viernes, 18 de diciembre de 2015

Tus hijos no son tus hijos.

Que nadie se asuste por el título, pues tiene su sentido. Lo veremos al final de la entrada.
Queremos cerrar esta semana la serie que hemos dedicado a los problemas de conducta con menores.

Anteriormente ya habíamos dado unas pinceladas sobre los siguientes puntos:
Por supuesto siempre que se ofrecen este tipo de recomendaciones pareciera que estamos sugiriendo que en realidad no es tan difícil hacerlo bien, que se trata de algo sencillo.

Nada más lejos de nuestra experiencia.
Si decíamos que el objetivo fundamental de los padres es conseguir que sus hijos lleguen a ser personas autónomas, lo cierto es que cada día nos encontramos con más dificultades para lograrlo. ¿Por que cada dia que pasa esto nos parece más difícil? Esta es la pregunta que quisiéramos contestar.

Ilustr. by Stanod. Tomada de Devianart.
Para eso creemos que es necesario ampliar un poco más el foco de la cuestión. Ya vimos que la conducta individual no se puede separar de la reacción que provoca en el entorno familiar. A todas las personas nos atan los lazos recíprocos (palabra clave) de ese sistema llamado familia. Por eso nunca hay sólo un culpable (ese hijo o hija supuestamente problemático), sino varios responsables implicados en el origen, pero especialmente en la solución.

¿Podemos ganar todavía mayor perspectiva? Ni los hijos ni los padres viven ajenos al mundo que aguarda tras los muros de casa. Por eso será necesario incluir en el análisis a ese gran sistema en el que conviven nuestros pequeños sistemas familiares. Hablamos necesariamente de ese entorno colectivo hipercomplejo que tendemos a resumir con la palabra sociedad.

Lo que quisiéramos hacer en las siguientes líneas es enumerar una serie de factores, propios de este entorno en el que nos movemos, para poder contar con ellos a la hora de pensar y actuar. Cada uno de estos puntos se encuentra interrelacionado con todos los demás. Constituyen una malla de relaciones tupida, enormemente compleja. Únicamente separaremos estos factores en aras de la simplicidad, con el objetivo de identificarlos, memorizarlos y comprenderlos mejor.

¿Por qué nos cuesta tanto criar personas autónomas?

a) Economía, empleos, rutinas familiares.

Partamos de que vivimos en un país desarrollado como el nuestro, de estructura económica de tipo capitalista, un cierto grado de estado del bienestar (seguridad social) que viene a suplir las redes tradicionales de apoyo solidario (familia extensa y vecinos, ambas en franco retroceso), y un itinerario para los jóvenes basado en promover la cualificación académica en la esperanza de obtener en algún momento un empleo que permita acceder al consumo, cerrando el círculo.

Gran parte de la dificultad para criar a los hijos tiene que ver con el modo en el que intentamos (sobre)vivir en este escenario. Cuando hablamos de "la sociedad" podemos evocar un fantasma de rostro difuso y sombra alargada, pero en realidad se trata de algo que construimos entre todos a través de innumerables decisiones personales. No es un ente personificable, con intenciones y objetivos. La sociedad somos nosotros; nosotros y nuestras circunstancias. Algunas de ellas serán pasajeras y anecdóticas, mientras que otras acabarán fraguando en una estructura dinámica, con sus inevitables inercias, pero siempre abierta al cambio.

No solemos pensar mucho en ello, pero nuestra forma de interactuar en sociedad es una mezcla confusa de valores transmitidos familiarmente, elecciones personales e imposiciones paulatinas que influyen sobre nuestros hábitos sin que nos demos cuenta. Pensemos en algunos factores que dificultan la buena crianza de la que hablábamos en la entrada anterior:


 1. Mientras que antes bastaba con que uno de los progenitores trabajara fuera de casa para mantener económicamente a una familia, hoy hacen falta dos sueldos a jornada completa para poder asumir los costes de la vida. Eso implica que los menores cada vez pasan menos tiempo con sus padres, pero mantienen las mismas necesidades de relación. Hay un dicho africano, que no por exótico y manido es menos cierto: "hace falta toda una tribu para criar a un niño". Esto es cierto porque, en algún momento, a cada uno le toca ejercer un papel diferente en favor del menor. Sin embargo, cada día es más habitual el que las relaciones familiares se reduzcan a su núcleo más restrictivo (padres, hermanos), quedando como secundarias aquellas que tienen que ver con la familia extensa (abuelos, tíos, primos).

      2.  Al precarizarse los empleos, los padres que trabajan fuera de casa disponen de poco tiempo libre o se encuentran demasiado cansados al final del día como para sentarse a hablar entre ellos, tomar decisiones importantes, encarar un problema (lo cual nunca apetece) o simplemente compartir tiempo de calidad con los hijos (jugar, practicar juntos una afición). La falta de tiempo se relaciona directamente con la falta de comunicación (no hablar de lo que debe ser hablado). Esta es la principal fuente de malentendidos y discrepancias a la hora de educar. Otra consecuencia de la precariedad laboral es que dificulta la estructuración de la propia identidad. Durante una larga época de la historia las personas se identificaron principalmente a través de las relaciones familiares (pertenencia a un clan, ser hijo de...). Hasta muy recientemente, sin embargo, las personas se han tendido a identificar con su ocupación laboral (es muy curioso observar cómo la gente se presenta a otras personas en una fiesta, por ejemplo). El desempleo, la temporalidad de los contratos, la demanda de perfiles versátiles, hace que cada día sea más difícil acceder a formas tradicionales de identificación. Esto probablemente influye en dos fenómenos muy activos hoy en día: la identificación en torno al consumo (marcas), y la identificación rígida a través de la incorporación a organizaciones fanáticas (sectas, hinchadas deportivas, etc).

