martes, 6 de enero de 2015

Palabras que tu psiquiatra aprendió a abandonar (II) : "MENTIRA"


(Los responsables de Anábasis se disculpan por difundir el enésimo fotomontaje)

¿Mienten todos los que no dicen la verdad?

Los que leyeron la entrada anterior se habrán dado cuenta de que esta es una pregunta con trampa.

En primer lugar, ya vimos cómo la palabra "verdad", útil para el día a día, podía generar malentendidos serios al emplearla en consulta. A los que siguen creyendo en la verdad absoluta como un objetivo al que aspirar les recomendamos comenzar por aquí.

Ahora bien, la trampa de la pregunta de más arriba es doble, porque también hace referencia a un concepto igual de resbaladizo -si no más- como es el de "mentira".

Con esta entrada queremos preguntarnos si al emplear esta palabra lo hacemos con más o menos acierto. También intentaremos descubrir si, al usarla para definir nuestra relación con los demás, conseguimos aclarar las cosas o más bien enredarlas y salir, de alguna forma, perjudicados.


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En consulta es relativamente frecuente escuchar a algunos pacientes quejarse de haber sido engañados, acusando de mentir a personas que ese día pueden haberles acompañado o no a la sesión. Por ejemplo:

· "Dijo que me quería. Me engañó todo este tiempo"
· "Me ha denunciado por maltrato, pero es todo una sarta de mentiras".
· "Confiábamos en él, prometió que lo iba a dejar, pero ha seguido bebiendo a escondidas."
· "Es una mentirosa compulsiva. Siempre va presumiendo por ahí de cosas que no tiene".

En estos ejemplos identificamos varios elementos que suelen aparecer cuando hablamos de "mentiras". Compartamos unas observaciones al respecto:

Vía: http://blog.doodooecon.com/
· Observación nº1: la mentira se refiere siempre a un intercambio de información que consideramos que ha fallado, pero atribuimos ese fallo a las intenciones del interlocutor.
· Observación nº2: la mentira se vive como una amenaza. Su mera sospecha genera inquietud, desconfianza y, cuando nos sentimos seguros de su presencia, desencadena acusaciones airadas.
· Observación nº3: el que miente suele ser el otro. Aunque todos tenemos la experiencia de haber recurrido a una mentira puntualmente, esto casi siempre se vive como la excepción a la regla de que, en general, somos personas honestas.
· Observación nº4: a la acusación de mentir suele seguir la exigencia de la verdad. De ahí los conflictos, porque es muy poco frecuente que la persona acusada de mentir reconozca haberlo hecho (incluso aunque así sea).

Pero volviendo a los ejemplos de la consulta, ¿hace justicia la palabra mentira a todas esas situaciones? ¿Es capaz de cubrir la mentira un fenómeno tan complejo?


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¿Es lo mismo mentir que engañar?

Para conocer algo siempre vale la pena echar un vistazo a sus raíces. Si consultamos su etimología veremos que la palabra mentira procede del vocablo latín mentiri (mentir), que significa urdir un embuste con la mente.

Quizás lo más interesante de esta definición es que, cuando involucra a la mente, lo hace de forma activa. La mentira, a diferencia de otras formas de engaño, se lleva a cabo de forma consciente. Quien miente sabe que hay una discrepancia entre lo que sabe (o cree, u opina) y lo que comunica. Además esta comunicación se lleva a cabo a través del lenguaje, por medio de una trama que debe crearse con palabras.

El engaño se trata de un fenómeno más general, que incluye la mentira pero también otras situaciones. Engañar es modificar la apariencia de algo de tal forma que se provoque una impresión equívoca a un observador. 

Vía:http://lauralovesbeautyblog.com
Esto puede lograrse de muchas formas, como por ejemplo evitando mencionar al posible comprador de un coche una antigua avería para asegurar la venta, amagando un regate hacia un lado antes de llevarse el balón por el lado opuesto, o pintándose las pestañas al salir de fiesta para que los ojos parezcan más grandes. Estos tres ejemplos de engaño serían conscientes, pero no verbales. Ahora bien, como hemos dicho, no todos los engaños son conscientes. Para comprobarlo basta con sentarse a ver algún documental de sobremesa.

Cuando un chimpancé se enfrenta a otro en combate y automáticamente se le erizan todos los pelos del cuerpo, llega prácticamente a doblar su tamaño aparente dando la impresión de ser más fuerte y peligroso de lo que realmente es. El chimpancé está engañando pero ni es consciente de ello ni puede evitar este fenómeno, por ser involuntario. Algo similar le ocurre al pez globo. Otros animales, ante la posibilidad de salir malparados en un enfrentamiento, fingen la muerte tendiéndose inmóviles frente a su atacante. Si éste pierde el interés por un momento, cabe la posibilidad de escapar rápidamente aprovechando un despiste. Menor conciencia aún de estar engañando presentarían esas plantas que, mostrando colores vistosos típicos de especies venenosas (aún cuando ellas no lo sean), consiguen disuadir a muchos de los herbívoros interesados en hincarles el diente.

