierra cargando con toda la familia y la paellera, y por qué el resto de la semana quizás lo conduce por la ciudad una ejecutiva de cincuenta años que se dirige a recoger a sus hijos del colegio?

Reconocer el tipo de coche y asignarle una única función no nos permite entender en qué consiste un atasco de la operación salida. Pensar que el camión sólo tiene como función el transportar mercancía comercial (por el hecho de que la mayoría lo hacen) nos va a impedir imaginar que a veces transporta atracciones de feria, o droga, o gente secuestrada. Ni siquiera te va a servir de mucho tener un mapa de carreteras, con sus vías de circunvalación, sus radiales de peaje, etc, si no puedes distinguir el papel funcionalmente diferente al nivel de la ciudad que tienen el tráfico de la hora punta de un lunes, o la quietud de un domingo por la mañana.



Lo que queremos decir es que es necesario empezar a incorporar (también a efectos de divulgación) una visión contextual de los elementos que participan en las funciones cerebrales, entendiendo que pueden tener diferentes funciones según el momento y el objetivo final. Para saber por qué ocurre esto es bueno tener unas nociones de la historia evolutiva del sistema nervioso, así como del surgimiento de diferentes moléculas señalizadoras. Es bueno recordar que la selección natural es ante todo eficiente (léase ahorradora), y si puede emplear una molécula para varias funciones, aunque inicialmente sólo tuviera una, la versatilidad acabará triunfando.

Probablemente, si deseamos seguir avanzando, tendremos que empezar a confiar cada vez más en la comprensión de los circuitos neuronales (conectoma), en la visualización en vivo de actividad cerebral (en lugar de la neuroimagen estática), así como en los modelos computacionales y el uso de matemáticas avanzadas y análisis de sistemas no lineales.



Sólo de esta manera podremos seguir enriqueciendo nuestro conocimiento de la función cerebral, con modelos que hagan justicia a su complejidad, versatilidad y dinamismo.


Porque hasta las metáforas se nos pueden quedar viejas.

jueves, 24 de marzo de 2016

Palabras que tu psiquiatra aprendió a olvidar: "NORMAL"

Hay una palabra que tarde o temprano se acaba pronunciando en cualquier consulta de salud mental.

Ilustr. Maja Wronska
A veces formando parte de un reproche.
Otras como una duda sincera dirigida al profesional.

Y probablemente no haya otra capaz de desatar más confusión, por su comprobada inutilidad para ayudar a alguien que sufre. Sin embargo, la usamos continuamente.

Se trata de la palabra: normal.

¿Le parecen normales las cosas que dice?
¿Es normal lo que me pasa?”
Esto no es de personas normales.”
Yo quiero ser una persona normal”

etcétera.

La palabra normal es de esas que abundan en lo que llamamos sentido común. Cuando la empleamos en el día a día nos resulta enormemente útil. Podemos condensar mucha información compleja en un solo concepto. Y en general nos logramos hacer entender. En una conversación cotidiana las diferencias de interpretación, la desviación entre lo que yo quiero decir y lo que tú entiendas, serán en todo caso poco problemáticas. Ese espacio, de hecho, es de las cosas que nos dan vidilla, pues demuestra que no somos clones y da pie a la humana costumbre del chismorreo.

Pero cuando estamos en consulta, intentando hilar fino, explorando los deseos, miedos y frustraciones de la gente, resulta que saltan las costuras de las que creemos palabras seguras, y afloran todas sus contradicciones, muchas veces convertidas en armas arrojadizas en medio de un grave malentendido.

La palabra normal, tan segura y honesta como pareciera, tiene dos caras.

  • Por un lado se refiere a lo frecuente (normalidad estadística o descriptiva)
  • Por otro lado se refiere a lo deseable (normalidad prescriptiva o desiderativa)

Entre lo frecuente y lo deseable suele existir una relación, pero ésta a veces se manifiesta de forma caprichosa, debido a que somos animales culturales. Pero lo veremos más adelante.

Por el momento cabe preguntarse, ¿a cuál de las dos caras de la normalidad se refiere la persona que nos pregunta en consulta? Podemos intuirlo, pero no lo sabemos a ciencia cierta. Los sobreentendidos pueden ser peligrosos entre desconocidos, por lo que tendremos que indagar.