       3.  El modelo educativo actual se centra en la transmisión de información desde el profesorado al alumnado. La fórmula para comprobar que se ha hecho con éxito consiste en invitar a los chavales a plasmar lo transmitido en los exámenes. Esto suele llevar a que el rendimiento académico se equipare en la práctica con la capacidad de memorizar. Esto se lleva a cabo a través de una jornada similar a la laboral, que exige capacidad para asumir unos horarios fijos, prestar atención a temas que probablemente no generen motivación por si mismos, con la expectativa de que una o dos décadas después se pueda acceder a un puesto de trabajo cualificado. Este modelo funciona relativamente bien para el objetivo hacia el cual se diseñó hace un tiempo, pero la capacidad de persistir, sentarse, callar y memorizar no es la misma en todos los chavales. Al mismo tiempo es muy dudoso que la supuesta promesa laboral sea capaz de competir con la enorme oferta de entretenimiento de la que hoy disponemos si no introducimos incentivos que lo refuercen. Predicar con el ejemplo en casa puede ayudar (“estudia para ser como mamá y papá”). Ajustar el modelo educativo a las demandas reales del mercado de trabajo, tampoco haría ningún daño.


     4.   Si algo nos define como sociedad es el consumo. El acceso casi universal a bienes que hace cien años hubiéramos considerado de lujo probablemente es uno de los motores de nuestras economías modernas. Favorecen que trabajemos, ahorremos o nos metamos en créditos con el objetivo de alcanzar esos inagotables objetos de deseo. El dinero, de hecho, se trata del único requisito para acceder a cualquier producto, lo cual tiene un efecto potencialmente democratizador (que inevitablemente acaba saboteado por la desigualdad en la capacidad de las personas para acceder al dinero). El caso es que, si pagas, te lo llevas. Esta accesibilidad universal, unida a la inmediatez de su disfrute hacen que cada día sea más fácil obtener ahora mismo lo que se desea. Esto a lo que puede llevar es a la fantasía de que siempre conseguiremos lo que deseamos, especialmente porque cuando somos menores normalmente son nuestros padres los que realizan el desembolso y por lo tanto no nos duele la cartera como a ellos. La capacidad para renunciar, esperar o tolerar que a veces no nos salimos con lo nuestra no es un valor al alza en nuestro modelo económico y, si nadie la fomenta, no surgirá de la nada por mucho que le vendamos sus virtudes a nuestros hijos a través de palabras.

Ilustr. Calvin & Hobbes. Bill Watterson.

      5. Olvidamos lo compleja que es una sociedad moderna hasta que intentamos darnos de baja en una compañía telefónica y descubrimos la capacidad de desintegrar la responsabilidad desparramándola a lo largo de los eslabones anónimos que conforman la empresa. O cuando nos enfrentamos a un trámite burocrático sencillo como una declaración de impuestos. O cuando un frenazo en la autovía da pie a una retención de catorce kilómetros. Para poder convivir en un medio tan poblado y complejo debemos ser capaces de atender a una cantidad descomunal de normas y procedimientos, la mayoría de los cuales desconocemos y nos destruirán si intentamos obviarlas o afrontarlos a nuestra manera. Las exigencias sobre el individuo combinan la restricción normativa con la competitividad y la promoción del éxito individual. En la práctica se trata de una carrera de obstáculos en la cual a todos se nos pide coronar el podio. En este contexto se incentivan determinadas actitudes que podríamos resumir en una persistencia dócil, más cercana de lo que pensamos de un tentador oportunismo egoísta. Lo que no está de más recordar es que esto se trata de algo completamente circunstancial, y nadie nos puede asegurar si se trata de algo saludable o siquiera justo. Simplemente es el estado actual de las cosas, y a ello nos tendremos que adaptar a menos que hagamos algo por cambiarlas.



b) Valores, creencias y nuevas tecnologías.

El catastrofismo es una de las formas más exitosas a la hora de difundir versiones simplificadas de la realidad. Hoy en día tenemos dos discursos especialmente en boga: el primero: “las nuevas tecnologías son peligrosas.” El segundo: “en nuestra sociedad se han perdido los valores.”

1. Los valores. Muchas personas afirman que vivimos en un mundo sin valores. Miran a su alrededor y están convencidos de que de alguna manera éstos se han perdido y por tanto pareciera que “todo vale”. Esto no es cierto. Las personas vivimos inmersos en valores como los peces nadan en el agua. Los valores son las apreciaciones que colectivamente realizamos sobre nuestra conducta. En lo personal, tras hacerlos propios, sirven como la aguja de una brújula, señalando hacia dónde quiere uno ir, tras haber incorporado una entre las mútiples opciones disponibles. Un valor responde a la pregunta, de ¿qué clase de persona quiero ser en este área en concreto?. El problema es que los valores van cambiando en su contenido a medida que cambia el entorno en el que nos movemos. La sensación de quiebra de valores surge porque una generación es incapaz de reconocer sus propios valores en la forma de concebir el mundo que muestran sus hijos o sus nietos. Y no los reconocen, no porque no dispongan de valores, sino porque teniéndolos, su contenido ha cambiado. Nos gusten o no, los valores en sí mismos siguen ahí, orientando el comportamiento y los deseos de las personas. El conflicto surge más bien al hacerse patente que el mundo ha cambiado, pero nosotros no.