Esta es la primera conclusión que debemos extraer: que no todos los engaños son mentiras. Pero, algunas personas nos dejan confundidos cuando hablan. No queda claro si son conscientes de estar engañando (y por lo tanto mienten de forma descarada) o bien llegan a creerse lo que afirman, en cuyo caso hablaríamos de autoengaño y no de mentira. Esta pregunta quizás sea el núcleo de todo este meollo. Pero antes de seguir, conviene preguntarse de dónde surge el impulso de engañar.


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¿Por qué (todos) engañamos?

Los pandas también detectan estructuras de incentivos.
Vía: www.iflscience.com
Desde un punto de vista evolucionista es fácil entender por qué la estrategia del engaño se encuentra tan extendida en la naturaleza. Engañar (cuando no se es descubierto) puede resultar sumamente rentable a efectos de supervivencia y reproducción. Los individuos cuya carga genética les facilita engañar con éxito consiguen dejar más descendientes que sus rivales, por lo que la habilidad se hace progresivamente más frecuente. A su vez, esto hace que se revaloricen las estrategias que permiten no ser engañado, por lo que con el paso del tiempo también se acaban seleccionando los individuos que mejor detectan los indicios de un posible engaño. Estas dos tendencias dan lugar a un fenómeno llamado coevolución, una especie de "carrera armamentística" entre habilidades de engaño y habilidades de detección. En esta guerra, lo queramos o no, participamos también todas las personas, siendo como somos rehenes de nuestra herencia biológica.

El disponer de un lenguaje complejo, un sistema simbólico capaz de diseminar a voluntad versiones construidas de la realidad, dispara exponencialmente las oportunidades de engañar con éxito. Pero si además poseemos una teoría de la mente, es decir, la capacidad de entender que el otro tiene una mente que no es la mía, y por lo tanto dispone de una información que no tiene por qué coincidir con la que yo tengo, tendremos a nuestro alcance los dos ingredientes fundamentales para la mentira. Desde el punto de vista de la evolución biológica la mentira sería algo así como la versión destilada del engaño, una herramienta de máxima precisión forjada en el seno de millones de años de competición biológica.


Pero, ¿es la mentira una estrategia tan potente como para asegurarnos la victoria? Como señala Robert Trivers en su recomendable libro "La insensatez de los necios", la mentira puede emplearse de forma consciente y eficaz para sacar provecho del trato con los demás, pero acarrea una serie de inconvenientes:

1. Produce nerviosismo: la estrategia puede fallar, y por tanto tememos ser descubiertos. Esto da pie a carraspeos, titubeos, jugueteos con las manos, y otras señales de inquietud.

2. Pone en marcha mecanismos de control: a fin de evitar ser descubiertos nos entrampamos en la siguiente paradoja: intentamos parecer espontáneos y naturales. Con el objetivo de ocultar indicios de nerviosismo tendemos a controlar el tono de voz, el ritmo, los movimientos corporales... El resultado, obviamente, es lo opuesto de la espontaneidad, una suerte de rigidez en las formas que puede ser identificada por el ojo entrenado.

3. Supone una carga cognitiva: además tener que manejar la tensa situación que hemos esbozado, quien miente debe ser capaz de recordar lo que sabe y quiere ocultar, pero también la nueva versión que quiere ofrecer, así como las posibles ramificaciones de la historia, que se irá complicando mientras dure la mentira. Para cualquiera que lo haya intentado será fácil reconocer que crear requiere más trabajo que recordar o evocar.

Estos tres puntos dan pie al conocido dicho según el cual "se pilla antes a un mentiroso que a un cojo". Solemos pensar que, tarde o temprano, la persona que mienta habrá de sucumbir a alguna de estas dificultades, poniéndose en evidencia.

Sin duda este es el talón de Aquiles de la mentira, esa incómoda discrepancia que a veces se ha llamado disonancia cognitiva: "lo que transmito no es exactamente lo que yo sé". El simple hecho de ser consciente de esto crea malestar y amenaza el éxito de la estrategia. Mucha gente afirma, de hecho, que no se le da nada bien mentir. Pero, ¿qué ocurriría si fuéramos capaces de ignorar esa discrepancia? La mentira fluiría sin trabas y conseguiríamos llenar de ideas equívocas la cabeza de quien nos crea. Pues bien, parece que esto es precisamente lo que ocurre cuando la mentira se acompaña de autoengaño.