Primero vayamos al individuo. ¿Qué es “lo normal” para mí?.

Ilustr. Calvin & Hobbes. Bill Waterson.

Según la RAE, las dos primeras acepciones de la palabra normal son:
  1. lo que se halla en su natural estado. (describimos una esencia)
  2. aquello que sirve de norma o regla. (de nuevo, la prescripción)

Las personas somos animales de costumbres.
Lo raro, lo infrecuente, nos inquieta, especialmente si llega de forma inesperada o indeseada.
Existe un viejo dicho en medicina, que afirma que la salud es la vida en silencio de los órganos (René Leriche). Cuando ese silencio (que es el habitual) se rompe, nos sorprendemos y asustamos.

Lo que nos asusta es la incertidumbre. Y lo que nos alivia muchas veces es recibir información contextual, es decir, encuadrar la experiencia poco común, individual, que quizás estemos experimentando por primera vez, en una historia con sentido. Este encuadre puede llevarse a cabo a partir de de diferentes fuentes:

a) El sentido común: podemos definirlo como el cúmulo de experiencias que atesora nuestro entorno. Estas experiencias se articulan en forma de discursos y conceptos que son parte de nuestra cultura. Un ejemplo sencillo: la primera resaca. Puede resultar preocupante y sorprendente lo que se siente después de un primer consumo excesivo de alcohol. Afortunadamente tenemos a un montón de gente a nuestro alrededor que ha sufrido la misma experiencia y, lo que es más importante, que posee un nombre que darle a eso, y una serie de expectativas al respecto. “No hay mucho que hacer. Bebe agua. Se te pasará”. Aprendemos continuamente de los demás, a través de la conversación, y también disponemos del privilegio de poder “vivir” múltiples vidas a través del arte (teatro, música, novela, cómic, cine, etc...). Al mismo tiempo, a medida que vivimos, vamos aprendiendo más y más de nosotros mismos, de tal forma que poco a poco se reduce la lista de situaciones que nos pillan por sorpresa.

b) Conocimiento especializado: además del sentido común, las sociedades humanas disponen de un conocimiento restringido que tiene que ver con el reparto de tareas. En cada grupo humano siempre existen miembros que se caracterizan por atesorar más información y por tener la capacidad de generar sentido, sentido que devuelven a los demás en forma de historias. Este conocimiento especializado puede tener una base científica, pero sólo se le ha dado relevancia a esta fuente desde hace un par de siglos. Hoy somos capaces de darle cierta relevancia a lo que nos puede decir un experto epidemiólogo, cuando afirma, por ejemplo, que en torno al 10% de la población holandesa ha tenido o tiene la experiencia de escuchar voces dentro de su cabeza. Antes de la hegemonía del discurso científico, solo disponíamos de especialistas en explicaciones místicas, o narraciones míticas, tales como sacerdotes, chamanes, gurús, etc. Hoy en día conviven igualmente entre nosotros. El especialista, científico o místico, brinda un conocimiento más global, que desborda lo individual, para crear una estructura de sentido, según la cual una experiencia es frecuente (como las voces, aunque no las compartamos) o infrecuente, o apropiada a un contexto determinado.

Ilustr. David Parkins
En resumen, cuando algo desborda nuestra experiencia de vida (lo que podemos recordar de nosotros mismos) acudimos a los demás para que nos amplíen la información. El contexto siempre es importante. No es lo mismo la experiencia del llanto inconsolable cuando hemos perdido a un ser querido, que un llanto para el que no somos capaces de encontrar ningún motivo. De la misma forma, algunas personas en tratamiento antidepresivo sienten dificultades para poder llorar debido a la leve anestesia emocional que induce el fármaco. Algunas de ellas se sienten especialmente culpables al no poder llorar ante un suceso doloroso. El mismo suceso, el llanto, puede ser interpretado de múltiples formas en función del contexto. Si no estamos dispuestos a escuchar y saber más, nunca sabremos que a veces hay personas que desean llorar.

Por eso vemos que se nos queda corta la palabra normal. Nos interesa más saber:

¿Esto que sientes, lo quieres para tu vida? ¿Es deseable o indeseable? ¿Por qué?
¿Te había ocurrido alguna vez? ¿En qué contexto aparece?
¿Para quién es deseable o indeseable? ¿Para ti o para alguien más?

