domingo, 23 de septiembre de 2018

Pasos y tropiezos hacia una Neurociencia Crítica (III)

1. Afinidades, idealizaciones y reticencias.

Como todo aquello que se populariza, y como ya le ocurriera al psicoanálisis en su momento, a la Neurociencia y sus productos les ha llegado la hora de ser juzgados.

Ilustr. por Dubois.
Algunos autores como Salvatore Aglioti afirman que hemos pasado del Neurocentrismo de la Década del Cerebro, el Conectoma o el Blue Brain Project a una presunta Neuromanía, manifiesta en la tendencia de las neurociencias a fagocitar campos ajenos, a veces con la complicidad de las disciplinas colonizadas. Aglioti señala además la existencia de una creciente Neurofobia, como él la llama, la aversión más o menos fundamentada hacia las ciencias del sistema nervioso.

Esto le permite escribir y vender un libro al respecto, con lo que ya vamos percibiendo una de las dinámicas que señalan el momento cultural que viven las Neurociencias: son el foco del intelectualmente estimulante, lucrativo y en ocasiones tumultuoso debate público.

Si bien la mayoría somos, en el día a día, más pragmáticos y eclécticos de lo que solemos reconocer ante los demás (especialmente en las redes sociales) el caso es que ante el avance de las neurociencias parece que muchas personas se sienten impelidas a posicionarse, escogiendo bando entre afines o escépticos. Esto puede llevar a expresar entusiasmos poco fundados, pero también animadversiones y críticas viscerales.

A nuestro juicio, que uno acabe posicionado de uno u otro bando dependerá no tanto de un análisis reflexivo, sino fundamentalmente de dos factores: la idea que se tenga de Neurociencia, es decir, cuál es la red de significantes que uno tiene asociados a la misma y, más importante aún, cuál es la postura hacia las neurociencias que mantienen los miembros de nuestros grupos de pertenencia.


2. La neurociencia y el imaginario.

Ilustr. por Amy Casey
Los autores que han hablado del imaginario social, término acuñado por Castoriadis, aspiraban a comprender los mecanismos por los que se constituyen las sociedades más allá de sus necesidades puramente materiales. Esta vía de análisis nos lleva a un terreno resbaladizo, pero no ajeno a los profesionales que trabajamos con la subjetividad de las personas. Puede que una institución (pongamos un hospital) requiera presupuesto, herramientas de trabajo, planificación, personal, pero desde el momento de su concepción va a tener que investirse de símbolos, palabras que representen los temores, deseos e ideas trascendentes que motivan a las personas, tales como la salud, la compasión, la justicia, el progreso, la tradición... Los humanos somos primates envueltos en símbolos, y necesitamos dar un sentido narrativo a nuestra experiencia. De esta mezcla híbrida y confusa de elementos materiales y las historias que nos contamos al respecto, se compone el mundo que habitamos.

Pero ¿qué palabras invisten una institución y por qué no otras?, o también, ¿por qué se van sustituyendo con el paso del tiempo?. Sin una teoría del lenguaje resulta difícil justificar cómo se adhieren las palabras a este imaginario que primero es individual y pasa a ser social cuando se comparte. Apenas estamos empezando a entender cómo nos relacionamos con las palabras y cómo éstas se entretejen con nuestro pensamiento, pero el conductismo radical nos ofrece un abordaje prometedor. La denominada Teoría de los Marcos Relacionales sostiene que la conducta verbal se desarrolla por medio de la exposición repetida a asociaciones entre palabras, objetos y conceptos (“neurona”, una célula nerviosa, la idea que tenemos de la misma) de las cuales se van derivando relaciones complementarias (piramidal, glía, biología, ciencia, bata...).

