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lunes, 13 de septiembre de 2021

Sentido y (des)propósito en la era laboral. David Graeber In memoriam.


El día 2 de septiembre del pasado año 2020, la muerte encontró al antropólogo y activista David Graeber, quien pasaba unos días de vacaciones en la ciudad de Venecia. La noticia, extraña como la ciudad de los canales durante la pandemia, supuso para muchos de nosotros un final trágico e inesperado, casi de novela. Se nos fue David, como se ha dicho este primer aniversario, cuando más lo necesitábamos.

(Nueva York, 1961 - Venecia, 2020)

Autor reconocido por obras como “En deuda. Una historia alternativa de la economía”, “Fragmentos de antropología anarquista” o “La utopía de las normas”, despertó hace tiempo mi interés por su capacidad para captar y exponer con una crudeza socarrona muchas de las tramas en las que vivimos inmersos: la inagotable burocracia, el papel coercitivo de la deuda y, especialmente, algunas aristas no tan evidentes del malestar laboral.

Si Graeber se convirtió en un referente intelectual en su campo fue por ser capaz de ver con ojos nuevos y mostrar a los demás aquello que solemos dar por sentado. Atentaba contra el sentido cómún al desvelar su origen interesado y su falso consenso. Exponía crudamente sus entresijos al ponerse a escribir o conferenciar, salpicando toda su obra de un particular sentido del humor y referencias de lo más diversas.

Sirva esta como comentario y reflexión en torno a uno de sus libros más influyentes, así como merecido homenaje de despedida a un autor con el que ya no tendremos la suerte de seguir pensando de la mano, sino tras sus pasos.


1. Trabajos de mierda. Una teoría.

Un trabajo de mierda (bullshit job) no es para Graeber lo que solemos entender por un trabajo basura o precario. Se trata de “un empleo por cuenta ajena tan carente de sentido, innecesario o tan pernicioso que ni siquiera el propio trabajador es capaz de justificar su existencia, a pesar de que, como parte de las condiciones del empleo, dicho trabajador se siente obligado a fingir que no es así”.

Los trabajos de mierda no suelen estar mal pagados. Más bien al contrario. Podría pensarse que, mediante generosas nóminas, los empleadores tratan de consolar a sus trabajadores distrayéndoles del carácter fracasado que encierra el puesto. Graeber enumera algunos sectores en los que abundarían los trabajos de mierda: abogados corporativos, altos funcionarios universitarios, mandos intermedios empresariales, organizaciones no gubernamentales... También hace mención de las variedades formales que los componen: “parcheadores”, “marcacasillas”, “supervisores”, “esbirros”, “lacayos”... una variopinta fauna que compone la especie del Homo Laborans, reconocibles entre sí por la dudosa utilidad social de sus ocupaciones.

El sujeto que se encuentra empleado en un trabajo de mierda puede sentir que algo indefinido falla en su quehacer diario, o bien no percibir nada en absoluto durante largo tiempo. Lo que algunos críticos han señalado como una falla en su conceptualización (por considerar que la cualidad intrínseca de un empleo “de mierda” no puede depender de la experiencia subjetiva del empleado) creo que casualmente sirve para iluminar una de las aristas más profundas en torno a la (in)satisfacción del humano como animal trabajador: la disociación entre propósito individual y propósito compartido. Así como el hecho de que no siempre sabemos por qué actuamos como lo hacemos.

Como me señaló certeramente un compañero, para la traducción española de la provocadora propuesta de Graeber (bullshit) podrían haberse escogido palabras más atinadas, aunque probablemente a costa de una menor difusión sus tesis: trabajos de pantomima (gracias, Álvaro Cerame), trabajos fútiles, trabajos redundantes, adiposos, dislocados o (si se me permite combinar fraude y fracaso en aras de un neologismo) “frabajos”. Cumplen en todo caso una función, pero ésta se revela ajena a los objetivos del individuo. Como se analiza bien aquí poniendo como ejemplo la intermediaria papelera Dunder Mifflin de la serie The Office, un número creciente de empleos no tienen mucha más utilidad social que la de acrecentar las cifras de PIB otorgando para ello tareas prescindibles y carentes de sentido a legiones de trabajadores. Esta operación de engorde sistémico requiere de un cierto clima de confusión moral, que señala agudamente el antropólogo: indefinición de la tarea, tabú en torno a la misma, exigencia de disfrute aparente si es que trabajamos con público, impostura en definitiva. Estas características dificultan la creación de un relato acerca de la naturaleza de la situación laboral, lo cual no evita que algunas personas desarrollen un sordo resentimiento hasta ese momento en que ven el velo caer.


2. ¿Para qué sirve esto que yo hago?

El hallazgo de Graeber consiste en haber dado con una veta de sufrimiento laboral que va más allá de los trabajos penosos o precarios. Hay trabajos, a menudo esenciales, que casi nadie quiere desempeñar como primera opción: limpieza, transporte, cuidado de enfermos y ancianos... No deben ser confundidos con los trabajos de mierda que, en cambio, a menudo resultan atractivos y están bien pagados, a pesar de lo cual y por carecer de utilidad social evidente acaban pasando factura al empleado. Lo contraintuitivo aquí es el hecho de que disfrutar de unas condiciones materiales y contractuales razonables no nos libra de acabar sintiéndonos bastante desdichados en el día a día. La ausencia de un propósito que la persona considere valioso en eso que hace repetida y obligadamente suele llevar al desencanto, a veces a la desesperación. Se puede enfermar por puro despropósito, como si nos comprometiésemos por contrato a tratar de vaciar el mar valiéndonos de cubo y pala.

¿En qué consiste esto del propósito?. Los humanos somos, en esencia, animales sociales con capacidad operativa. Ante una necesidad nos figuramos la forma de satisfacerla. La necesidad convoca la tarea, que incluye una representación del resultado, el estado deseado al finalizar la acción. Esta secuencia de necesidad, tarea y resultado esperado es lo que propongo denominar propósito. En el propósito residen nuestras expectativas, uno de los más sutiles componentes del bienestar o malestar humano. Para mayor complicación, la tarea que nos propongamos a menudo no podremos realizarla solos, por lo que deberemos contar con los demás. Este sería el núcleo antropológico del trabajo: la satisfacción de necesidades operando cambios en el entorno, por medio de una relación con la tarea que a menudo exige coordinarse con los otros.