Al fin y al cabo, somos individuos y no clones. Nuestras experiencias se parecen a las de otras personas, pero siempre incluyen un matiz, en el cual se encuentra precisamente lo que nos hace diferentes. Por eso se agota rápidamente la vía de la palabra “normal”.


En próximos posts abordaremos lo que implica la palabra normal cuando vivimos en sociedad.

Os dejamos con un tributo musical a la normalidad, ¡que lo disfrutéis!


sábado, 30 de enero de 2016

Siguen sin encontrarme nada

Todavía no sabes muy bien qué haces aquí. En la consulta del psiquiatra.

Ilutrs. R. Motherwell
Intentas recordar cómo empezó todo, pero sólo regresa la mueca. La misma que no pudiste ocultar cuando la médico de cabecera te entregó el volante de derivación a Salud Mental. Lo que sentiste no fue exactamente enfado. Había parte de sorpresa, eso seguro. También de duda, como justo antes de comprender que te están tomando el pelo. Fuera lo que fuese, no fue agradable. Te preguntabas si te habrías explicado mal o si sería ella la que, después de tanto tiempo sin fallarte, se había equivocado de pleno.

Es buena gente, la doctora. Pero esa mañana le notaste que, como casi siempre, iba con prisa. Quizás algo más de lo habitual. Ella intentaba escucharte, actualizar la medicación, aclarar tus dudas... pero 6 o 7 minutos después de cerrar por dentro la puerta de la consulta ya había sido sacudida por otros nudillos impacientes. El calor llegaba desde la sala de espera, y una de las recetas se había quedado atascada en la impresora. Callaste. No quisiste complicarle más la mañana con preguntas que tampoco acababan de tomar forma en tu cabeza. ¿Por qué siempre pasa eso cuando se va al médico? Además, pensaste, un psiquiatra podrá mandarme algo para dormir como Dios manda. Un buen somnífero. Porque hace tiempo que no sabes lo que es dormir del tirón, la verdad.

Te lo han preguntado muchas veces, pero no acabas de recordar cómo empezó todo. No sabrías decir con precisión cuál fue ese día en que la molestia ya no se marchó. Lo que sí sabes es que era una semana como otra cualquiera. No es que hubieras hecho nada fuera de lo normal. Ninguna burrada. Tampoco te acosaba el trauma de una de tantas desgracias como salen en las noticias. Toquemos madera. Se pasará solo, pensaste. Como tantas otras veces. Quizás lo comentaste en casa, durante la comida, o con la gente del trabajo. Ya se te pasará, te tranquilizaron.

Pero al despertar por la mañana la molestia seguía allí. Tardaste unos segundos en notarla, lo mismo que duró la ilusión de que todo había pasado. Algo así como un peso sordo se quedó enganchado en algún punto dentro de ti. Antes de lavarte la cara, ya sabías cómo sería el resto del día. Para hacerla más llevadera volviste a compartir lo de tu molestia con la gente que se preocupa por ti. A tus tímidas quejas les siguieron algunas buenas intenciones y muchos consejos. Al menos al principio. “Ve que te miren”. “Cógete la baja”. ¿La baja, en serio? Pensaste que no era para tanto, y más teniendo en cuenta cómo están los trabajos. Quita, quita. Me aguanto y punto. Esto se pasará. Cuando la cosa se ponía insoportable te tomabas una o dos de esas pastillas que tenías por casa. Al final te acostumbraste a poner buena cara para no andar agobiando a los demás con tus problemas. Para entonces la molestia ya era una compañera habitual. Las noches se acortaron.

Un fin de semana ya no pudiste levantarte del sofá, de lo mal que te encontrabas. Ese mismo lunes, con más vergüenza que otra cosa, fuiste a ver a tu doctora. Te encontraste con su entrega habitual. Tampoco la notaste especialmente preocupada mientras te comentaba que iba a pedirte una analítica de sangre y una radiografía. Eso te tranquilizó. Probablemente veía a menudo casos como el tuyo y pronto daría con lo que te estaba pasando. Te cambió las pastillas por otras nuevas. Te pidió cita con la enfermera. Te vería en una semana. Salió al pasillo a llamar al siguiente. La molestia te acompañó de vuelta a casa.