¿Qué valores diferencian nuestra sociedad actual de la de las generaciones anteriores? Está claro que, desde hace al menos 40 años, existen una serie de valores en desuso. Son los que conocemos como valores absolutos, tradicionalmente suministrados por la religión o las ideologías políticas en esos "packs" que se han venido a llamar “macrorrelatos”. Discursos autosustentados y totalizadores acerca de lo que es (y debe ser) un humano en el mundo. Su caída se hizo eco en el famoso lema de mayo del 68: "Dios ha muerto, Marx ha muerto, y yo mismo no me encuentro muy bien".

Ilustr. Phryne Flakes, by Sean Harrington.
Como suele suceder, la pérdida de estos valores absolutos tiene su cara y su cruz. Por un lado su desaparición nos permite habitar de forma más abierta, heterogénea y respetuosa con la discrepancia individual. Permite que seamos más sabios, al poder incorporar perspectivas diferentes acerca del mundo. Al mismo tiempo, el conocimiento científico de la realidad, que necesita y potencia el pensamiento crítico, la desconfianza hacia los liderazgos personalistas al descubrirnos los medios de comunicación que todos somos de carne y hueso, la rentable promoción consumista del individualismo... todo ellos son factores que dificultan la imposición de normas o responsabilidades obligatorias. En España solemos relacionar este recelo con el incómodo recuerdo del régimen franquista. Sin embargo no se trata de un fenómeno autóctono, sino presente en todas las democracias modernas. Recelamos de las figuras de autoridad y nos sentimos culpables si generamos frustración en las demás personas. Las normas nos parecen molestas y sospechosas. Se tiende a infravalorar u obviar por completo la función social de la norma o la prohibición. Desde esta óptica también se tiende a desacreditar a otras figuras de autoridad, como el profesorado o las fuerzas policiales.

2. Tecnología y valores. Otro valor en boga es el anhelo de "lo natural", casi tan potente como lo fue en su momento el deseo deseo de desarrollo tecnológico. Una de sus expresiones más habituales es el recelo hacia las nuevas tecnologías. Lo cierto es que es casi imposible prever el efecto a largo plazo que tiene sobre nosotros la irrupción de una tecnología determinada. Tendemos a sobreestimar algunos casos (la televisión por ejemplo), mientras que otros los infraestimamos a pesar de las insondables repercusiones que acaban teniendo en nuestra forma de vida (la lavadora, la píldora anticonceptiva, por poner dos ejemplos). Una forma de no dejarnos llevar por el pánico es preguntarnos si nos hemos encontrado en el pasado con situaciones similares. Y vaya si ha sucedido antes: la llegada de la radio, de la televisión, de las videoconsolas domésticas... cada uno de estos avances tecnológicos llegó a nuestras casas en la compañía de advertencias alarmistas que han quedado en nada ante la capacidad de adaptación del ser humano en lo superficial y su consistencia para no cambiar en absoluto en lo más fundamental. Platón, en su Fedro, ponía en boca de Sócrates el temor a que la práctica de la escritura dañara de forma irreparable la capacidad de memorizar de las gentes, que hasta entonces se había sustentado en las narraciones orales en forma de cuentos y canciones. En el Quijote se acusaba a las novelas de caballería de resecar la sesera de un lector demasiado entusiasta, de forma la misma forma en que se atribuía el envenenamiento romántico de Madame Bovary a una sobredosis de folletín francés. Como reza el dicho, "otro vendrá que bueno le hará", por lo que hoy diríamos que un furibundo lector de ficción (en papel, por supuesto) sería un ejemplo de apego a la cultura, frente al avance de lo audiovisual.

Curiosamente, las tecnologías consideradas como potencialmente dañinas son básicamente dos, que a veces se mezclan: las del entretenimiento y la comunicación. Suele ocurrir que los avances tecnológicos más rápidos y visibles se dan en respuesta a algunas de nuestras necesidades más humanas: socialización (comunicación directa, cotilleo) y juego. Para bien o para mal, la tecnología multiplica nuestras posibilidades, rara vez las crea de cero. Por este motivo casi siempre nos encontramos ante variaciones cuantitativas del mismo escenario. Uno de los efectos secundarios que tiene esto es que las tecnologías de la comunicación (básicamente organizadas en torno a internet) es su capacidad para desplegar ante nosotros un enorme catálogo de valores, antaño restringido a las fuentes de tradición familiar o tribal. Este salto en la diversidad cultural accesible constituye uno de los rasgos fundamentales de la globalización. De forma parecida (no idéntica) a cómo se desarrolla la selección natural de las especies, los diferentes valores transmitidos a través de los medios de comunicación compiten entre ellos, y algunos tienen más éxitos que otros a la hora de calar en las mentes de la gente que a ellos se expone. Esto no supone un peligro en sí mismo siempre y cuando en casa se haya construido un armazón previo de valores, así como un clima lo suficientemente abierto como para poder escuchar, debatir y rebatir los que no deseamos patrocinar.