Pero a medida que la Humanidad crecía en número y disponía de más recursos tecnológicos y materiales a su disposición, las tareas se dividían y subdividían. En virtud de este proceso nuestras sociedades se han ido haciendo más y más enrevesadamente interconectadas. Aunque no estemos muy dotados para verlo la realidad que conocemos y de la que formamos parte se organiza en niveles anidados de complejidad creciente. Esto es, a partir de niveles más simples surgen estratos autoorganizados capaces de realizar funciones que sus elementos constitutivos por sí mismos no podrían llevar a cabo. Los individuos vivimos en grupos, y diferentes grupos pueden participar de instituciones, que se insertan en comunidades, incrustadas a su vez en nuestro mundo globalizado, conectado e interdependiente. Es por ello que en cualquier situación actual se ponen en juego muchas más necesidades y propósitos que los nuestros como individuos. Así mismo vivimos muy condicionados por muchos de los propósitos procedentes de los demás niveles de organización social. Esta coincidencia de propósitos en el espacio y en el tiempo a menudo no resulta armoniosa. Aunque grupos, instituciones y comunidades no sean verdaderos agentes desde el punto de vista intencional (tan solo los individuos lo son), pueden presentar dinámicas estables equiparables a propósitos (por ejemplo: la misión de una empresa, o la política de salud pública enunciada por un Estado).

"Shin Godzilla"; Hideaki Anno, 2016.

Esta estratificación compleja de la realidad puede conducirnos a lo que el filósofo José Antonio Marina denomina el problema de la jerarquía de marcos. Él reflexiona en torno a la capacidad de inteligencia para servir a los propósitos. Y afirma que “los pensamientos o actividades que son en sí inteligentes pueden resultar estúpidos si el marco en que se mueven son estúpidos”, lo cual “nos obliga a estratificar los juicios. Lo que a un nivel es aceptable puede dejar de serlo si ese nivel entero es abominable”. De esta forma se comprenden mejor tanto la “banalidad del mal” enunciada por  H. Arendt (la eficacia de un neutro oficinista puede estar vinculada a los campos de exterminio) como la banalidad del bien de tantas personas que constribuyen a causas trascendentes por medios aparentemente banales (como los empujadores del metro de Tokyo). 

Nuestro trabajo puede ser perfectamente aceptable o completamente detestable por motivos tan poco evidentes como que el propósito amplio de lo que hacemos colisiona frontalmente con lo que quisiéramos que fuera el resultado final de nuestros esfuerzos, como le ocurre a la protagonista de “Valle inquietante”, una trabajadora en el sector de las startup tecnológicas de Silicon Valley.


3. Sentido y opacidad

Si el propósito es proyectivo y tiende su mirada al futuro, el sentido es retrospectivo. Uno hace memoria y comienza a contar una historia de sí. Las experiencias humanas, para que puedan ser incorporadas deben ser ordenadas, “puntuadas” en secuencias temporales que permitan establecer un hilo causal. Usamos hechos, creencias y vivencias para contarnos a nosotros mismos, construyendo nuestra identidad. Las experiencias que no somos capaces de incorporar a este relato de uno mismo pueden, según su grado de intensidad, ser sencillamente omitidas y olvidadas, o bien quedársenos atravesadas como una cicatriz. Las más dañinas corren el riesgo de quedar inscritas en los márgenes de nuestro discurso, como ocurre en el cuerpo de las personas afectas de trauma psíquico. No escapan del infortunio, sino que éste se asienta en otro lugar, reapareciendo bajo otras formas.

Dan Dennet, otro filósofo, afirma que los humanos compartimos con el resto de animales una gran competencia sin comprensión. Esto quiere decir que somos capaces de desenvolvernos por la vida la mayor parte del tiempo sin saber por qué hacemos lo que hacemos. E hila más fino al señalar que, al preguntarnos por nuestros actos, veremos que cada por qué nos obligaría a diferenciar el cómo-es-qué (qué elementos influyen en la secuencia de conducta y consecuencias) del para qué (finalidad o intencionalidad). El propósito sería la respuesta al para qué. Se trata de preguntarse por la tarea, aspecto sencillo pero desatendido. El sentido, más esquivo, sería la respuesta al cómo-es-qué. Buscarle el sentido a lo que hacemos se trata casi siempre de improvisar, de no quedar en silencio. Para ello elaboramos una fábula congruente con nuestra idea de nosotros mismos. Para armar esta narración usaremos indicios, preferencias y razones que nos resultan culturalmente confesables. El hecho es que las personas no tenemos acceso directo a gran parte de los condicionantes habituales de nuestra conducta, pero hemos sido intensamente adiestrados en la acto social de “dar razones” para nuestra conducta. Somos tan opacos como locuaces.


4. Monos heridos de utopía


Cuanto más educada está una sociedad más eleva la mirada oteando el horizonte. Esto supone un problema para el llamado "mercado laboral". No es raro que, una vez satisfechas o remansadas las inquietudes de la juventud y primera adultez (cumplir las expectativas familiares, sentirse uno autónomo y al mando de su vida, habiendo encontrado con suerte el afecto incondicional de una o dos personas) no es inhabitual, decía, que saliendo de la rutina adormecedora uno se pregunte: “¿para qué sirve lo que hago todos los días en mi trabajo?”. ¿Sirve a mis propósitos o sirve a los de otros?”

El acierto de Graeber y sus "trabajos de mierda" para mí reside en la capacidad para señalar esta hipocresía ampliamente establecida. Ha proliferado un cierto discurso empresarial que promete servir a las necesidades más elevadas de los trabajadores: pertenencia, sentido, realización... Y sin embargo hay algo en la realidad concreta de los actos y las circunstancias materiales que convoca la sospecha. Uno intuye que quizás le están comprando. Si hace el esfuerzo de salirse de su marco o, peor aún, es de esas personas condenadas a vivir siempre desde los márgenes, analizando, verá pronto que gran parte de las relaciones laborales contemporáneas responden a la impostura. Los propósitos de las empresas no son los que nos vendieron, o cambiaron en la última junta de accionistas. O nos dirigen al abismo por medio del mantra del crecimiento sin fin.

Autor: Jeremy Rondan

Hoy, libres de los grades relatos religiosos, descreídos de las revoluciones racionales, vivimos obligados a elaborar nuestro propio sentido con materiales más bien precarios. No es que la ideología se haya esfumado, como los dinosaurios de la faz de la tierra, sino que se encuentra embebida en la matriz en la que habitamos, en estado “bruto” y sin refinar a nivel discursivo.