Ilustr. Presencia amenazante. R. Motherwell

¿Cómo explicar lo que sentiste cuando te llegaron los primeros resultados? Todas las pruebas salieron normales. Parece que está todo bien, dijo la doctora. Se quedó pensativa unos segundos. El teléfono de la consulta comenzó a sonar, pero no quiso descolgar. Ella no veía nada de lo que preocuparse pero, por si acaso, le pediría su opinión al especialista. Te entregó el volante de derivación mientras te acordabas de aquella vez que ingresaron a tu padre. No te habían encontrado nada, pero tampoco aparecía el alivio por ningún lado. En casa ya sabían que lo mejor era no preguntar. Durante la cena, se oían los cubiertos tintinear.


La primera crisis de ansiedad te llevó al hospital con una semana de adelanto. Los de la ambulancia que te atendió en plena calle le quitaron hierro al asunto. Le pasa a mucha gente. Uno cree que se va a morir, pero con una pastilla bajo la lengua se pasa. No es nada grave, pero por si acaso que le hagan un electro. Un joven de mirada cansada te atendió en urgencias, y pareció alegrarse al escuchar de tu boca que pronto te iba a ver el especialista. Firmó el informe antes de entregártelo en mano. Y pida la baja, te recomendó.

Lo que vino después tampoco fue mucho mejor. Llegaste a perder la cuenta de los especialistas que te atendieron. Y puedes dar fe de que viste de todo. Gente solvente, profesionales muy amables, otros con la actitud de quien le está haciendo un favor a alguien más bien inoportuno. Palabras más técnicas, frases más vagas y generales; gente campechana, que te hablaba desde el sentido común. Diferentes explicaciones. Probabilidades, algún diagnóstico, pero todo provisional. Hacían falta más pruebas. Para entonces la molestia había ido creciendo dentro de ti. A veces notabas cómo se aventuraba hacia otro lado de tu cuerpo. Nadie se daba cuenta, pero eso te estaba ganando. Aparecían sensaciones nuevas. Si durante unos segundos la molestia se ausentaba, estabas muy pendiente de registrar su regreso. La recibías con un pálpito. Con frecuencia te acordabas de lo bien que estabas antes. Antes de que todo esto empezara. Y eso te robaba el ánimo y las fuerzas. Te desesperabas.

Volvías a los tres, seis, dos meses en el mejor de los casos. Los especialistas te invitaban a sentarte frente a ellos con visible buen humor. Te hacían partícipes de la buena noticia: no tiene usted nada. Pero aquello dolía como una pedrada. Ellos quedaban satisfechos, aliviados. Pero tras la segunda o la tercera visitas, empezaban a impacientarse. Como si no hubieras captado el mensaje. Te hablaban de operar, aunque no podían asegurar resultados. O te enviaban a explorar otra rama de la medicina. Tú querías hacer lo que fuera por mejorar. 

Ilutrs. R. Motherwell
Las jugadas que nos llega a gastar la cabeza las vas conociendo bien. Más de una vez deseaste que apareciera un buen asterisco en las analíticas, o varias manchas en el TAC. Lo que fuera. Algo que explicara lo que estaba pasando. Que se llevase de un plumazo la sensación de que tu molestia ni siquiera tenía la capacidad de llegar a ser “algo”. Porque lo tuyo es real, aunque cada vez escuches más las fatídicas palabras clavándose en tu pecho: es todo de la ansiedad, de la depresión... como si tuvieras la culpa de lo que te sucede. Como si fuera algo inventado. ¿Cómo no vas a sentirte una ruina con todo lo que vienes pasando?

No te encuentran nada, pero lo van a tener que encontrar. No vas a parar.

Porque tú sientes algo. Y de eso nunca has dudado. Aunque insisten en que te alegres, que todo está normal. Y sin embargo ya apenas sales de casa. Pusiste las ganas a hibernar, hasta que vengan tiempos mejores. Con todo lo que has pasado aún encima te dicen que hagas más. ¿Cómo no ibas a acabar en la consulta del psiquiatra?

Y todo eso me cuentas ahora que tenemos algo más de tiempo.

Lo que aprendiste durante este trayecto lo recordaremos otro día, si quieres.

jueves, 31 de diciembre de 2015

Fargo, o el miedo

Terminamos el año con una entrada más ligera que las anteriores. En ella analizaremos una serie televisiva que nos ha atrapado ya desde su primer episodio.