Contrariamente a lo que se reprochaba por inviable al conductismo clásico no hace falta exponerse a todas las combinaciones posibles de palabras para aprender a utilizarlas de forma efectiva. Basta con aprender determinadas palabras y las categorías de relación que mantienen con otros estímulos (de equivalencia, distinción, oposición, comparación, jerárquica, de causalidad...). Nuestra apabullante capacidad lingüística se basa en el condicionamiento operante en un contexto social (obtenemos refuerzos en forma de más atención, más conversación, caras sonrientes y tonos afectuosos) a partir del cual se derivan automáticamente relaciones apropiadas (por ejemplo, solo necesitamos aprender que los hermanos los son siempre entre sí, y no asociar una y otra vez que alguien es el hermano de otro alguien).

Aprendemos a hablar, por tanto, en virtud de un histórico de asociaciones reforzadas socialmente al ser usadas en contextos adecuados. Y que el refuerzo llegue dependerá de nuestra adhesión o no a las peculiares tramas entre símbolos que le son propias a cada cultura (la palabra nieve no es la misma, ni tiene las mismas relaciones simbólicas en Dinamarca que en Mozambique a pesar de que intente designar lo mismo). Con las neurociencias ocurre lo mismo. Podría llevarse a cabo un análisis materialista, describiéndolas como la aplicación del método científico y determinadas tecnologías al estudio del sistema nervioso animal. Sin embargo, desde la perspectiva del imaginario social podemos analizar las neurociencias simbólicamente. Podremos observar de esta forma que el significante Neurociencia cuenta con una creciente red de relaciones con diferentes palabras y conceptos que van tejiendo una vasta urdimbre. Desde las mariposas del alma a las que se refería Cajal hasta el neuromarketing, pasando por el biologicismo o el capital cognitivo. El imaginario social de las neurociencias no para de crecer.


3. Palabras a la importancia

Como expusimos al analizar los lazos simbólicos entre “Lo Natural” y las “terapias alternativas”, en nuestro momento sociocultural hay una serie de asociaciones que se prestan más que otras. Si tuviéramos que relacionar un listado de palabras por su afinidad u oposición al concepto de Neurociencia, probablemente coincidiríamos en muchas de ellas (no en vano nos influyen los mismos medios de comunicación de masas, en los que las neurociencias gozan de un estatuto hegemónico). Sin embargo sería mucho más interesante estudiar las discrepancias que las coincidencias. Este patrón de asociaciones diferenciales entre las palabras que relacionamos unos y otros probablemente estaría revelando algo importante de nosotros mismos. En la medida en que aprendemos a hablar en el seno de al menos un grupo, nuestra red de significantes arrojaría luz sobre nuestra historia de relación y nuestros grupos de pertenencia. Cada uno podría intentar rastrear, como en un ejercicio de libre asociación, el camino que recorre a tientas y en sentido inverso nuestra historia de aprendizaje verbal en relación con la Neurociencia.

Como ejercicio, intente unir términos afines. Los colores son orientativos.

Por ilustrar con un ejemplo personal, al iniciar la carrera de medicina uno de nuestros primeros profesores afirmó algo parecido a esto: “la medicina es un idioma de unas 7000 palabras. A aprenderlas dedicarán los siguientes 6 años de su vida”. Lo cierto es que ese aprendizaje nunca se detuvo ahí. Las personas nos pasamos la vida aprendiendo idiomas y dialectos, que luego se van puliendo con la incorporación de acentos regionales y matices grupales. Este proceso de socialización continuo, del que se habla poco y pasa a menudo inadvertido, está particularmente presente en el mundo de las profesiones que se dedican a la atención clínica de los problemas de salud mental, las denominadas profesiones “psi”. Cuando uno se incorpora a una de estas profesiones emprende un viaje lingüístico en el que aprenderá palabras completamente nuevas (forclusión, microglía), mientras que antiguas palabras se irán invistiendo de significados alternativos (falo, devolver, proyectar...).