La complejidad del mundo en que vivimos ha trasladado el peso de la acción humana a los propósitos de niveles de integración superiores al individuo. Por eso el propósito individual difícilmente encuentra asideros culturales en los que trascender. La búsqueda de sentido individual se promueve  instrumentalmente, de tal forma que cada uno se lo componga en beneficio de la sociedad de consumo. Pero esta estrategia comienza a revelar algunos efectos secundarios inesperados, tal y como se publicaba recientemente con tono alarmado: "los trabajadores están abandonando sus empleos y no sabemos por qué". No se trata tan solo de una crisis de precariedad, que también, sino que lo precario ha alcanzado nuestra capacidad de dar sentido.

La parte buena del asunto es que podemos resignificar las situaciones, buscar en nuestro repertorio de valores personales con el fin de encontrar una motivación intrínseca que haga más tolerable la trama e incentivos externos. No se trata de soportar para siempre lo intolerable, sino de darnos margen mientras nos preparamos para cambiar rumbo a un contexto más favorable.

La parte mejor es que no estamos condenados a ser completamente opacos: podemos pensar juntos, con honestidad, analizar nuestros motivos y llegar a intuir el alcance de nuestros encargos


Referencias:
Trabajos de mierda. Una teoría. David Graeber. Ariel. Barcelona, 2018.
On Bullshit. Sobre la manipulación de la verdad. Harry G. Frankfurt. Paidós. Barcelona, 2006.
La inteligencia fracasada: teoría y práctica de la estupidez. José Antonio Marina. Anagrama.
El animal trabajador. Entrevista a J.C. Vázquez en el blog: La nueva Ilustración Evolucionista.



domingo, 6 de noviembre de 2016

Necesito un informe

Reflexiones desde nuestro lado de la mesa, con Pablo Malo.

1. Un derecho en auge

    Erika Jong se quejaba de que en la cama nunca hay dos personas. En sus mentes siempre les acompañan los padres, antiguos amantes y rivales reales o imaginarios. En otras palabras, terceras partes tienen interés en el posible resultado de una relación sexual.

    Pues bien, podría decirse que en la consulta psiquiátrica nunca hay sólo dos personas y que terceras partes tienen también interés en el resultado de la relación terapéutica. La consulta a menudo se convierte en una especie de camarote de los hermanos Marx en el que van entrando sucesivos personajes, haciendo uso para ello de una curiosa puerta de atrás: el informe clínico.

" A night at the Opera". 1935. Metro-Goldwyn-Mayer Syudios.
    
Por extraño que parezca, esta puerta trasera al interior de la consulta cada día se abre con mayor frecuencia. Muchos de los profesionales que trabajamos en la sanidad pública tenemos la sensación de que la solicitud de informes va en progresivo aumento. Quede claro de antemano que cualquier paciente tiene derecho a solicitar un informe actualizado a su médico o terapeuta cuando lo crea conveniente. Pero este derecho inevitablemente consume una parte considerable del recurso más preciado que tenemos: el tiempo. Es por ello que sería bueno saber por qué se ejerce cada vez más.

2. ¿Para qué sirve este papel?

     El informe, ya sea largo o conciso, no es más que un escrito en el cual el profesional da fe de un conjunto de datos clínicos, de entre los cuales habrá tres que serán los más relevantes: un diagnóstico, un pronóstico y unas recomendaciones terapéuticas.

    ¿Y para que sirve un informe exactamente? Pues eso ya depende de quien lo solicite. Como señalábamos antes, la aparente intimidad de la consulta puede verse invadida por toda una gama de personajes, entre los cuales podemos encontrar al propio paciente pero también a otros más o menos periféricos: el empleador, la mutua o el INSS para ver cuándo puede el paciente volver a trabajar, la Universidad para saber por qué no ha ido a clase, la oficina del paro para saber si puede hacer cursos y por qué no acudió a la última cita de revisión del paro, el abogado del paciente que necesita especificar los síntomas que le ha generado al paciente el acoso o maltrato de su jefe, la dirección general de tráfico que quiere saber si puede conducir, la unidad de valoración de discapacidades, la valoración de dependencia, etc, etc, etc.

    Ojo, no se trata de que estos personajes periféricos se personen solicitando un informe, sino que es el propio paciente quien lo pide por requerimiento de aquéllos o por propia iniciativa.

   Aquí exponemos un desglose de peticionarios de una de nuestras consultas, a lo largo de 3 meses:

Fuente: solicitudes registradas en una agenda del Centro de Salud Mental Almendrales, Madrid. Número de informes: 49. Periodo: 3 meses (60 días laborables). Ritmo de solicitudes: 1 cada 1,22 días. Los informes a "petición propia" no indicaron motivo o únicamente indicaron preferencia personal por disponder el informe, sin aportar otros datos.

    De entre todo este plantel, curiosamente, quizás sea al propio paciente a quien de menor utilidad directa le resulte el informe, por lo menos en el abordaje de su patología. Esto tiene un sentido y es que, como ya abordamos en otra entrada anterior, lo que necesita una persona que sufre no es tanto un diagnóstico como una explicación en un lenguaje que pueda hacer propio. El lenguaje técnico, el de los diagnósticos expuestos en informes, no es adecuado para comprender. Por eso debiéramos considerarlo algo parecido al instrumental quirúrgico: algo que usan los profesionales para trabajar, cuyos beneficios llegarán al paciente de forma indirecta. Al mismo tiempo cualquier profesional sabe no tomarse demasiado al pie de la letra el idioma técnico de los diagnósticos. Se trata de una forma de hablar que nos sirve para resumir mucha información en unos pocos términos, a modo de un boceto, para hacernos una idea, pero no para trabajar de forma individualmente provechosa.

    Pero si el informe le sirve para relativamente poco al paciente en la mejora de su patología, ¿por qué cada vez lo solicita más?

3. El informe como lubricante social

   Vivimos en un entorno de altísima complejidad organizativa. Cada día interactuamos con ciudadanos a título individual, empresas, instituciones públicas y privadas, organismos de la administración, asociaciones civiles... Podemos imaginar a cada uno de estos agentes como un engranaje de diferente tamaño, encajado en una enorme maquinaria cuyo fin no alcanzamos a ver. Su finalidad, su objeto, podemos intentar adivinarla, pero únicamente si ampliamos el foco más allá de los dientes de los engranajes con los que puntualmente entramos en contacto.

"Modern Times". © 1936 - Warner Bros. All rights reserved.
El día a día de una sociedad como la nuestra, por mucho que lo disimule el hábito, no es necesariamente la forma más útil o sana de regular las interacciones entre agentes. Simplemente es la única que tenemos en un momento dado. El sistema sanitario, en nuestro país, juega un papel cada vez más importante en el mantenimiento y correcto funcionamiento de esta enorme maquinaria social, a pesar de las continuas restricciones presupuestarias y descapitalización humana que viene padeciendo.