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Quizás su título os suene, ya que nos referimos a Fargo. Con dos temporadas emitidas hasta la fecha, esta serie de ficción “basada en hechos reales”* está inspirada en la película homónima de los hermanos Coen.
El largometraje ya tuvo una excelente acogida en 1996, año de su estreno, llevándose el Oscar a la mejor actriz y al mejor guión original. Pero si aún lo recordamos casi 20 años después sin duda es por esa peculiar combinación de thriller policíaco y humor negro que de alguna manera se ha convertido en marca de la casa para los Coen.
Tanto la película como la serie actual nos trasladan al norte de los EEUU, a la conocida como región de los 10,000 lagos, en el estado de Minnesota. Allí nos encontramos un mundo de interminables llanuras, inviernos gélidos y días anodinos. En medio del sopor blanco de esta Siberia con restaurantes familiares**, de pronto, surge una violencia inesperada. Frente a ella las fuerzas del orden zarandean la cabeza y sorben humeantes tazas de café, aturdidas tras la quiebra de su pacífica rutina.

Fotograma de la película de 1996.
Podría decirse que gran parte del cine de los hermanos Coen hace suyo el popular Principio de Hanlon: “no atribuyas a la maldad lo que la estupidez puede explicar”. Salvando las distancias, podría decirse que Fargo aplicó sobre el género negro la misma lente que El Quijote usó para desmitificar las novelas de caballería: aquella que es capaz de enfocar y mostrarnos el absurdo de lo cotidiano. Fargo es la historia de un crimen chapucero que se va de las manos y se extiende como una mancha de aceite por el suelo. Una historia de codicia, estupidez y miedo.
La serie dirigida por Noah Hawley se asienta sobre este mismo universo simbólico, pero lo enriquece con nuevos personajes e historias, desbordando a la película. Aprovecha el formato, más extenso, para ahondar en el Principio de Hanlon. Explora las diferencias, los matices, pero también los puentes transitables que existen entre la estupidez y la maldad. Al mismo tiempo consigue construir una peculiar atmósfera en la que no todos se desenvuelven igual.

La trama.

A partir de aquí podéis esperar spoilers, así que seguid leyendo bajo vuestra responsabilidad.
Estamos en el año 2006 y se nos presenta a Lester Nygaard, aparentemente un buen hombre. Lester trabaja vendiendo seguros en la pequeña localidad de Bemidji. Es un tipo de modales suaves, precavido, sin ganas de meterse en complicaciones. Tan bueno es que el antiguo matón de su instituto todavía lo acosa de vez en cuando, golpeándole en público para aleccionar a sus hijos. Soporta resignado esta situación, así como el hecho de que sea comparado constantemente con su hermano, a quien su mujer ve como el modelo de hombre ideal que Lester nunca podrá alcanzar.

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Así transcurre la vida de Lester hasta que accidentalmente conoce a Lorne Malvo, sicario de mirada penetrante, ideas claras y peculiar flequillo. Mientras comparten sala de espera en las urgencias de un hospital, Lorne se interesa por Lester, quien le acaba confesando ser víctima del matón Sam Hess. “Si yo estuviera en tu situación, mataría a ese hombre”. La respuesta de Lester es reveladora: “si tan seguro estás, quizás deberías matarlo por mí”. A pesar de que inmediatamente se arrepiente y afirma estar bromeando, los destinos de Lester y Malvo quedarán sellados cuando a los pocos días Sam Hess aparezca asesinado en un club de carretera.
El encuentro con Malvo y la muerte de Hess acaban teniendo un extraño efecto en Lester, como si algún tipo de barrera hubiera caído para él. Cuando, una vez más, llega a casa y comienza a recibir su dosis habitual de reproches conyugales agarra un martillo y con él le da la réplica a su mujer. Lo que se inicia como un golpe inesperado, caprichoso, se convierte en ensañamiento, muerte y luego pánico ante lo que acaba de suceder. A partir de ahí entrarán en escena las fuerzas del orden, con la agente de policía Molly Solverson como precario pilar de sentido común en medio de la espiral de muertes que se irá desatando.

El hilo conductor.

