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miércoles, 5 de febrero de 2014

No sé si usted me entenderá, doctor/a

Un tema que de vez en cuando surge en las consultas es el que podríamos resumir en esta frase: “doctor/a, si usted no ha pasado por esto, es imposible que lo entienda”. ¿Es realmente imposible que no lo entendamos? Quizá una mejor pregunta sería, ¿es necesario haber pasado por las mismas situaciones que los pacientes para poder ayudarles mejor? Reflexionando sobre el tema creemos que no sólo no es necesario, si no que a veces puede llegar a ser contraproducente.

La razón por la que podemos llegar a pensar que la persona idónea para ayudarnos en un problema es aquella que ha pasado por una situación igual o parecida, es porque confíamos en que ello aumentará su capacidad de empatízar con nosotros. La definición exacta de empatía es la identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado mental de otro. Ya hemos hablado en otras ocasiones en este blog sobre cómo funciona nuesta mente generando narrativas, y cómo muchas veces se ayuda para ello de la literatura, el cine, teatro... Todo esto aumenta nuestra capacidad de empatizar con cualquier situación, la hayamos experimentado en vivo o no. Empatizar en definitiva conllevaría varios pasos:

  1. Poder analizar una situación concreta con distancia.
  2. Identificar esa situación en nosotros mismos o desde nuestra propia perspectiva.
  3. A partir de nuestro conocimiento del otro, ponernos en su mente, en su lugar.
  4. Separar nuestras emociones de las de la otra persona.
  5. Por último, para que esa capacidad de empatizar sea efectiva tenemos que poder transmitir a la otra persona que nos hemos puesto en su lugar.



En los mecanismos implicados en el almacenamiento de recuerdos en nuestra memoria, el papel emocional es muy importante. Por eso nos resulta más fácil recordar datos o eventos que generaron emociones intensas en nosotros: el día que conocimos a nuestra actual pareja, la muerte de un ser querido, el día que aprobamos una oposición... Eso hace que frente a una persona con un problema parecido al que sufrimos en el pasado, lo recordemos con mayor facilidad, pero también recuperemos con mayor intensidad la emoción asociada a ese recuerdo. Por ejemplo, si estamos ante una persona que atraviesa una depresión, y en el pasado la tuvimos, existe el riesgo de que demasiada empatía nos paralice ya que la emoción de tristeza resurgirá con fuerza y sólo seremos capaces de transmitir esa pena sin aportar algo más que ayude quien tenemos en frente.


En el otro extremo del asunto tenemos la llamada neutralidad del terapeuta. Durante años en el psicoanálisis se habló de la necesidad de que el terapeuta fuera una especia de “tabla rasa o tela en blanco” que no expresara nada por sí mismo para no influir o no incitar a la sugestión en el paciente. Con los años han ido creciendo las voces críticas contra esta postura, y la propia terapia dinámica reserva esa neutralidad a casos seleccionados. Actualmente la mayoría de psicoterapias combinan las habilidades empáticas con técnicas que permitan ayudar al paciente a salir de su problema, ya sea introduciendo cambios en el modo de pensar, en la conducta, o en la versión del problema o de sí mismo.



El ejercicio de la psicoterapia implica una cierta distancia, dentro de que la neutralidad total como seres humanos que somos es prácticamente imposible. Pero nosotros como psiquiatras o psicoterapeutas no podemos ser amigos en el sentido estricto de nuestros pacientes. Los lazos afectivos intensos de amistad, amor o familiares dificultan muchas veces la mirada crítica y constructiva hacia esos seres queridos. La neutralidad, o la porción de neutralidad a la que podemos aspirar nos sirve para ver con distancia y analizar la situación. La empatía y habilidades de empatía que podemos aprender y entrenar son muy útiles para generar bienestar y confianza en nuestros pacientes y desde ahí motivarles para el cambio. Podemos coger cariño a nuestros pacientes, pero ante todo somos profesionales y las personas acuden a nosotros para aportar algo distinto a lo que han intentado hasta ahora.


En el caso del tratamiento de Adicciones existen corrientes que consideran que la mejor manera para ayudar a un adicto es otra persona con antecedentes similares. Estamos de acuerdo en que no sólo en la Adicción, sino en muchos otros trastornos mentales, uno de los tratamientos más efectivos es la terapia de grupo. Ésta genera un efecto espejo muy beneficioso en la que los pacientes pueden reconocerse en testimonios, situaciones o emociones de los demás y que aumenta su capacidad de autoconocimiento y reflexión.
Pero quizá con ese único elemento no sería suficiente, puesto que entre pacientes afectados por la misma problemática es más probable que se produzca la simpatía o conexión con los sentimientos del otro. Es decir, entiende, pero conecta sin separar los sentimientos de una y otra persona.