¿Qué le está ocurriendo entonces a esta maquinaria para que los informes clínicos estén ganando relevancia y deseabilidad? Pues como sucede en las dinámicas complejas, diferentes factores confluyen de forma no planificada para generar una estructura de incentivos o (como diria Paco Traver), un creodo. Al final de este sumidero se encuentra el despacho del profesional sanitario. Vamos a terminar señalar algunas de las claves que nos parecen más relevantes en este asunto:


4. Precarización, claudicación estatal y valores a la deriva

Ilustr. vía https://friendtoyourself.com
    Un porcentaje cada vez mayor de las consultas atendidas en Salud Mental tienen que ver con el padecimiento vinculado al malestar cotidiano: estrés laboral, conflictividad familiar, declive físico incompatible con el nivel previo de funcionamiento... La crisis económica sólo ha acelerado este proceso, dado que las exigencias de productividad se mantienen o aumentan en este entorno post-burbuja, lo cual equivale a pedir más por menos a cada trabajador. Esto, y en consulta lo vemos claramente, acaba teniendo tarde o temprano repercusiones sobre la salud mental y física de las personas aunque el empleador no esté incentivado para reconocerlo.

    Tratar este malestar supone “poner un parche” que permite a las personas mantener la misma rutina que provocó el “trastorno” durante más tiempo, generalmente porque no existe una alternativa mejor o viable en el corto plazo (cambiar de trabajo, denunciar una situación de acoso, etc). Esto genera una demanda ingente de psicofármacos que mitigan el malestar, pero no abordan su origen.

Agotado el “colchón” psicofarmacológico el malestar puede mantenerse o agravarse. Cuando el funcionamiento habitual sea inasumible serán los demás engranajes (empleadores, proveedores de ayudas sociales, tribunales) los que requerirán una justificación “adecuada” para el bajo rendimiento o la inadaptación del individuo a los requerimientos del sistema productivo.

   Es en ese momento cuando aparece la petición de informe y el centro de salud (especialmente en salud mental) deja de ser el proveedor de sentido para el malestar individual y se ve forzado a adoptar el papel añadido de “objetivador” o “certificador” de aquellas heridas que ni sangran ni dejan hematoma. El informe se convierte en una representación física del sufrimiento psiquico, un fetiche.

  Esta demanda de “pruebas” que documenten algo tan esquivo como la subjetividad de un individuo es coherente con las exigencias crecientes de nuestro modelo de organización social-laboral: las relaciones antes “sólidas”, constituidas en torno a empleos fijos, confianza entre empleado-empleador, etc... ahora deben venir mediadas por testigos imparciales que eviten la picaresca de unos pocos, inasumible como temida fuente de ineficiencia. Por otro lado, cada vez existe mayor temor a las repercusiones legales por un resultado desafortunado o una desgracia. Por ello, ante cualquier atisbo de duda, el informe se solicita como una búsqueda del riesgo cero, un documento que certifique que se puede dar un paso en este o aquel sentido. 

   Por otro lado, el funcionamiento burocrático basado en la cumplimentación de solicitudes y entrega de documentos oficiales, fotocopiados, compulsados... parece cumplir un papel limitador en sí mismo. Si bien existe un componente inevitable de rigidez organizativa en la administración (pues, se diga lo que se diga, los seres humanos odiamos los cambios no buscados) las tecnologías de la información permitirían simplificar enormemente los procedimientos administrativos, si no fuera porque probablemente actúan como filtros para una demanda imposible de satisfacer acorde a lo reconocido legalmente. El problema obvio al final es de equidad. Precisamente es la gente más desfavorecida quien antes suele desistir en sus demandas de protección social, pues tienen menos dinero o medios para dedicar a este proceso para nada sencillo. Esto, en la práctica, constituye una deserción del papel de garante social que se le supone al Estado en nuestro entorno.

   Un último factor creemos que aumenta (y lo hará cada vez más) la deseabilidad de los informes tiene que ver con un progresivo cambio en los valores que organizan la conducta deseable en cualquier sociedad. En un contexto de avance insidioso de la ideología neoliberal (individualismo meritocrático y desregulación estatal de las interacciones económicas), las personas tienden a sentirse cada vez más culpables de su sufrimiento, para regocijo de otros actores con pocas ganas de ampliar el foco y reconocer la parte que éste tiene de sistémico o colectivo.

"They live". Alive Films - © 1988. La ideologia se encuentra implícita en los modos de vida, aunque se niegue su presencia.
    Las molestias físicas y el sufrimiento psíquico cada vez más son vistas como un fracaso personal. Vacíos los confesionarios de las iglesias, la consulta (con su secreto profesional) se erige como el lugar seguro donde llorar sin ser juzgado. El centro de salud se convierte en el único espacio donde se admiten los lamentos de las personas a quien la vida les ha torcido el brazo.

  Además, como exponía Jonathan Haidt en referencia al aumento de las denuncias por microagresiones (étnicas, culturales, de género) en los campus universitarios americanos, cada vez gana más fuerza lo que algunos llaman la cultura del victimismo. Si bien hace siglos las ofensas sufridas eran saldadas por medio de la acción personal, muchas veces violenta (cultura del honor), para más tarde ser sustituída por la reclamación del uso de la fuerza por parte del aparato estatal (cultura de los derechos); desvirtuada la opción violenta y abandonados a nuestra suerte por parte del estado claudicante, sólo nos queda exponer públicamente nuestra condición de víctimas para así aglutinar capital social que nos defienda o nos vengue.

    Quizás detrás de esta deriva de valores se encuentre el progresivo éxito de los libros sobre personas "tóxicas" o la simplificación de los conflictos humanos en la dicotomía de víctimas y verdugos. En este contexto el informe cada vez más será el trasunto de la cicatriz psíquica, la demostración de que somos víctimas de las agresiones de un mundo indiferente, ciego y sordo.

"Modern Times". © 1936 - Warner Bros. All rights reserved.
   Al final el resultado es que los psiquiatras probablemente hacemos más informes que recetas y uno se pregunta: “¿somos médicos o certificadores, o es que en realidad es la misma cosa?”

Otras preguntas que valdría la pena hacerse:
· ¿La tendencia es continua o se ha acelerado durante los peores años de la crisis?
· ¿Existen diferencias de edad significativas entre los solicitantes y no solicitantes de informes?
· ¿Sucede algo similar en países sin un estado del bienestar fuerte?, ¿en qué formas se da esta defensa del individuo en EEUU, por ejemplo?
· ¿Se le piden más informes al psiquiatra que a otros especialistas médicos? Si es así, ¿por qué?

viernes, 18 de diciembre de 2015

Tus hijos no son tus hijos.