Decíamos que Fargo se ambienta en una atmósfera peculiar, que vertebra toda la trama y define a los personajes. Esa atmósfera es la del miedo. Bien sea por tener que enfrentarse a los pequeños problemas del día a día, que acosan a Lester como un goteo, o bien por sentir con acierto que un zorro campa a sus anchas por el gallinero tras la llegada de Lorne Malvo, los personajes de Fargo se retratan en cada episodio en función de esa forma característica que tienen de responder al miedo.

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El miedo es una emoción primaria, de las más básicas que compartimos todos los animales. Las e-mociones, como su etimología sugiere, nos ponen en movimiento ante estímulos del entorno (por ejemplo, un depredador) o de nuestro interior (una herida). Su función es aproximarnos hacia lo que nos hace bien, y alejarnos de lo que resulta nocivo. Las emociones son actúan como un piloto automáticodirigido hacia la supervivencia. Pero una de las cosas que nos distingue de otros animales es que los humanos podemos elegir: podemos dejarnos llevar por el piloto automático o actuar de otra manera, pudiendo incluso tomar el mando en contra de nuestros propios intereses más inmediatos.

Todos sentimos miedo en algún momento de la vida. Todos tenemos esa capacidad, como parte de nuestro temperamento, aunque la intensidad con la que lo sentimos puede variar de una persona a otra. Eso se percibe ya desde niños. Rápidamente puede intuirse si una persona es más bien temerosa o, todo lo contrario, no parece asustarse con casi nada. Sobre esta base temperamental se va forjando el carácter, que tiene que ver con los hábitos que adquirimos a través de aprendizaje. Ahí juegan un papel las experiencias personales, las normas, las enseñanzas, los consejos... El temperamento apenas cambia a lo largo de la vida, pero el carácter sí se puede moldear. Lo hacemos cada día a través de pequeñas decisiones. Son éstas las que nos convierten en lo que decidimos ser: valientes o cobardes. El miedo es tan solo un punto de partida, una disposición.

¿Cómo define el miedo a nuestros personajes? Podríamos dividirlos de la siguiente manera.

Los sin miedo
Lorne y Molly. Sicario y policía. También pueden ser leídos como el bien y el mal, los extremos de un continuo moral. Decir que no sienten miedo sería afirmar que no tienen instinto de autoconservación, lo cual no es exactamente así. Pero sí es cierto que, ambos, en comparación con el resto de las personas que los rodean, parecen estar mucho menos sujetos a esa “fuerza de la gravedad” que lastra casi todas las decisiones en Fargo. Son los menos parecidos a nosotros y, por ello, los que más nos llaman la atención.

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  • Lorne Malvo es la figura arquetípica del psicópata. Carece de empatía, en el sentido de que no establece verdadera conexión emocional con las demás personas. Eso le resulta enormemente ventajoso, pues al no conmoverse (moverse con la emoción del otro) puede leer lo que los demás sienten de forma completamente fría y racional, práctica. Eso le proporciona un buen instinto para evaluar a la personas, y por lo tanto para manipularlas a su conveniencia. Pero lo que le distingue de otros psicópatas es que tampoco parece sentir mucho miedo. Se muestra extremadamente frío, incluso en situaciones de alto riesgo para su vida como tiroteos o enfrentamientos fisicos, sin ser él demasiado corpulento. Malvo se mueve por la historia como un barco rompehielos, o como un lobo entre corderos, absolutamente seguro de sí mismo mientras se divierte sembrando el caos y dando lecciones desde su peculiar experiencia: el problema es que te has pasado toda la vida creyendo que hay reglas. No las hay. Éramos gorilas. Todo lo que teníamos era lo que podíamos coger y defender.” Sin duda se gana la vida matando, pero su verdadera pasión consiste en estudiar a la extraña y risible especie de los corderos, acorralarlos hasta que vean lo absurdo de sus normas, y conseguir que acaben comportándose como el lobo que él es.
  • Molly Solverson, hija de policía retirado es, en contraposición a Malvo, una persona cariñosa, implicada. Se preocupa por los demás. Sabe escuchar y confortar en medio del dolor, el cual también le toca de cerca. Al mismo tiempo es una persona reflexiva. Tiene curiosidad y una percepción lo suficientemente fina como para comprender situaciones muy complejas. En cuanto comienza a investigar las repentinas muertes que tienen lugar en la comarca, sin aparente conexión entre ellas en un principio, empezamos a notar que su forma de leer lo que sucede es muy diferente de la que tienen el resto de compañeros del cuerpo de policía, más preocupados por el devenir de la temporada de pesca o la llegada de un próximo temporal de nieve. Molly se define perfectamente cuando podemos verla en contraste con otros dos policías a su pesar: el nuevo jefe de policía, Bill Oswalt, así como el agente Gus Grimly, de la vecina localidad de Duluth. El sentido común de Molly no se empaña por el deseo de regresar cuanto antes a la rutina. Tampoco lo distorsiona el miedo que inspira lo que sin duda alguna es un acúmulo de muertes demasiado terrible como para darse por pura coincidencia temporal. Lo que marca la diferencia entre Molly y el resto de policías es que no tiene miedo. Y tan poco peso tiene el miedo en su vida que tanto su padre como su compañero Gus se ven continuamente empujados a recordarle que el mundo está lleno de peligros, y que las personas que la necesitan quizás no soportarían su pérdida. Quizás sea injusto decir que la pobre Molly no sienta miedo en absoluto, pero, como hemos dicho, en el conjunto de su vida mental no parece relevante, quizás porque su leve disposición en este sentido quede ampliamente compensada por su intensa compasión y sentido de la justicia. Lo que está claro es que su temperamento le permite sostener la mirada al abismo sin parpadear, cuando otros vacilan y miran para otro lado. Es por ello que actuar como cree que debe actuar sin entrar nunca en contradicción con lo que le dictan las agallas. Molly siempre es Molly.