Los potenciales dialectos no escasean, al existir diversos grupos. Por su formación académica diferenciamos entre psiquiatras, psicólogas, enfermeras, trabajadoras sociales, educadoras sociales, terapeutas ocupacionales... Estos grupos comparten tarea (prevenir o reducir el sufrimiento psíquico de las personas) pero al ser ésta tan compleja se la reparten con el fin de que cada uno de ellos se centre en abordar un nivel diferente de la realidad (biológico, psicológico y social). Pero las divisiones no acaban ahí. Una de las dinámicas grupales más conocidas en la especie humana es la tendencia a la división interna (cismogénesis) cuando se alcanza una determinada masa crítica. Así tenemos diferentes escuelas de pensamiento dentro de los grupos mencionados: los hay psicoanalistas, conductistas, biologicistas, sistémicos, humanistas, gestalt... Y dentro de cada escuela no es raro que surjan nuevas escisiones, subdivisiones impulsadas por alguna figura de autoridad o un posicionamiento ante una categoría concreta (por ejemplo ejemplo, la antipsiquiatría contra la institución asilar). Las divisiones siguen y siguen “hacia dentro” siguiendo una dinámica fractal, que se replica de forma idéntica a diferentes escalas. Pero también existen divisiones en funcion de otros ejes: existe el eje público-privado, el de PIR-no PIR, el de clínico e investigador, el de Atención ambulatoria y Atención hospitalaria, etc...

Ilustr. por Amy Casey

Cada uno de estos grupo atesora una historia de relación diferente con las palabras. Unos estarán más familiarizados y aceptarán con total naturalidad el contacto con los campos semánticos de la neurobiología, la psicofarmacología, la psicobiología... Otros lo estarán menos, en la medida en que requieren hacer uso de otras palabras para enfrentarse al tipo de realidad que es el objeto de su trabajo. Con el paso del tiempo uno podrá reconocer fácilmente la procedencia o el grupo profesional al que pertenece otro compañero, simplemente por su forma de hablar sobre determinados temas o por la reacción emocional ante determinadas palabras.

Y es que, más allá de que las palabras sean nuestra principal herramienta de trabajo, ya dijo Austin (1962) que con las palabras no solo transmitimos información, sino que llevamos a cabo actos de habla. Una de las funciones más importantes de las palabras, aún de forma no premeditada, será la de identificarnos. Como veremos, nuestra relación con una palabra como Neurociencia puede influir en cómo nos relacionamos con otros grupos humanos.


4. Desvío etológico: el ellos y el nosotros

El problema fundamental de los grupos es de convivencia. En su libro más reciente, el biólogo y profesor de Stanford Robert M. Sapolsky repasa lo que sabemos acerca del sesgo intergrupal, el principal obstáculo a dicha convivencia. Todos los primates (los humanos entre ellos) se agrupan en bandas con un número más o menos estable de miembros. Sin embargo la conducta entre los miembros de un mismo grupo es menos competitiva que la que se da entre diferentes grupos.

Parece ser que existe una tendencia instintiva a diferenciar entre los nuestros (endogrupo) y aquellos que no pertenecen al mismo (exogrupo). A esta tendencia se la denomina el sesgo “us-them” (nosotros-ellos). Se trataría de un mecanismo innato, de base emocional y despliegue automático. Las implicaciones son relevantes, ya que se ha demostrado de forma consistente que modifica profundamente nuestra actitud hacia las personas. Siempre que nos encontramos ante alguien que pertenece a nuestro grupo nos mostramos más solidarios, tendemos a ser más indulgentes hacia sus defectos, minimizamos sus equivocaciones y sentimos que comparte con nosotros los valores adecuados, unos valores o creencias “claramente” superiores a los de los otros grupos. Así mismo valoramos en el individuo y nos resulta atractivo todo aquello que indique pertenencia a nuestro grupo.