Que nadie se asuste por el título, pues tiene su sentido. Lo veremos al final de la entrada.
Queremos cerrar esta semana la serie que hemos dedicado a los problemas de conducta con menores.

Anteriormente ya habíamos dado unas pinceladas sobre los siguientes puntos:
Por supuesto siempre que se ofrecen este tipo de recomendaciones pareciera que estamos sugiriendo que en realidad no es tan difícil hacerlo bien, que se trata de algo sencillo.

Nada más lejos de nuestra experiencia.
Si decíamos que el objetivo fundamental de los padres es conseguir que sus hijos lleguen a ser personas autónomas, lo cierto es que cada día nos encontramos con más dificultades para lograrlo. ¿Por que cada dia que pasa esto nos parece más difícil? Esta es la pregunta que quisiéramos contestar.

Ilustr. by Stanod. Tomada de Devianart.
Para eso creemos que es necesario ampliar un poco más el foco de la cuestión. Ya vimos que la conducta individual no se puede separar de la reacción que provoca en el entorno familiar. A todas las personas nos atan los lazos recíprocos (palabra clave) de ese sistema llamado familia. Por eso nunca hay sólo un culpable (ese hijo o hija supuestamente problemático), sino varios responsables implicados en el origen, pero especialmente en la solución.

¿Podemos ganar todavía mayor perspectiva? Ni los hijos ni los padres viven ajenos al mundo que aguarda tras los muros de casa. Por eso será necesario incluir en el análisis a ese gran sistema en el que conviven nuestros pequeños sistemas familiares. Hablamos necesariamente de ese entorno colectivo hipercomplejo que tendemos a resumir con la palabra sociedad.

Lo que quisiéramos hacer en las siguientes líneas es enumerar una serie de factores, propios de este entorno en el que nos movemos, para poder contar con ellos a la hora de pensar y actuar. Cada uno de estos puntos se encuentra interrelacionado con todos los demás. Constituyen una malla de relaciones tupida, enormemente compleja. Únicamente separaremos estos factores en aras de la simplicidad, con el objetivo de identificarlos, memorizarlos y comprenderlos mejor.

¿Por qué nos cuesta tanto criar personas autónomas?

a) Economía, empleos, rutinas familiares.

Partamos de que vivimos en un país desarrollado como el nuestro, de estructura económica de tipo capitalista, un cierto grado de estado del bienestar (seguridad social) que viene a suplir las redes tradicionales de apoyo solidario (familia extensa y vecinos, ambas en franco retroceso), y un itinerario para los jóvenes basado en promover la cualificación académica en la esperanza de obtener en algún momento un empleo que permita acceder al consumo, cerrando el círculo.

Gran parte de la dificultad para criar a los hijos tiene que ver con el modo en el que intentamos (sobre)vivir en este escenario. Cuando hablamos de "la sociedad" podemos evocar un fantasma de rostro difuso y sombra alargada, pero en realidad se trata de algo que construimos entre todos a través de innumerables decisiones personales. No es un ente personificable, con intenciones y objetivos. La sociedad somos nosotros; nosotros y nuestras circunstancias. Algunas de ellas serán pasajeras y anecdóticas, mientras que otras acabarán fraguando en una estructura dinámica, con sus inevitables inercias, pero siempre abierta al cambio.

No solemos pensar mucho en ello, pero nuestra forma de interactuar en sociedad es una mezcla confusa de valores transmitidos familiarmente, elecciones personales e imposiciones paulatinas que influyen sobre nuestros hábitos sin que nos demos cuenta. Pensemos en algunos factores que dificultan la buena crianza de la que hablábamos en la entrada anterior:


 1. Mientras que antes bastaba con que uno de los progenitores trabajara fuera de casa para mantener económicamente a una familia, hoy hacen falta dos sueldos a jornada completa para poder asumir los costes de la vida. Eso implica que los menores cada vez pasan menos tiempo con sus padres, pero mantienen las mismas necesidades de relación. Hay un dicho africano, que no por exótico y manido es menos cierto: "hace falta toda una tribu para criar a un niño". Esto es cierto porque, en algún momento, a cada uno le toca ejercer un papel diferente en favor del menor. Sin embargo, cada día es más habitual el que las relaciones familiares se reduzcan a su núcleo más restrictivo (padres, hermanos), quedando como secundarias aquellas que tienen que ver con la familia extensa (abuelos, tíos, primos).

      2.  Al precarizarse los empleos, los padres que trabajan fuera de casa disponen de poco tiempo libre o se encuentran demasiado cansados al final del día como para sentarse a hablar entre ellos, tomar decisiones importantes, encarar un problema (lo cual nunca apetece) o simplemente compartir tiempo de calidad con los hijos (jugar, practicar juntos una afición). La falta de tiempo se relaciona directamente con la falta de comunicación (no hablar de lo que debe ser hablado). Esta es la principal fuente de malentendidos y discrepancias a la hora de educar. Otra consecuencia de la precariedad laboral es que dificulta la estructuración de la propia identidad. Durante una larga época de la historia las personas se identificaron principalmente a través de las relaciones familiares (pertenencia a un clan, ser hijo de...). Hasta muy recientemente, sin embargo, las personas se han tendido a identificar con su ocupación laboral (es muy curioso observar cómo la gente se presenta a otras personas en una fiesta, por ejemplo). El desempleo, la temporalidad de los contratos, la demanda de perfiles versátiles, hace que cada día sea más difícil acceder a formas tradicionales de identificación. Esto probablemente influye en dos fenómenos muy activos hoy en día: la identificación en torno al consumo (marcas), y la identificación rígida a través de la incorporación a organizaciones fanáticas (sectas, hinchadas deportivas, etc).

       3.  El modelo educativo actual se centra en la transmisión de información desde el profesorado al alumnado. La fórmula para comprobar que se ha hecho con éxito consiste en invitar a los chavales a plasmar lo transmitido en los exámenes. Esto suele llevar a que el rendimiento académico se equipare en la práctica con la capacidad de memorizar. Esto se lleva a cabo a través de una jornada similar a la laboral, que exige capacidad para asumir unos horarios fijos, prestar atención a temas que probablemente no generen motivación por si mismos, con la expectativa de que una o dos décadas después se pueda acceder a un puesto de trabajo cualificado. Este modelo funciona relativamente bien para el objetivo hacia el cual se diseñó hace un tiempo, pero la capacidad de persistir, sentarse, callar y memorizar no es la misma en todos los chavales. Al mismo tiempo es muy dudoso que la supuesta promesa laboral sea capaz de competir con la enorme oferta de entretenimiento de la que hoy disponemos si no introducimos incentivos que lo refuercen. Predicar con el ejemplo en casa puede ayudar (“estudia para ser como mamá y papá”). Ajustar el modelo educativo a las demandas reales del mercado de trabajo, tampoco haría ningún daño.