3. Finalmente, al igual que cuando nos referíamos a la facilidad para adquirir bienes de consumo (y tanto la tecnología como la información se han convertido en parte de éstos) existe una serie de inconvenientes asociados al formato, al funcionamiento de los dispositivos en sí mismo que, sin ser extremadamente peligrosos, deben ser tenidos en cuenta. La inmediatez que supone el acceso a Internet, nuevamente, no favorece el desarrollo de tolerancia a la demora. Obviamente esto facilita la distracción, ya que el aburrimiento es uno de los sentimientos que peor toleramos las personas. 

A la hora de buscar alternativas mejores que una tarea aburrida o una espera, la mente siempre va a estar presta a aliviarnos, ya sea haciéndonos soñar despiertos, dirigiendo la mirada al punto impropio o usando el móvil para ver unos cuantos vídeos en Youtube. Saber esto simplemente nos obliga a hacer uso del sentido común y ponernos las cosas fáciles. De la misma forma que poca gente iría a una concurrida cafetería a estudiar en la víspera de un examen final, parece poco recomendable tener dispositivos con acceso a Internet cuando queremos concentrarnos en una tarea más aburrida. Renunciar a la potencial gratificación inmediata que supone un teléfono móvil, por ejemplo, requiere tener claro el motivo y luego práctica hasta ser incorporado como hábito. Finalmente la interacción con los demás. Los dispositivos móviles con acceso a internet (teléfonos, tabletas, ordenadores portátiles) pueden regular el contacto que tenemos con la gente, tanto potenciándolo como reduciéndolo. Por ejemplo, si somos unos padres agotados por nuestros infernales trabajos y buscamos algo de paz al arrullo del hogar, existe la tentadora posibilidad de entregar una pantalla de plasma al menor y que quede inmerso en un cómodo silencio. El problema es que esto dificultará el compartir experiencias con ellos.

c) El ambiente en casa

Antes de terminar con esta larga entrada, queremos traer de vuelta el zoom de nuestro objetivo desde lo más amplio a lo particular del hogar, que es donde se toman las decisiones.

1. Las expectativas. Los padres tienen su propia historia. Recogen las expectativas de los suyos propios y toman el relevo en unas condiciones muy diferentes a aquellas en las que se criaron, dibujando frecuentemente una progresión familiar. ¿Cuántas familias españolas proceden de una pareja de trabajadores manuales o agricultores que dejaron el campo, emigraron a la ciudad y vieron cómo sus hijos se convertían en trabajadores cualificados o licenciados universitarios? Ese deseo de progresión está inscrito en nuestra cultura como el itinerario estándar a seguir, aún cuando los bares de Londres estén repletos de licenciados españoles que no encontraron empleo en nuestro país. Quizás funcionase como regalo de los abuelos a los padres de hoy, pero el entorno económico actual no parece que encaje bien con lo que antes era un consejo sensato. Aún así lo seguimos aplicando. Todavía no ha cuajado una alternativa satisfactoria a este modelo piramidal.

Ilustr. Calvin & Hobbes. Bill Watterson.
Por otro lado, en ocasiones la percepción de éxito o fracaso de los padres en cuanto a sus propios proyectos puede desembocar en un intento más o menos consciente de imponer esos mismos proyectos en los hijos, transmitiendo de alguna manera un mandato familiar vertical (abuelos-padres-nietos). En estos casos el problema suele ser doble: pasa por alto la individualidad de esa nueva persona que es el menor, pero también que el mandato en cuestión atraviesa alrededor de 50 años de historia, con el riesgo de que estemos transmitiendo valores de contenido francamente obsoleto. El ejemplo más claro sería ese mantra por el cual siempre había que invertir en vivienda porque jamás se depreciaría.

2.  Número de hijos: al mismo tiempo que cambian los valores y las condiciones económicas, se reduce drásticamente el número de hijos por unidad familiar, por lo cual en tres generaciones hemos pasado de 4,5 o 6 hijos por familia a los hijos únicos o los dos hermanos, de media. La atención recibida por cada uno de los hijos no puede ser la misma si se reparte entre cuatro que si sólo hay un menor en casa. Esto da pie a que estemos mucho más cerca de cargar sobre un único menor todas esas expectativas paternas, el deseo de trascendencia de una o dos personas que quizás ya han renunciado a lograrla a través de sus propios proyectos vitales o simplemente el miedo a que le suceda algo malo. Mucha gente es capaz de jugar bien sus cartas a pesar de notar el peso de tantas miradas expectantes, no todo el mundo se malogra a pesar de la sobreprotección. Pero es natural que otras personas no consigan abstraerse de este ambiente, acusando una presión excesiva.
  1.       3.  Niños "difíciles": como ya hemos venido repitiendo a lo largo de diferentes entradas, las dos cualidades clave para la autonomía son la autodirección (capacidad para llevar a cabo una conducta coherente con las motivaciones de uno) y la cooperatividad (capacidad para tener en cuenta las motivaciones de los demás y armonizarlas con las propias). Por supuesto habrá niños en los que será más sencillo promover estas habilidades (son esos niños tan agradecidos que parece que se crían solos). Pero la naturaleza reparte sus cartas al azar y de la misma forma en que nos puede tocar un niño de temperamento dócil y apacible, nos puede tocar un niño complicado. Hay estudios que, de hecho, cuantifican en torno a un 10% la cantidad de niños que ya en los primeros años de vida dan muestras de que van a ser "difíciles" (inquietos, irritables, rebeldes, etc).
Con los niños "difíciles" los objetivos siguen siendo los mismos que con los "fáciles" (autodirección y cooperatividad), pero habrá que asumir que la cantidad de energía requerida para su educación tendrá que ser mucho mayor. Esto lo vemos claro en el caso de algunos padres que muestran su sorpresa ante la disparidad de conducta de los hermanos a pesar de haberlos educado por igual. El caso es que, a diferencia de temperamentos, si aplicamos la misma energía a la educación, normalmente ocurrirá que uno de ellos probablemente no recibirá la cantidad de estímulo necesario para desarrollarse con éxito, mientras que para el otro será una cantidad perfectamente razonable. Muchas veces ocurre con el niño "difícil" que, en lugar de darle ese extra de paciencia y cariño que quizás necesite, suele chocar con nuestro cansancio o nuestra irritación, poniéndole todavía las cosas más difíciles para hacerlo bien.