Ilustr. por Amy Casey
Los grupos humanos no son simples acumulaciones de individuos en el espacio y el tiempo. En el caso de los Sapiens, al no congregarse los individuos únicamente por cuestiones de parentesco sino hacerlo también por lazos simbólicos, hablamos de grupo en la medida en que sus integrantes comparten una cultura. Esta cultura grupal se compone de elementos implícitos y explícitos. Dentro de cada cultura encontramos valores, creencias, ideologías y atribuciones, que son los elementos implícitos: invisibles, pero comunicables verbalmente y fundamentales para la cohesión del grupo. Como elementos explícitos y señalizadores de la pertenencia al grupo se desarrolla de forma acumulativa toda una serie de marcadores externos arbitrarios, como son la apariencia, el lenguaje (las palabras que se usan, el modo en que se combinan, pero también el acento) así como determinados ritos y marcadores conductuales (un saludo, una forma de caminar).

¿Qué ocurre con aquellos que no parecen pertenecer a nuestro grupo? A los individuos catalogados como “ellos” sistemáticamente se les devalúa, se les tiende a percibir como más amenazantes, probablemente enfadados y de poco fiar. La expresión más significativa de este sesgo sería el asco, que se incrementa hasta el punto de promover la intolerancia, que denominamos xenofobia. Con esta base emocional en marcha, casi cualquier argumento o justificación verbal que se solicite a quien siente asco estará formada por elementos percibidos a través del sesgo de confirmación y argumentos racionales construídos ad-hoc.

Lo verdaderamente interesante es que esta división nosotros-ellos se genera en función de la categoría que estemos considerando relevante en cada momento, en función del contexto. Podría hablarse de interseccionalidad, en el sentido de que son múltiples las circunstancias que pueden hacer sentirnos dentro o fuera de un grupo, interactuando de forma compleja en muchas ocasiones. Nuestra naturaleza simbólica ha convertido esta disposición compartida por todos los primates en una fuente inagotable de encuentros y desencuentros. Tal vez esto explique por qué nuestra especie es capaz de sacrificar millones de individuos en una guerra ideológica, pero al mismo tiempo sea capaz de juntar a 50 desconocidos adultos en un vagón de metro sin que se se forme un tumulto automáticamente, como sucedería por ejemplo con una colonia de chimpancés.


5. Concluyendo
Ilustr. Amy Casey

La palabra Neurociencia es uno de esos significantes que está cogiendo peso rápidamente, que se está moralizando. Como palabra que es no puede defenderse por sí sola, y ha de quedar expuesta al uso que entre todos le vayamos dando. A veces se la empleará como emblema del conocimiento indiscutible y acrítico, mientras que en otras ocasiones nos parecerá el signo de aquellos que secretamente desean sojuzgarnos.

Funcionará, cada vez más, como un marcador visible que nos permita distinguir entre ellos y nosotros. Una cuota importante de filias y fobias nos vendrá más bien de casta, en la medida en que forme o no parte la Neurociencia de las cosas que se aprecian o desprecian entre los nuestros.

Pero las personas somos contradictorias por naturaleza y, en la medida en que todos pertenecemos simultáneamente a diferentes grupos, seguiremos bandeándonos entre la fidelidad a nuestra conciencia y la reconfortante entrega hacia los nuestros.

Por ello será bueno recordar que tal vez gran parte del debate no sea más que un hacerse notar, una ocasión para reivindicarse ante los demás, y así convencerles y convencernos a nosotros mismos, un poco, de que pensamos lo que pensamos.

Porque a veces queremos creer que creemos en espejos con axones, en cerebros plásticos y epigenéticas. Otras tantas abjuramos. Y poco de eso tiene que ver, si lo pensamos bien, con la Neurociencia.

Referencias:

  • Törneke N, (2016). Aprendiendo TMT. Una introducción a la Teoría del Marco Relacional y sus aplicaciones clínicas. Ed. MICPSY.
  • Sapolsky R, (2017). Behave. The biology of humans at our best and worst. Ed. Bodley Head.
  • Haidt J, (2012) El perro emocional y su cola emocional. Guía Comares de neurofilosofía práctica. Ed. Comares.

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