     4.   Si algo nos define como sociedad es el consumo. El acceso casi universal a bienes que hace cien años hubiéramos considerado de lujo probablemente es uno de los motores de nuestras economías modernas. Favorecen que trabajemos, ahorremos o nos metamos en créditos con el objetivo de alcanzar esos inagotables objetos de deseo. El dinero, de hecho, se trata del único requisito para acceder a cualquier producto, lo cual tiene un efecto potencialmente democratizador (que inevitablemente acaba saboteado por la desigualdad en la capacidad de las personas para acceder al dinero). El caso es que, si pagas, te lo llevas. Esta accesibilidad universal, unida a la inmediatez de su disfrute hacen que cada día sea más fácil obtener ahora mismo lo que se desea. Esto a lo que puede llevar es a la fantasía de que siempre conseguiremos lo que deseamos, especialmente porque cuando somos menores normalmente son nuestros padres los que realizan el desembolso y por lo tanto no nos duele la cartera como a ellos. La capacidad para renunciar, esperar o tolerar que a veces no nos salimos con lo nuestra no es un valor al alza en nuestro modelo económico y, si nadie la fomenta, no surgirá de la nada por mucho que le vendamos sus virtudes a nuestros hijos a través de palabras.

Ilustr. Calvin & Hobbes. Bill Watterson.

      5. Olvidamos lo compleja que es una sociedad moderna hasta que intentamos darnos de baja en una compañía telefónica y descubrimos la capacidad de desintegrar la responsabilidad desparramándola a lo largo de los eslabones anónimos que conforman la empresa. O cuando nos enfrentamos a un trámite burocrático sencillo como una declaración de impuestos. O cuando un frenazo en la autovía da pie a una retención de catorce kilómetros. Para poder convivir en un medio tan poblado y complejo debemos ser capaces de atender a una cantidad descomunal de normas y procedimientos, la mayoría de los cuales desconocemos y nos destruirán si intentamos obviarlas o afrontarlos a nuestra manera. Las exigencias sobre el individuo combinan la restricción normativa con la competitividad y la promoción del éxito individual. En la práctica se trata de una carrera de obstáculos en la cual a todos se nos pide coronar el podio. En este contexto se incentivan determinadas actitudes que podríamos resumir en una persistencia dócil, más cercana de lo que pensamos de un tentador oportunismo egoísta. Lo que no está de más recordar es que esto se trata de algo completamente circunstancial, y nadie nos puede asegurar si se trata de algo saludable o siquiera justo. Simplemente es el estado actual de las cosas, y a ello nos tendremos que adaptar a menos que hagamos algo por cambiarlas.



b) Valores, creencias y nuevas tecnologías.

El catastrofismo es una de las formas más exitosas a la hora de difundir versiones simplificadas de la realidad. Hoy en día tenemos dos discursos especialmente en boga: el primero: “las nuevas tecnologías son peligrosas.” El segundo: “en nuestra sociedad se han perdido los valores.”

1. Los valores. Muchas personas afirman que vivimos en un mundo sin valores. Miran a su alrededor y están convencidos de que de alguna manera éstos se han perdido y por tanto pareciera que “todo vale”. Esto no es cierto. Las personas vivimos inmersos en valores como los peces nadan en el agua. Los valores son las apreciaciones que colectivamente realizamos sobre nuestra conducta. En lo personal, tras hacerlos propios, sirven como la aguja de una brújula, señalando hacia dónde quiere uno ir, tras haber incorporado una entre las mútiples opciones disponibles. Un valor responde a la pregunta, de ¿qué clase de persona quiero ser en este área en concreto?. El problema es que los valores van cambiando en su contenido a medida que cambia el entorno en el que nos movemos. La sensación de quiebra de valores surge porque una generación es incapaz de reconocer sus propios valores en la forma de concebir el mundo que muestran sus hijos o sus nietos. Y no los reconocen, no porque no dispongan de valores, sino porque teniéndolos, su contenido ha cambiado. Nos gusten o no, los valores en sí mismos siguen ahí, orientando el comportamiento y los deseos de las personas. El conflicto surge más bien al hacerse patente que el mundo ha cambiado, pero nosotros no.

¿Qué valores diferencian nuestra sociedad actual de la de las generaciones anteriores? Está claro que, desde hace al menos 40 años, existen una serie de valores en desuso. Son los que conocemos como valores absolutos, tradicionalmente suministrados por la religión o las ideologías políticas en esos "packs" que se han venido a llamar “macrorrelatos”. Discursos autosustentados y totalizadores acerca de lo que es (y debe ser) un humano en el mundo. Su caída se hizo eco en el famoso lema de mayo del 68: "Dios ha muerto, Marx ha muerto, y yo mismo no me encuentro muy bien".

Ilustr. Phryne Flakes, by Sean Harrington.
Como suele suceder, la pérdida de estos valores absolutos tiene su cara y su cruz. Por un lado su desaparición nos permite habitar de forma más abierta, heterogénea y respetuosa con la discrepancia individual. Permite que seamos más sabios, al poder incorporar perspectivas diferentes acerca del mundo. Al mismo tiempo, el conocimiento científico de la realidad, que necesita y potencia el pensamiento crítico, la desconfianza hacia los liderazgos personalistas al descubrirnos los medios de comunicación que todos somos de carne y hueso, la rentable promoción consumista del individualismo... todo ellos son factores que dificultan la imposición de normas o responsabilidades obligatorias. En España solemos relacionar este recelo con el incómodo recuerdo del régimen franquista. Sin embargo no se trata de un fenómeno autóctono, sino presente en todas las democracias modernas. Recelamos de las figuras de autoridad y nos sentimos culpables si generamos frustración en las demás personas. Las normas nos parecen molestas y sospechosas. Se tiende a infravalorar u obviar por completo la función social de la norma o la prohibición. Desde esta óptica también se tiende a desacreditar a otras figuras de autoridad, como el profesorado o las fuerzas policiales.