Dicho esto, no está de más recordar que a los niños "difíciles" por su temperamento no hay que querer convertirlos en fáciles. Una de las mayores desgracias de estos chavales es que, si uno o ambos padres albergan el deseo más o menos implícito de que el niño fuera no como es, sino de otra forma (fácil), es frecuente que el menor capte intuitivamente ese deseo, que no deja de ser una forma de rechazo. Si no se corrige la situación se suele alimentar un ciclo de insatisfacción y rebeldía que, paradójicamente provoca mayor rechazo en los padres. En estos casos la única opción sensata pasa por intentar aceptar lo que hay, respetando al niño en su individualidad.

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Traer niños al mundo se parece más bien a armar una embarcación antes de lanzarla a un mar tempestuoso, dominado por vientos y corrientes cambiantes, influencias externas que pueden llevarla al naufragio en cualquier momento. Los padres, en contra de lo que a veces se piensa, no pueden aspirar a ser los patrones. Su labor no es pilotar la nave hacia donde ellos se propongan. Su tarea se parece más bien a la de los armadores, que construyen y fletan los barcos. Barcos que deben seguir pudiendo navegar incluso cuando ellos ya no estén. Por lo tanto serán los responsables de equipar con materiales de buena calidad y tripulación entrenada. Sólo así la embarcación será lo suficientemente robusta y flexible como para llevar a buen puerto a quien realmente escoje el rumbo.

Montaje de la película Boyhood, que nos sumerge durante 12 años en la infancia de su protagonista. 
En estas reflexiones hemos mencionado factores internos (temperamento del menor, número de hijos, expectativas de los padres), y también factores externos (el ritmo de vida, las expectativas laborales, los avances tecnológicos). El límite entre estos dos mundos artificiales solemos ubicarlo en los muros de nuestra casa, nuestro reducto contemporáneo de intimidad. Nos gusta pensar que es de puertas para dentro donde se deciden todas nuestras estrategias y donde se deben buscar todas las soluciones. Pero esto no hace justicia a la realidad. La influencia de lo que ocurre de puertas para afuera es brutal, como sucede en el mar. El papel del profesional en salud mental muchas veces será recordar esto, hacer de incómoda y chirriante bisagra que nos recuerda que la división de ambos mundos es irreal, y que uno no puede existir sin el otro. Es por eso que nuestros hijos no son sólo nuestros hijos, sino que pertenecen al resto del mundo más allá de los lazos a través de los cuales los padres los convocan.

Conseguir que los hijos sean personas autónomas el día de manañana requiere básicamente:

Amor incondicional
Límites claros y firmes
Respeto y curiosidad hacia esa persona que ya es

Nos gustaría terminar esta larga entrada ilustrando lo dicho a través de este maravilloso poema de Khalil Gilbar, cuya lectura sólo podemos recomendar una y otra vez:


Tus hijos no son tus hijos.
Son hijos e hijas de la vida,
deseosa de sí misma.

No vienen de ti, sino a través de ti,
y aunque estén contigo,
no te pertenecen.

Puedes darles tu amor,
pero no tus pensamientos, pues,
ellos tienen sus propios pensamientos.

Puedes abrigar sus cuerpos,
pero no sus almas, porque ellas,
viven en la casa del mañana,
que no puedes visitar,
ni siquiera en sueños.

Puedes esforzarte en ser como ellos,
pero procura no hacerlos semejantes a ti
porque la vida no retrocede
ni se detiene en el ayer.

Tú eres el arco del cual tus hijos,
como flechas vivas son lanzados.

Deja que la inclinación
en tu mano de arquero
sea para la felicidad.

Pues aunque Él ama
la flecha que vuela
ama de igual modo al arco estable.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

¿Qué estamos haciendo mal? A vueltas con las pautas.

 Continuamos esta serie de entradas dedicadas a los problemas de convivencia con menores.
Aquí la primera de ellas: "No sé qué hacer con mi hij@"

Ilustr. Calvin & Hobbes. Bill Waterson.
A veces en un hogar previamente apacible comienzan a aparecer rabietas que desbordan a los padres, discusiones en torno a la falta de colaboración en casa, preocupación ante un bajón en el rendimiento académico... Los padres pueden preguntarse si estarán haciendo algo mal, si no se estarán equivocando en algo. Esa posibilidad a veces genera tanta culpa que ésta pasa a convertirse en una desagradable una “patata caliente” lista para ser arrojada al “problemático” menor, aunque no seamos muy conscientes del proceso.