Los temerosos.
Una vez descartadas las desviaciones estadísticas de la norma (Lorne Malvo y Molly Solverson), nos quedan todos los demás. Y es que temerosos lo somos todos, en mayor o menor medida. Sin embargo, dentro de este grupo también surgen las divisiones, esta vez de carácter. Lo que nos define al resto de personajes son el tipo de decisiones que solemos tomar tomar cuando aprieta el miedo.

  • Los temerosos cobardes.

Lester Nygaard. Desde el primer momentro nos damos cuenta de que Lester es un cobarde. Un pobre hombre, de los que inspiran una cierta compasión, limitada por la sensación de que parte de los palos que le da la vida no son tragedias inevitables, sino consecuencia de su falta de espíritu y dificultad para ponerles freno. El miedo puede tener un efecto transformador en las personas, puesto que si nos obliga a sufrir desgracias nos va cargando de rencor. Uno no puede resignarse toda la vida y salir indemne. Por mucho que tratemos de poner al mal tiempo buena cara, ser amables, comportarnos como buenos vecinos... siempre llegará el momento en que entremos en contacto con todo ese dolor que consideramos inmerecido, y surgirá el deseo de represalia, de retribución.

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Esto es lo que detecta en él Malvo, su potencial para hacer daño. Su deseo de venganza. Con una sugerencia aparentemente inocua (“yo habría matado a ese hombre”) y un posterior ejemplo como muestra (el asesinato de Hess), lo pone sobre las vías para empezar a actuar conforme se siente, y no conforme le dicta el miedo. De ahí esta relación que no cabe llamarla amistad, pero en la que Malvo se deleita haciendo de guía hacia el mundo de los lobos, y Lester se aproxima primero buscando una ayuda en medio del pánico, y posteriormente llegando a identificarse con él e intentando invocar, de forma fallida, algo así como un cierto colegueo.
Bill Oswalt. Otro evidente cobarde es el jefe de policía accidentalmente ascendido tras el asesinato de su predecesor. Sin ser mala persona, pues se compadecerse intensamente por el reguero de “desgracias” padecidas por su antiguo compañero de instituto Lester, lo que su caso nos deja claro desde un primer momento es que las emociones influyen -y mucho- en cómo percibimos el mndo. El jefe Bill Oswald no desea que un asesino en serie ande suelto por Bemidji (opina que las muertes han debido ser “cosas de vagabundos”). No desea que su antiguo amigo Lester pueda ocultar un crimen terrible a sus espaldas (“el pobre Lester jamás haría eso, ha debido ser su hermano”). Está claro que el miedo que siente ante determinadas situaciones potencilmente terroríficas le nubla tanto la comprensión de las cosas como para hacerle agarrarse al primer clavo ardiendo que se le presente, aunque sea a base de apostar por hipótesis vergonzosamente simplistas. Por si nos quedara alguna duda, se sincera con Molly en los últimos compases de la temporada, lo cual le redime de alguna manera. Reconoce que no está hecho para presenciar tanto horror, tanta violencia gratuita. Que no le sienta bien esto de ser jefe, y que prefiere dedicarse a ser un hombre de paz.