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El autoengaño es un fenómeno clave para entender la psicología humana, mucho más frecuente de lo que podríamos pensar y que, cuando se asocia a la mentira (engaño verbal y consciente), cambia por completo la naturaleza de la misma.

Debemos recordar una leción fundamental: la función del cerebro no es conocer la realidad, sino diseminar nuestro material genético. Desde el punto de vista estrictamente biológico, existen buenos motivos para sesgar la percepción de la realidad. El autoengaño nos permite incrementar nuestras oportunidades de manipular con éxito a otras personas, algo fundamental para individuos que habitan un medio altamente social como el nuestro.

El mecanismo sería el siguiente: Trivers propone que la información considerada inicialmente como verdadera tendería a formar parte de la mente inconsciente, mientras que la información generada (maquillada o directamente falsa) quedaría almacenada en nuestra mente consciente, disponible para ser diseminada de forma verbal. Esto parece contraintuitivo, pero es completamente coherente con la lógica evolucionista que antes hemos expuesto. El “maquillaje” o “barniz” que matizaría la información consciente, estaría inequívocamente compuesto de deseos o temores del individuo, esto es, de necesidad. Matizar el contenido de nuestra conciencia de acuerdo con nuestras necesidades, sin ser consciente del proceso de “barnizado” es lo que permitiría dar lugar a una transmisión ventajosa de la información. Por eso podemos afirmar que, quien nos habla a través del autoengaño, no puede considerarse que sea completamente deshonesto. Quien se autoengaña está siendo sincero desde aquello que, de forma consciente, tiene en mente. Y no podría afirmar otra cosa. De aquí surgirá la mayor parte de los conflictos, de la colisión entre el reproche indignado de quien se siente traicionado y la estupefacción genuina de quien se siente honesto, al no saberse víctima del autoengaño. Eso nos lleva a que debamos afinar nuestra sensibilidad hacia los discursos de las personas para ir incorporando estas complejidades que vamos descubriendo, si pretendemos ser justos con los demás y ser tratados con idéntica justicia.

El barón de Münchausen, máximo representante
del autoengaño y la mitomanía. 
La intensidad del autoengaño, por ejemplo, es algo a tener en cuenta. No hablamos de un fenómeno de “todo o nada”. El autoengaño no funciona como un interruptor que nos permita apagar la luz y envolvernos en tinieblas cuando así lo decidimos. Se trata de un fenómeno gradual y semiautomático. Cuando decimos gradual nos referimos a que se asemejaría a un barniz que permitimos que la mente aplique sobre la discrepancia (“lo que digo no es lo que yo sé”). En función del número de capas que permitamos aplicar menor será el conflicto entre versiones, aliviando nuestro malestar a costa de sacrificar veracidad. De esta forma, el autoengaño nos puede situar en infinidad de puntos distribuidos a lo largo de una línea imaginaria cuyos extremos son, por un lado, una absoluta inconsciencia del propio autoengaño y, por otra parte, esos tímidos intentos que todos hemos realizado a veces y que tan solo momentáneamente consiguieron hacernos olvidar lo que nunca dejamos de tener por cierto. Unas personas tendrán más tendencia a dejarse aplicar este barniz que otras (y se las ha llamado de muchas maneras: exageradas, fantasiosas, fabuladoras, mitómanas, inmaduras, histéricas...); pero una misma persona, incluso la más honesta, tendrá en ocasiones más o menos alicientes para dejarse “barnizar” un asunto determinado, para autoengañarse en función de la carga emocional de la información que disponga y el grado de malestar que la discrepancia le provoque.

Además es bueno recordar que el autoengaño funciona de forma similar a lo que sucede con el sueño: al igual que el insomnio ataca a los que se concentran demasiado en intentar quedar dormidos, cuanto más pretenda uno autoengañarse activamente, más consciente será de que se está haciendo trampas al solitario. El autoengaño funciona dejándose llevar, abandonándose a las propias emociones de deseo o temor, que son las que ponen en marcha ese mecanismo de millones de años de antigüedad que ya nos acompañaba antes de que surgieran la autoconciencia o el lenguaje gramatical. La honestidad muchas veces tiene que ver con la detección y la resistencia activa contra este impulso que busca protegernos. Nos obliga a sacrificar bienestar a cambio de aproximarnos a un valor moral.

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Calendario vacunal contra el autoengaño

Debemos ir terminando esta entrada, ya excesivamente larga.