Antes de nada es de justicia reconocer que, al criar a sus hijos, todo padre o madre hace lo que puede. Como se suele decir, los niños no vienen al mundo con un manual de instrucciones. Y resulta obvio decir que prácticamente nadie quiere hacer daño a sus hijos.

Sin embargo no siempre acertamos.
Por eso es bueno recordar rápidamente la diferencia entre culpa y responsabilidad.
Alguien es culpable si actúa a sabiendas de que hacerlo de determinada manera tendrá unas consecuencias concretas (generalmente negativas). En la culpa hay una intención más o menos directa de provocar lo que acaba ocurriendo, o bien un rechazo a tener en cuenta las consecuencias.

Ilustr. Calvin & Hobbes. Bill Waterson.
En cambio, somos responsables cuando somos capaces de entender que nuestros actos tienen consecuencias, y nos comprometemos con este hecho para que, al actuar, las cosas salgan lo mejor posible. Puede que surjan consecuencias indeseadas, pero desde luego esa no es la intención.

Por lo tanto, muy pocas personas son culpables de los problemas con los hijos, pero todos somos en cierta medida responsables. Nuestras acciones tienen consecuencias y debemos aprender a vivir con este hecho, sin atribuir lo que ocurre a las intenciones de una única persona.

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Esto, llevado al tema que nos ocupa, se traduce en que, por supuesto, el menor debe aprender a comportarse “adecuadamente” (y ponerlo en práctica), pero es responsabilidad de los padres el ayudarle a conseguirlo a través de la educación. Se trata de una tarea compartida, mediante la cual se transmite progresivamente la responsabilidad desde los padres (quienes inicialmente la monopolizan) hacia los hijos, hasta alcanzar ese momento en que serán plenamente autónomos.

Para llegar a buen puerto en la educación de los hijos normalmente no hace falta la orientación de ningún profesional. La mayor parte de familias se las apaña bastante bien gracias a la suma del sentido común de los padres y la “buena madera” de los hijos. Salvo dificultades importantes las familias resultan sistemas muy flexibles, por lo que suelen ser capaces de adaptarse a los cambios y superar los conflictos que nos trae la vida sin mayores problemas.

Nuestro papel como profesionales de la salud mental tiene más de sentido cuando los comportamientos conflictivos se enquistan en el tiempo o, por su intensidad (autolesiones, agresiones) desbordan la capacidad de la familia para metabolizarlas. Una de las cosas que suele impedir superar estas situaciones con éxito es que a veces las alteraciones de conducta son lo suficientemente molestas o angustiosas como para enrarecer rápidamente el clima familiar. La clave con estas alteraciones de conducta (un tecnicismo utilizado frecuentemente para definir cualquier cosa que alguien haga y moleste a otra persona) no suelen encontrarse tanto en el acto en sí mismo, sino en las consecuencias que probablemente acabarán teniendo sobre las relaciones familiares.

Cuando la tensión alcanza determinado punto los miembros de la familia pueden tardar tiempo en calmarse de nuevo, por lo que no es raro que se activen actitudes de excesiva vigilancia y reproches que rápidamente sentarán las bases de un círculo vicioso. El problema fundamental de un círculo vicioso se hace patente cuando los intentos de las partes para ponerle solución solo sirven para añadir más leña al fuego. Es típico percibir que, al mismo tiempo que el sufrimiento aumenta, disminuye la capacidad de saber qué está ocurriendo exactamente. Al final uno acaba tan inmerso en el problema que acaba perdiendo por completo la perspectiva del conjunto.

Ilustr. Zits. Jerry Scott & Jim Borgman.
El profesional, en estas situaciones, tiene dos ventajas.
En primer lugar, al ser personajes “recién llegados” al drama podemos observar sin tomar partido. Desde nuestra posición es más sencillo observar el círculo vicioso desde fuera. Así, podemos hacer de vigías, que describen lo que ven desde su precaria atalaya.
Otra ventaja que aporta el profesional es el conocimiento técnico que, no siendo enorme, sí nos hace disponer de algunas bases sólidas que nos permiten afirmar qué cosas suelen agravar o mejorar la situación, independientemente del caso.

Por supuesto cada caso individual es único, y ahí radicará el grueso de nuestro trabajo. Es necesario disponer de mucha información acerca de quién es ese supuesto menor problemático, quiénes son sus padres, si hay hermanos o no, cómo fue la relación de los abuelos con sus hijos, al servicio de qué están las conductas que tanto preocupan ahora a los padres o de dónde surge su angustia...

Ilustr. Calvin & Hobbes. Bill Waterson.
Todo esto deberá ser abordado en consulta, y la primera conclusión que deberíamos sacar todos los implicados en la terapia es que nunca hay un solo culpable, sino varias personas responsables, cada una en su medida. Y hará falta un poco de paciencia antes de dar con la solución a lo que suele ser un conflicto ya viejo cuando llega a consulta. Lo primero probablemente será poner frenos a las conductas más generadoras de angustia, pero estando dispuestos a escuchar genuinamente el sufrimiento que suele haber oculto detrás de ellas.