2. Tecnología y valores. Otro valor en boga es el anhelo de "lo natural", casi tan potente como lo fue en su momento el deseo deseo de desarrollo tecnológico. Una de sus expresiones más habituales es el recelo hacia las nuevas tecnologías. Lo cierto es que es casi imposible prever el efecto a largo plazo que tiene sobre nosotros la irrupción de una tecnología determinada. Tendemos a sobreestimar algunos casos (la televisión por ejemplo), mientras que otros los infraestimamos a pesar de las insondables repercusiones que acaban teniendo en nuestra forma de vida (la lavadora, la píldora anticonceptiva, por poner dos ejemplos). Una forma de no dejarnos llevar por el pánico es preguntarnos si nos hemos encontrado en el pasado con situaciones similares. Y vaya si ha sucedido antes: la llegada de la radio, de la televisión, de las videoconsolas domésticas... cada uno de estos avances tecnológicos llegó a nuestras casas en la compañía de advertencias alarmistas que han quedado en nada ante la capacidad de adaptación del ser humano en lo superficial y su consistencia para no cambiar en absoluto en lo más fundamental. Platón, en su Fedro, ponía en boca de Sócrates el temor a que la práctica de la escritura dañara de forma irreparable la capacidad de memorizar de las gentes, que hasta entonces se había sustentado en las narraciones orales en forma de cuentos y canciones. En el Quijote se acusaba a las novelas de caballería de resecar la sesera de un lector demasiado entusiasta, de forma la misma forma en que se atribuía el envenenamiento romántico de Madame Bovary a una sobredosis de folletín francés. Como reza el dicho, "otro vendrá que bueno le hará", por lo que hoy diríamos que un furibundo lector de ficción (en papel, por supuesto) sería un ejemplo de apego a la cultura, frente al avance de lo audiovisual.

Curiosamente, las tecnologías consideradas como potencialmente dañinas son básicamente dos, que a veces se mezclan: las del entretenimiento y la comunicación. Suele ocurrir que los avances tecnológicos más rápidos y visibles se dan en respuesta a algunas de nuestras necesidades más humanas: socialización (comunicación directa, cotilleo) y juego. Para bien o para mal, la tecnología multiplica nuestras posibilidades, rara vez las crea de cero. Por este motivo casi siempre nos encontramos ante variaciones cuantitativas del mismo escenario. Uno de los efectos secundarios que tiene esto es que las tecnologías de la comunicación (básicamente organizadas en torno a internet) es su capacidad para desplegar ante nosotros un enorme catálogo de valores, antaño restringido a las fuentes de tradición familiar o tribal. Este salto en la diversidad cultural accesible constituye uno de los rasgos fundamentales de la globalización. De forma parecida (no idéntica) a cómo se desarrolla la selección natural de las especies, los diferentes valores transmitidos a través de los medios de comunicación compiten entre ellos, y algunos tienen más éxitos que otros a la hora de calar en las mentes de la gente que a ellos se expone. Esto no supone un peligro en sí mismo siempre y cuando en casa se haya construido un armazón previo de valores, así como un clima lo suficientemente abierto como para poder escuchar, debatir y rebatir los que no deseamos patrocinar.

3. Finalmente, al igual que cuando nos referíamos a la facilidad para adquirir bienes de consumo (y tanto la tecnología como la información se han convertido en parte de éstos) existe una serie de inconvenientes asociados al formato, al funcionamiento de los dispositivos en sí mismo que, sin ser extremadamente peligrosos, deben ser tenidos en cuenta. La inmediatez que supone el acceso a Internet, nuevamente, no favorece el desarrollo de tolerancia a la demora. Obviamente esto facilita la distracción, ya que el aburrimiento es uno de los sentimientos que peor toleramos las personas. 

A la hora de buscar alternativas mejores que una tarea aburrida o una espera, la mente siempre va a estar presta a aliviarnos, ya sea haciéndonos soñar despiertos, dirigiendo la mirada al punto impropio o usando el móvil para ver unos cuantos vídeos en Youtube. Saber esto simplemente nos obliga a hacer uso del sentido común y ponernos las cosas fáciles. De la misma forma que poca gente iría a una concurrida cafetería a estudiar en la víspera de un examen final, parece poco recomendable tener dispositivos con acceso a Internet cuando queremos concentrarnos en una tarea más aburrida. Renunciar a la potencial gratificación inmediata que supone un teléfono móvil, por ejemplo, requiere tener claro el motivo y luego práctica hasta ser incorporado como hábito. Finalmente la interacción con los demás. Los dispositivos móviles con acceso a internet (teléfonos, tabletas, ordenadores portátiles) pueden regular el contacto que tenemos con la gente, tanto potenciándolo como reduciéndolo. Por ejemplo, si somos unos padres agotados por nuestros infernales trabajos y buscamos algo de paz al arrullo del hogar, existe la tentadora posibilidad de entregar una pantalla de plasma al menor y que quede inmerso en un cómodo silencio. El problema es que esto dificultará el compartir experiencias con ellos.

c) El ambiente en casa

Antes de terminar con esta larga entrada, queremos traer de vuelta el zoom de nuestro objetivo desde lo más amplio a lo particular del hogar, que es donde se toman las decisiones.

1. Las expectativas. Los padres tienen su propia historia. Recogen las expectativas de los suyos propios y toman el relevo en unas condiciones muy diferentes a aquellas en las que se criaron, dibujando frecuentemente una progresión familiar. ¿Cuántas familias españolas proceden de una pareja de trabajadores manuales o agricultores que dejaron el campo, emigraron a la ciudad y vieron cómo sus hijos se convertían en trabajadores cualificados o licenciados universitarios? Ese deseo de progresión está inscrito en nuestra cultura como el itinerario estándar a seguir, aún cuando los bares de Londres estén repletos de licenciados españoles que no encontraron empleo en nuestro país. Quizás funcionase como regalo de los abuelos a los padres de hoy, pero el entorno económico actual no parece que encaje bien con lo que antes era un consejo sensato. Aún así lo seguimos aplicando. Todavía no ha cuajado una alternativa satisfactoria a este modelo piramidal.

Ilustr. Calvin & Hobbes. Bill Watterson.
Por otro lado, en ocasiones la percepción de éxito o fracaso de los padres en cuanto a sus propios proyectos puede desembocar en un intento más o menos consciente de imponer esos mismos proyectos en los hijos, transmitiendo de alguna manera un mandato familiar vertical (abuelos-padres-nietos). En estos casos el problema suele ser doble: pasa por alto la individualidad de esa nueva persona que es el menor, pero también que el mandato en cuestión atraviesa alrededor de 50 años de historia, con el riesgo de que estemos transmitiendo valores de contenido francamente obsoleto. El ejemplo más claro sería ese mantra por el cual siempre había que invertir en vivienda porque jamás se depreciaría.