El terapeuta en cambio, a pesar de que no haya vivido una situación similar, ha estudiado a fondo la problemática desde diferentes perspectivas: científica, humanista... Ha leído sobre ello y ha tratado casos similares por lo que posee por lo general agudeza mental para analizar y detectar las dificultades que podrían darse. Y ha entrenado y comprende la importancia de las habilidades de escucha y empatía. Por ello puede entender, pero separar sus emociones de las del paciente, siendo capaz de aportar a la par que comprensión, una visión diferente y crítica que permita al paciente avanzar hacia el cambio.


domingo, 13 de octubre de 2013

Psicoterapia Integradora o ¿tienen estos señores algo en común?


Psicoterapia es el tratamiento de los problemas psíquicos a través de la palabra. Constituye la principal herramienta de trabajo de la mayoría de psicólogos y de muchos psiquiatras. Su historia se podría rastrear hasta algunas prácticas llevadas a cabo en la Grecia clásica, pero como técnica moderna podemos decir que nace con las observaciones del neurólogo vienés Sigmund Freud.

Desde entonces el árbol de la psicoterapia no ha dejado de crecer, brotando de su tronco las diferentes ramas o corrientes que hoy podríamos resumir en:

· Corriente Psicodinámica: heredera de la tradición psicoanalítica acuñada por Freud y sus discípulos. Busca el origen de los síntomas en conflictos psicológicos pasados y reprimidos.

· Corriente Cognitivo-Conductual: recoge los hallazgos de la psicología del aprendizaje (Pavlov, Watson, Skinner) para, tras incorporar un giro cognitivo (Beck, Ellis), acabar configurando un modelo que explicaría por qué determinadas conductas e ideas nocivas son aprendidas y automatizadas a pesar del perjuicio que nos ocasionan.

· Corriente Humanista: impulsada por Rogers, se basa en el potencial autosanador del individuo, ofreciendo una visión dinámica de la personalidad y centrada en el crecimiento a través de la superación de sucesivos obstáculos vitales.

· Corriente Sistémica: hace de los sistemas, y no los individuos, el objeto de su estudio, centrándose en el modo en que las relaciones (Watzlawick) pueden acabar generando o resolviendo la problemática a tratar. Profundiza en el conocimiento de las estructuras familiares y sus ciclos (Minuchin, Haley).

· Corriente Existencial: ubica el origen de gran parte del malestar psicológico en la obligación de afrontar (y la tendencia a evitar) los grandes temas universales del ser humano: la muerte, el aislamiento, la ausencia de sentido y la libertad. Yalom, Frankl o May la representan.

Cada una de estas corrientes posee su propio modelo explicativo de la mente, su interpretación acerca del origen de los síntomas, el tipo de relación ideal entre terapeuta y paciente, así como las estrategias para promover el cambio saludable. Todas estas corrientes, a pesar de su origen común, son diferentes e incluso a veces contradictorias entre sí. A pesar de esto todas han conseguido demostrar su eficacia terapéutica. ¿Cómo es esto posible? 

El enigma parece despejarse cuando comenzamos a centrarnos en lo que de común tienen todas ellas, en lugar de analizar sus diferencias y ponerlas a competir. Más allá de la letra pequeña de cada teoría, de si se emplea diván o espejo unidireccional, de si tratamos pacientes o clientes, subyace un tipo especial de conversación caracterizada por los siguientes factores comunes:

  1. La existencia de una explicación para el problema, al margen de su contenido.
  2. Un encuadre que define normas, tiempos y espacios para cada sesión.
  3. Una relación de confianza o alianza terapéutica.
  4. Un rito o serie de prácticas definidas y mutuamente aceptadas.
La Psicoterapia Integradora es la corriente que reconoce estos cuatro factores como el motor del cambio, adaptándolos a la versión del problema que el paciente trae a consulta. Esta versión unas veces estará centrada en sucesos del pasado, otras se fijará más en problemas de relación actuales, en conductas aprendidas... el terapeuta integrador es capaz de iniciar un tipo de conversación que analice esta versión dolorosa, muchas veces enquistada, aportando perspectiva y nuevos modos de experiencia que permitan la mejoría.

Al hablar de versiones asumimos que no existen verdades absolutas, y que el paciente es el experto en sí mismo, siendo el papel del terapeuta el de aportar su habilidad como conversador. La psicoterapia integradora, por tanto, recoge la sabiduría compartida por los pioneros de la psicoterapia para hacer un uso de su potencial terapéutico basado en el sentido común y en el consenso, siendo especialmente adecuada para aquellas personas que nunca han iniciado un tratamiento psicológico o aquellas que lo han hecho y se han sentido poco identificadas con lo que se hablaba en consulta.