El engaño tiene mala fama, y la mentira no digamos. Pero ni uno ni otro (ni mucho menos el autoengaño) son necesariamente problemas o lacras a evitar. Al revés. Nos han permitido llegar hasta aquí, y todavía hoy en día nos posibilitan soportar la vida. Como afirma Irvin Yalom, el ser humano es un animal herido por la certeza de que un día morirá. Simplemente no podemos vivir mirando directamente a ese Sol, si acaso echar vistazos muy breves. Por lo tanto, hay una parte del autoengaño que no solo es inofensiva, sino que resulta esencial para la tarea de vivir.


Ahora bien, no es menos cierto que para vivir en sociedad debemos ser capaces de regular adecuadamente la fiabilidad de la información que transmitimos. Ni tiene sentido ser implacablemente sinceros todo el tiempo ni nos evitará problemas el vivir acunados por el autoengaño. Nuestras emociones, especialmente si no las vemos venir, pueden apartarnos demasiado o demasiado a menudo de las versiones del mundo de los demás. Y al final la realidad que experimentamos en sociedad es un consenso de versiones puestas en común. De nada nos servirá vivir en un mundo incomunicable, construido para nuestro exclusivo bienestar psicológico. Entre otras cosas porque corremos el riesgo de no entendernos o acabar siempre enfrentados.

¿Cómo navegar por tanto las aguas del engaño y el autoengaño?
Lo primero que deberíamos hacer sería tener en mente la posibilidad del autoengaño. Saber simplemente que más pronto que tarde el autoengaño nos dará alcance, y que ése será el momento de prestarle atención y detectarlo. No con rechazo, sino con curiosidad. Se ha demostrado que los chimpancés, nuestros primos más cercanos junto con los bonobos, pecan de excesiva confianza en sus propias capacidades, y también que rechazan más de lo esperable a monos de grupos diferentes al suyo. ¿Suena familiar? En el caso de los humanos veremos muchas otras formas de autoengaño: la ilusión de superioridad moral (la gente tiende a pensar que sus acciones están mejor fundadas y son menos arbitrarias que las de los demás), la dicotomización inevitable en buenos y malos, nosotros y ellos (cuya expresión más omnipresente es el orgullo tribal), o la sensibilidad variable ante las necesidades de los demás en función de nuestra posición en la jerarquía social (conocida informalmente como la sociopatía adquirida de los jefes), entre muchas otras, serán tendencias que sesgarán siempre nuestra percepción de la realidad en favor de nuestro acervo genético. Solo añadiremos que todas estas inclinaciones emocionales aparecerán constantemente envueltas en palabras, símbolos, sistemas ideológicos y otras racionalizaciones más o menos enrevesadas, las cuales pueden llegar a conseguir que perdamos la pista de su origen biológico.

Ilustr. Dani Kwirk.
La experiencia cotidiana, el examen de conciencia y diferentes experimentos científicamente controlados nos servirán para comprobar la presencia del autoengaño en nuestras vidas. En sus versión más abundante éste tendrá que ver con una complaciente tendencia a perdonarnos nuestras propias faltas. Mejor que nosotros lo explica el Doctor en psicología Dan Ariely, quien ha publicado diversos libros muy recomendables al respecto, uno de ellos muy bien resumido en el siguiente video:

Por último, sabiendo cómo funciona esta maquinaria en nosotros mismos, tendremos las herramientas necesarias para intentar lo más complicado de todo: ir más allá del contenido de lo que nos digan cuando las cosas no nos cuadren y, en lugar de señalar con el dedo la supuesta mentira, preguntarnos ¿qué necesidad está siendo cubierta con estas palabras?, ¿a qué emociones responde?.

Os dejamos sin responder a la pregunta más importante de todas, porque es mejor que cada uno intente resolverla aplicando lo que ahora sabemos: ¿qué porcentaje del engaño en que nos vemos involucrados diariamente corresponde a mentiras conscientes y qué porcentaje al autoengaño?

¿De verdad nos mienten tanto como a veces pensamos?

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Ideas clave:
  • La mentira es un tipo muy concreto de engaño, una versión consciente y verbal.
  • El autoengaño es uno de los fenómenos más ubicuos e inadvertidos de nuestra psicología.
  • El cerebro no está destinado a comprender la realidad, sino a maximizar nuestra transmisión de copias genéticas a la siguiente generación, aunque para ello deba llevarnos a engaño.
  • La mentira pura y dura es poco frecuente. Lo más habitual es la sinceridad desde una base de autoengaño de intensidad variable.
  • El autoengaño no es negativo per se, pero suele llevar a frecuentes conflictos con otras personas.
  • Las mejores formas de modular el autoengaño son el conocimiento de los sesgos psicológicos básicos, el examen de conciencia y el genuino interés por las necesidades y deseos del otro cuando interactúa con nosotros.

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