  • Los temerosos valientes.
Valiente no es el que no siente miedo. Quien no es capaz de sentirlo acaba siendo, en todo caso, un temerario. El valiente es quien, sintiendo miedo, decide afrontarlo la mayor parte de las veces.

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Gus Grimly, agente de policía por casualidad (quería ser cartero, pero entró en el cuerpo “porque en correos no había empleo y en la policía estaban contratando”) sin duda siente miedo. Después de fallecer su mujer y quedar a cargo de su hija, tiene mucho que perder. Esto le lleva a dejar escapar a un inquietante Malvo después de detenerlo en un control de carretera. Pero a diferencia de otros, no podrá olvidar. Esa decisión le perseguirá durante toda la temporada. En contraposición al nocivo ejemplo que Malvo tiene sobre Lester, Gus irá armándose de valor inspirándose en la voluntariosa Molly. Será por eso que, sobreponiéndose, será capaz de acerchar al propio Malvo en su guarida y afrontarlo en solitario.
Existen otros personajes que demuestran valentía como una forma de redención (véase la pareja de agentes del FBI, que acaban perdiendo la vida), pero en beneficio de la brevedad los dejaremos de lado en esta reseña.

Match Point”

Como hemos dicho, todos sentimos miedo en alguna ocasión. La intensidad con que nos atenaza suele tener que ver con el temperamento. Nuestro temperamento cambia poco a lo largo de la vida, pero lo que sí puede cambiar son las decisiones que tomamos día a día. Estas decisiones, que luego consolidan en hábitos, forman nuestro carácter.
Nos cueste más o nos cueste menos podemos elegir actuar de forma cobarde o valiente. La cuestión del mérito es en todo caso secundaria.
Fargo tiene la grandeza de plantearnos una historia apasionante, y lo hace gracias a unos personajes bien definidos en torno a la cuestión central del miedo. A partir de ahí podremos hablar acerca del bien y del mal, pero creemos que antes es importante conocer las bases que sustentan estos conceptos morales.

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Con Lester aprendemos que el miedo puede ser el límite a nuestros propios deseos, y que es una de las bases a partir de las cuales construimos colectivamente la ley. Por eso el empeño de Malco en preguntarle “¿es esto lo que quieres?”, invitándole a tomarlo. Su historia nos habla de lo que descubrimos de nosotros mismos al caer el miedo, como le sucede a Walter White en Breaking Bad tras serle diagnosticado un cáncer incurable. Una vez emprendida la senda del deseo sin límites, tanto se crece que empezará a sentirse omnipotente, desafiando a Malvo en un evidente fallo de cálculo, que acabará en huída hacia delante, hacia el hielo quebradizo.
Gus siente el miedo, toma una decisión que lamenta, y es capaz de percibir el efecto que eso tendrá sobre él si no cambia. Por eso logra redimirse cuando decide enfrentarse al mal. Abierto a debate quedaría si el cómo se resuelve este desafío supone una victoria moral para los corderos o para los lobos.

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Fargo, en definitiva, nos invita a través de una historia apasionante a preguntarnos qué haremos frente al miedo. Hacia dónde nos decantaremos cuando en la partida de la vida llegue ese Match Point en que la pelota puede caer a cualquier lado de la red.

Porque una cosas está clara. El miedo, antes o despúes, siempre nos llega.
Y ante él nos retratamos.

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* Tanto la película de los Coen como la serie juegan al equívoco con el tema de los “hechos reales”, que como tal nunca sucedieron. Esto se ilustra a través de un guiño adicional representado en la figura de Paul Bunyan, cuya extravagante estatua preside la entrada a la ciudad. Se trata de un famoso leñador, a caballo entre el cuento y la historia, que aparentemente no sentía miedo. Se anuda así la dudosa veracidad de la historia con el género denominado “fakelore” (folclore-ficción) para acabar configurando esta fábula acerca del miedo.


** Así se refieren los Cohen al estado de Minnesota, donde nacieron y se criaron, empapándose de cultura televisiva entre nevada y nevada.