Como decíamos en el post anterior, las bombas de relojería que estallan en la adolescencia se suelen armar durante la infancia. Por este motivo, cuanto antes nos apliquemos en desativarlas, mejor para todos.

Aquí queremos enlazaros un documento con 12 consejos orientados a la creación de hábitos. Deben ser consideradas como una estructura mínima para que el menor sea capaz de organizar su comportamiento. 


La mayoría de padres sentirán al leerlas que siempre han formado parte de su estilo educativo. Sin embargo otras personas podrán darse cuenta de que quizás, en el fragor del conflicto o con el paso del tiempo han ido abandonando aspectos que eran importantes.

Para terminar, y como complemento a la lista, os enumeramos algunos de los errores más frecuentes a evitar:

· Existe división entre los padres, con diferentes posturas respecto a la educación de los hijos: no hay nada que dinamite a mayor velocidad la educación (y la pareja) que aplicar criterios diferentes frente a los hijos. Las discrepancias, lógicas y normales, han de estar negociadas para presentar una postura común al menor.

· Poner normas que no son coherentes con nuestra conducta: los adolescentes son especialmente poco compasivos con las contradicciones que detectan en sus padres, y con razón.

· No respetar los acuerdos o levantar prematuramente los castigos: la inconsistencia en la aplicación de las consecuencias simplemente debilita cualquier norma que intentemos promover.

· No hablar acerca de lo sucedido tras una discusión: puede ser tentador olvidarse del tema cuando por fin todo está más tranquilo, pero eso solo hará que el problema se repita y que acumulemos resentimiento.

· Razonar excesivamente con el menor en la esperanza de que no se enfade o disguste: lógicamente es necesario que tenga una explicación sensata de por qué los padres han decidido que será beficioso para él actuar de determinada manera, pero la norma no admite discusión con el hijo.

· Condicionar el amor a la conducta: puede ser extremedamente angustioso para algunos menores sentir que pueden perder el amor de sus padres en función de lo que hagan. A veces esta angustia se presenta precisamente como actitudes rebeldes que pretenden poner este amor a prueba. Sin embargo el amor debe ser incondicional, y se debe emplear cualquier medio para que el menor lo pueda entender así.

· Ceder a la angustia: si hubiera que resumir todos los puntos previos en uno diríamos que, en general, los fallos en la educación tiene que ver con la necesidad de los propios padres de no sufrir tanto. Hacer lo que toca casi nunca es sencillo. Y si sabemos lo que queremos hacer y por qué, será más fácil asumir el coste inevitable.

En la próxima entrada reflexionaremos acerca de las trabas que hoy en día se encuentran los padres para poder llevar todo esto a cabo.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

No sé qué hacer con mi hij@

Cada vez llegan más adolescentes a nuestra consulta.

Y cuando decimos adolescentes nos referimos a chicos y chicas que pueden ir desde los 14, 15 o 16 años hasta la veintena larga. A pesar de la disparidad de edades, estos jóvenes suelen tener algo en común, y es que sus padres están muy preocupados.

Ilustr. Gettyimages.es
A veces estos padres vienen solos y nos cuentan que no saben qué hacer, que no ven ningún tipo de motivación por parte del chaval (estadísticamente suelen ser varones), que no lo ven reaccionar a pesar de que se intenta razonar con él, que se muestra constantemente hostil aunque se le trate con cariño, o incluso que se muestra agresivo (levantando la voz, golpeando algún mueble) cuando no consigue lo que quiere. En algunos casos dramáticos hay agresiones físicas o un clima de constante amenaza que hace imposible la convivencia.

Las etiquetas que se le pueden colgar al problema son muy diversas: "alteraciones de conducta", "abuso de las nuevas tecnologías", "adicción al cánnabis, al alcohol, etc". Es parte de nuestro trabajo como psiquiatras descartar que bajo estas conductas no exista encubierto un problema más grave como una depresión, un trastorno de ansiedad o un cuadro psicótico incipiente. Estas posibles causas a veces están presentes, y es bueno tenerlas en mente para no pasarlas por alto. Pero lo cierto es que son poco frecuentes.

Lo más habitual es que nos encontremos ante un adolescente esencialmente sano que no ha llegado a adquirir un verdadero control de sí mismo, y unos padres que se las ven y se las desean para intentar controlarle ahora que es más grande, tiene más energía y se ve apoyado/presionado por su entorno de amigos.

Cuando se llega a la consulta de un profesional de la salud mental normalmente se han intentado algunas cosas, entre ellas ver si con un poco de paciencia al joven se le acaba pasando "el pavo". Cuando esto no es así y la conducta empeora, cunde la desesperación. No es raro percibir en estos padres sentimientos de vergüenza o de fracaso. Pareciera como si el menor de edad (o no tan menor) hubiera conseguido doblegar sin mucho esfuerzo a personas hechas y derechas, tan normales en el resto de áreas de su vida como cualquier otro.

Por eso, una vez expuesto el problema, no es raro que los padres acaben poniendo sobre la mesa la siguiente petición: "Necesitamos pautas".



El éxito de de programas televisivos como "Supernanny" o "Hermano Mayor" es la expresión más visible de lo que estamos hablando.