2.  Número de hijos: al mismo tiempo que cambian los valores y las condiciones económicas, se reduce drásticamente el número de hijos por unidad familiar, por lo cual en tres generaciones hemos pasado de 4,5 o 6 hijos por familia a los hijos únicos o los dos hermanos, de media. La atención recibida por cada uno de los hijos no puede ser la misma si se reparte entre cuatro que si sólo hay un menor en casa. Esto da pie a que estemos mucho más cerca de cargar sobre un único menor todas esas expectativas paternas, el deseo de trascendencia de una o dos personas que quizás ya han renunciado a lograrla a través de sus propios proyectos vitales o simplemente el miedo a que le suceda algo malo. Mucha gente es capaz de jugar bien sus cartas a pesar de notar el peso de tantas miradas expectantes, no todo el mundo se malogra a pesar de la sobreprotección. Pero es natural que otras personas no consigan abstraerse de este ambiente, acusando una presión excesiva.
  1.       3.  Niños "difíciles": como ya hemos venido repitiendo a lo largo de diferentes entradas, las dos cualidades clave para la autonomía son la autodirección (capacidad para llevar a cabo una conducta coherente con las motivaciones de uno) y la cooperatividad (capacidad para tener en cuenta las motivaciones de los demás y armonizarlas con las propias). Por supuesto habrá niños en los que será más sencillo promover estas habilidades (son esos niños tan agradecidos que parece que se crían solos). Pero la naturaleza reparte sus cartas al azar y de la misma forma en que nos puede tocar un niño de temperamento dócil y apacible, nos puede tocar un niño complicado. Hay estudios que, de hecho, cuantifican en torno a un 10% la cantidad de niños que ya en los primeros años de vida dan muestras de que van a ser "difíciles" (inquietos, irritables, rebeldes, etc).
Con los niños "difíciles" los objetivos siguen siendo los mismos que con los "fáciles" (autodirección y cooperatividad), pero habrá que asumir que la cantidad de energía requerida para su educación tendrá que ser mucho mayor. Esto lo vemos claro en el caso de algunos padres que muestran su sorpresa ante la disparidad de conducta de los hermanos a pesar de haberlos educado por igual. El caso es que, a diferencia de temperamentos, si aplicamos la misma energía a la educación, normalmente ocurrirá que uno de ellos probablemente no recibirá la cantidad de estímulo necesario para desarrollarse con éxito, mientras que para el otro será una cantidad perfectamente razonable. Muchas veces ocurre con el niño "difícil" que, en lugar de darle ese extra de paciencia y cariño que quizás necesite, suele chocar con nuestro cansancio o nuestra irritación, poniéndole todavía las cosas más difíciles para hacerlo bien.

Dicho esto, no está de más recordar que a los niños "difíciles" por su temperamento no hay que querer convertirlos en fáciles. Una de las mayores desgracias de estos chavales es que, si uno o ambos padres albergan el deseo más o menos implícito de que el niño fuera no como es, sino de otra forma (fácil), es frecuente que el menor capte intuitivamente ese deseo, que no deja de ser una forma de rechazo. Si no se corrige la situación se suele alimentar un ciclo de insatisfacción y rebeldía que, paradójicamente provoca mayor rechazo en los padres. En estos casos la única opción sensata pasa por intentar aceptar lo que hay, respetando al niño en su individualidad.

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Traer niños al mundo se parece más bien a armar una embarcación antes de lanzarla a un mar tempestuoso, dominado por vientos y corrientes cambiantes, influencias externas que pueden llevarla al naufragio en cualquier momento. Los padres, en contra de lo que a veces se piensa, no pueden aspirar a ser los patrones. Su labor no es pilotar la nave hacia donde ellos se propongan. Su tarea se parece más bien a la de los armadores, que construyen y fletan los barcos. Barcos que deben seguir pudiendo navegar incluso cuando ellos ya no estén. Por lo tanto serán los responsables de equipar con materiales de buena calidad y tripulación entrenada. Sólo así la embarcación será lo suficientemente robusta y flexible como para llevar a buen puerto a quien realmente escoje el rumbo.

Montaje de la película Boyhood, que nos sumerge durante 12 años en la infancia de su protagonista. 
En estas reflexiones hemos mencionado factores internos (temperamento del menor, número de hijos, expectativas de los padres), y también factores externos (el ritmo de vida, las expectativas laborales, los avances tecnológicos). El límite entre estos dos mundos artificiales solemos ubicarlo en los muros de nuestra casa, nuestro reducto contemporáneo de intimidad. Nos gusta pensar que es de puertas para dentro donde se deciden todas nuestras estrategias y donde se deben buscar todas las soluciones. Pero esto no hace justicia a la realidad. La influencia de lo que ocurre de puertas para afuera es brutal, como sucede en el mar. El papel del profesional en salud mental muchas veces será recordar esto, hacer de incómoda y chirriante bisagra que nos recuerda que la división de ambos mundos es irreal, y que uno no puede existir sin el otro. Es por eso que nuestros hijos no son sólo nuestros hijos, sino que pertenecen al resto del mundo más allá de los lazos a través de los cuales los padres los convocan.

Conseguir que los hijos sean personas autónomas el día de manañana requiere básicamente:

Amor incondicional
Límites claros y firmes
Respeto y curiosidad hacia esa persona que ya es

Nos gustaría terminar esta larga entrada ilustrando lo dicho a través de este maravilloso poema de Khalil Gilbar, cuya lectura sólo podemos recomendar una y otra vez:


Tus hijos no son tus hijos.
Son hijos e hijas de la vida,
deseosa de sí misma.

No vienen de ti, sino a través de ti,
y aunque estén contigo,
no te pertenecen.

Puedes darles tu amor,
pero no tus pensamientos, pues,
ellos tienen sus propios pensamientos.

Puedes abrigar sus cuerpos,
pero no sus almas, porque ellas,
viven en la casa del mañana,
que no puedes visitar,
ni siquiera en sueños.

Puedes esforzarte en ser como ellos,
pero procura no hacerlos semejantes a ti
porque la vida no retrocede
ni se detiene en el ayer.

Tú eres el arco del cual tus hijos,
como flechas vivas son lanzados.

Deja que la inclinación
en tu mano de arquero
sea para la felicidad.

Pues aunque Él ama
la flecha que vuela
ama de igual modo al arco estable.