Un tema que de vez en
cuando surge en las consultas es el que podríamos resumir en
esta frase: “doctor/a, si usted no ha pasado por esto, es imposible
que lo entienda”. ¿Es realmente imposible que no lo
entendamos? Quizá una mejor pregunta sería, ¿es
necesario haber pasado por las mismas situaciones que los pacientes
para poder ayudarles mejor? Reflexionando sobre el tema creemos
que no sólo no es necesario, si no que a veces puede llegar
a ser contraproducente.
La razón por la
que podemos llegar a pensar que la persona idónea para
ayudarnos en un problema es aquella que ha pasado por una situación
igual o parecida, es porque confíamos en que ello aumentará
su capacidad de empatízar con nosotros. La definición
exacta de empatía es la identificación mental y
afectiva de un sujeto con el estado mental de otro. Ya hemos
hablado en otras ocasiones en este blog sobre cómo
funciona nuesta mente generando narrativas, y cómo muchas
veces se ayuda para ello de la literatura, el cine, teatro... Todo
esto aumenta nuestra capacidad de empatizar con cualquier situación,
la hayamos experimentado en vivo o no. Empatizar en definitiva
conllevaría varios pasos:
- Poder analizar una situación concreta con distancia.
- Identificar esa situación en nosotros mismos o desde nuestra propia perspectiva.
- A partir de nuestro conocimiento del otro, ponernos en su mente, en su lugar.
- Separar nuestras emociones de las de la otra persona.
- Por último, para que esa capacidad de empatizar sea efectiva tenemos que poder transmitir a la otra persona que nos hemos puesto en su lugar.
En los mecanismos
implicados en el almacenamiento de recuerdos en nuestra memoria, el
papel emocional es muy importante. Por eso nos resulta más
fácil recordar datos o eventos que generaron emociones
intensas en nosotros: el día que conocimos a nuestra
actual pareja, la muerte de un ser querido, el día que
aprobamos una oposición... Eso hace que frente a una persona
con un problema parecido al que sufrimos en el pasado, lo recordemos
con mayor facilidad, pero también recuperemos con mayor
intensidad la emoción asociada a ese recuerdo. Por ejemplo, si
estamos ante una persona que atraviesa una depresión, y en el
pasado la tuvimos, existe el riesgo de que demasiada empatía
nos paralice ya que la emoción de tristeza resurgirá
con fuerza y sólo seremos capaces de transmitir esa pena sin
aportar algo más que ayude quien tenemos en frente.
En el otro extremo del
asunto tenemos la llamada neutralidad del terapeuta. Durante
años en el psicoanálisis se habló de la
necesidad de que el terapeuta fuera una especia de “tabla rasa o
tela en blanco” que no expresara nada por sí mismo para no
influir o no incitar a la sugestión en el paciente. Con los
años han ido creciendo las voces críticas contra esta
postura, y la propia terapia dinámica reserva esa neutralidad
a casos seleccionados. Actualmente la mayoría de psicoterapias
combinan las habilidades empáticas con técnicas que
permitan ayudar al paciente a salir de su problema, ya sea
introduciendo cambios en el modo de pensar, en la conducta, o en la
versión del problema o de sí mismo.
El ejercicio de la
psicoterapia implica una cierta distancia, dentro de que la
neutralidad total como seres humanos que somos es prácticamente
imposible. Pero nosotros como psiquiatras o psicoterapeutas no
podemos ser amigos en el sentido estricto de nuestros pacientes.
Los lazos afectivos intensos de amistad, amor o familiares dificultan
muchas veces la mirada crítica y constructiva hacia esos seres
queridos. La neutralidad, o la porción de neutralidad a la
que podemos aspirar nos sirve para ver con distancia y analizar la
situación. La empatía y habilidades de empatía
que podemos aprender y entrenar son muy útiles para generar
bienestar y confianza en nuestros pacientes y desde ahí
motivarles para el cambio. Podemos coger cariño a nuestros
pacientes, pero ante todo somos profesionales y las personas acuden a
nosotros para aportar algo distinto a lo que han intentado hasta
ahora.
En el caso del
tratamiento de Adicciones existen corrientes que consideran que la
mejor manera para ayudar a un adicto es otra persona con antecedentes
similares. Estamos de acuerdo en que no sólo en la Adicción,
sino en muchos otros trastornos mentales, uno de los tratamientos más
efectivos es la terapia de grupo. Ésta genera un efecto
espejo muy beneficioso en la que los pacientes pueden reconocerse en
testimonios, situaciones o emociones de los demás y que
aumenta su capacidad de autoconocimiento y reflexión.
Pero quizá con
ese único elemento no sería suficiente, puesto que
entre pacientes afectados por la misma problemática es más
probable que se produzca la simpatía o conexión con
los sentimientos del otro. Es decir, entiende, pero conecta sin
separar los sentimientos de una y otra persona.
El terapeuta en cambio, a
pesar de que no haya vivido una situación similar, ha
estudiado a fondo la problemática desde diferentes
perspectivas: científica, humanista... Ha leído sobre
ello y ha tratado casos similares por lo que posee por lo general
agudeza mental para analizar y detectar las dificultades que podrían
darse. Y ha entrenado y comprende la importancia de las habilidades
de escucha y empatía. Por ello puede entender, pero separar
sus emociones de las del paciente, siendo capaz de aportar a la
par que comprensión, una visión diferente y crítica
que permita al paciente avanzar hacia el cambio.