Una de las enseñanzas que nos regalan estos programas es que más vale prevenir que curar. Los problemas de la adolescencia suelen ser bombas de relojería que se arman durante la infancia.

Y es que es entonces, durante la infancia y no tanto durante la adolescencia, cuando más rendimiento tienen las pautas. En realidad resulta complicado reconducir en 2 o 3 años lo que lleva fraguándose los diez años previos, en los que se ponen los cimientos de la personalidad.

Ilustr. Zits, de Jim Borgman.

"Los problemas de la adolescencia suelen ser bombas de relojería que se arman durante la infancia."



Por eso lo primero que transmitimos a los padres de chavales adolescentes es que las pautas no serán soluciones rápidas. Con esto ocurre lo mismo que con las dietas de adelgazamiento. En sí mismos, 5 o 6 consejos servirán de poco. A lo que debemos aspirar es a introducir cambios reales y duraderos en la forma de vivir de la familia. Los beneficios casi siempre aparecerán en el largo plazo. Es necesario introducir nuevas rutinas, algunas incómodas, y persistir en ellas sin esperar ver un resultado inmediato. Y eso nos cuesta mucho.

¿Entonces a qué nos referimos con pautas? ¿De qué tipo de cambios estamos hablando?

Las pautas ofrecidas por el profesional deberían traducirse en estilos de educación diseñados y defendidos por ambos padres, consistentes a lo largo de los años y basados en la recompensa y en el castigo. El profesional no influye en el contenido de la educación. No es nuestro papel. Nuestras recomendaciones se centran en la forma en que dichas normas se diseñan y aplican para que tengan efectividad.

El resultado que esperamos al aplicar dichas pautas tiene que ser el llegar a generar un espacio normativo seguro dentro del cual el menor tiene claro hasta dónde puede y hasta donde no debe llegar su conducta, y cuáles serían las consecuencias tanto si respeta como si viola las normas.

No es posible acertar siempre ni hacerlo bien el cien por cien del tiempo, pero si lo conseguimos la mayoría de las veces, el menor crecerá en un entorno con capacidad para guiarle y protegerle de sí mismo.

La misión de los padres es hacer que sus hijos logren ser personas autónomas para el momento en que la sociedad los reclame como adultos de derecho.



Seguiremos tratando la problemática de los adolescentes en próximos posts. En ellos reflexionaremos acerca de por qué hoy en día nos resulta más difícil educar personas autónomas, veremos algunos errores comunes que a veces cometen los padres, y trataremos el que probablemente sea el talón de aquiles de nuestra generación: la baja tolerancia a la frustración.

lunes, 26 de octubre de 2015

Este Otoño retomamos el camino.

Ilustr. Autumn. Watercolor. Amber Alexander.

Seguro que habéis notado como, poco a poco, se reducía la actividad de Anábasis hasta detenerse alrededor de marzo.

El motivo es que los dos autores de este blog hemos pasado unos meses muy intensos a nivel personal y profesional, por lo que lo hemos tenido difícil para seguir cultivando este espacio de reflexión.

Pero el Otoño trae aires nuevos.

Os anunciamos que queremos retomar las actualizaciones con ánimos renovados y algunos cambios en la estructura de la página.

A partir de ahora las entradas del blog se dividirán en 4  secciones, cada una con su tema particular:

1) Reflexiones: aquí intentaremos compartir con vosotros todo lo que sabemos y vamos aprendiendo acerca de este mundo que llamamos de la salud mental. Eso incluye revisar la gama de formas en que aparece el sufrimiento (desde lo más cotidiano a la cruda patología), el papel de la psiquiatría como rama de la medicina, así como esos conceptos no siempre claros acerca de nuestro oficio que pueden acabar generando dudas, mitos o malentendidos.

2) En consulta: hablaremos precisamente de eso, lo que sucede en una consulta. Será una sección que nos servirá para ilustrar algunas de las dudas más comunes (¿en qué se diferencian psicólogo y psiquiatra?, ¿para qué sirve tomar medicación?...), esas que surgen cuando alguien se pone en tratamiento o se está planteando pedir ayuda a un profesional de la salud mental y no lo tiene claro.

Además, la consulta es para nosotros una fuente muy importante de experiencias que nos sirven para actualizar nuestra forma de trabajar y pensar. Manteniendo siempre la confidencialidad incluiremos algunas de esas experiencias basadas en casos reales, con el fin de que puedan ser una fuente de apoyo a personas que estén atravesando una situación parecida.

3) Reseñas: nos gusta leer y aprender cosas nuevas, pero también compartir las que pensamos que tienen más valor tanto para profesionales como para el público general. Analizaremos libros, documentales, películas y alguna serie. En Anábasis pensamos que es importante equilibrar la fría teoría con el sentido común que surge de vivir el arte. Todo ello imprescindible para comprender el funcionamiento de la mente y su mundo de relaciones.

4) Herramientas: por último, en esta sección iremos colgando muchos de los recursos que hemos ido recopilando y creando a lo largo de nuestros años de trabajo. Bibliografía en PDF, consejos para el control de la ansiedad, para el descanso nocturno, guías de actuación, pautas para casos concretos, encuestas, etc. Esperamos que os sean de utilidad.

Por supuesto esperamos ansiosos vuestras aportaciones y comentarios para que nos ayuden a enriquecer este camino de crecimiento que nunca termina.

Camilo Vázquez y Olga Bautista